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5 de febrero de 2015

V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO B

NO HAY MÁS REMEDIO QUE EVANGELIZAR

La vida es una lucha, un verdadero servicio militar, según nos advierte Job este domingo.
Pero nos dice muchas cosas más:
* Cada uno de los seres humanos es un jornalero que vive esperando siempre su salario.
* Es la vida de un esclavo que busca la única propiedad que tiene, la sombra de un árbol para descansar.
* Como herencia sólo puede suspirar a un trabajo sin fruto y sin fecundidad de ninguna clase.
* El hombre duerme esperando que amanezca para que la nueva luz lo devuelva a los mismos quehaceres del día anterior.
* Y pasa la noche dando vueltas en la cama con desasosiego y sin esperanza. Las horas se le hacen eternas.
* La vida humana es como un soplo.
* Y mis ojos no verán más la dicha.
Así más o menos se desahogó Job ante Dios y “en todo esto no pecó”, como dice la Escritura.
Dios es Padre y nos entiende siempre.
Compartir con Él da seguridad a nuestra vida en cualquier situación.

- Marcos nos lleva hoy a la sinagoga de Cafarnaúm y de ahí a la casa de Simón y de Andrés.
Sabemos que era la costumbre de Jesús ir a la sinagoga los sábados y, como ya tenía la edad que exigía la ley, tomaba el rollo bíblico y lo leía, pero no como suelen hacerlo los fariseos, sino “con autoridad”.
Esto atraía a la gente y acudían numerosos a escucharle.
Cafarnaúm suele llamarse la “ciudad de Jesús” y la casa donde solía hospedarse era la de Pedro.
Aquel día la suegra tenía una fiebre alta. Al parecer se trataba de una seria enfermedad.
Jesús se acerca, la toma de la mano y la levanta.
Se fue la fiebre y la mujer en agradecimiento se puso a servirles.
Al anochecer aprovechó la gente para llevar a todos los enfermos y endemoniados y Jesús curó a muchos de ellos.
Es interesante el detalle del evangelista que nos dice que “como los demonios lo conocían no les permitía hablar”.
Recordamos, precisamente, que en la lectura del domingo anterior, un demonio reconoció a Jesús y le gritó: “¡Sé quién eres. El Santo de Dios!”.
Así cuenta el Evangelio y añade que, al día siguiente, Jesús se levantó muy temprano, fue solo al “descampado y allí se puso a orar”.
Llegaron después los apóstoles y al encontrarlo le advirtieron: “¡todo el mundo te busca!”.
Pero Jesús, por mucho que llamemos a Cafarnaúm su pueblo, no estaba apegado a la ciudad y más bien les advirtió que su misión era muy distinta: “vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido”.
Así es el espíritu misionero de Jesús y de todos los que queremos seguirle.
Hemos de extender la evangelización a todos los lugares que nos sea posible, a esas periferias de que nos habla el Papa Francisco.
Actuando de esta manera Jesús pudo “recorrer toda Galilea predicando en las sinagogas y expulsando demonios”.
Y si no podemos todos expulsar demonios (que no es lo más importante), siempre podremos evangelizar, alimentar con la Eucaristía y perdonar los pecados en nombre de Cristo, que es el más importante servicio sacerdotal.

- San Pablo, por su parte, es uno de estos grandes evangelizadores que imitaron a Jesús recorriendo todos los caminos que pudo.
Examinándose a sí mismo, nos dice que él no predicaba por satisfacción y orgullo sino “porque no tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!”.
Para Pablo la necesidad de evangelizar brota del amor profundo a Jesucristo y ya no tiene más remedio que darlo a conocer por todas partes. Además no espera ninguna recompensa más que “dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde”, sin usar el derecho que le da la predicación.
Pablo se refiere a un tema del que habla en otro momento, diciendo que el que evangeliza tiene derecho a su recompensa material.
Por otra parte, nos da otra clave de la eficacia de su apostolado. Tiene conciencia de que siendo verdaderamente libre (también en el sentido de la ley romana) se ha hecho esclavo de todos para ganarlos a todos los que pueda, para Jesús.

