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2 de junio de 2017

EL ESPÍRITU SANTO


Da la impresión de que los poderes del mundo están acabando con la Iglesia. Quizá piensan que con unos cuantos mártires más, como lo han hecho sus predecesores, desaparecerá del mundo la Iglesia de Jesucristo.
Por eso resulta interesante que la Iglesia, precisamente en medio de esta situación, nos ha escrito a todos un mensaje optimista que empieza así:
“La Iglesia rejuvenece por el poder del Evangelio, y el Espíritu continuamente la renueva, edificándola y guiándola con diversos dones jerárquicos y carismáticos”.
La obra de Dios es más fuerte que la de los hombres y pueden estar seguros de que en un futuro próximo todos los que han botado a Dios de la sociedad y se han burlado de sus mandamientos… no tendrán poder.
El Espíritu Santo sigue preparando a la Iglesia de Jesús.
¡Él es más fuerte que el maligno! Su obra es continua.
Cada nuevo cristiano recibe en el bautismo la gracia divina que lo hace hijo de Dios, hermano de Jesucristo y heredero del cielo. Al mismo tiempo recibe cuanto necesita para el crecimiento de su vida sobrenatural: virtudes teologales, virtudes cardinales, dones, etc.
Todo esto lo hace el Espíritu Santo. Por eso repetimos gozosamente:
En medio de esta sociedad, la Iglesia rejuvenece por obra del Espíritu Santo.
Vayamos ahora a las lecturas.
*       El prefacio
Nos enseña que el Padre “para llevar a plenitud el misterio pascual (envío) hoy el Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos por su participación en Cristo. Aquel mismo Espíritu que, desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia naciente; el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos; el Espíritu que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas”.
Solamente con estas palabras ya tendríamos para una meditación. Maravillosa obra la del Padre por medio de su Espíritu.
*       Los Hechos de los apóstoles
Sin duda hemos leído muchas veces lo que cuenta este libro sobre el día de Pentecostés. Leámoslo de nuevo pero tengamos en cuenta que no son tan importantes los signos externos, que eran solo una manera de llamar la atención y reunir la multitud. Fijémonos más bien en la realidad, es decir, que el Espíritu Santo llegó para santificar a la Iglesia de Jesús y la puso en movimiento irresistible a través de los siglos.
*       Salmo responsorial (103)
Nos invita a glorificar al Señor por su grandeza y las obras maravillosas que ha hecho y nos hace ver cómo el aliento de Dios crea las cosas y repuebla la faz de la tierra.
Por eso con la Iglesia repetiremos muchas veces en estos días:
“Envía tu Espíritu Señor”.
*       Carta de San Pablo a los Corintios
Nos habla de cómo toda la actividad de la Iglesia y de cada uno de los que formamos parte de ella, es fruto del impulso del Espíritu Santo y nos recuerda cómo la diversidad de dones y carismas los produce el mismo Espíritu para el bien común, es decir, para santificación del cuerpo de Cristo.
Pablo nos invita también a recordar siempre que el Espíritu Santo, como alma de la Iglesia, es un continuo impulso para vivir la unidad.
*       La secuencia
Se trata de un himno especial para este día en el que la Iglesia resalta la actividad del Espíritu Santo en las almas.
Al mismo tiempo es una ayuda para que recemos y pidamos el Espíritu Santo a quien llama con cariño: Luz, Padre amoroso, Don, Fuente de consuelo, Dulce huésped del alma…
Te invito a que, en un momento de oración en este día, personalices este hermoso poema haciéndolo oración tuya.
*       Verso aleluyático
La Iglesia hoy se hace petición. Quiere la presencia continua del Espíritu Santo de distintas formas. La más común de las cuales es tan simple como ésta: “¡Ven, Espíritu Santo!”
Pídelo tú también al Padre y al Hijo que, según la promesa de Jesús, llenen tu corazón con la luz del Espíritu que te llevará a la plenitud de la verdad.
*       Evangelio
El Evangelio de San Juan nos recuerda el momento de la Pascua en que Jesús, puesto en medio de los apóstoles, después de saludarlos con  la paz, “exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”.
Bendigamos a Jesucristo que con el Padre ha querido regalarnos su Espíritu para que, por muchos que sean nuestros pecados, estemos seguros de su misericordia.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

17 de febrero de 2017

TÚ ERES TEMPLO DEL ESPÍRITU SANTO

Reflexión homilética para el VII domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A
Dios pide a su pueblo que sea santo para merecer de alguna forma que lo llamen pueblo de Dios. Muchas veces se presenta Dios en la Biblia como “el Santo”.
Por ejemplo el salmo 99 repite varias veces que Dios es santo:
“Reconozcan tu nombre grande y terrible: Él es santo… Postrados ante el estrado de sus pies: Él es santo”
El salmo termina con estas palabras: “Santo es el Señor nuestro Dios”.
*       Levítico
En esta lectura se nos cuenta que “el Señor habló a Moisés diciendo: serán santos porque yo el Señor, su Dios, soy santo”.
Esta puede ser la meditación central que nos pone la liturgia para este domingo.
Completemos este versículo con otros para enriquecer nuestra reflexión dominical:
*“Sean imitadores de Dios como hijos queridos”, nos dice San Pablo (Ef 5,1).
*San Pedro, en su primera carta, nos cita la lectura de hoy:
“Lo mismo que es santo el que los llamó, sean santos también ustedes en toda su conducta, porque está escrito: serán santos porque yo el Señor soy santo”.
*Esta misma idea nos la da la lectura del Evangelio de hoy que dice, como veremos después: “sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”.
Evidentemente que esta imitación de Dios no significa que tenemos que hacer las obras que dependen de su poder infinito, como es crear de la nada, sino más bien imitar a Dios en las obras de caridad.
Precisamente esta primera lectura nos habla del amor al prójimo, como leemos en el Evangelio: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
¿Quieres ser santo, amigo?
Aprende de Jesús cómo se ama: hasta dar la vida.
¡Hay tantos cristianos que la han dado!
Recordemos el amor del joven salesiano Akash Bashir, pakistaní, que, para evitar que ingresaran al templo un par de terroristas, puso su cuerpo delante de uno de ellos (el que portaba las bombas), haciéndolas explotar para salvar a los fieles que estaban dentro de la parroquia.
Ese joven es un santo de la caridad y su pueblo ha pedido que lo canonicen como mártir.
*       Salmo
El salmo (102) viene muy bien después del año de la misericordia. En él leemos una de las características más importantes de Dios:
“El Señor es compasivo y misericordioso”.
Medítalo y fíjate en este detalle:
“Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles”.
*       San Pablo a los corintios
El apóstol nos habla de santidad al enseñar que el bautizado es un templo de Dios y que el Espíritu Santo moral en él.
Te invito a pensar: cuerpo y alma están consagrados a Dios desde el bautismo.
El alma no muere. El cuerpo queda como “un resto” (restos mortales, solemos decir) y precisamente porque el cuerpo fue ungido y santificado por los sacramentos, especialmente por el santo crisma y sobre todo por la Eucaristía, la Iglesia pide que sea enterrado en un cementerio, o si se incinera, se guarden las cenizas en los lugares sagrados para recordarlos y rezar por ellos.
La Iglesia no acepta que se guarden las cenizas de los seres queridos en la propia casa o se echen al campo o al mar.
De todas formas recuerda que la Iglesia legisla para los católicos y esto porque ella misma consagró sus cuerpos a Dios.
San Pablo nos habla también hoy de la sabiduría de Dios, muy distinta de la sabiduría de los hombres.
Y advierte que la sabiduría del mundo es necedad, pero la sabiduría de Dios nos salva y además nos enseña que todo es nuestro:
Los maestros en la fe, “el mundo, la vida, la muerte, lo presente y lo futuro: todo es de ustedes, ustedes de Cristo y Cristo de Dios”.
*       Verso aleluyático
Nos enseña una forma de crecer en santidad que consiste en “guardar la Palabra de Cristo”. Se guarda lo que se ama… y el amor verdadero es la plenitud de la perfección.
*       Evangelio
En el Evangelio descubrimos claramente dos partes.
La primera completa lo que leímos en la segunda parte de la lectura del Levítico que hemos hecho hoy. En ella se nos habla de cómo debemos tratar a quien nos ha ofendido, y no hacer caso a los criterios humanos, como son:
“Ojo por ojo, diente por diente”… “No hagas frente al que te agravia”.
En la segunda parte del Evangelio se nos habla de la santidad de Dios que debemos imitar:
“Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”.
Aquí encontramos cómo debe ser nuestra imitación de Dios: no hacer distinción y querer a todos según el ejemplo del Padre Dios que envía la lluvia y el sol para justos y pecadores, buenos y malos.
Amigo, no te extrañes. Cuando uno ama de verdad a otro le exige mucho y eso ha hecho Dios con nosotros porque nos ama de verdad: “sean santos porque yo soy santo”.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

12 de mayo de 2016

PENTECOSTÉS

La liturgia prepara este gran día con una vigilia especial, que algunos grupos de fe celebran de manera similar a la Vigilia Pascual.
En ella se recuerdan las palabras de Jesús que gritaba, en el día de la Fiesta de las tiendas (Ese día el sumo sacerdote sacaba agua de la piscina de Siloé y con ella rociaba el altar):
“El que tenga sed que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura “de sus entrañas brotarán ríos de agua viva”.
Jesús con estas palabras se proclama como la fuente de agua viva a la que todos debemos acercarnos.
El agua prometida por Jesús brotó el viernes santo de su costado abierto y ahora es el Espíritu Santo quien nos la da abundantemente.
La fiesta de Pentecostés va por el interior de los corazones y los transforma en la medida en que colaboran con Él, porque nunca fuerza nuestra libertad.
Jesús, pues, completa su misterio salvador, enviándonos su Espíritu Santo tal como lo había prometido hacer Él mismo juntamente con el Padre.
¿Cuál es la obra del Espíritu Santo?
Vamos al prefacio que enseña:
“Para llevar a plenitud el misterio pascual, enviaste hoy el Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos, por su participación en Cristo.
Aquel mismo Espíritu que, desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia naciente; el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos; el Espíritu que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas”.
Como ves hay muchas cosas que meditar en este prefacio y te invito a que lo hagas personalmente.
El Espíritu Santo viene  a crear la unidad que pidió Jesús tantas veces para los suyos.
Sin el amor, que eso es el Espíritu Santo, jamás habrá unidad verdadera sino intereses mezquinos.
*        El libro de los Hechos nos cuenta que “estaban todos juntos en el mismo lugar” (qué necesario es que nosotros estemos juntos para ser eficaces).
Precisamente en los últimos días hemos visto paneles en los que se dice “juntos podemos”…
Además “estaban sentados” que es una actitud de reflexión, conversación y ¿oración?
Las ráfagas de viento y el fuego nos llevan a recordar los momentos de Moisés en el Sinaí cuando se llenó del Espíritu de Dios que transformó hasta su rostro.
Esos fueron los signos externos que empleó el Espíritu Santo para transformar a los apóstoles, apocados y cobardes, en grandes misioneros.
Así veremos cómo Pedro, que por miedo negó a Jesús, en este día se levantará a predicar que Jesús crucificado ha sido glorificado hoy y ha derramado el Espíritu Santo sobre la Iglesia. Más aún, llama a todos para que participen de la redención de Cristo.
Para que tuviera eficacia su venida, el Espíritu Santo hizo el milagro del don de lenguas, por el cual todos los judíos de la diáspora, es decir repartidos por todo el mundo, pudieran entender perfectamente a los apóstoles a pesar de la diversidad de lenguas.
Son diecisiete las lenguas que recoge el texto. Ese número indica universalidad y perfección. De esta manera Dios llama a todos los pueblos a la Iglesia de Jesús.
*        En el salmo responsorial repetiremos “envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra”.
Y glorificaremos a Dios con el salmo 103:
“Bendice alma mía al Señor: ¡Dios mío qué grande eres! Cuántas son tus obras Señor, la tierra está llena de tus criaturas… gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras…”
*        San Pablo recordará a los romanos que “vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo”.
Una hermosa lección del capítulo 8 en la que resaltamos estas palabras.
“Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios”. No lo olvides: ¡el Espíritu Santo nos hace hijos de Dios!
*        Secuencia de Pentecostés
Se trata de un bellísimo himno para este día. Ojalá lo profundices:
“Espíritu Divino… Padre amoroso… Don… Luz… Fuente… Dulce huésped… Gozo… Divina Luz…”
Todos estos títulos y muchos más, te ayudarán a entender lo que la Iglesia pide en su oración al Espíritu Santo. 
*        El Evangelio recoge la promesa de Jesús en el cenáculo que se cumple en este día de Pentecostés:
“El Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”.
*        Con la Iglesia repitamos nuestra llamada especial al Espíritu Santo en este día con estos tres gritos llenos de esperanza:
“¡Envía tu Espíritu Santo!”
“¡Ven Espíritu Divino!”
“¡Ven Espíritu Santo y llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!”

José Ignacio Alemany Grau, obispo

5 de junio de 2014

Domingo de Pentecostés, Ciclo A

SE LLENARON TODOS DE ESPÍRITU SANTO
Los humanos tenemos siempre el peligro de quedarnos en lo externo.

Pero en el caso de Pentecostés, como en tantos otros, no es eso precisamente lo más importante.

Examinemos lo que pasó aquel día.

Ciertamente que hubo cosas externas fuertes y Dios las empleó para atraer a los habitantes de Jerusalén y a los forasteros que habían ido a la fiesta:

“De repente un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Aparecieron lenguas como llamaradas que se repartían, posándose encima de cada uno… además empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería”.

En este breve párrafo de los Hechos de los apóstoles he suprimido lo más importante, lo interior, lo profundo, la presencia invisible del Espíritu:

“Se llenaron todos de Espíritu Santo”.

El Señor hace las cosas de una manera maravillosa y así se sirve de lo externo para atraer hacia lo más profundo.

