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14 de noviembre de 2015

Reflexión homilética para el XXXIII domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B

¿A QUÉ HORA SE ACABARÁ EL MUNDO?

Solo falta el domingo de Cristo Rey para terminar el año litúrgico.
Por eso la Iglesia nos invita a reflexionar sobre el final de los tiempos. Y esto tanto a nivel personal como al de toda la humanidad.
*       Esto es precisamente lo que nos dice el verso aleluyático:
“Estad siempre despiertos pidiendo fuerza para manteneros en pie ante el Hijo del hombre”.
Antes de seguir adelante pensemos que hay una invitación a la vigilancia que es una de las virtudes que más necesitamos.
Jesús mismo nos ha dicho:
“Vigilad y orad para no caer en la tentación”.
En cuanto a las lecturas de hoy, traen una invitación más o menos clara, para que tomemos en serio nuestro futuro después de la muerte.
Aunque nos gusta a todos conocer con claridad lo que sucederá, el género literario que utiliza la liturgia en este día se llama “género apocalíptico”, que no es fácil concretar.
*       El profeta Daniel comienza el párrafo de hoy hablando de Miguel, nombre que significa “quién como Dios”.
El profeta dice que este arcángel se preocupa del pueblo del Señor.
Y añade: “Serán tiempos difíciles como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora”.
Precisamente en esa situación es cuando se habla muy claramente de la resurrección, aunque estamos todavía en el Antiguo Testamento:
“Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para vida eterna, otros para ignominia perpetua”.
A continuación nos hace una comparación de la belleza de los elegidos, a los que llama sabios:
“Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, (brillarán) como las estrellas por toda la eternidad”.
Es bueno que recordemos también otro pasaje del Antiguo Testamento que nos habla claramente de la resurrección (2M 7,14):
“Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida”.
Esto es lo que dijo el tercer mártir de la familia de los macabeos al tirano.
*       En cuanto a la segunda lectura, hoy concluimos con el último párrafo de la carta a los Hebreos que nos presenta la liturgia en los últimos domingos.
Es un párrafo sencillo que te invito a leer y meditar.
Primero habla, una vez más, de los sacerdotes del Antiguo Testamento:
“Cualquier otro sacerdote ejerce su ministerio, diariamente, ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, porque de ningún modo pueden borrar los pecados”.
En cambio, oímos en este día la grandeza del sacerdocio de Cristo:
“Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies”.
Es decir, que debemos amar y admirar a Jesús porque “con una sola ofrenda (la del Calvario) ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados”.
*       El salmo responsorial (15) nos pide que cuando pensemos en el futuro mejor, tengamos presente que la herencia mejor para toda la eternidad es Dios:
“El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano… por eso se me alegra el corazón… porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción”.
Que este salmo nos llene de esperanza en la fidelidad de Dios y nos permita repetir con alegría las palabras del salmista:
“Me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”.
Y cuando repitamos la antífona del salmo será bueno que le digamos a Dios, con sinceridad, con mucha fe y esperanza:
“Protégeme Dios mío que me refugio en ti”.
*       En cuanto al Evangelio refiriéndose a la pregunta que todo ser humano lleva a flor de labios, Jesús, como quitándole importancia, dice simplemente:
“En aquellos días”.
¿Y qué sucederá entonces?
Siguiendo el mismo género literario de Daniel nos habla de “después de esa gran angustia el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán”.
Si quieres saber a qué se refiere esa “angustia” la respuesta la puedes encontrar en los versículos anteriores de este capítulo trece de San Marcos.
El profeta Daniel nos recordaba que el Hijo del hombre sube al cielo en una nube hasta “llegar al anciano”, ahora San Marcos lo hace bajar del cielo de una manera similar, entre nubes, “con el poder recibido de Dios”.
Y entonces “enviará a los ángeles para reunir a los elegidos…”
Aludiendo a la parábola de la higuera nos pide que cuando “veáis suceder esto, sabed que Él está cerca, a la puerta”.
Finalmente, como respondiendo a una pregunta que varias veces le hicieron sus mismos discípulos, Jesús completa:
“En cuanto al día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre”.
Quizá te extrañe que diga Jesús que el Hijo no lo sabe. La verdad es que Jesucristo, como Dios lo sabía todo, pero como hombre debía atenerse a decir lo que había determinado la voluntad del Padre.
La intención de Jesús es que estemos siempre bien preparados y  no nos importará el momento exacto que sabemos será una gozada.
José Ignacio Alemany Grau, obispo

14 de noviembre de 2013

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

QUE NADIE LES ENGAÑE
Prácticamente éste es el último domingo del año litúrgico.

El próximo será la fiesta de Cristo Rey.

Con este día celebraremos también el final del Año de la Fe.

Después comienza el Adviento y con él el nuevo año litúrgico. De esta manera, la Iglesia nos llevará de la mano para revivir la historia de la salvación (cuatro domingos) y el ciclo salvador de la vida de Cristo (el resto del año).

Quiero llamarles la atención sobre un acontecimiento único en la historia: el próximo domingo por primera vez se presentarán a la pública veneración las reliquias de san Pedro apóstol cuyo cuerpo está enterrado bajo la basílica del Vaticano.

Será el triunfo de san Pedro, humillado en su martirio en el mismo lugar, y que ahora será aclamado por muchos miles de fieles que llenarán la plaza de san Pedro y sus alrededores.

Les invito a unirse a este acto especial de fe.

Viniendo a la liturgia de este domingo, meditemos en lo que se llamaban las postrimerías (muerte, juicio, infierno, gloria). Ahora solemos hablar de las verdades escatológicas, que es lo mismo.

Se trata de meditar que esta vida, por muy fuertes que nos sintamos, no es eterna. Que, a la vuelta de la esquina, hay una realidad definitiva de la que nadie puede huir.

Malaquías nos ofrece una profecía sobre el juicio divino. 

Cuenta él que en su tiempo (más o menos lo mismo que hoy) decía la gente:

“¿Qué sacamos con guardar los mandamientos de Dios? Los orgullosos son los afortunados y los malhechores son los que prosperan”.

El Señor promete hacer justicia. Es la parte del libro de Malaquías que leemos hoy:

“Mirad que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos serán la paja y los quemaré el día que ha de venir y no quedará de ellos ni rama ni raíz. Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas”.

Lucas nos presenta la belleza del templo y la admiración que causaba en todo judío el contemplarlo.

Jesús profetiza en este capítulo la destrucción del templo, las guerras y revoluciones y el fin del mundo.

Son tres acontecimientos distintos que no hay que confundir. Sí advierte Jesús que antes del fin del mundo habrá persecuciones y traiciones, incluso por parte de los familiares y amigos.

Estas persecuciones servirán para que los que siguen a Jesús puedan dar testimonio de Él. Para esos momentos contaremos con la ayuda especial de Dios.

Más aún, debemos confiar siempre en el Señor porque “ni un cabello de vuestra cabeza perecerá”.

Termina Jesús invitándonos a perseverar con estas palabras: “con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.

Mientras llegan esos momentos finales san Pablo nos da unos buenos consejos. Él habla a los tesalonicenses de la venida del Señor y refiriéndose al fin del mundo, repite palabras de Jesús en el Evangelio de hoy:

“Que nadie os engañe” (2Ts 2,3; Lc 21,8).

Esta advertencia es muy interesante ya que vemos cómo los medios de comunicación social suelen ser muy alarmistas y de vez en cuando nos quieren llevar al fin del mundo o poco menos.

Meditemos, pues, los consejos de Pablo, siempre importantes porque, hoy como ayer, “nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar muy ocupados en no hacer nada”.

Esto se debía a que había corrido entre los cristianos que se acercaba el fin del mundo.

Pablo, por su parte, les pide que lo imiten:

“Tenéis que imitar nuestro ejemplo: no vivimos entre vosotros sin trabajar… sino que trabajamos y nos cansamos día y noche a fin de no ser carga para nadie”.

Y añade, después, esta frase tan conocida:

“Cuando vivimos entre vosotros os lo mandamos: el que no trabaja que no coma…”

Para la liturgia y para todas las personas de fe, cuando se habla de juicio y de fin del mundo, se entiende que se acerca la alegría de saber que Dios vendrá a llevarnos con Él y hacernos felices para siempre.

Esto es lo que nos recuerda el versículo del aleluya:

“Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación”.

Y el salmo responsorial nos recuerda también el gozo de la venida del Señor: 

“El Señor llega para regir los pueblos con rectitud”.

Y a continuación nos invita a aclamar al Rey y Señor con toda clase de instrumentos.

Nuestra conclusión es que, con el fin del año litúrgico, aceptemos la invitación de la Iglesia para mirar más allá del tiempo, pensando en las gozosas palabras de Pablo a los tesalonicenses:

“Consolaos mutuamente con estas palabras: ¡así estaremos para siempre con el Señor!”.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

15 de noviembre de 2012

XXXIII Domingo del tiempo Ordinario, Ciclo B

PREPARANDO EL EXAMEN 

Es bueno que al fin del año litúrgico, siguiendo las orientaciones de la Iglesia, echemos una mirada al juicio final para ver qué nota vamos a obtener en el examen que tendremos que pasar ante el Rey de reyes. 
Por si acaso, el verso aleluyático nos advierte que “estemos siempre despiertos pidiendo fuerzas para mantenernos en pie ante el Hijo del hombre” que nos va a juzgar. 
Daniel, entre imágenes apocalípticas, nos habla de un juicio de Dios, tras el cual “se salvarán todos los inscritos en el libro” de la vida. Los así inscritos son aquellos de quienes san Mateo dice que “brillarán como el sol en el reino de su Padre”. 
Y como añade también el Evangelio cuando sus discípulos regresaron de la misión a la que los había enviado, Jesús les advirtió que más importante que la felicidad por el éxito a la hora de evangelizar, debían “estar alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo”. 
El mismo Daniel nos concreta que “muchos de los que duermen en el polvo despertarán. Unos para vida eterna y otros para ignominia perpetua”. 
Bajo estas imágenes descubrimos que se habla de un juicio de Dios. 
El evangelio de san Marcos completa el panorama del juicio final bajo imágenes apocalípticas: 
“Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad”. 
Unos salvándose y otros perdiéndose, todos tendrán que glorificar a Dios en Cristo que se sacrificó para salvarnos. 
Lo mismo quienes aprovecharon su sangre que quienes la despreciaron, tendrán que reconocer la misericordia de Dios. 
Jesús termina el párrafo de hoy aconsejándonos examinar la naturaleza y “aprender de la higuera”, en concreto. Por ella sabemos cuándo llega el verano. De igual modo debemos saber también que Jesús vendrá cuando se den los signos de los que Él mismo habla. 
Por lo demás, de una manera muy solemne, Jesucristo nos enseña el poder y la verdad de su Palabra: “el cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán”. 
Jesús nos advierte que no debemos creer a los brujos y agoreros y falsos adivinos porque “en cuanto al día y la hora nadie lo sabe. Ni los ángeles del cielo, ni el Hijo (se entiende que el Hijo como hombre) sino sólo el Padre”. 
Refiriéndose a este punto nos advierte Benedicto XVI en su libro “Jesús de Nazaret”: 
“Las palabras apocalípticas de Jesús nada tienen que ver con la adivinación. Quieren precisamente apartarnos de la curiosidad superficial por las cosas visibles y llevarnos a lo esencial: a la vida que tiene su fundamento en la Palabra de Dios que Jesús nos ha dado; al encuentro con Él, la Palabra viva; a la responsabilidad ante el Juez de vivos y muertos”. 
Siempre que reflexionemos sobre este tema será bueno recordar las palabras de la carta a los Hebreos: “Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio”. 
Su ofrenda santifica a los suyos, mientras los enemigos de Cristo quedarán humillados bajo sus pies. 
Saber que Cristo nos salvó con su sacrificio debe ayudarnos a permanecer serenos y felices frente al último examen de la vida. 
Terminemos echándonos en brazos de Dios que es el tesoro seguro que llevaremos a la eternidad y confiemos en Él, pidiendo con el salmo responsorial: 
“Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa”. 
El Señor mismo es nuestro tesoro y nuestra herencia. Por eso añadimos: 
“Mi suerte está en tu mano. Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré… me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”. 
Como ves, conocemos al Maestro y el examen que nos va a poner, pues está también escrito en otro de los sinópticos, san Mateo: El amor a Dios y al prójimo. 
Debemos ser inteligentes y aumentar la fe y las obras para ganarnos la eternidad. 

José Ignacio Alemany Grau, Obispo