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6 de agosto de 2015

Reflexión homilética para el XIX domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B

EL CAMINO ES SUPERIOR A TUS FUERZAS

Todos sabemos muy bien que hay momentos en la vida, en los cuales parece que todo nos supera. También para entonces la Divina Providencia nos ha preparado la ayuda.
*       El gran Elías, el prototipo de los profetas a quien conocemos de manera especial en la transfiguración del Señor, vivió también uno de esos momentos al sentirse perseguido por el rey, y sobre todo por la malévola y perversa reina Jezabel, y verse marginado por un pueblo cada vez más incrédulo, Israel.
Aquel día pensó que solo en Dios podía encontrar la respuesta que necesitaba.
Comenzó a caminar por el desierto. Iba solo. Angustiado. Tan hastiado de la vida que en un momento de su jornada gritó al Señor:
“¡Basta, Señor, quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!”
Con esos sentimientos se echó bajo una retama y se durmió.
Es entonces cuando el Señor viene en auxilio de este gran profeta que tantas veces se había jugado la vida por él.
Un ángel se acercó, lo tocó y le dijo: “¡Levántate, come!
Miró Elías y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo:
¡Levántate, come que el camino es superior a tus fuerzas!”
Aquí nos encontramos con otra de las imágenes bíblicas que los Santos Padres suelen aplicar a la Eucaristía, alimento que nos fortalece.
Precisamente bajo esta luz especial, la liturgia nos pone hoy esta lectura.
Debemos imitar a Elías que “se levantó, comió y bebió y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios”.
*       Aludiendo a la Eucaristía el salmo responsorial nos invita a repetir: “gustad y ved qué bueno es el Señor”.
Precisamente agradeciendo la Eucaristía podemos bendecir al Señor, proclamarlo, contemplarlo… por eso, “dichoso el que se acoge a Él… el Señor lo salva de sus angustias”.
*       San Pablo en pocas líneas nos da una serie de consejos y todos ellos importantes.
Te los enumero solamente para que puedas meditarlos.
* “No pongan triste al Espíritu Santo de Dios”.
* “Están marcados con el Espíritu para el día de la liberación final”.
* “Destierren la amargura, la ira, los enfados, los insultos”.
* “Sean buenos y comprensivos”.
* “Perdónense unos a otros como Dios los perdonó en Cristo”.
* Y el gran consejo: “Sean imitadores de Dios como hijos queridos y vivan en el amor como Cristo los amó y se entregó por nosotros”.
Como ves, aquí hay toda una lección de vida que, incluso, puede servirnos como la mejor preparación para acercarnos a la Eucaristía.
*       El verso aleluyático nos recuerda una de las frases más importantes de este capítulo seis de Juan que meditamos:
“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre”.
*       El Evangelio de hoy es continuación del Evangelio del domingo pasado.
Hay un diálogo bastante duro entre Jesús y los judíos que siempre estaban prestos a criticarlo.
Jesús ha dicho: “Yo soy el pan bajado del cielo”.
Y los judíos recuerdan la historia de Jesús en Nazaret: Hijo de José, María, la familia, ¿por qué dice que ha bajado del cielo?
Jesús les advierte: no critiquen, añadiendo: “nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado”.
Y ahora  Jesús nos da también una serie de pensamientos importantes para que entendamos que debemos creer en Él y aceptarlo con todas sus consecuencias, después de insistir que en el último día resucitará a los que crean en Él:
* “Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí”.
* Solo Jesús que vino del Padre ha visto al Padre.
Y vuelve a recordarnos de una manera repetitiva, la misma idea central: el pan de vida, la Eucaristía es Jesús:
* “Yo soy el pan de la vida”.
* “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”.
* “El que coma de este pan vivirá para siempre”.
* “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.
Hermoso domingo éste para meditar y agradecer al Señor el don maravilloso de la Eucaristía.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

