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9 de junio de 2016

EL PERDÓN DEL PADRE MISERICORDIOSO

Reflexión homilética para este XI domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C
En las últimas elecciones hemos podido descubrir la presión que sobre nuestra Patria quieren hacer los movimientos más destructores que han pasado por la humanidad.
Lamentablemente poco a poco nos han ido quitando la sensibilidad y ya muchos van aceptando como normales los peores pecados de la historia:
El aborto, la eutanasia, la ideología de género, etc.
Por encima de todo esto, como nos repite el Papa Francisco, está la misericordia del Señor, pero esto no significa que no sean graves, ¡y muy graves! los pecados de nuestra sociedad, sino que significa que Dios y su misericordia son mucho más grandes que los peores pecados. Dios siempre perdona.
Por aquí va la reflexión de este domingo.
*        En el libro segundo de Samuel el profeta Natán, después de haberle contado a David la parábola del rico que mandó matar la única oveja del pobre, para comerla con sus huéspedes, añadió:
“Yo te ungí rey de Israel, te libré de las manos de Saúl, te entregué la casa de tu señor, puse sus mujeres en tus brazos… y por si es poco, pienso darte otro tanto”.
Esta era la verdad del pobre David que había caído tan hondo en su pecado.
Por eso el profeta continúa echándole en cara: “¿Por qué has despreciado tú la Palabra del Señor…? Mataste a espada a Urías el hitita y te quedaste con su mujer”.
Ese era el grave pecado de David que, arrepentido sinceramente, gritó:
“¡He pecado contra el Señor!”
Natán añadió:
“El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás”.
Esa es la respuesta rápida de la misericordia de Dios cuando somos sinceros en el arrepentimiento.
*        El salmo responsorial (31) nos invita a nosotros que somos pecadores a repetir estas palabras: “Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado”.
Y luego meditamos:
“Dichoso el que está absuelto de su culpa… Había pecado, lo reconocí. No te encubrí mi delito; propuse: confesaré al Señor mi culpa…
Tú eres mi refugio, me libras del peligro. Alegraos justos y gozaos con el Señor”.
*        San Pablo en su carta a los gálatas nos da a conocer una vez más la importancia de la gracia de Cristo que nos ha justificado.
No son las obras de la ley del Antiguo Testamento las que nos purifican sino únicamente Jesucristo y la gracia que Él nos ha merecido.
También encontramos en este párrafo la hermosa frase: “estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”.
Con estas palabras nos advierte que la vida de Cristo que recibimos en el bautismo va creciendo en las personas que actúan inspiradas por el amor.
*        Éste es el verso aleluyático:
“Dios nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados”.
Como ven, las enseñanzas litúrgicas de hoy nos invitan a meditar en el perdón y misericordia de Dios.
*        Pero de manera especial encontramos este perdón de Jesús a los pecadores, en este relato de Lucas.
Resulta que un fariseo adinerado invitó a Jesús a su casa para darle una cena y así llamar la atención de la gente.
Una mujer pecadora de la ciudad se enteró y llegó con un frasco de perfume y colocándose detrás de Jesús, junto a sus pies, los regaba con sus lágrimas, los enjugaba con sus cabellos, los besaba y ungía con el perfume.
El fariseo se molestó y en su interior pensaba qué tipo de profeta era Jesús que permitía que una pecadora como ésta lo tocara.
Jesús, adivinando el pensamiento del fariseo, le cuenta una pequeña parábola:
Un señor tenía dos deudores. Uno le debía quinientos y otro cincuenta denarios. Como no tenían con qué pagar, perdonó a los dos. La pregunta de Jesús al concluir, fue ésta: ¿Cuál de los dos perdonados lo amará más?
La respuesta no se hizo esperar: “supongo que aquel al que perdonó más”.
Jesús, valientemente, deja en ridículo a Simón y alaba a la mujer, comparándolos:
La mujer lava sus pies con lágrimas, los enjuga con su cabello, los besa y los unge con perfume.
En cambio el fariseo lo recibió sin cumplir las normas de urbanidad comunes en su pueblo.
Ni le besó al entrar, ni le lavó los pies, ni le ungió la cabeza…
Jesús, después de todo esto, le dice a la mujer:
“Tus pecados están perdonados”.
Todos se extrañan pero Jesús completa: “Tu fe te ha salvado. Vete en paz”.
Así perdona el Señor cuando hay un corazón sinceramente arrepentido. Aunque no haya palabras.
Al final del relato San Lucas nos presenta a Jesús evangelizando de ciudad en ciudad, acompañado por los doce y  algunas mujeres, entre las cuales estaba otra gran perdonada, María Magdalena “de la que habían salido siete demonios”.
Aprovechemos este domingo, dentro del Año Santo para acercarnos a Jesús y pedirle misericordia por nuestros pecados.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