- El salmo responsorial nos invita a “alabar a Dios que sana los corazones destrozados”.
Esto mismo podemos aplicar a Jesús, quien al mismo tiempo que curaba los cuerpos enfermos, sanaba las almas y liberaba del pecado.
- Con estas reflexiones entenderemos mejor las palabras del verso aleluyático “Cristo tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades”.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

15 de agosto de 2014

XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A

ASÍ DISCURREN LAS MADRES
Hoy nos cuenta san Mateo una escena simpática.

Se trata de una mujer que, al no ser israelita, no tiene derecho a que Jesús le haga ningún milagro. 

Pues bien, esta mujer cananea sorprende a Jesús, dice san Mateo, “saliendo de uno de aquellos lugares. Y comenzó a gritar”.

Advierte que gritó desde el principio para sorprenderle con sus gritos desgarradores de madre.

En efecto, empieza pidiendo compasión para ella misma y lo refuerza todo empleando grandes títulos, posiblemente los más grandes que conocía, para llamar la atención de Jesús.

¿Qué le pasa a aquella mujer que grita “ten compasión de mí, Señor, hijo de David”?

Lo que da motivo para sus gritos no le pasa a ella sino a su hija. Pero así son las madres:

“Mi hija tiene un demonio muy malo”.

El trato que le da Jesús, para probar su fe, resulta un tanto extraño.

San Agustín nos explicará que mientras Jesús le probaba su fe, al mismo tiempo iluminaba su corazón con la fe.

¡Son juegos de la gracia que la liturgia conoce muy bien y por eso con frecuencia nos repite que Dios nos da lo que luego nos va a pedir.

La escena se hace más interesante cuando dice san Mateo que la mujer seguía gritando y los apóstoles se iban poniendo nerviosos:

“Atiéndela que viene detrás gritando”.

No sé si sería muy frecuente, pero llama la atención que los apóstoles, sin ningún preámbulo ni título para con Jesús le “mandan” que la atienda.

Jesús, en voz alta, sin duda para que lo oyese, contestó a los apóstoles:

“Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel”.

La mujer lejos de amilanarse, corrió para ponerse delante de Jesús, se postró ante Él y le pidió:

“¡Señor, socórreme!”

Jesús prueba más su fe y responde con palabras que desanimarían a cualquiera:

“No está bien echar a los perros el pan de los hijos”.

Sabemos que los judíos llamaban perros a los gentiles, es decir a los que no eran de los suyos.

Y ahí aparece la grandeza de esta madre dispuesta a conseguir como sea la curación de su hija:
“Tienes razón, Señor, pero los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”.

Podemos imaginarnos la actitud de los apóstoles al oír tales palabras, pero veamos cómo Jesús después de probar la fe a la cananea, le hace el gran regalo:

“Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”.

“En aquel momento quedó curada su hija”.

Cuántas lecciones para los apóstoles, y para nosotros, en este relato evangélico.

El verso aleluyático nos explica que las curaciones que Jesús hacía eran para “proclamar el Evangelio del Reino curando las dolencias del pueblo”.

Sería bueno que en este momento pensáramos qué tipo de confianza tenemos en Dios.

¿Hubieras sido capaz de aguantar el trato que Jesús dio a la mujer?

¿Cuántas veces te has quejado de que Dios no te escucha? 

¿Has pensado que lo que quiere Jesús es fortalecer tu fe en esos momentos?

Por su parte, san Pablo insiste en el tema del domingo pasado cuando estaba dispuesto a ser condenado si esto pudiera salvar a los de su raza, a los judíos.

Continuando el mismo tema Pablo nos advierte que hay todo un misterio debajo de esta situación:

Al rechazar los judíos a Jesús, los apóstoles evangelizan a los paganos con lo cual podemos decir que los de su raza “¡se la perdieron!”

Y así, los paganos que eran rebeldes a Dios, al rebelarse los judíos consiguieron la misericordia de Dios y su gracia.

Pablo saca su propia conclusión:

De la misma manera que un día los judíos rebeldes perdieron a Jesús, ahora por la misericordia que han obtenido los paganos, alcanzarán también los judíos la misericordia y se salvarán.

El parrafito termina con una idea que Pablo llevaba muy metida en su alma:

“Dios nos encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos”. Es decir:

Para poder salvarnos a todos, Dios nos consideró a todos pecadores.

El salmo responsorial es una bellísima comparación: “El Señor ilumine su rostro sobre nosotros”.