31 de julio de 2015

Reflexión homilética para el XVIII domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B


PALABRA Y PAN ES LA COMIDA

Antes de empezar, recordemos una vez más que nuestro evangelista del ciclo B es San Marcos pero en estos domingos meditamos el capítulo 6 de San Juan.
*       Hoy el Éxodo nos habla del maná.
El pueblo de Dios tiene hambre y reclama. Detrás del pueblo que grita a Moisés y a Aarón en el desierto hay un problema de fe sobre el plan de Dios.
Ellos gritan: “¡ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a esta comunidad”.
Según Nm 11,4-6 era la “masa”, “o la chusma”, la que protestaba; es decir los que se habían pegado al pueblo de Israel por el camino. De todas formas la duda de fe caía sobre Dios que con tanto amor y prodigios los había sacado de Egipto.
Sin embargo la misericordia de Dios es más grande que la dificultad y les da misteriosamente un “maná del cielo”.
Admirados al verlo preguntan: “¿manú?” (de ahí la palabra maná) que significa “¿qué es esto?”.
Moisés les explica: “es el pan que el Señor os da de comer”.
Los exegetas explican el maná como “un polvo fino parecido a la escarcha. Probablemente se trataba de una sustancia blanquecina segregada por las hojas del tamarisco al ser picadas por unos insectos”. De todas formas lo que nos presenta la Biblia es un don de Dios al que el pueblo llamó “pan del cielo”.  Nos cuenta la tradición judía que el maná sabía a cada uno según lo que deseaba comer.
Las palabras “pan del cielo” las repetimos en la bendición del Santísimo Sacramento, recordando el don del maná que para nosotros es ahora Cristo Eucaristía.
*       En el salmo responsorial recordamos el maná, con ello la liturgia nos invita a recordar la Eucaristía que es el verdadero pan de vida:
“El Señor les dio un trigo celeste: abrió las compuertas del cielo. Hizo llover sobre ellos maná. Les dio trigo celeste y el hombre comió pan de ángeles”.
*       El versículo aleluyático nos recuerda las palabras de Mateo (tomadas por Jesús del Deuteronomio):
“No solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
Jesús sabe que no solo vivimos de pan, pero lo necesitamos y por eso lo multiplicó.
No debemos olvidar como cristianos que si es necesario el pan, más importante es la Eucaristía:
Recordemos que Palabra y Pan es la comida que nos da Jesús en la Santa Misa.
Ellas son las dos partes de toda celebración eucarística.
*       El Evangelio de hoy nos cuenta cómo la gente hambrienta, entonces como hoy, busca pan. Jesús entendió, aceptó e hizo el milagro.
Pero cuando al día siguiente lo buscaron en la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús elevó sus mentes y sus corazones hacia un Pan mejor.
Hoy en concreto recordamos que Jesús lleva a la multitud desde el maná y el pan que multiplicó Él mismo, hacia la Eucaristía.
La gente quiere algo más concreto y dice a Jesús:
“Nuestros padres comieron el maná del desierto, como está escrito: “les dio a comer pan del cielo”… ¿qué obra haces tú?”.
Jesús replicó: “Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo”.
El pueblo, que no entendió gran cosa, le dijo: “Señor, danos siempre de este pan”.
Es entonces cuando Jesús dice claramente:
“Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí, nunca pasará sed”.
*       Recordemos también la enseñanza que hoy nos deja Pablo:
No vivamos según los criterios vacíos de los gentiles, del mundo que vive de espaldas a Dios.
San Pablo quiere que vivamos como Jesús nos ha enseñado y por eso nos exhorta:
“A abandonar el anterior modo de vivir, el hombre viejo corrompido por deseos seductores y a renovarnos en la mente y en el espíritu; y a vestirnos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios: “justicia y santidad verdaderas”.
Así podremos superar todos los problemas de la vida y vencer las dificultades y pasiones.
La Eucaristía dominical (y ojalá diaria) nos ayudará en esto.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

