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22 de enero de 2014

III Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

EL PUEBLO VIO UNA LUZ GRANDE
Era de noche. “El pueblo caminaba en tinieblas”, a tientas y en sombra de muerte y de pecado.

De pronto una luz comenzó a crecer imparable.

El pueblo “ha visto una luz grande… una luz grande les brilló”.

Es Jesucristo, el Cordero del Apocalipsis que se ha hecho luz para todos.

No hace falta el sol de la naturaleza ni los focos de los hombres.

Y la luz se hizo alegría y gozo como cantó Isaías: “Acreciste la alegría, aumentaste el gozo”. Ese gozo que el Papa Francisco nos presenta en “El gozo del Evangelio”.

Y Jesús se hizo luz en Cafarnaúm, la ciudad de todos los caminos, “la Galilea de los gentiles”. Porque esa ciudad la atravesaban todos los pueblos que pasaban de oriente al Mediterráneo y por él al mundo de entonces.

Cafarnaúm se convirtió en la ciudad de Jesucristo.

El mismo Jesús es la luz de Isaías que ha hecho suya Mateo en el Evangelio de hoy.

Y, la Luz que se hace luz para todos proclama cuál es el único camino para que la humanidad, a su vez, pueda transformarse en luz:

“Conviértanse”. 

¡Es el primer paso: romper con las tinieblas, es decir, con el pecado que oscurece los caminos del bien, de la bondad y del amor. El Papa sueña con Jesús: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo”.

Y Jesús proclama el motivo importante para la conversión:

“Está cerca el Reino de los cielos”.

Es la cercanía de Jesús porque Él mismo es el Reino, Él es el Evangelio, Él es la luz del mundo.

Y Jesús que quería que la luz prendiera en el mundo entero (“He venido a pegar fuego en la tierra y cómo quiero que arda”). 

Y comienza a buscar gente en cuyo corazón arda la misma pasión y busca entre los discípulos de Juan.

Él sabía muy bien que no venía a robarle discípulos a su primo. Más bien, Juan había preparado a los suyos para pasárselos al Mesías que iba a venir.

Jesús se acerca al lago, azul y sereno, de Galilea. Metidos en el mar están echando las redes o la pequeña red redonda, que manejaban para pescar. 

Les presenta una nueva misión.

“Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”.

Otros dos reparaban pacientemente las redes sentados en la barca.

Su padre estaba con ellos.

Jesús los llama. Y dejando las redes y a su padre Zebedeo se van con Jesús.

Y la luz se hace imparable y “recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo”.

Era la impaciencia de Jesús que quería iluminar aquel pueblo que su Padre le había confiado.

Esta presentación de Jesús como luz es la que nos hace hoy la liturgia y por eso nos invita a repetir:

“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?...

Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida”.

Y es el mismo salmo el que nos invita a ser fieles y valientes:

“Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor”.

San Pablo sale al paso de un error que estaban cometiendo los Corintios y que frecuentemente se sigue cometiendo en la Iglesia.

Hay desunión y esa desunión y discordia es andar repitiendo: “yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo”.

Para entonces y para hoy valen estas fuertes palabras de Pablo a los Corintios:

“¿Está dividido Cristo?”. “¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros?”. “¿Habéis sido bautizados en nombre de Pablo?”.

Cuántas veces nos apegamos a nuestro padrecito, a nuestra “hermana religiosa”, a un presidente del grupo, al catequista, etc. Y hasta somos capaces de ir en protesta a la parroquia o al obispado como podrían salir los sindicatos a realizar sus reclamos.

Recordemos siempre: sólo Jesús es la fuente verdadera de la luz.

Sólo Él redime. Sólo Él salva.

Caminemos a la luz de Jesucristo.
José Ignacio Alemany Grau, obispo

12 de septiembre de 2013

XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

LOS TRES PERSONAJES DE LA GRAN PARÁBOLA
La parábola literariamente merece todos los óscares humanos pero, espiritualmente es la gran maravilla que define a Dios.

Ya sabemos cuál es. La parábola del hijo pródigo.

Por cierto que hoy San Lucas nos presenta en realidad tres parábolas para hablarnos de la misericordia de Dios.

La primera es la del pastor que sale en busca de la oveja malcriada que se le escapó y, lejos de reprenderla, la lleva con gran alegría al rebaño mientras va saludando feliz a todos, diciendo: “encontré a la oveja que se me había perdido”, como si él mismo tuviera la culpa.

La segunda parábola es la de una mujer que pierde una dracma, la encuentra y, llena de alegría, va diciendo a sus vecinas: “¡felicitadme, he encontrado la moneda que se me había perdido!”.

Jesús concluye en ambas parábolas que de la misma forma, en el cielo, hay fiesta cuando un pecador se arrepiente.

Luego viene la gran parábola que se lleva la palma, porque no se trata ni de una oveja ni de una moneda sino de los amados de Dios, los hombres.

Primer personaje

Le molesta la familia, le molesta el trabajo. Parece que no soporta a su padre y menos todavía al hermano mayor (que dicho entre nosotros, debía ser un cascarrabias). 

Ansiando libertad pide su parte de herencia, pensando que nunca más volverá a necesitar ni de la casa ni de su padre.

Se va. Se divierte. Invita a todos. Se cree el hombre más feliz.

Se acabó la plata. Está solo. Busca trabajo. Nadie le da. Al final le ofrecen un oficio denigrante para un judío: cuidar chanchos, los animales prohibidos en Israel.

Llegó el momento de pensar. Lo dice el salmo 118:

“Antes de sufrir, yo andaba extraviado… me estuvo bien sufrir, así aprendí tus decretos”.

El remordimiento tocó su corazón:

En mi casa había todo. Aquí me muero de asco y de miseria. Superando la vergüenza dice las palabras que nosotros repetiremos en el salmo responsorial:

“Me pondré en camino adonde está mi padre”.

¡Y fue!

El segundo personaje 

Es uno de los menos agradables de todo el Evangelio: el hermano mayor.

Regresa cantando azadón al hombro. De pronto, por encima de su propia voz, escucha la música.

¡Es música de fiesta! ¿Qué habrá pasado?, se pregunta.

Un criado le responde: “Tu padre ha hecho fiesta porque volvió tu hermano”.

El mayor, fiel cumplidor de la ley, dice amargado, rompiendo la comunión con todos: No entro.

El tercer personaje

El Padre. Sereno, de barba blanca. Camina lento. Pero su corazón va por delante de él.

No deja que el pequeño le cuente gran cosa. Sólo escucha las primeras palabras:

“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Como respuesta el padre se lo comía a besos.

Y el muchacho limpio, con el mejor traje, con el anillo en las manos y sandalias nuevas, se acerca para feliz para comenzar la fiesta.

“Y empezaron el banquete”.

Un mensaje pone nervioso al padre que está contento celebrando al pródigo: 

Tu hijo mayor no quiere entrar. 

La noticia hizo temblar al padre pero fue de pena. Y salió.

De buenas a primera le dice el mayor: “tantos años como te sirvo sin desobedecer nunca una orden tuya…”

Yo todos los días voy a misa, rezo el rosario, doy limosna.

Y ahora vuelve a casa ese hijo tuyo (drogadicto, borracho, mujeriego…) y lo abrazas y haces fiesta porque ha vuelto. 

Y otra vez se va a quedar en la casa… ¿Quién lo va a soportar? ¡No seré yo!

“El padre le dijo: 

Hijo tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Deberías alegrarte porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido. Estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Y es que los que se creen buenos no entienden el corazón de Dios.

En cambio, los que creemos malos, saben que en Dios sólo hay misericordia.

Aprendamos lo que decía Santa Teresita al hermano Van, vietnamita redentorista: “Nunca tengas miedo a Dios: no sabe más que amar”.

Si alguno de ustedes quiere más aclaraciones en este punto, lea las enseñanzas de nuestro Papa Francisco (por ejemplo: “Dios no se cansa de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón”) y entenderán mejor a los tres personajes de esta parábola, pero sobre todo la misericordia de Dios.

Después de las maravillas del Evangelio de hoy te invito a leer las otras lecturas tú solo y encontrarás dos grandes personajes de los que se fió Dios: Moisés y Pablo.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

8 de agosto de 2013

XIX Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

ESTÉN PREPARADOS

El Evangelio de hoy tiene pensamientos distintos y cada uno de ellos nos podría servir de meditación.

Por una parte nos soluciona un problema que tenemos, me imagino que todos. 

Es éste: cómo Dios quiere salvarnos a todos y sin embargo son muchísimos los que no lo conocen de nada. ¿Hay salvación para ellos?

De todas formas, debemos tener las cosas claras y considerar que la misericordia de Dios es infinita.

En primer lugar ha dicho Jesús: “No tengas miedo pequeño rebaño porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino”.

Es por consiguiente voluntad del Señor que escoge a quien quiere. Escogió a Israel en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento a la Iglesia que fundó Jesús.

Por otra parte el Papa Francisco nos ha advertido que, cuando, a través de la historia de la salvación, Dios escoge un pueblo o unas personas concretas, es precisamente porque quiere que sirvan de puente para que otras muchas puedan llegar a Dios. No porque rechace a los demás.

Queda claro que el conocer a Dios es un regalo de Él y por otra parte, que todos tenemos obligación de transmitir esta felicidad a otras personas.

El domingo pasado se nos decía que no nos apegáramos a las cosas materiales y hoy se nos dice cómo debemos actuar con estos bienes: venderlos y dar limosna, hacernos “talegas” que no puedan perderse y prepararnos un tesoro inagotable en el cielo donde no hay ladrones que roben ni polilla que malogre.

Sabemos muy bien que en nuestra vida tenemos el corazón apegado a lo que creemos que es nuestro tesoro. Jesús pide que aseguremos que ese tesoro sea el verdadero.

El Papa Francisco nos advierte que, “la verdadera riqueza es el amor de Dios compartido con los hermanos”. ¡Hemos nacido para la eternidad, para Dios!

Esto es importante de una manera muy especial pensando en lo que viene detrás de la muerte. Por eso Jesús nos ha advertido que debemos estar preparados siempre para que, cuando venga el Hijo del hombre, (que vendrá cuando menos lo pensemos), estemos bien dispuestos.

En este domingo se nos habla también largamente sobre la fe. La fe que vivieron y salvó a los patriarcas y a todos los grandes santos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

Así hemos visto la fe que hizo obediente a Abraham hasta conseguir de Dios un hijo a pesar de la edad avanzada y esterilidad de su esposa.

Esto precisamente, la fe de Abraham que salió victorioso después de tantas pruebas, ha hecho que para nosotros no sólo sea modelo sino también “nuestro padre en la fe”.

No es extraño que el salmo aleluyático nos recuerde estas palabras concretas: “estad en vela y preparados porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”.

Esta fe es muy necesaria en la vida y el Papa Francisco, en el número 56 de su carta “La luz de la Fe” nos dice así:

“Viendo la unión de Cristo con el Padre, incluso en el momento de mayor sufrimiento en la cruz, el cristiano aprende a participar en la misma mirada de Cristo, incluso la muerte queda iluminada y puede ser vivida como la última llamada de la fe, el último “sal de la tierra”, el último “ven”, pronunciado por el Padre en cuyas manos nos ponemos con la confianza de que nos sostendrá incluso en el paso definitivo”.

En el fondo este domingo nos lleva a revivir nuestra fe mientras vivimos aquí en la tierra, pero también nuestra fe de cara a la eternidad.

Será bueno que leamos y meditemos la carta “La Luz de la Fe” que nos ha escrito el Papa Francisco y estemos seguros de que si vivimos de la fe encontraremos la felicidad eterna. 

Al decir “vivir de la fe” nos referimos al texto tan conocido de Habacuc, que cita la carta a los Hebreos, “el justo vive de la fe”.

De la fe vivimos, por ella nos alimentamos y por ella estamos seguros de llegar al seno de Dios.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

13 de junio de 2013

XI Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

TODO ES MISERICORDIA

Hoy vamos a reflexionar sobre los mensajes de cada una de las lecturas.

La primera nos presenta el gran pecado de David. 

Mandó colocar a Urías en el sitio más peligroso de la batalla y en un momento lo dejaron solo para que lo mataran los amonitas.

Esto se hizo por mandato del rey David que quería casarse con su mujer Betsabé.

Dios envía a Natán que, de una manera muy dura, le hacer ver que su pecado sería castigado.

David, sinceramente arrepentido, dice al profeta Natán:

“He pecado contra el Señor”.

Es bueno que aprendamos que, siempre que hay buena voluntad, el perdón de Dios va por delante. Por eso el profeta le dice: “el Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás”.

En ese momento brota del corazón del real profeta, el salmo 50 tan conocido por todos nosotros y tan rezado dentro de la Iglesia:

“Misericordia, Dios mío, por tu bondad. Por tu inmensa compasión borra mi culpa”.

Su arrepentimiento, por tanto, le consiguió el perdón de Dios y al mismo tiempo nos enseñó a todos cómo debemos arrepentirnos de corazón después de nuestros pecados.

Como todos somos pecadores, la liturgia nos invita a repetir, en el salmo responsorial: 

“Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado”.

Del mismo salmo 31 tomamos estas ideas:

“Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: “confesaré al Señor mi culpa”, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado”.

El mismo salmo, nos habla de la alegría que produce el verdadero arrepentimiento que nos justifica: 

“Alegraos, justos, y gozad con el Señor; aclamadlo, los de corazón sincero”.

Posiblemente esto mismo quiere decir David en su salmo 50: 

“Devuélveme la alegría de tu salvación”.

En la segunda lectura san Pablo nos hace ver que solo en Jesucristo podemos encontrar esta misericordia de Dios:

“Por eso hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo… Mientras viva en esta carne, vivo de la fe del Hijo de Dios que me amó hasta entregarse por mí”.

Cuántas veces hemos oído repetir, y quizá hemos dicho nosotros mismos con emoción las mismas palabras de Pablo, que él se las aplicaba a sí mismo. 

El Evangelio de Lucas nos presenta un hecho de la vida de Jesús en el que aparece la bondad y misericordia de Jesucristo. Recordemos.

Simón el fariseo invita a Jesús a comer. Posiblemente quería que en todo el pueblo se hablara de que Jesús, el gran profeta, había ido a comer con él.

De repente una mujer entra en la casa y sin avisar se postra a los pies de Jesús, llora sobre ellos, los besa y los unge con ungüento.

El fariseo empieza a sospechar de Jesús, sin decir nada:

“Si éste fuera profeta sabría quién es esta mujer que lo está tocando”.

Jesús le presenta una breve parábola:

“Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos le amará más?”

La aplicación era clara y Jesús la concreta, dejando mal parado a Simón porque no había cumplido con Él las costumbres de todo buen anfitrión judío.

La mujer le lavó los pies, lo enjugó con su cabello y lo besó. Simón, en cambio, ni le lavó los pies ni se los secó ni le dio el ósculo de la paz.

Luego Jesús se vuelve a la mujer y con gran escándalo, por parte de todos, le dice:

“Tus pecados están perdonados”.

La misericordia se impone a todos los chismes y malos pensamientos de los que estaban allí presentes.

De esta manera queda perdonada la mujer, demuestra Jesús que es verdadero profeta, contra la opinión de Simón el fariseo, e incluso Jesús se presenta como enviado de Dios que puede perdonar los pecados.

La conclusión llenó de paz a la mujer: 

“Tu fe te ha salvado, vete en paz”.

Al final del párrafo evangélico de hoy Lucas (nuestro compañero del ciclo C y el que más habla de las mujeres en su Evangelio) nos presenta a Jesús “acompañado por los doce y algunas mujeres que Él había curado de malos espíritus y enfermedades: María Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana… Susana y otras muchas que le iban ayudando con sus bienes”.

Con esto se confirma que, en realidad, las mujeres han sido siempre más sensibles a la gracia de Dios y al seguimiento de Jesucristo.

Pero también queda claro que Jesús vino como misericordia de Dios para todos.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

14 de marzo de 2013

V Domingo de Cuaresma, Ciclo C

EN LA META ESTÁ LA RECOMPENSA 

La escena del Evangelio de hoy es una impresionante lección para la cuaresma. 

Jesús pasó la noche en oración y temprano se fue al templo para enseñar al pueblo. Se sentó y se acercó la multitud, siempre hambrienta de su palabra. 

De pronto llega un grupo de escribas y fariseos armando alboroto. 

Vienen felices. Seguros de que esta vez el prestigioso Maestro va a caer en la trampa que han preparado para desprestigiarlo. 

Han encontrado una mujer cometiendo adulterio y se la traen al Señor pensando: 

Si Jesús dice que la apedreen el pueblo cambiará de opinión sobre la bondad y misericordia del Maestro que admiran. 

Pero si dice que la dejen ir libremente para ganarse al pueblo, ellos lo acusarán de ir contra la ley de Moisés que mandó apedrear a las adúlteras. 

Tanto en el Levítico como en el Deuteronomio se encuentra esta ley: 

“Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, serán castigados con la muerte el adúltero y la adúltera”. 

Esa era la ley, pero aquellos machistas se olvidaron de traer al hombre. 

El tiempo iba pasando y Jesús, en lugar de contestar, se inclinó y escribía con el dedo en el suelo. 

¿Era para disimular? 

¿O, como piensan algunos, escribía pecados de aquellos viejos? 

Como insistían, Jesús se incorpora y les dice: “el que esté sin pecado que tire la primera piedra”. 

Y como despreocupado, sigue escribiendo. 

No les pareció oportuno que Jesús les pudiera recordarles sus pecados ante la gente y, sea por lo que sea, aquellos hombres fueron escabulléndose, empezando por los más viejos, posiblemente porque tenían una carga mayor de pecados. 

¿Y quizá hasta más grandes que los de la mujer? Porque esto suele pasar hoy también con los que acusan a los demás. 

Al fin se han ido todos y quedan solos Jesús y la adúltera. 

El Señor, como quien venció una batalla, le pregunta con dulzura: 

- “Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? 

- Ninguno, Señor”. 

El Dios misericordioso que vino a librarnos del pecado le dice: 

“Yo tampoco te condeno”. 

El relato termina con un consejo para la mujer que nos viene muy bien a todos nosotros: 

“Vete y en adelante no peques más”. 

No sólo la perdona sino que también le da un consejo muy práctico de cara al futuro. 

Éste es, precisamente, el tema que una vez más, nos repite la liturgia en la cuaresma: 

“Convertíos a mí de todo corazón porque soy compasivo y misericordioso”. 

San Pablo nos advierte cuál es, en realidad, la esencia de la conversión: 

Jesucristo tiene que ser el primero en nuestra vida. 

Pablo mismo nos advierte que lo perdió todo por Jesús: “Por Él lo perdí todo y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en Él”. 

Esto no es fácil porque tenemos muchas pasiones que tiran de nosotros. 

Por ese motivo nos propone a todos que imitemos lo que sucede en los juegos olímpicos y que Pablo se aplica a sí mismo y nos invita a imitar: 

“No es que ya haya conseguido el premio o que ya esté en la meta: Yo sigo corriendo a ver si lo obtengo, pues Cristo Jesús lo obtuvo para mí. Corred hacia la meta para ganar el premio a que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús”. 

Hay que imponerse muchas privaciones para poder vencer. 

Jesús nos consiguió el premio y Él mismo es el premio con que nos regalará el Padre. 

Este cambio del corazón y esta conversión nos llevará a la novedad que profetiza Isaías en la primera lectura: 

“Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando… abriré un camino por el desierto… ofreceré agua en el desierto para apagar la sed de mi pueblo, el pueblo que yo formé para que proclamara mi alabanza”. 

Éste es el cambio que debe conseguir la conversión que quiere la liturgia en cada uno de nosotros. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

2 de diciembre de 2011

II DOMINGO DE ADVIENTO, CICLO B

LA CONVERSIÓN – LA INMACULADA

Hoy les ofrezco dos reflexiones breves.
* La primera corresponde a la liturgia de este domingo:
El profeta Isaías anuncia la misión del pregonero que llama a preparar los caminos para la llegada del Salvador.
“Una voz grita: “En el desierto preparen un camino al Señor; allanen en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale...”.
San Pedro, por su parte, nos dice que “Dios nos tiene paciencia porque no quiere que nadie perezca sino que todos se conviertan”.
Estamos en Adviento y es el tiempo más oportuno para la conversión preparándonos para recibir a Jesús con un corazón limpio.
El Evangelio nos presenta al Precursor con el que nos encontraremos muchos días durante el Adviento. Juan prepara el camino del Señor. ¡Bonito trabajo!
“Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se conviertan y se bautizaran, para que se les perdonasen sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán…”
Ya sabemos que el bautismo de Juan no era sacramento porque los sacramentos los instituyó más tarde Jesucristo.
Sí era una invitación a la penitencia y cambio de vida.
Esta es la mejor conclusión para este domingo, como nos dice el versículo aleluyático a todos nosotros:
“Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos. Todos verán la salvación de Dios”.
Preparemos nuestro corazón para celebrar con sencillez las fiestas navideñas.

* En esta semana nos sale al encuentro la Virgen María con el dogma de su Inmaculada Concepción. En torno a esta fiesta gira nuestra segunda reflexión.
Por estar ubicada al principio del Adviento, algunos  llaman a esta querida fiesta “María puerta del Adviento” destacando así el papel importante que María ocupa en el misterio grande de la Encarnación y el Nacimiento del Hijo de Dios.  
La Inmaculada Concepción es un dogma de fe en el que creía todo el pueblo cristiano desde hacía muchos siglos.
Lo definió el Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854.
...Para honra de la Santísima Trinidad, para la alegría de la Iglesia católica, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra: Definimos, afirmamos y pronunciamos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo-Jesús, Salvador del género humano, ha sido revelada por Dios y por tanto debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles. Por lo cual, si alguno tuviere la temeridad, lo cual Dios no permita, de dudar en su corazón lo que por Nos ha sido definido, sepa y entienda que su propio juicio lo condena, que su fe ha naufragado y que ha caído de la unidad de la Iglesia y que si además osaren manifestar de palabra o por escrito o de otra cualquiera manera externa lo que sintieren en su corazón, por lo mismo quedan sujetos a las penas establecidas por el derecho” (Bula Ineffabilis Deus).
Pasados unos pocos años de proclamarse este dogma, en 1854, en una gruta de Lourdes, a orillas del río Gave, se apareció la Santísima Virgen a una adolescente pobre y analfabeta.
En su decimosexta aparición, ante la reiterada pregunta de Bernardita para que revelara su nombre, la Señora le contestó: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.
La joven memorizó bien estas palabras y las repitió al párroco del lugar…
La liturgia en los días grandes, tiene prefacios especiales donde explica lo que se celebra en esa fiesta.
En la liturgia del día 8 de diciembre nos dice bellamente:
“Porque preservaste a la Virgen María de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna Madre de tu Hijo… Purísima había de ser, Señor, la Virgen que nos diera el Cordero inocente que quita el pecado del mundo. Purísima la que, entre todos los hombres, es abogada de gracia, y ejemplo de santidad”.
Precisamente desde hace mucho tiempo se viene rezando esa pequeña oración que tanto repite el pueblo de Dios, especialmente al ir a confesarse:
“Ave María Purísima, sin pecado concebida”.
Y ahora, les invito a hacer en este día una parte de la hermosa oración de San Alfonso al terminar el capítulo de la Inmaculada Concepción en su libro “Las Glorias de María”:
“Señora mía Inmaculada, yo me alegro contigo de verte enriquecida con tanta pureza.
Doy gracias a Dios y siempre las daré a nuestro Creador por haberte preservado de toda mancha de culpa, como lo tengo por cierto…. Quisiera que todo el mundo te reconociese y te aclamase como aquella hermosa aurora siempre iluminada por la divina luz; como el arca elegida de salvación, libre del universal naufragio del pecado; por aquella perfecta e inmaculada paloma, como te llamó tu Divino Esposo, como aquel jardín cerrado que hizo las delicias de Dios…
Déjame que te alabe como lo hizo Dios: “Toda tú eres hermosa y no hay mancha alguna en ti”. Purísima paloma, toda blanca, toda bella y siempre amiga de Dios: “¡Qué hermosa eres, amiga mía, qué hermosa eres!”.
Mil años me parece que faltan para que pueda llegar a contemplar esa tu belleza en el paraíso, para sin fin amarte y alabarte, madre mía, reina mía, amada mía, María”.

José Ignacio Alemany Grau, obispo