10 de marzo de 2016

Reflexión homilética para el V domingo de Cuaresma, ciclo C

EMPEZANDO POR LOS MÁS VIEJOS

*       Isaías cuenta los favores que hizo Dios en el Antiguo Testamento pero sobre todo los que hará a su pueblo en el futuro.
El pueblo es Israel del que Dios dice es “mi pueblo”.
Lo llama también “mi escogido” y añade que es “el pueblo que yo formé”.
Realmente el buen israelita debía sentirse orgulloso de su Dios y cumplir lo que Dios le pedía: “proclamará mi alabanza”.
Lo que fue Israel en el Antiguo Testamento a partir del cumplimiento de las promesas, con la llegada de Jesús es la Iglesia y cada uno de los que pertenecemos a ella.
Recuerda tú las maravillas que Dios ha hecho por ti a través de la historia de la salvación y alábalo como lo hizo María, la “hija de Sión” y Madre de la Iglesia.
*       Salmo 125
Por lo dicho anteriormente la Iglesia nos invita a repetir siempre el salmo que cantaban los israelitas para glorificar a Dios.
En el salmo van incluidos los gozos y sufrimientos de ayer y de hoy:
“El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres.
Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares”.
*       Pablo se comunica una vez más con una de las comunidades más queridas, los filipenses. Les abre el corazón.
Primero les hace ver cómo desde que descubrió a Jesús, toda su vida anterior y sus proyectos los consideró pérdida ante “el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor”.
¡Cuántas veces llamará Pablo a Jesús con el título divino de “Señor”!
“Por Él lo perdí todo y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo”.
Esa es la verdadera conversión, muy distinta de nuestros pequeños cambios que no duran.
La meta que Pablo se propone es “para conocerlo a Él y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos”.
Con la misma confianza dice a los suyos que se comporta como un atleta en carrera, porque aún no ha llegado a la meta, por eso “olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús”.
*       El Evangelio nos muestra la bondad y misericordia de Jesús con los pecadores, algo tan distinto de la actitud de aquellos fariseos que le llevan a empellones a una adúltera, deseando ver si a Jesús le importa más la ley o la misericordia.
(Ya sabemos que para los fariseos lo más importante era la ley).
Jesús, como si no fuera con Él, escribía con el dedo en la arena.
Cuando le insisten, Jesús levanta la cabeza y dice simplemente: “el que esté sin pecado que tire la primera piedra”.
Y sigue escribiendo.
San Juan advierte que “ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos”.
Así es la vida… seguramente que los viejos miraron su mochila bien repleta y para evitar complicaciones se esfumaron.
Esto pasa hoy también.
Si se destapa una corrupción, todos salen huyendo como los grillos al destapar una olla.
Y al final ¿qué pasó?  ¡Maravilla! Se salvó la ley.
Se salvó la adúltera y triunfó la misericordia.
Pero no terminó todo así: Jesús da un consejo personal a la pecadora: “tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más”.
*       Que no se nos pase de largo el versículo de aclamación:
“Ahora, oráculo del Señor, convertíos a mí de todo corazón, porque yo soy compasivo y misericordioso”.
Este es el pedido del Señor para cada uno de nosotros. Es el grito litúrgico que escuchamos durante toda la cuaresma y que en este Año Santo nos repite continuamente el Papa Francisco.
Está claro que Jesús es la misericordia del  Padre y que para el arrepentido siempre hay una puerta abierta.
Es la puerta de quien dijo: “Yo soy la Puerta… quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir y encontrará pastos”.
Amigo, busca esa Puerta y no dudes porque está siempre abierta: es el Corazón de Cristo.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

13 de febrero de 2014

VI Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

SI QUIERES, GUARDARÁS LOS MANDATOS DEL SEÑOR
Las enseñanzas de la liturgia continúan cada domingo.

Ya tuvimos las bienaventuranzas, hoy nos recuerda los mandamientos.

Es importante que tengamos presente que cumplirlos contra la propia libertad no serviría de nada.

Por eso Jesús también decía: “el que me ama guardará mis mandamientos”.

Hoy nos dice el Eclesiástico: 

“Si quieres guardarás los mandatos del Señor”.

En realidad, “el cumplir la voluntad del Señor es prudencia”, pero también podríamos añadir que es un buen negocio para quien la cumple:

“Ante ti están puestos fuego y agua: echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida…”

Sabemos que hacer la voluntad del Señor nos santifica.

Esta divina voluntad la encontramos en los mandamientos de la ley de Dios y en las obligaciones que brotan de nuestro propio estado.

¿Dónde está esta ley del Señor?

El Vaticano II enseña que está en la intimidad de la conciencia: “porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente…”

También se encuentra esa ley en el Decálogo que resume las obligaciones con Dios y con el prójimo.

El Decálogo fue dado a Moisés. Es ley del Antiguo Testamento, sin embargo, obliga también hoy. Lo dice Jesús:

“No creáis que he venido a abolir la ley y los profetas: no he venido a abolir sino a dar plenitud”.

Y todavía añade Jesús para darle más fuerza: “Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley”.

Pero eso sí, Jesús nos lleva a una profundidad y perfección mucho mayor que la exigida en el Antiguo Testamento, como veremos después.

El salmo responsorial es el 118. 

En él repetiremos “Dichoso el que camina en la voluntad del Señor”.

Se trata del salmo más largo del salterio que tiene 22 estrofas, cada una de las cuales comienza con una letra del alfabeto hebreo (que se llama alefato), cada estrofa tiene ocho versos, todos los cuales comienzan con la misma letra de la estrofa correspondiente.

Es toda una meditación sapiencial que indica el gran amor del hagiógrafo a la ley de Dios.

En ese largo salmo encontramos todas las alabanzas a la ley que, por lo demás, recibe ocho nombres diferentes.

En el cumplimiento de la ley está la perfección y la felicidad.

Por lo demás sabemos que haciendo la voluntad de Dios llegaremos a la perfección que nos pedirá el Evangelio del próximo domingo: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”.

San Pablo hace referencia a la misma sabiduría de Dios de la que nos ha hablado el Eclesiástico y nos advierte que “ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues si la hubiesen conocido nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria”.

La bondad de Dios, por medio del Espíritu Santo, es la que nos revela los secretos de Dios.

Esta misma idea nos la recalca el verso aleluyático: “Bendito seas Padre, Señor de cielo y tierra porque has revelado los secretos del reino a la gente sencilla”.

En el sermón de las montañas tenemos una serie de explicaciones y enseñanzas de Jesús. 

Es importante sobre todo tener en cuenta lo que hemos dicho antes: Jesús no viene a quitar la ley sino a llevarla a una perfección mayor con una serie de detalles que será bueno que cada uno meditemos en los capítulos 5, 6 y 7 de san Mateo.

Hablando de “no matar” Jesús completa “todo el que esté peleado con su hermano será procesado…”

Nos advierte también que la caridad es más importante que nuestras ofrendas para el culto:

“Si cuando vas a poner tu ofrenda en el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti… vete primero a reconciliarte con tu hermano…”

Refiriéndose al adulterio Jesús completa “el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior”.

También habla del mandamiento “no jurarás en falso”. Jesús completa: “A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del maligno”.

Recordemos, para terminar, la respuesta de Jesús al que le preguntó “¿qué he de hacer yo para conseguir la vida eterna?

Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”.
José Ignacio Alemany Grau, obispo

13 de junio de 2013

XI Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

TODO ES MISERICORDIA

Hoy vamos a reflexionar sobre los mensajes de cada una de las lecturas.

La primera nos presenta el gran pecado de David. 

Mandó colocar a Urías en el sitio más peligroso de la batalla y en un momento lo dejaron solo para que lo mataran los amonitas.

Esto se hizo por mandato del rey David que quería casarse con su mujer Betsabé.

Dios envía a Natán que, de una manera muy dura, le hacer ver que su pecado sería castigado.

David, sinceramente arrepentido, dice al profeta Natán:

“He pecado contra el Señor”.

Es bueno que aprendamos que, siempre que hay buena voluntad, el perdón de Dios va por delante. Por eso el profeta le dice: “el Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás”.

En ese momento brota del corazón del real profeta, el salmo 50 tan conocido por todos nosotros y tan rezado dentro de la Iglesia:

“Misericordia, Dios mío, por tu bondad. Por tu inmensa compasión borra mi culpa”.

Su arrepentimiento, por tanto, le consiguió el perdón de Dios y al mismo tiempo nos enseñó a todos cómo debemos arrepentirnos de corazón después de nuestros pecados.

Como todos somos pecadores, la liturgia nos invita a repetir, en el salmo responsorial: 

“Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado”.

Del mismo salmo 31 tomamos estas ideas:

“Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: “confesaré al Señor mi culpa”, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado”.

El mismo salmo, nos habla de la alegría que produce el verdadero arrepentimiento que nos justifica: 

“Alegraos, justos, y gozad con el Señor; aclamadlo, los de corazón sincero”.

Posiblemente esto mismo quiere decir David en su salmo 50: 

“Devuélveme la alegría de tu salvación”.

En la segunda lectura san Pablo nos hace ver que solo en Jesucristo podemos encontrar esta misericordia de Dios:

“Por eso hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo… Mientras viva en esta carne, vivo de la fe del Hijo de Dios que me amó hasta entregarse por mí”.

Cuántas veces hemos oído repetir, y quizá hemos dicho nosotros mismos con emoción las mismas palabras de Pablo, que él se las aplicaba a sí mismo. 

El Evangelio de Lucas nos presenta un hecho de la vida de Jesús en el que aparece la bondad y misericordia de Jesucristo. Recordemos.

Simón el fariseo invita a Jesús a comer. Posiblemente quería que en todo el pueblo se hablara de que Jesús, el gran profeta, había ido a comer con él.

De repente una mujer entra en la casa y sin avisar se postra a los pies de Jesús, llora sobre ellos, los besa y los unge con ungüento.

El fariseo empieza a sospechar de Jesús, sin decir nada:

“Si éste fuera profeta sabría quién es esta mujer que lo está tocando”.

Jesús le presenta una breve parábola:

“Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos le amará más?”

La aplicación era clara y Jesús la concreta, dejando mal parado a Simón porque no había cumplido con Él las costumbres de todo buen anfitrión judío.

La mujer le lavó los pies, lo enjugó con su cabello y lo besó. Simón, en cambio, ni le lavó los pies ni se los secó ni le dio el ósculo de la paz.

Luego Jesús se vuelve a la mujer y con gran escándalo, por parte de todos, le dice:

“Tus pecados están perdonados”.

La misericordia se impone a todos los chismes y malos pensamientos de los que estaban allí presentes.

De esta manera queda perdonada la mujer, demuestra Jesús que es verdadero profeta, contra la opinión de Simón el fariseo, e incluso Jesús se presenta como enviado de Dios que puede perdonar los pecados.

La conclusión llenó de paz a la mujer: 

“Tu fe te ha salvado, vete en paz”.

Al final del párrafo evangélico de hoy Lucas (nuestro compañero del ciclo C y el que más habla de las mujeres en su Evangelio) nos presenta a Jesús “acompañado por los doce y algunas mujeres que Él había curado de malos espíritus y enfermedades: María Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana… Susana y otras muchas que le iban ayudando con sus bienes”.

Con esto se confirma que, en realidad, las mujeres han sido siempre más sensibles a la gracia de Dios y al seguimiento de Jesucristo.

Pero también queda claro que Jesús vino como misericordia de Dios para todos.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

14 de marzo de 2013

V Domingo de Cuaresma, Ciclo C

EN LA META ESTÁ LA RECOMPENSA 

La escena del Evangelio de hoy es una impresionante lección para la cuaresma. 

Jesús pasó la noche en oración y temprano se fue al templo para enseñar al pueblo. Se sentó y se acercó la multitud, siempre hambrienta de su palabra. 

De pronto llega un grupo de escribas y fariseos armando alboroto. 

Vienen felices. Seguros de que esta vez el prestigioso Maestro va a caer en la trampa que han preparado para desprestigiarlo. 

Han encontrado una mujer cometiendo adulterio y se la traen al Señor pensando: 

Si Jesús dice que la apedreen el pueblo cambiará de opinión sobre la bondad y misericordia del Maestro que admiran. 

Pero si dice que la dejen ir libremente para ganarse al pueblo, ellos lo acusarán de ir contra la ley de Moisés que mandó apedrear a las adúlteras. 

Tanto en el Levítico como en el Deuteronomio se encuentra esta ley: 

“Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, serán castigados con la muerte el adúltero y la adúltera”. 

Esa era la ley, pero aquellos machistas se olvidaron de traer al hombre. 

El tiempo iba pasando y Jesús, en lugar de contestar, se inclinó y escribía con el dedo en el suelo. 

¿Era para disimular? 

¿O, como piensan algunos, escribía pecados de aquellos viejos? 

Como insistían, Jesús se incorpora y les dice: “el que esté sin pecado que tire la primera piedra”. 

Y como despreocupado, sigue escribiendo. 

No les pareció oportuno que Jesús les pudiera recordarles sus pecados ante la gente y, sea por lo que sea, aquellos hombres fueron escabulléndose, empezando por los más viejos, posiblemente porque tenían una carga mayor de pecados. 

¿Y quizá hasta más grandes que los de la mujer? Porque esto suele pasar hoy también con los que acusan a los demás. 

Al fin se han ido todos y quedan solos Jesús y la adúltera. 

El Señor, como quien venció una batalla, le pregunta con dulzura: 

- “Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? 

- Ninguno, Señor”. 

El Dios misericordioso que vino a librarnos del pecado le dice: 

“Yo tampoco te condeno”. 

El relato termina con un consejo para la mujer que nos viene muy bien a todos nosotros: 

“Vete y en adelante no peques más”. 

No sólo la perdona sino que también le da un consejo muy práctico de cara al futuro. 

Éste es, precisamente, el tema que una vez más, nos repite la liturgia en la cuaresma: 

“Convertíos a mí de todo corazón porque soy compasivo y misericordioso”. 

San Pablo nos advierte cuál es, en realidad, la esencia de la conversión: 

Jesucristo tiene que ser el primero en nuestra vida. 

Pablo mismo nos advierte que lo perdió todo por Jesús: “Por Él lo perdí todo y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en Él”. 

Esto no es fácil porque tenemos muchas pasiones que tiran de nosotros. 

Por ese motivo nos propone a todos que imitemos lo que sucede en los juegos olímpicos y que Pablo se aplica a sí mismo y nos invita a imitar: 

“No es que ya haya conseguido el premio o que ya esté en la meta: Yo sigo corriendo a ver si lo obtengo, pues Cristo Jesús lo obtuvo para mí. Corred hacia la meta para ganar el premio a que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús”. 

Hay que imponerse muchas privaciones para poder vencer. 

Jesús nos consiguió el premio y Él mismo es el premio con que nos regalará el Padre. 

Este cambio del corazón y esta conversión nos llevará a la novedad que profetiza Isaías en la primera lectura: 

“Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando… abriré un camino por el desierto… ofreceré agua en el desierto para apagar la sed de mi pueblo, el pueblo que yo formé para que proclamara mi alabanza”. 

Éste es el cambio que debe conseguir la conversión que quiere la liturgia en cada uno de nosotros. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo