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2 de junio de 2016

CORAZÓN ABIERTO AL AMOR Y LA VISITA DE DIOS

Hagamos una doble reflexión: la primera parte sobre el Corazón de Jesús y la segunda sobre el domingo X del tiempo ordinario. Lo haré esquemáticamente para ayudarles a profundizar en ambos días.
Primero, el Sagrado Corazón abierto al amor.
*        La liturgia comienza con la profecía de Ezequiel sobre la ternura del corazón de Dios.
Ese corazón en el que se encarnó el Verbo y que es el Buen Pastor:
“Yo mismo en persona buscaré mis ovejas siguiendo su rastro como sigue el pastor el rastro de su rebaño… Buscaré las perdidas, vendaré las heridas, curaré a las enfermas y a las gordas y fuertes las guardaré y apacentaré”.
Es una bella presentación del amor misericordioso del Padre y del Hijo que nos completará Lucas en la parábola del Evangelio.
*        El salmo responsorial (22) es el del Buen Pastor que conocemos y rezamos frecuentemente.
*        La carta a los romanos nos habla del amor. Nos parece fácil amar. Por lo menos amar a los parientes y amigos, a los que nos favorecen y no atentan contra nuestros intereses.
El amor de Dios en cambio nos parece incomprensible. Es totalmente distinto, tal como nos lo presenta San Pablo:
“La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros”.
Murió por nosotros cuando éramos sus enemigos por el pecado.
Jesús nos reconcilió con el Padre y ahora podemos esperar la salvación y gloriarnos en Dios por Jesucristo. Así ama Dios y la expresión de su amor es Jesucristo.
*        El verso aleluyático nos pide: “cargad con mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”.
Hermosa definición que Jesús hace de su propio Corazón.
*        Lucas nos recuerda hoy la parábola del Buen Pastor que va en busca de la oveja perdida y cuando la encuentra se la carga feliz sobre los hombros, y reúne a sus amigos para decirles: “¡felicitadme, he encontrado a la oveja que se me había perdido!”
Jesús termina asegurándonos la alegría que hay en el cielo cuando se convierte un pecador.
El Corazón de Jesús abierto a todos en la cruz es la prueba del amor de la Santísima Trinidad:
*El amor del Padre que nos entregó a su Hijo único.
*El amor del Hijo que nos dio su vida derramando su agua y sangre por nosotros.
*El amor del Espíritu Santo que rehízo el Corazón de Jesús y lo resucitó.
*        El prefacio nos describe así la fiesta de hoy:
“El cual, con su amor admirable, se entregó por nosotros, y elevado sobre la cruz hizo que de la herida de su costado brotaran con el agua y la sangre los sacramentos de la Iglesia: para que así, acercándose al Corazón abierto del Salvador, todos puedan beber con gozo de la fuente de la salvación”.
Acércate, amigo, y bebe en abundancia el amor que rebosa del Corazón de Cristo.
***
Segundo, unos pensamientos para este domingo X del tiempo ordinario.
*        El libro 1 de Reyes nos presenta a Elías que, santo y agradecido, pide a Dios la resurrección del hijo de la viuda que en su pobreza le había hospedado y alimentado en su casa:
“Señor, Dios mío, que vuelva al niño la respiración”.
El Señor lo escuchó y Elías, “llevándolo al piso de abajo, se lo entregó a su madre diciendo:
Mira, tu hijo está vivo”.
La mujer, admirada y agradecida, dijo al profeta:
“Ahora reconozco que eres un hombre de Dios y que la palabra del Señor en tu boca es verdad”.
*        Pablo nos habla de su propia conversión y cómo fue Jesús quien directamente le reveló el Evangelio.
Cuenta su conversión y cómo se lo jugó todo para seguir a Jesús en fidelidad dentro de la Iglesia.
*        Lucas nos presenta la resurrección que obró Jesús en Naín, devolviendo a otra viuda su hijo único que había muerto.
Jesús va de camino, encuentra un cortejo fúnebre, le dio lástima y dijo a la mujer:
“¡No llores!”
Podemos imaginar cómo desconcertó a la pobre madre. Pero enseguida ella pudo entender.
Jesús, acercándose al ataúd, tocó al muerto y dijo: “¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!”
El muerto se incorporó y empezó a hablar y Jesús se lo devolvió a su madre.
Este es el poder de Dios que resucita los muertos para demostrar el nuevo camino que Jesús ofrece a todos para que entren en su Reino.
Las enseñanzas de este domingo las resume el verso aleluyático, que nos dice:
“Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo”.
Así es. En efecto, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento nos presentan la bondad de Dios que muestra la cercanía de su corazón y nos visita con su poder, incluso resucitando a los muertos como la prueba más grande de su amor”.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

26 de junio de 2014

Solemnidad de San Pedro y San Pablo, Apóstoles

CORAZÓN DE JESÚS – SAN PEDRO Y SAN PABLO

I. EL AUTORETRATO DE JESÚS

Es Jesús quien nos ha hecho una foto de su propio corazón:

“Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”.

Como hombre fue un hombre lleno de ternura que pasó haciendo el bien a todos, sanando, enseñando y sobre todo dando su propia vida.

Como Dios nos lo presenta así de amoroso el Deuteronomio:

“Moisés dijo al pueblo: tú eres un pueblo santo para el Señor, tu Dios; Él te eligió para que fueras, entre todos los pueblos de la tierra el pueblo de su propiedad. 

Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, pues sois el pueblo más pequeño, sino que por puro amor vuestro… os sacó de Egipto con mano fuerte… así sabrás que tu Dios es el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman”.

Ese amor y la fidelidad del Antiguo Testamento pasan en el Nuevo a toda la humanidad a través de la Iglesia. Por eso san Juan, después de conocer el Corazón de Jesús, recostando su cabeza sobre el pecho del Señor, entendió el amor de Dios mejor todavía y nos habló de él diciendo:

“En esto manifestó el amor que Dios nos tiene en que Dios envió su Hijo al mundo para que vivamos por medio de Él… en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios sino que Él nos amó y nos envió a su Hijo.

Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él”.

Después, san Juan saca una conclusión para que agrademos a Dios:

“Si Dios nos amó así nosotros debemos amar a los hermanos”.

Entonces nuestro corazón latirá al compás del Corazón de Jesús.

Veamos ahora las enseñanzas del prefacio:

Jesús “con amor admirable se entregó por nosotros y, elevado sobre la cruz, hizo que de la herida de su costado brotaran con el agua y la sangre, los sacramentos de la Iglesia para que así, acercándose al Corazón abierto del Salvador todos puedan beber con gozo de la fuente de la salvación”.

Terminamos la primera parte de nuestra reflexión recordando las palabras de Jesús a santa Margarita María Alacoque:

“Aquí está el Corazón que tanto ha amado a los hombres, que nada ha perdonado hasta agotarse y consumirse por demostrarles su amor y que no recibe reconocimiento de la mayor parte, sino ingratitud, ya por irreverencias y sacrilegios, ya por la frialdad y desprecio con que me tratan en este sacramento de amor”.

II. LOS APOSTÓLES PEDRO Y PABLO

Lo primero que se nos ocurre es por qué se celebran a san Pedro y san Pablo juntos, si Pablo no pertenece a los doce apóstoles.

El mismo san Pablo nos da la respuesta enseñando que Jesús lo eligió a él personalmente como su apóstol. Por lo demás, en el prefacio del día encontraremos la mejor aclaración:

“En los apóstoles Pedro y Pablo has querido dar a tu Iglesia un motivo de alegría. Pedro fue el primero en confesar la fe, Pablo el maestro insigne que la interpretó. Aquél fundó la primitiva Iglesia con el resto de Israel, éste la extendió a todas las gentes. De esta forma, Señor, por caminos diversos, los dos congregaron la única Iglesia de Cristo y a los dos, coronados por el martirio, celebra hoy tu pueblo con una misma veneración”.

Como podemos entender los dos fueron elegidos por Jesús. Pedro fortaleció la fe de la Iglesia en Israel, en cambio Pablo predicó por todo el mundo entonces conocido, de ahí el nombre de “apóstol de los gentiles”.

Sabemos también que los dos fueron martirizados en Roma. 

A Pedro lo crucificaron y a Pablo le cortaron la cabeza ya que siendo ciudadano romano no lo podían crucificar.

La primera lectura nos cuenta cómo Herodes metió en la cárcel a Pedro y la Iglesia oraba “intensamente a Dios por él”. Esa misma noche Dios hizo el gran milagro de sacarlo de la cárcel y devolverlo a la comunidad.

La segunda lectura es de Pablo. Es un testimonio precioso de cómo se sentía al final de su sacrificada misión:

“Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate. He corrido hasta la meta. He mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día”.

Y aprovecha Pablo para animarnos a ser buenos cristianos, diciendo que Dios nos coronará también a nosotros: “no sólo a mí sino a todos los que tienen amor a su venida”.

El Evangelio nos presenta el momento en que Jesús, después de haber rezado, entregó a Pedro las llaves del Reino, es decir, el poder para representar a Jesús en su Iglesia.

En este domingo celebramos también el día de la Iglesia, el día del Papa.

Ayer fue Benedicto, antes Juan Pablo… ahora Francisco. Son los sucesores de Pedro que Dios ha colocado como guías para que nos lleven a Jesús.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

6 de junio de 2013

X Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

¿CÓMO ES EL CORAZÓN DE JESÚS?

“Jesucristo, mi amado Dueño se presentó delante de mí todo resplandeciente de gloria, con sus cinco llagas, brillantes como cinco soles, y despidiendo de su sagrada humanidad rayos de luz de todas partes, pero sobre todo de su adorable pecho, que parecía un horno encendido, y habiéndose abierto, me descubrió su amante y amable Corazón, vivo manantial de tales llagas”.

Un año más tarde le decía Jesús a santa Margarita María de Alacoque (1675):

“He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, que nada ha perdonado hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor, y que no recibe en reconocimiento, de la mayor parte sino ingratitud, ya por sus irreverencias y sacrilegios, ya por la frialdad y desprecio con que me tratan en este sacramento de amor.

Por eso te pido que se dedique el primer viernes después de la octava del Santísimo Sacramento a una fiesta especial para honrar mi Corazón”.

El padre san Claudio de la Colombiere dedicó su corta vida a publicar las confidencias que Jesús había tenido con santa Margarita María de Alacoque en el monasterio francés de Paray-le-Monial

Hoy la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús se ha convertido en solemnidad y los últimos pontífices han dedicado este día especialmente para pedir por la santidad sacerdotal para que el corazón de cada sacerdote reviva los sentimientos de Jesucristo que nos enseñó: “aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”.

Veamos qué nos enseña la liturgia de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

Puesto que tiene un prefacio especial empecemos por meditarlo:

Jesucristo “con amor admirable se entregó por nosotros, y elevado sobre la cruz hizo que de la herida de su costado brotaran, con el agua y la sangre, los sacramentos de la Iglesia: para que así, acercándose al Corazón abierto del Salvador, todos puedan beber con gozo de la fuente de la salvación”.

Sabemos que este Corazón abierto nos lo ha presentado el evangelista san Juan diciéndonos que el soldado (al que la tradición llama Longines) con su lanza, abrió el Corazón de Cristo y del Él brotaron el agua y la sangre, símbolo de los sacramentos del bautismo y de la eucaristía.

Así podemos “beber” la felicidad que nos mereció Jesús con su muerte y resurrección.

Por eso le pedimos, con la oración colecta, “concédenos recibir de esta fuente divina una inagotable abundancia de gracia”.

Ezequiel nos presenta el amor de Dios bajo la imagen del Buen Pastor con estas palabras: “Yo mismo en persona buscaré mis ovejas siguiendo su rastro… y las libraré, sacándolas de todos los lugares por donde se desperdigaron”.

El Señor lleva a sus ovejas a ricos pastizales y las hace reposar. Por otra parte, el mismo Señor busca “las ovejas perdidas… vendando sus heridas, curando las enfermas…”.

Bajo esta comparación aparece el amor infinito de Dios manifestado en Cristo Jesús.

Recordando este amor, san Pablo nos dice que llegada la plenitud de los tiempos “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”.

Este amor hacia nosotros se manifiesta de manera especial porque “cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo”. Y añade el mismo apóstol:

“Con cuánta más razón estando ya reconciliados seremos salvos por la vida de Cristo”.

Finalmente, el Evangelio de san Lucas recordando el pastor de Ezequiel nos presenta la parábola de las cien ovejas y cómo Jesucristo va en busca de la “negrita” que se perdió y vuelve feliz con ella sobre sus hombros diciendo a sus amigos: “¡Felicitadme! He encontrado a la oveja que se me había perdido”.

De esta manera, con toda delicadeza, en lugar de decir que ella se escapó del rebaño, se echa las culpas a sí mismo diciendo que se le había perdido.

La misericordia de Jesús termina con estas palabras que son un aliciente para nosotros invitándonos a la conversión: “os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”.

He querido recordar hoy con ustedes esta fiesta del viernes pasado como homenaje al Sagrado Corazón de Jesús.

Preparémonos para seguir la liturgia de este domingo décimo del tiempo ordinario a la luz de estos tres personajes que nos hacen ver que Dios cuida siempre de su pueblo con amor especial:

Elías, es el más grande de los profetas del Antiguo Testamento y resucita al hijo de la viuda que lo hospedaba. Así manifiesta Dios su complacencia con Elías.

Pablo, se presenta a sí mismo desde una profunda humildad, como apóstol escogido directamente por Jesucristo para evangelizar.

Finalmente, el Evangelio nos muestra a Jesús resucitando al hijo de la viuda de Naím y es el pueblo quien exclama: “un gran profeta ha surgido entre nosotros: Dios ha visitado a su pueblo”.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

14 de junio de 2012

XI Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B


EN EL CORAZÓN DE CRISTO APRENDEMOS A AMAR 

Mi comentario de este domingo irá en una triple dirección porque quiero ayudarles a reflexionar sobre el Corazón de Jesús, el domingo XI del tiempo ordinario y el Día del Padre. 

EL CORAZÓN DE JESÚS 

En el lenguaje popular el corazón refleja los sentimientos, la cercanía y el odio o amor de la persona. 

Si hablamos del Corazón de Jesús es bueno meditar en la profundidad que tiene el prefacio de hoy. 

En él aparece el inmenso amor de Cristo “el cual, con amor admirable se entregó por nosotros, y elevado sobre la cruz hizo que de la herida de su costado, brotaran, con el agua y la sangre, los sacramentos de la Iglesia: para que así, acercándose al corazón abierto del Salvador, todos puedan beber con gozo de las fuentes de la salvación”. 

Hemos de tener en cuenta que toda gracia de Dios, merecida para nosotros por Jesús con su muerte y resurrección, la recibimos por medio de los sacramentos. 

La sangre y el agua que brotaron de Cristo en la cruz son el signo externo y muy especial de los sacramentos de la Eucaristía y el bautismo. 

Por otra parte al ver la imagen del Corazón de Jesús podemos pensar que es algo anormal porque el corazón va siempre, oculto y defendido, dentro del pecho. 

La Iglesia, con este signo externo del corazón, nos enseña el incomprensible amor de Jesucristo que nos dio la prueba más grande del amor verdadero: dar la vida. 

Por otra parte, en su pecho abierto, encontramos el cumplimiento de la palabra de Jesús: “Yo soy la puerta”. 

Por la puerta abierta del Corazón de Cristo llegamos directamente al Padre: “Nadie puede llegar al Padre sino por mí”. 

Con la oración litúrgica del día pedimos al Padre que podamos “recibir de esta fuente divina una inagotable abundancia de gracia”. 


DOMINGO XI 

El Evangelio de hoy nos habla de la humildad de los seguidores de Cristo. 

Jesús compara el Reino de los cielos a un hombre que echa semilla en la tierra. 

El calor y el agua trabajarán independientemente del hombre. “Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano”. 

Al hombre sólo le queda cosechar cuando llega el momento oportuno. 

También compara Jesús el Reino a un granito de mostaza. “Al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ella”. 

En el fondo, Jesucristo enseña que el Reino lleva la fuerza en sí mismo, aunque parezca muy pequeño. A nosotros nos queda únicamente acogerlo y darle calor para que crezca. 

Nuestra pequeñez debe complacerse en la grandeza que lleva en sí el Reino, ese Reino que va dentro de nosotros. 

Por algo Jesús nos dijo que la virtud más importante que debemos imitar en Él es la humildad. 

Pidámosle que nos dé fe y humildad, aunque sea como un granito de mostaza, pero auténtica fe en Él y en la fuerza de su Reino. 


DÍA DEL PADRE 

Nos enseña Santiago que “toda paternidad viene de Dios” (1,17). 

Este es el mejor halago para todo padre cristiano. Y es que en realidad todo procede de Dios como creador único y toda la vida espiritual procede del mismo Dios: Dios es la fuente de todo lo divino y lo humano que tenemos. 

Creo que lo mejor que podemos pedir a un padre de familia es que se esfuerce por dejar bien a Dios en su vida y que sus hijos puedan tener la primera experiencia de Dios en el abrazo y cariño de su papá. 