En efecto, la multitud de judíos devotos que habían peregrinado a Jerusalén, al oír el ruido acudieron en masa y es entonces cuando aprovecha Pedro para evangelizarlos.

Para nosotros esto es lo importante. Redescubrir cada día cómo el Espíritu Santo es la fuente de todo, tanto lo interno como lo externo.

¿Y qué hace, en concreto, el Espíritu Santo en nosotros?

San Pablo nos advierte hoy que es tan importante Él, que “nadie puede decir Jesús es Señor si no es bajo la acción del Espíritu Santo”.

Nos enseña también que hay multitud de dones en la Iglesia pero “es un mismo Espíritu” quien los produce.

“En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”.

También a los romanos les escribió Pablo:

“Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud para recaer en el temor sino que habéis recibido un espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos Abbá, Padre. Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios”.

Ésta es, por tanto, la obra del Espíritu en cada uno. Y como todos formamos en Cristo un solo cuerpo, es Él quien crea la unidad entre todos y con Cristo, que es nuestra cabeza.

Piensa, una vez más, lo que has leído. El Espíritu Santo te asegura que tú eres hijo de Dios.

¿Qué más puedes desear?

El Evangelio, por su parte, nos recuerda la entrada de Jesús Resucitado el día de la Pascua en el cenáculo. Allí regala a los suyos el Espíritu que les había prometido en la última cena. En concreto se refiere a uno de los grandes regalos (sacramento de la penitencia) para la Iglesia:

“Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”.

Después de estos pensamientos, meditemos el salmo responsorial en el que pedimos:

“Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra”.

A continuación, el salmo, nos invita a la alabanza: 

“Bendice alma mía al Señor: ¡Dios mío, qué grande eres!

Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas… Gloria a Dios para siempre”.

Hoy nos encontramos también con lo que llamamos una “secuencia” que es un poema que va desarrollando la enseñanza de la fiesta del día. La que hoy meditamos se refiere al Espíritu Santo, con estas palabras:

“Ven, Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo; Padre amoroso del pobre; Don en tus dones espléndido; Luz que penetra las almas; Fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce Huésped… entra en el fondo del alma Divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro… Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo… Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos”.

Reflexionemos, ahora, sobre el prefacio que nos presenta el misterio de Pentecostés con estas palabras dirigidas al Padre:

“Para llevar a plenitud el misterio pascual, enviaste hoy el Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos por su participación en Cristo. Aquel mismo Espíritu que, desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia naciente; el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos; el Espíritu que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas”.

Terminemos pidiendo con la Iglesia, en la oración más importante de hoy, la colecta:

“Oh Dios, que por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica”.

La fe, en efecto, nos enseña que, siendo Dios como el Padre y el Hijo, el Espíritu Santo, hoy como ayer, puede repetir los prodigios necesarios para santificar su Iglesia… para santificarte a ti.

Pídele sus dones para que puedas servir mejor a la Iglesia.

Pídele también sus frutos para que te santifique a ti y te haga plenamente feliz.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

22 de mayo de 2014

VI domingo del Tiempo Pascual, Ciclo A

SOY TESORO PORQUE LLEVO UN TESORO
“El que me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará y vendremos a Él”. Aleluya.

No solemos pensar mucho esto. Pero es el Espíritu Santo lo más grande que ofrece Jesús a los suyos: cuando hay un gran tesoro se guarda en un estuche apropiado. 

Dios se hizo tesoro nuestro y nos preparó un cuerpo maravilloso y puso dentro un alma capaz “de cargar a Dios”.

Ahí sólo puede entrar nuestra voluntad que es la que acepta el tesoro y lo cuida.

Los enemigos están por todas partes haciéndole el juego al diablo.

San Pedro nos lo advierte:

“El diablo, como león rugiente, ronda en torno a nosotros buscando a quien devorar. Resistidle firmes en la fe”.

Hoy la sociedad nos presenta unos espejismos maravillosos para robarnos el gran tesoro, la presencia de Dios.

Este versículo de Juan (14,23) no entra en el párrafo del Evangelio de hoy pero nos lo recuerda el versículo aleluyático.

El Evangelio de hoy es continuación de las maravillas que Jesús trató con los suyos en la última cena y lo recordamos en estos días de Pascua.

De todas formas, hoy tenemos nuevas promesas maravillosas de Jesús:

“Si me amáis guardaréis mis mandamientos”. Y nos hará otro regalo maravilloso que es “el otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad”.

El primer Consolador es Jesús. Se va y al mismo tiempo quedará con nosotros.

Pero ahora promete el otro Paráclito.

La palabra Paráclito puede significar abogado, ayudador, consolador, incluso Jesús le dará el significado de acusador o fiscal más adelante durante la misma conversación.

La gente metida en el pecado, “el mundo, no puede recibirlo porque no lo ve ni lo conoce”, no puede verlo ni entenderlo ni aceptarlo.

Pero los amigos de Jesús, “vosotros, lo conocéis porque vive con vosotros y está con vosotros”.

¿Has pensado muchas veces que el Espíritu Santo vive contigo… está contigo?

Sí, en tu interior hay otro más íntimo y, por supuesto, más importante que tú mismo: es el Espíritu Santo, es Dios. Tú eres su estuche. ¿O no recuerdas lo que Pablo decía a los corintios: “sois templo de Dios y el espíritu Santo vive dentro de vosotros?”.

“Templo” que guarda a Dios. Es otra comparación para que entiendas lo importante que eres.

A veces no entendemos por qué se persigue a los cristianos.

Satanás sí lo sabe y por eso persigue a los cristianos portadores de diamantes más bellos que los de Sierra Leona.

Hay más promesas:

“No os dejaré huérfano. Volveré”. Es decir ¡Resucitaré!

Y ahora se acerca la frase que ya hemos comentado:

La unidad plena entre Dios, Cristo, tú y yo: “Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre y vosotros conmigo y yo con vosotros”.

Y continúa Jesús: “el que acepta mis mandamientos y los guarda ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre y yo también lo amaré y me rebelaré a él”.

Éste es el pedido de Jesús: guardar sus mandamientos, especialmente el mandamiento del amor que es su distintivo: 

“Éste es mi mandamiento “que os améis unos a otros como yo os he amado”.

¿Nos amamos?

¿Amamos a los enemigos?

¿Amamos a todos como ama Dios?

Si no es así, somos teóricos del Evangelio pero no cristianos.

Los Hechos de los Apóstoles nos siguen contando cómo iba creciendo la Iglesia en sus primeros tiempos.

Felipe va a Samaria. Hace milagros. Se arma un verdadero “lío” (como dice nuestro Papa Francisco) y tienen que venir Pedro y Juan para llenarlos del Espíritu Santo:

“Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo”, como tú en la confirmación.

Posiblemente en aquellos samaritanos se notaba esa bendita presencia más que en los que se confirman ahora.

¿Se nota en ti el Espíritu que recibiste en la confirmación?

Un consejo: si te confirmaste, recibiste el Espíritu Santo y lo olvidaste, ahora hazte su amigo de una manera consciente.

Aprovecha su presencia real y verás cómo surgen en ti los dones y frutos del Espíritu Santo y encontrarás una alegría profunda. ¡Y la paz!

Esto te hará apóstol e irás por el mundo repitiendo a todos los cristianos y a los que quieran serlo: 

¡Dios está contigo y te ama!

Finalmente, la carta de Pedro nos recuerda una vez más en este tiempo pascual, la Resurrección de Cristo, el hombre Dios: “como era hombre, lo mataron; pero como poseía el Espíritu fue devuelto a la vida”.

Esto nos invita a pensar que si llevamos dentro este tesoro maravilloso que es Dios, resucitaremos también, seremos devueltos a la vida.

Porque llevas a Dios dentro, tú también resucitarás a una vida eterna.

Cuando la gente te diga “cuídate”, aprovecha para pensar cómo cuidas al que llevas dentro de ti.

¡Cuida tu tesoro!

José Ignacio Alemany Grau, obispo

16 de mayo de 2013

Pentecostés, ciclo C

EL ESPÍRITU SANTO ESTÁ 

“El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: “de sus entrañas manaran ríos de agua viva”. 

Es el mismo san Juan quien explica que Jesús “dijo esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él”. 

Y hay algo más interesante en la explicación, como Jesús no había sido glorificado con su resurrección y ascensión, todavía no se había dado el Espíritu a los suyos. 

Pues sí, amigos, muchas veces prometió Jesús el Espíritu Santo y al fin llegó. Y llegó el día de Pentecostés cuando estaban todos reunidos en el mismo lugar. Hoy lo celebramos: 

Un fuerte ruido, como de viento recio, unas llamas de fuego, y el alboroto del don de lenguas fueron los signos externos con que el Espíritu Santo manifestó su presencia. 

El fruto fue grande. 

Aquellos cobardes comenzaron a evangelizar con valentía, predicando que las autoridades del pueblo habían matado a Jesús pero Dios cumplió su promesa resucitándolo. Ellos eran testigos. 

Desde entonces, de una manera especial, el Espíritu sigue actuando en la Iglesia de Jesús. 

Él la lleva de la mano hacia la Parusía. 

Es Él quien la embellece y purifica a diario. 

Si examinamos la Escritura nos damos cuenta de cómo fue el Espíritu quien condujo al mismo Jesús: lo encarnó, lo llevó al desierto, a Galilea y, finalmente, a Jerusalén, donde debía ser crucificado. El mismo Espíritu lo resucitó. 