Esta imagen recuerda la sonrisa del papá o la mamá sobre el hijito en la cuna y por tanto quiere pedir una mirada de ternura paternal para cada uno de nosotros:

“El Señor tenga piedad y nos bendiga… que canten de alegría las naciones porque riges el mundo con justicia”. Y terminamos con la alabanza de todos:

“Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”.

Para pedir finalmente que “Dios nos bendiga y que le teman hasta los confines del orbe”.

Te invito a leer a Isaías. Saca tus conclusiones recordando que Jesús es “Señor del sábado”.
José Ignacio Alemany Grau, obispo

10 de octubre de 2013

XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

DE LA LEPRA A DIOS
Naamán casi se la pierde

Naamán, gran caudillo del rey de Siria era leproso.

En una oportunidad trajeron una joven israelita prisionera que quedó al servicio de la mujer de Naamán.

La muchacha le aconsejó que fuera al profeta de Israel que podía curarlo.

Naamán, con permiso de su rey, viaja con muchas riquezas y al final se encuentra con Eliseo.

El profeta ni sale a saludarlo. Simplemente le manda bañarse siete veces en el río Jordán.

El orgulloso caudillo se iba furioso gritando que los ríos de Damasco eran mejores que todas las aguas de Israel.

Y despreciando al profeta, pensó regresar a su tierra.

Sus criados le hicieron entrar en razón con estas palabras:

“Padre mío, si el profeta te hubiera mandado algo difícil, ¿no lo habrías hecho?

¡Cuánto más si te ha dicho lávate y quedarás limpio!”.

Naamán se bañó siete veces en el Jordán y su carne quedó nueva como la de un niño.

Regresó, agradeció y ofreció dones valiosos que Eliseo no aceptó. Entonces el militar hizo una promesa:

Se llevó como muestra de gratitud eterna a su país, dos mulas cargadas con tierra de Israel, para extenderla y ofrecer sobre ella el culto y adoración al Dios verdadero porque “en adelante tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses fuera del Señor”.

La verdad es que su orgullo casi le hace perder la sanación maravillosa que le consiguió su humillación.

También nuestro orgullo nos priva de tantas posibilidades en la vida espiritual e incluso en la vida social porque a Dios y a los hombres nos molestan los creídos.

Ser agradecidos

San Pablo en el versículo aleluyático nos pide que seamos agradecidos: 

“Dad gracias en toda ocasión: ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros”.

Por aquí va el tema de este domingo. La gratitud para con Dios.

El salmo responsorial también nos invita, con estas palabras y motivos a agradecer: “el Señor revela a las naciones su salvación… Cantad, gritad, vitoread, tocad… porque el Señor ha hecho maravillas y los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios”. 

Por eso Pablo, en su párrafo bellísimo a Timoteo nos pide que hagamos “memoria de Jesucristo” porque solamente en Él está la salvación.

Se trata de recordar con gratitud todos los dones que nos ha dado Dios por Jesucristo.

Entre otras cosas enseña que “es doctrina segura: si morimos con Él viviremos con Él. Si perseveramos reinaremos con Él”. Aunque también nos advierte valientemente que “si lo negamos, también Él nos negará. Pero si somos infieles Él permanece fiel porque no puede negarse a sí mismo”.

Esto es lo que hizo Pablo que sacrificó su vida por Jesús para conseguir para sí mismo y para otros la salvación.

El Evangelio a su vez nos presenta a diez leprosos pidiendo la sanación, desde lejos, porque les estaba prohibido acercarse a los sanos.

Jesús les mandó: “Id a presentaros a los sacerdotes”.

“En el camino se sanaron los diez. Pero solamente uno, al ver que estaba curado, volvió alabando a Dios, a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Este era samaritano”.

Jesús muestra pena ya que solamente uno ha agradecido. Incluso se trataba de un extranjero. Por eso preguntó:

“¿No han quedado limpios los diez?; ¿los otros nueve, dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”

Cuántas veces en nuestra vida pedimos mucho y agradecemos poco no sólo a los hombres sino también a Dios.

Sin embargo deberíamos vivir en perenne acción de gracias al Señor que nos regala toda clase de bienes materiales y espirituales continuamente.

Esto lo podemos hacer, sobre todo, con el don más maravilloso que nos dejó el mismo Jesús para que pudiéramos agradecer: la Eucaristía, que significa precisamente “acción de gracias”.