19 de junio de 2014

Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, Ciclo A

UN SUEÑO DE AMOR
Jesús está en la sinagoga de Cafarnaúm. De pronto tiene un arrebato de amor y de ilusión.
Piensa:
Ayer di de comer a cinco mil personas pan y pescado en abundancia. Daba gusto ver aquellos cinco mil hombres rodeados de sus mujeres y niños, comiendo hasta hartarse. Y sobró… y sobró…
Pero, Jesús comenzó a soñar:
Yo quiero que, a través de los siglos, las multitudes puedan comer un pan mejor y más abundante. Que coman y sobre.
Y habló a la genta apiñada en la sinagoga:
“Esfuércense por conseguir no el pan temporal sino el permanente, el que da la vida eterna”.
Recuerden “sus antepasados comieron el maná en el desierto pero murieron. Desde ahora será mi Padre quien les dé el verdadero pan.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre... y yo lo resucitaré el último día”. ¡Nunca morirá!
Jesús hablaba cada vez con más ilusión y el público en cambio se desanimaba.
Sin embargo Jesús mantiene su palabra: “os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”.
Vamos al cenáculo.
Está lleno de luces de fiesta, que, posiblemente, colocó y prendió la Madre de Jesús.
Está anocheciendo.
Los apóstoles de Jesús van llegando. El Maestro “que había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.
Les lavó los pies. 
Se crea un clima de amistad, y hasta de cariño, que fue asfixiando el alma de Judas, el cual salió poco después del cenáculo cargando sobre sus hombros la noche de Jerusalén metida en su pecado.
A partir de ese momento el Corazón de Jesús se esponja. La conversación llega a una gran intimidad.
Les promete el Espíritu Santo y les habla de la ternura del Padre que también quiere a sus discípulos.
Sin embargo, por momentos, Jesús parece tembloroso e inquieto.
De pronto, Jesús toma el pan. Son granos molidos con el sudor de la frente de los campesinos. El pan, tan ordinario y sencillo como necesario, tiembla en las manos del Señor. 
Al fin lo parte. 
Jesús debió pensar: ahora quiero entrar realmente con todo mi ser en el interior de cada uno de mis discípulos con el Cuerpo que me dio mi santa Madre y con mi Persona divina que procede del Padre.
Me quedaré con ellos y les daré vida.
Ninguna madre, ningún enamorado o esposo lo logró. Pero yo soy Dios y puedo hacerlo.
En el profundo silencio del cenáculo resuena la voz sonora del Maestro:
“Esto es mi cuerpo: tomad y comed”.
Luego Jesús tomó la cuarta copa que solía pasarse entre los comensales en la cena pascual y se la entregó diciendo “Ésta es mi sangre”.
Después de haber convertido el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre, Jesús dijo a los suyos:
“Hagan esto en conmemoración mía”.
Es el mandato más dulce del Maestro: “Hagan esto”.
Los amigos de Jesús, como los de Emaús, lo reconocemos “al partir el pan”.
Los que no creen se reirán: ¡Es tan fácil reírse cuando no hay amor!
En cambio el enamorado se goza en las maravillas o cosas simples que hace el otro.
Y tú y yo debemos gozarnos en la maravilla más grande de Jesús: la Eucaristía.
Sí. La Eucaristía es el tesoro más grande que Jesús, Esposo fiel, ha dejado a su esposa amada, la Iglesia, por la que entregó su vida.
Por su parte Pablo nos dice hoy:
“El cáliz de la bendición que bendecimos ¿no es comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo?
El pan es uno y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo porque comemos todos del mismo Pan”.
Hoy llevamos a Jesús entre alfombras de flores visitando nuestras calles y plazas.
Que, con la oración colecta de hoy, pidamos al Padre que “nos conceda venerar de tal modo los sagrados misterios del Cuerpo y de la Sangre de Cristo que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de su redención”.
Si un día al año sale Jesús en la Eucaristía para visitar nuestras calles, que todos los días pueda visitar tu corazón.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

31 de mayo de 2013

Comentario a las lecturas de la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (Corpus Christi), ciclo C,

LA FIESTA DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

Benedicto XVI nos decía que esta fiesta “nació con la finalidad de reafirmar abiertamente la fe del pueblo de Dios en Jesucristo vivo y realmente presente en al Santísimo Sacramento de la Eucaristía.

Es una fiesta instituida para adorar, alabar y dar públicamente las gracias al Señor porque “en el sacramento eucarístico Jesús sigue amándonos hasta el extremo, hasta el don de su Cuerpo y de su Sangre”.

Estamos celebrando gozosamente lo que Jesús realizó en la oscuridad del cenáculo con sus discípulos en la última cena. Parece que así cumplimos, en esta fiesta, aquellas palabras de Jesús “proclamad desde los terrados” lo que Él hizo en secreto.

Después de la misa, en todo el mundo, suele haber una procesión. Es como si “lleváramos a Jesús, con nuestra mente y corazón, hasta los últimos rincones de la cotidianidad de nuestra vida para que camine donde nosotros caminamos, para que viva donde vivimos”. Para que conozca nuestra vida, ambiente, problemas y alegrías.

Siguiendo también a nuestro gran Benedicto XVI recordamos, en esos momentos de procesión, las palabras de Jesús “mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo”. Es que Jesús llama a la puerta de nuestro corazón y nos pide entrar pero no sólo por un día, sino para siempre.

De esta manera la fiesta de Corpus Christi viene a ser como un llamado especial para que nos unamos todos los cristianos en torno a nuestro Salvador y Redentor, que ha querido quedarse con nosotros como amigo, alimento y sacrificio.

Vayamos ahora a la liturgia del día:

“La solemnidad del Corpus Christi está íntimamente relacionada con la Pascua y Pentecostés: la muerte y la resurrección de Jesús y la efusión del Espíritu Santo.

Además, está inmediatamente unida a la fiesta de la Santísima Trinidad, celebrada el domingo pasado. De esta manera el Corpus Christi es una manifestación de Dios, un testimonio de que Dios es amor”.

La primera lectura de hoy nos presenta al sacerdote Melquisedec que, al regresar Abraham victorioso, ofrece algo único y extraño. En vez de las víctimas acostumbradas sacó pan y vino y bendijo a Abraham y a su Dios:

“Bendito sea Abraham por el Dios altísimo, creador de cielo y tierra; bendito sea el Dios altísimo que te ha entregado a tus enemigos”.

Es claro que la Iglesia ha tomado siempre este sacrificio como figura de Jesús en la Eucaristía. Por eso mismo, en el salmo responsorial, alabamos al Sacerdote eterno que es Cristo:

“Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec”.

Por su parte, san Pablo nos cuenta que él recibió una tradición, es decir, que a él también le contaron los cristianos de la Iglesia primitiva el gran regalo de Jesucristo, y él, con fidelidad lo transmite:

“Yo he recibido una tradición que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido”.

Estas palabras nos hacen ver cómo la Tradición en la Iglesia de Jesús es anterior al Evangelio escrito y en general a todo el Nuevo Testamento (ésta es una de las razones por la que la Iglesia “venera por igual la Biblia y la Tradición”).

¿En qué consiste esta tradición?

Lo dice san Pablo: “el Señor Jesús la noche en que iban a entregarlo tomó un pan y pronunciando la acción de gracias lo partió y dijo: Éste es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía”.

Luego nos cuenta lo mismo respecto a la consagración del cáliz.

En este capítulo once de la primera carta a los Corintios está, pues, la institución de la Eucaristía y hoy la Iglesia la recuerda con mucho amor y gratitud.

En el verso aleluyático encontramos estas palabras de Jesús, del capítulo seis de san Juan, que se refieren también a la Eucaristía:

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre”.

El Evangelio de san Lucas nos relata la multiplicación de los panes que es símbolo de la Eucaristía que Jesús quiere que llegue a todos.

Aprovechemos la fiesta del Corpus Christi para acercarnos a Jesús, recibirlo y acompañarlo con amor.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

16 de agosto de 2012

XX Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B

LA COMIDA DE LOS TIEMPOS DIFÍCILES 

“Fijaos bien cómo andáis; no seáis insensatos, sino sensatos, aprovechando la ocasión, porque vienen días malos”. 

Son palabras de San Pablo en la liturgia de hoy. 

Si uno estudia la historia de la humanidad, se da cuenta de que los malos momentos se repiten frecuentemente y que después de unos tiempos de euforia, bienestar y riqueza vienen las crisis de todo tipo y no precisamente por la santidad de los hombres. 

Podemos decir que hoy estamos en un momento parecido a ésos por lo que será bueno aprovechar los consejos que nos dan las lecturas del día. 

La primera lectura que es de los Proverbios nos presenta a la Sabiduría, en la cual podemos entender que se habla de la Segunda Persona de la Trinidad. Al encarnarse el Verbo “se ha construido una casa plantando siete columnas”. 

Según enseñan los exegetas, las siete columnas indican que se trata de la construcción de una casa rica y perfecta que tiene un patio interior con esas siete columnas. 

Esta idea nos la da también el número siete que es simbólico e indica perfección. 

Podemos decir que esta Sabiduría, el Verbo encarnado, ha construido esta casa para reunir en ella a todos los que viven en problemas y les dice: “los inexpertos que vengan; quiero hablar a los faltos de juicio: venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis; seguid el camino de la prudencia”. 

Con estas palabras es fácil que la memoria nos traiga el recuerdo de Jesús: “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré…” 

A esta misma invitación se refiere el Evangelio de hoy, continuación del capítulo seis de San Juan: 

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre”. 

San Pablo, hablando a los Efesios y hablando también a cada uno de nosotros, nos advierte: 

“No estéis aturdidos, daos cuenta de lo que el Señor quiere. 

No os emborrachéis con vino que lleva al libertinaje, sino dejaos llenar del Espíritu”. 

Y sigue aconsejándonos en estos momentos difíciles que corren, pidiéndonos una vida de unión con Dios y de oración: “recitad, alternando, salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y tocad con toda el alma para el Señor”. 

Es bueno resaltar este detalle de “cantar y tocar con toda el alma” y no por rutina o compromiso como sucede con frecuencia. 

San Pablo completa su pedido invitándonos a dar “siempre gracias a Dios Padre por todo, en nombre de nuestro Señor Jesucristo”. 

También es cierto que hoy, como en la sinagoga de Cafarnaúm, la gente sigue discutiendo: 

“¿Cómo puede éste darnos de comer su carne?” 

Es evidente que se trata de algo incomprensible. Pero tenemos por un lado la Palabra de Dios bien clara y por otro el poder infinito que Él tiene. Esto nos permite creer. 

Jesús en la sinagoga les da esta respuesta: 

“Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros… 

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. 

La Iglesia nos enseña que la presencia de Jesús es real y sustancial. 

Esto no significa que comemos físicamente el Cuerpo de Cristo y lo masticamos. Eso no tendría sentido. 

Lo que se nos dice es que se trata de una presencia sustancial o metafísica. 

Jesús está con su cuerpo, sangre, alma y divinidad porque es Dios y puede hacer el milagro de estar en muchos sitios a la vez. 

Por otra parte su presencia sustancial o metafísica puede ocultarse en cantidades mínimas de pan o de vino. 

Podríamos decir, por tanto, que la gran lección de este domingo es importante ya que nos da una respuesta muy concreta para los tiempos difíciles que corren. 

Resumiendo todo esto queda claro que,si queremos triunfar en la vida debemos cobijarnos en la casa de la Sabiduría divina, vivir los compromisos de fe y oración que se nos piden y sobre todo comer el alimento más sano y eficaz que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo. 

Terminemos, pues, diciendo con el salmo responsorial de hoy, que es el mismo del domingo anterior, porque se trata del mismo Evangelio: 

“Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a Él”.

9 de agosto de 2012

XIX Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B

LEVÁNTATE Y COME

Me encanta el profeta Elías.
Valiente, generoso y al servicio de Dios en medio de un pueblo infiel y descreído.
Algo así como tienen que vivir muchos católicos hoy.
Además, en el caso de Elías, se daba el agravante de que Jezabel, la reina perversa, lo perseguía a muerte.
Pues este hombre, amigo de Dios lo llama la Biblia, un buen día se aburrió de todo y se fue caminos de desierto.
Solo y sin compañía de ninguna clase, ni su criado.
Se iba en busca de Dios, imitando a Moisés, para conocer su voluntad en el monte de la contemplación, el Horeb (Sinaí).
Después de un día de soledad y tristeza abrió su corazón a Dios:
- “Basta, Señor, quítame la vida que yo no valgo más que mis padres.
Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel lo tocó y le dijo:
- ¡Levántate y come!
Miró Elías y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo:
- ¡Levántate y come!, que el camino es superior a tus fuerzas.
Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios Horeb”.
Es claro que ese rico pan y agua fresca es símbolo de la Eucaristía de la que hoy nos sigue hablando el capítulo seis de San Juan. En ella tomamos las fuerzas necesarias para caminar del tiempo a la eternidad:
- “Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo para que el hombre coma de él y no muera.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.
Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.
Ese es el gran regalo de Jesús. Él mismo se nos da en comida.
San Pablo nos enseña hoy cuáles son las disposiciones que debemos tener para vivir como hijos de Dios.
Esto vale, sin duda, de manera especial cuando deseamos recibir la Eucaristía:
“No pongáis triste al Espíritu Santo de Dios con que Él os ha marcado para el día de la liberación final”.
Es de advertir que el Espíritu Santo nunca puede estar triste, pero nosotros sentimos pena al ofender a quien nos cuida con tanto amor y esta es la tristeza que proyectamos sobre Él, hablando a lo humano.
San Pablo continúa:
“Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo”.
La amargura nos daña. No olvidemos que la tristeza es una de las peores tentaciones que nos pone el diablo para dejarnos inactivos.
Por su parte, San Pablo termina hoy con estas palabras:
“Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor”.
Imitar a Dios es verdaderamente la perfección, es precisamente al camino que enseñó Jesús cuando decía de sí mismo (que es verdadero Dios) “aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”.
Esta es la invitación: comulgar, sí, pero debidamente preparados.
Todo esto nos lleva a meditar hoy con gratitud el salmo responsorial:
“Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a Él”.
La mejor forma de “gustar” a Dios es comerlo en la Eucaristía, según la invitación del mismo Jesús en el Evangelio que acabamos de meditar y que recoge el versículo del aleluya:
“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre”.
Amigo, no seas perezoso ni ingrato, ante el gran regalo de Jesús en la Eucaristía, sobre todo los domingos:
“¡Levántate y come!”.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

23 de junio de 2011

EL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (CORPUS CHRISTI), CICLO A

SACRIFICIO, ALIMENTO Y PRESENCIA

“Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día”.
En este día del “Cuerpo y Sangre de Cristo” te invito a meditar esas palabras de la antífona de comunión.
Son demasiado serias para pasarlas por alto ya que, según Jesús,  nuestra salvación eterna depende de comer la Eucaristía.
Examinemos las lecturas que nos van a ayudar a apreciar, cada vez más, el regalo inimaginable que nos ha hecho el Señor al quedarse con nosotros.
El Deuteronomio nos habla del maná, la comida especial que dio el Señor a los hebreos en pleno desierto.
Según la tradición judía ese maná tenía el sabor de aquello que cada uno deseaba comer en el momento.
A esto hace alusión la pequeña antífona que se reza antes de la oración de bendición con el Santísimo Sacramento:
“Les diste pan del cielo que contiene en sí todo deleite”.
Por su parte, el Deuteronomio añade que “no sólo vive el hombre de pan sino de todo cuanto sale de la boca de Dios”.
Así el maná, símbolo de la Eucaristía, y la Palabra de Dios, son las dos partes fundamentales de la Santa Misa, el doble alimento del Padre Dios para sus hijos.
San Pablo a los corintios les dice que el cáliz que bendecimos es la comunión con la sangre de Cristo y el pan que partimos es la comunión con su cuerpo.
De aquí sacamos una conclusión muy importante para tener en cuenta: todos los que recibimos la Eucaristía formamos un solo cuerpo con Jesús y entre nosotros.
San Pablo nos compromete de esta manera a vivir la fraternidad y nos enseña algo esencial para nuestra vida cristiana. Más aún nos está invitando a hacer un profundo examen de conciencia: ¿cómo podemos vivir tan divididos los que comemos el mismo Cuerpo de Cristo y bebemos su sangre frecuentemente?
Si formamos un mismo cuerpo tenemos que pensar que, nos guste o no, todos nos necesitamos. Así entendemos también que uno que vive separado de Dios, vive separado de la Iglesia y por lo mismo no es digno de recibir la Eucaristía mientras no se purifique; normalmente con una buena confesión.
Evidentemente que, ante tales regalos, no nos queda más que repetir con el salmo responsorial “glorifica al Señor, Jerusalén”, entendiendo por esta ciudad la Jerusalén celestial hacia donde caminamos todos. Es decir, la Jerusalén de la que hablan los últimos capítulos del Apocalipsis.
El Evangelio forma parte del gran capítulo seis de San Juan. Después de haber dado de comer el pan material a la multitud, Jesús, en la sinagoga de Cafarnaún, les ofrece el pan del cielo que es Él mismo que se entrega por nosotros.
Sabemos que este capítulo, hasta el versículo 47 ofrece la vida eterna a los que creen en Jesús. Por ejemplo, en el versículo 40 leemos: “Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”.
En cambio, a partir del 48, y por tanto dentro del párrafo de este domingo, Jesús pasa a ofrecer la salvación al que lo come a Él: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.
Ya sabemos que, hoy como entonces, hay muchas personas a quienes les parece imposible comer el cuerpo de Cristo y ciertamente que sin fe no tiene explicación alguna. Pero no debemos olvidar que lo dijo Jesucristo que es Dios y su Palabra es eterna. Por eso no puede engañarnos de ninguna manera.
Su venida desde el seno del Padre hasta nosotros sólo puede y debe servir para salvarnos a todos y ofrecernos los medios para conseguirlo.
La conclusión de este día es clara: tenemos que aprovechar lo más posible este gran regalo del Señor y si de la Eucaristía depende nuestra salvación, hemos de ser inteligentes para comer y beber la carne y sangre de nuestro Pastor.
Adoremos el gran misterio eucarístico y agradezcamos la riqueza que encierra.
Jesucristo sacerdote, profeta y rey ha querido ser sacrificio, alimento y presencia.
En lugar de sacrificarnos nosotros, que somos sus criaturas, Él se sacrifica por nosotros.
Para fortalecer la vida que nos dio en el bautismo se hace nuestro alimento.
Para cumplir su palabra “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo” y no dejarnos solos, como criaturas lejos de su Creador, en la Eucaristía se hace también presencia.
Es esta presencia la que vamos a adorar hoy cuando pasee por nuestras calles en la custodia.
Es el mismo Jesús que permanece silencioso en nuestros sagrarios acompañándonos hasta el fin del mundo.

José Ignacio Alemany Grau, Obispo