También condujo a María a la fecundidad virginal y la fue transformando en la amada de Dios. 

Siempre abierta, como una esclava, para hacer la voluntad del Padre. 

En la liturgia de hoy vemos cómo también transformó a los apóstoles. 

Los llenó de dones y valentía hasta el punto de conducirlos hasta el martirio. Es Él mismo el que ilumina también hoy a la Iglesia, es decir, a cada uno de los que formamos parte del cuerpo místico de Cristo, haciéndonos hijos de Dios. Por eso podemos llamar Abbá, Padre, al mismo Dios. 

Y si queremos saber lo que hace continuamente el Espíritu Santo, nos lo dice el Vaticano II en este Año de la Fe: 

“Con la fuerza del Evangelio rejuvenece la Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo. En efecto, el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús ven. Y así toda la Iglesia aparece (según dicen los santos padres) como “un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. 

En el Evangelio de hoy Jesús nos dice “si me amáis guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros”. 

Es preciso tener esto en cuenta ya que podemos perder el don más maravilloso que Dios nos ha dado por medio de Jesús. 

Y más adelante el Señor continúa: “El Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”. 

Es por tanto el Espíritu Santo quien llena nuestra inteligencia “enseñándonos” y nuestro corazón “recordándonos”. 

Este día de Pentecostés será una riqueza muy especial para ti, si respondes a estas preguntas u otras que tú mismo te puedes hacer en oración: 

¿Conoces la obra del Espíritu Santo en la Iglesia? 

¿Sabes que el Espíritu Santo nos hace a todos un cuerpo con Cristo, Él la cabeza y nosotros los miembros? 

¿Sabes las maravillas que Dios ha hecho en tu alma, desde el bautismo, por medio del Espíritu Santo? 

¿Se lo has agradecido? 

Con la Iglesia repitamos hoy estas invocaciones: 

“Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles…” 

“Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la paz de la tierra”. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

9 de junio de 2011

DOMINGO SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS, CICLO A

VEN ESPÍRITU SANTO

“Para llevar a plenitud el misterio pascual, enviaste hoy el Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos, por su participación en Cristo. Aquel mismo Espíritu, que desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia naciente; el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos; el Espíritu que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas”.
Estas palabras pertenecen al prefacio de la misa de Pentecostés.
Sabemos que cuando en una fiesta hay un prefacio especial, en él debemos encontrar la esencia del misterio que se celebra ese día.
Esta presencia en el primer Pentecostés llenó del Espíritu Santo a todos los que se encontraban en el cenáculo de Jerusalén, pero no terminó entonces ni el poder del Espíritu ni su efusión sobre la Iglesia de Jesús.
Ellos “quedaron llenos del Espíritu Santo” y nosotros también hemos quedado llenos del mismo Espíritu el día del bautismo, para formar un solo cuerpo y todos “hemos bebido de un solo Espíritu” que es el alma de la Iglesia que Jesús fundó. Además hemos tenido una efusión más intensa en el sacramento de la confirmación.
Ante los signos externos del primer Pentecostés (terremoto, lenguas de fuego, don de lenguas, etc) nos dice San Lucas que todos los que se acercaron al cenáculo “quedaron desconcertados” diciendo: “¿no son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa?”.
Esto hacía el Espíritu Santo para que la multitud pudiera conocer su presencia a través de la Iglesia que nacía con los primeros apóstoles.
Antes de seguir adelante te invito a meditar cuál es la obra del Espíritu Santo en ti, no sólo en tu interior sino también hacia afuera para que otros puedan descubrir su presencia en tu vida.
En este día de Pentecostés hay una “secuencia” (es como un poema). En ella podemos ver los diversos títulos que la Iglesia da al Espíritu de Jesús. Transcribo algunos para que puedan ayudarte cuando hagas oración al Espíritu Santo y lo invoques con estos nombres:
“Padre amoroso del pobre”; “Don espléndido”; “Luz que penetra las almas”; “Fuente de consuelo”; “Dulce huésped del alma”; “Descanso de nuestro esfuerzo”; “Brisa en las horas de fuego”; “Gozo que enjuga las lágrimas”; “Divina luz”; “Calor de vida en el hielo”; etc.
Como te decía antes, esta secuencia te da “títulos”  para hablar con el Espíritu Santo y además, si la profundizas tú personalmente, encontrarás una fuente de oración a la tercera Persona Santísima Trinidad.
Pídele siempre que llene tu corazón y que encienda en ti la llama del Amor.
Según San Pablo, todos los dones, ministerios y diversidad de funciones que hay en la Iglesia de Jesús, los produce el mismo Espíritu Santo y todo esto lo hace Él para que cada uno contribuya al bien común del cuerpo de Cristo y así se enriquezca toda la Iglesia.
El Evangelio nos habla de la promesa de Jesús anunciándonos que “cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí”.
Hay algo muy importante que Jesús añade y que es el fruto que produce en nosotros el Espíritu Santo: “vosotros daréis testimonio (de mí) porque desde el principio estáis conmigo”.
Finalmente, Jesús sabe que pronto va a dejar a los suyos para “volver al Padre” y les advierte que le quedan muchas cosas por decir pero, como buen amigo, sabe que sería mucha carga el soltarles todo en ese momento. Por eso les advierte: “cuando venga Él, el Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena”. En fin de cuentas, todas las enseñanzas que vienen de una de las tres Divinas Personas son las mismas porque pertenecen al tesoro de la revelación, mediante la cual Dios ha querido que lo conozcamos a Él y que aprendamos el camino para llegar hasta el cielo.
Repitamos hoy muchas veces con la Iglesia: ¡Ven Espíritu Santo!

José Ignacio Alemany Grau, Obispo

2 de junio de 2011

VII DOMINGO DE PASCUA, CICLO A

UNA DESPEDIDA QUE LLENA DE GOZO
 “Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo.
Dios asciende entre aclamaciones, el Señor al son de trompetas; tocad para Dios, tocad, tocad para nuestro Rey tocad. Porque Dios es el rey del mundo. Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta en su trono sagrado”.
¿Por qué la Iglesia expresa hoy sentimientos de gozo con este salmo 46?
Nos lo dice San Lucas en el primer capítulo de los Hechos de los apóstoles.
Concretamente se lo dice a Teófilo, nombre que significa “amado de Dios” y que puede referirse a ti o mí.
Jesús resucitado hablaba con sus discípulos que comían con Él y les dijo: “No os alejéis de Jerusalén; aguardad a que se cumpla la promesa de mi Padre...
Dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo”.
No faltó en ese momento, como siempre, la actitud interesada e ignorante de quienes estaban esperando que, por fin, Jesús fuera un libertador al estilo humano, tan esperado por los israelitas, para liberarse de los romanos.
“Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”
Posiblemente este hablar fuera de foco no le agradó a Jesús porque les contestó: “No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad”.
Y a continuación concreta Jesús su promesa. Les enviará otro consolador:
“Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo”.
La Iglesia primitiva, guiada por el Espíritu Santo, hizo maravillas. No sólo externas, como el don de lenguas, milagros, etc. sino sobre todo las más importantes, es decir, vivir la fe en Cristo hasta las últimas consecuencias; hasta dar la vida.
Han pasado los siglos y la Iglesia sigue proclamando el Reino con fidelidad.
Hoy como ayer son multitud los cristianos que dan la vida por el Evangelio.
Sin embargo, Juan Pablo II comenzó su encíclica Redemptoris Missio con estas palabras impresionantes: “La misión del Redentor, confiada a la Iglesia, está muy lejos de cumplirse”.
En efecto, podemos decir que más del 80% de los habitantes del mundo no conoce a Jesucristo.
¿No será (al menos en parte) que no somos plenamente concientes de que con el Espíritu Santo que recibimos en el bautismo podríamos hacer mucho más por el Evangelio?
Uno de los pecados (al menos de omisión) que comentemos es no tener conciencia de los dones que hemos recibido de Dios. Nos creemos más pobres de lo que Dios nos ha hecho.
Terminadas las palabras que comentamos, cuenta San Lucas que Jesús comenzó a levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista.
Ellos pensaban que al pasar la nube volverían a verlo pero “dos hombres vestidos de blanco” les dijeron: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse”.
En la segunda lectura San Pablo enseña a los efesios que el Padre glorificó a Cristo “resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo por encima de todo principado… y todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia como cabeza sobre todo”.
El Evangelio de este “ciclo A”, pertenece a San Mateo. Él presenta la despedida de Jesús como  un envío para todos los suyos con estas palabras: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.
San Lucas, a su vez, concluye diciéndonos que los discípulos, después de la ascensión, “volvieron a Jerusalén con gran alegría”.
A primera vista esta conclusión puede llamar la atención. Pensamos que más bien deberían regresar llorando, porque se les había ido su Maestro.
Pero la realidad bíblica nos hace ver siempre que quien recibe algo que vale más que el que lo da, siempre queda feliz, con ese gozo que es uno de los frutos del Espíritu Santo.
Evangelizar es precisamente eso, llevar Dios a quienes no lo tienen para que gocen con una felicidad eterna.
Y la alegría de esta fiesta es saber que Jesús sigue con nosotros hasta el fin del mundo y que el Espíritu Santo conducirá a la Iglesia hasta aquel mismo fin.

José Ignacio Alemany Grau, Obispo

26 de mayo de 2011

VI DOMINGO DE PASCUA, CICLO A

EL ESPÍRITU SANTO VIVE EN TI
Este domingo sexto de Pascua nos acerca a Pentecostés.
Estemos atentos para ver cómo la liturgia diariamente nos está ayudando a pasar de la reflexión sobre la resurrección de Jesús, al tema de la venida del Espíritu Santo.
Ambos, el Hijo y el Espíritu, son regalo del Padre que los envía para salvarnos, o para consolarnos según la expresión de Jesús, cuando se despidió de los suyos: “Les enviaré otro consolador”.
Es claro que el primer consolador es Jesús mismo que ha acompañado a los apóstoles durante tres años. El otro, lógicamente es el Espíritu Santo.
De esta manera la Iglesia, como madre buena, en estos últimos días de Pascua, nos invita a vivir en oración esperando que el Espíritu Santo, el día de Pentecostés, santifique y prepare a cada uno de nosotros para el gran encuentro con Dios. Así nos lo dice la antífona de comunión:
“Si me amáis guardaréis mis mandamientos, dice el Señor. Yo le pediré al Padre que os dé otro consolador, que esté siempre con vosotros”.
La primera lectura nos recuerda cómo Felipe predicó a Cristo, bautizó a muchos en Samaría e hizo milagros, llenando de alegría a la ciudad.
Al saberlo, los apóstoles que estaban en Jerusalén, enviaron a Pedro y a Juan para que rezaran, imponiéndoles las manos, por los fieles y así pudieran recibir el Espíritu Santo (la confirmación).
La segunda carta es de Pedro y nos habla de cómo a Jesús lo mataron, como a cualquier otro hombre, pero como estaba lleno del Espíritu Santo, resucitó.
En el Evangelio, leemos: “Si me amáis guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad”.
Jesús aclara que el mundo con sus criterios y perversión, no puede ver ni conocer al Espíritu, pero los que son de Cristo lo conocerán muy bien y el Espíritu permanecerá en ellos.
Por otra parte, Jesús, lleno de ternura, les repetirá “no los dejaré huérfanos”, prometiendo la presencia continua tanto suya como del Padre.
Fijémonos también en estas otras palabras que son de dos versículos más adelante, para entender que quien ama de verdad a Jesús, cumple su palabra y entonces “mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él”. ¡Las tres Divinas Personas en el corazón del hombre!
Aprovechemos ahora unos momentos para conversar sobre el Espíritu Santo que quiere ser siempre nuestro Dios y amigo. Hagámoslo con ideas sueltas.
* En nuestro único Dios hay tres Personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
* El Padre es la fuente de la vida que engendra al Hijo por vía de pensamiento y el Espíritu Santo es el amor que une y hace infinitamente felices al Padre y al Hijo.
* Este Espíritu Santo es el regalo que el Padre nos da para santificarnos; es decir, para que compartamos su misma vida divina.
* A esta vida divina en nosotros, la llamamos “gracia santificante” porque nos hace santos, agradables a Dios.
* Desde el bautismo el Espíritu Santo entra en ti y se hace cercano y amigo. Piensa que Él es tu compañero de viaje hacia la eternidad.
Si sigues sus inspiraciones y le cuentas todas tus cosas, habrá entre ti y el Espíritu Santo la amistad más bella. Él será tu mejor amigo. Piensa: ¡¡mi amigo el Espíritu Santo!! ¿Puede haber mejor presentación?
* Por el sacramento de la confirmación el Espíritu Santo fortalece en ti los mismos dones que te dio en el bautismo: la fe, la esperanza y el amor y todos sus dones para que puedas vivir feliz en medio de las dificultades y llegar a la perfección a la que Dios te llama.
* Has de saber también que “donde está el Espíritu Santo está la verdadera libertad”.
Es Él quien hace libres a los hijos de Dios, aun en las peores tormentas.
* Tampoco olvides la gran enseñanza de San Pablo: “¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu habita dentro de ustedes?”.
* El Espíritu Santo es también el único que nos puede enseñar a rezar y será siempre Él quien repita en nosotros la palabra más dulce de nuestra oración a Dios: “Abba, Padre”.
* El Espíritu Santo es el que enriquece a cada persona y así embellece la Iglesia de Jesús con distintos carismas, dones y frutos que embellecen a toda la Iglesia y santifican a quienes los posee.
* Tu actitud con el Espíritu Santo debe ser de auténtica docilidad. Déjate conducir por Él con el corazón del pobre que, con las manos extendidas, pide siempre al Padre y al Hijo el fuego del Espíritu que transforme toda su vida.
* Será bueno también que adquieras la simplicidad del niño ya que Jesús nos enseñó que para poseer la vida eterna es preciso “nacer de nuevo” y que sólo los que se hagan como niños entrarán al reino de los cielos.

José Ignacio Alemany Grau, Obispo