San Alfonso en su libro de las Visitas al Santísimo Sacramento advierte que “el ingrato se hace indigno de recibir nuevos beneficios”.

Tú y yo, amigo, seamos fieles y agradecidos a Jesucristo a quien debemos todo.

Para animarnos más miremos a nuestro Señor de los Milagros que desde la cruz, sobre todo en este mes de octubre, nos recuerda cuánto nos amó y cuánto desea que le amemos nosotros también.

Este amor debemos manifestarlo tanto a Él directamente, como al prójimo en quien Jesucristo se ha ocultado.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

8 de febrero de 2013

V Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

SACARON LAS BARCAS Y LO DEJARON TODO 

Hoy es un domingo de pesca. 
Y ciertamente que el pescador es Jesucristo. 
En primer lugar tenemos al profeta Isaías y comenzamos fijándonos en un detalle. 
Él tiene una especie de visión y con una frase de las que oye decir a los ángeles, otra del Apocalipsis y otra de Números, la Iglesia ha confeccionado la alabanza que cada día repetimos después del prefacio, uniéndonos a la liturgia celestial: 
“Santo, santo, santo el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria” (Is 6,3). 
“Santo, santo, santo, Señor Dios todopoderoso, aquél que era, que es y que va a venir” (Ap 4,8). 
“La gloria del Señor llena la tierra” (Nm 14,21). 
Isaías cuenta a continuación su propia vocación. Un serafín purifica sus labios con un carbón encendido y el profeta se siente con las fuerzas necesarias para ponerse a disposición de Dios: “aquí estoy, mándame”. Y Dios tomó en serio a este gran profeta que ahora es uno de los preferidos por la liturgia. 
El segundo “pescado” por Jesús es el apóstol san Pablo que nos da uno de sus mensajes más importantes, que él mismo recibió de la Tradición, es decir, de las enseñanzas que iban compartiendo con fidelidad los primeros cristianos. 
“Lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras…” 
Después Pablo narra luego su propia vocación contando cómo fue Jesús pescando a los primeros seguidores, “Cefas y más tarde a los apóstoles; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último se me apareció a mí”. 
Con humildad reconoce que, aunque había perseguido a la Iglesia, Jesús lo escogió a él. 
En el Evangelio encontramos otra manera que empleó Jesús para pescar. 
Después de haber enseñado a todos, dice a Pedro esta frase que hemos repetido muchas veces en los últimos años al hablar de la misión de la Iglesia, a la que todos estamos llamados: “rema mar adentro”. 
Cuando Pedro oyó estas palabras que Jesús le dirigía a él y que añadía: “echad las redes para pescar”, sin duda debió tener una fuerte tentación. Pero la venció pronto, apoyándose en el mismo Cristo y enseñando a todos que confiando en la Palabra de Dios, todo es posible. 
Sin Cristo “nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada”. Pero con Cristo “por tus palabras, echaré las redes”. 
La pesca fue tan abundante que tuvieron que llamar a sus compañeros que estaban en la otra barca. Y llenaron las dos barcas hasta el punto que casi se hundían. 
Pedro reacciona como humillado por tanta generosidad de Cristo y le pide: “apártate de mí que soy un pecador”. 
Pero Jesús le hace ver un plan distinto que lo va a sacar de su vida rutinaria: “no temas, desde ahora serás pescador de hombres”. 
La escena termina de una forma inesperada. 
¿Qué hicieron con los peces? No sabemos. 
Lo único que dice san Lucas es “sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo lo siguieron”. 
Como podemos darnos cuenta, aquí el pescador ha sido Cristo y a los que pescaban les ha dicho: 
“Desde ahora serás pescador de hombres”. 
De una u otra forma todos hemos sido llamados por Jesús para evangelizar, pescando nuevos pescadores. 
¿Alguna vez en tu vida has dejado todo para seguir a Jesús y pescar hombres con Él? 
Esto era lo que quería decir Juan Pablo II a la Iglesia entera con estas palabras “hay que remar mar adentro”. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