El gozo de Santa Teresita estuvo, precisamente, en sentir cómo su padre (que va camino de los altares con su esposa), era para ella la imagen de Dios Padre y en él veía la providencia divina que la cuidaba y protegía. 

Si los hijos vieran el rostro de Dios en sus padres y los padres tomaran conciencia de que ellos hacen las veces de Dios y son su providencia diaria en el hogar, tendríamos las familias más maravillosas que pudiéramos imaginar. Algo así como en la casita de Nazaret. 

Deseando que se parezcan a Dios Padre, les deseo FELIZ DÍA A TODOS LOS PADRES DE FAMILIA.

30 de junio de 2011

XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A


EL CORAZÓN DE JESÚS

Por una feliz coincidencia el Evangelio de la fiesta del Corazón de Jesús y el de este domingo XIV del tiempo ordinario son el mismo párrafo de Mateo 11,25-30.
Unamos en esta reflexión ambas fechas y tengamos en cuenta que la fiesta del Corazón de Jesús tiene, como finalidad especial, orar por la santificación de los sacerdotes.

***

Empecemos, pidiendo al Corazón de Cristo, sacerdotes santos para su Iglesia.
En el versículo aleluyático la Iglesia nos invita a glorificar a Dios, con estas palabras de Jesús:
“Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado los secretos del Reino a la gente sencilla”.
El prefacio centra la fiesta del Corazón de Jesucristo, fuente del amor y de los sacramentos, con estas palabras:
“Con amor admirable se entregó por nosotros, y, elevado sobre la cruz, hizo que de la herida de su costado brotaran, con el agua y la sangre, los sacramentos de la Iglesia: para que así, acercándose al corazón abierto del Salvador, todos puedan beber con gozo de las fuentes de la salvación”.
Estas palabras parecen el eco del desahogo del Corazón de Cristo en aquel día de fiesta: “El que tenga sed venga a mí y beba y torrentes de agua viva brotarán de sus entrañas”.
Ese torrente de agua viva es el agua y la sangre, símbolos de los sacramentos de la Iglesia.
Desde entonces el problema ya no es de Cristo sino nuestro porque todo el que quiera puede beber en abundancia y saciar la sed de amor y felicidad.
En el Deuteronomio leemos estas admirables palabras:
“Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, porque sois el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor vuestro… os sacó de Egipto con mano fuerte”.
Es el mismo texto bíblico el que enseña “que el Dios fiel mantiene su alianza” pero también invita a pensar que si somos infieles nos espera el rechazo de Dios.
En cuanto a la lectura de la carta del apóstol del amor, San Juan evangelista, se ha escogido para este día uno de los párrafos más bellos sobre el amor. En ella nos advierte que la grandeza del amor no está “en que nosotros hayamos amado a Dios sino en que Él nos amó primero”.
Lo que sí aparece claro continuamente en las Escrituras es que “si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros”.
El amor a Dios debe, pues, pasar por el prójimo para ser auténtico.
El regalo grande del Padre a la humanidad ha sido evidentemente Jesucristo y el Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones.
También es preciso meditar la definición de Dios que nos da San Juan, al decir por dos veces en este pequeño párrafo que “Dios es amor” y sólo “quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él”.
El Corazón de Cristo se manifiesta de manera muy especial en la bellísima oración que nos cuenta hoy el Evangelio de San Mateo. Se trata de una de las pocas oraciones que conocemos de Jesús hablando con su Padre.
En ella, después de agradecer al Padre por la sencillez y humildad de los que le siguen, hace la gran invitación: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”.
Así define Él su propio corazón. ¡Manso y humilde!
Aprendamos que sólo en Él encontraremos nuestro descanso.
Descansar en el pecho del Señor como el bebito en el regazo de su madre o como Juan evangelista en el pecho de Jesús en la última cena, es la mejor forma de aprender a amar escuchando los latidos de “este corazón que ha amado tanto a los hombres”.
Estas palabras de Jesús a Santa Margarita, sin embargo, van acompañadas de una triste respuesta por parte de muchos, pues añade que “no recibe el reconocimiento de la mayor parte sino ingratitud, ya por sus irreverencias y sacrilegios, ya por la frialdad y desprecio con que me tratan en este sacramento de amor”.
¡Profundicemos y amemos!

José Ignacio Alemany Grau, Obispo