17 de enero de 2013

II domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C

EL VINO QUE ALEGRA EL CORAZÓN 

La historia de la salvación es algo maravilloso. Dios crea la humanidad. 
Esta lo desprecia y se escapa con el tentador y el pecado. 
Pero Dios “nos saca la vuelta” y aparece con otro regalo: el protoevangelio que es un camino nuevo de salvación. 
Es que Dios nos ama de una manera incompresible y para que entendamos ese amor, Él mismo quien compara su amor a la humanidad con el amor matrimonial que es lo máximo en el amor humano. Hoy precisamente nos lo dice por medio de Isaías: 
“Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa la encontrará tu Dios contigo”. 
Y todo por amor, como lo explica el mismo profeta: 
“Por amor a Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que rompa la aurora de su justicia, y su salvación llamee como antorcha”. 
Este amor lo manifiesta Dios durante una temporada (Antiguo testamento) con un pueblo escogido por Él (Israel) hasta que, cuando llegó la “plenitud de los tiempos”, es decir, cuando a Dios le pareció bien, descubrió su amor a toda la humanidad encarnando a su Verbo a quien, hecho hombre, llamamos Jesucristo. 
Con la encarnación derrocha Dios todos los tesoros de su creatividad y amor infinitos. 
Todo esto lo manifiesta de manera especial a partir de Pentecostés. Desde entonces el Espíritu Santo derrama sus dones sobre la Iglesia, como nos refiere san Pablo en su carta los Corintios: 
“En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Y así, uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría… hay quien recibe por el mismo Espíritu el don de la fe… y otro por el mismo Espíritu el don de curar… el mismo y único Espíritu obra todo esto repartiendo a cada uno en particular como a Él le parece”. 
De esta manera el Espíritu Santo va embelleciendo a la esposa que es la Iglesia para el encuentro con Dios, que es el esposo. 
El gran signo de este amor esponsal que Dios nos tiene lo presenta el Evangelio de san Juan. En él encontramos la tercera epifanía o manifestación de la que hemos hablado estos días: Los sabios de oriente, el bautismo de Jesús y la conversión del agua en vino. 
El milagro de hoy es el signo inicial del apostolado de Jesús y es tan maravilloso que el evangelista advierte: 
“Así en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en Él”. 
Conocemos muy bien el milagro: Es una fiesta matrimonial. Se acaba el vino. Esto podía avergonzar a los jóvenes esposos y a la familia. María lo advierte. Pide a Jesús y Jesús hace el milagro. 
En la sala del matrimonio queda la dulce voz de María que nos llega hasta hoy: 
“Hagan lo que Jesús les diga”. 
Buena enseñanza la de nuestra Madre María si queremos corresponder cada uno al amor esponsal que Dios nos tiene. 
De la mano de Benedicto XVI veamos algunos detalles de esta escena del Evangelio de san Juan. 
* Empecemos por la abundancia exuberante: Quinientos veinte litros de vino para un matrimonio de un pueblo chico en el que ya habían bebido… Es la generosidad de Dios. 
* El capítulo 2 con el que comienza el relato dice “a los tres había una boda en Caná de Galilea”. Esto nos puede llevar a completar nuestra meditación de hoy con los tres días de preparación a la teofanía de Dios en el Sinaí (“Al amanecer del tercer día”) y nos puede llevar también a los tres días que precedieron la resurrección de Jesús (“al tercer día resucitó de entre los muertos”). 
* Quizá lo más importante aquí es “no ha llegado mi hora”. Para Jesús “mi hora” es el designio del Padre sobre su vida. 
Se trata de la glorificación que el Padre le prepara con la cruz y la resurrección y también en su presencia universal a través de la Palabra y los sacramentos. 
La hora de Cristo comienza con la cruz; “cuando los corderos de Pascua son sacrificados, Jesús derrama su sangre como verdadero cordero que quita los pecados del mundo”. 
Sin embargo, Jesús tiene poder para adelantar su hora misteriosamente a través de los signos. 
Precisamente el milagro de Caná se caracteriza como una anticipación de su hora y está interiormente relacionada con ella. 
Quizá lo más hermoso de todo es la aplicación que hace el Papa cuando nos enseña que también hoy en la Iglesia ocurre esto mismo: ante la oración de la Iglesia, el Señor anticipa la segunda venida, celebrando su boda con nosotros, haciéndonos salir de nuestro tiempo y lanzándonos a aquella hora. 
Finalmente pensemos que también en nuestros días Jesús repite el milagro de convertir el vino en su sangre y darnos así su presencia y alimento. 
Éste sí es el vino que de verdad alegra el corazón del hombre, como dice la Escritura. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo