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2 de junio de 2017

EL ESPÍRITU SANTO


Da la impresión de que los poderes del mundo están acabando con la Iglesia. Quizá piensan que con unos cuantos mártires más, como lo han hecho sus predecesores, desaparecerá del mundo la Iglesia de Jesucristo.
Por eso resulta interesante que la Iglesia, precisamente en medio de esta situación, nos ha escrito a todos un mensaje optimista que empieza así:
“La Iglesia rejuvenece por el poder del Evangelio, y el Espíritu continuamente la renueva, edificándola y guiándola con diversos dones jerárquicos y carismáticos”.
La obra de Dios es más fuerte que la de los hombres y pueden estar seguros de que en un futuro próximo todos los que han botado a Dios de la sociedad y se han burlado de sus mandamientos… no tendrán poder.
El Espíritu Santo sigue preparando a la Iglesia de Jesús.
¡Él es más fuerte que el maligno! Su obra es continua.
Cada nuevo cristiano recibe en el bautismo la gracia divina que lo hace hijo de Dios, hermano de Jesucristo y heredero del cielo. Al mismo tiempo recibe cuanto necesita para el crecimiento de su vida sobrenatural: virtudes teologales, virtudes cardinales, dones, etc.
Todo esto lo hace el Espíritu Santo. Por eso repetimos gozosamente:
En medio de esta sociedad, la Iglesia rejuvenece por obra del Espíritu Santo.
Vayamos ahora a las lecturas.
*       El prefacio
Nos enseña que el Padre “para llevar a plenitud el misterio pascual (envío) hoy el Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos por su participación en Cristo. Aquel mismo Espíritu que, desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia naciente; el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos; el Espíritu que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas”.
Solamente con estas palabras ya tendríamos para una meditación. Maravillosa obra la del Padre por medio de su Espíritu.
*       Los Hechos de los apóstoles
Sin duda hemos leído muchas veces lo que cuenta este libro sobre el día de Pentecostés. Leámoslo de nuevo pero tengamos en cuenta que no son tan importantes los signos externos, que eran solo una manera de llamar la atención y reunir la multitud. Fijémonos más bien en la realidad, es decir, que el Espíritu Santo llegó para santificar a la Iglesia de Jesús y la puso en movimiento irresistible a través de los siglos.
*       Salmo responsorial (103)
Nos invita a glorificar al Señor por su grandeza y las obras maravillosas que ha hecho y nos hace ver cómo el aliento de Dios crea las cosas y repuebla la faz de la tierra.
Por eso con la Iglesia repetiremos muchas veces en estos días:
“Envía tu Espíritu Señor”.
*       Carta de San Pablo a los Corintios
Nos habla de cómo toda la actividad de la Iglesia y de cada uno de los que formamos parte de ella, es fruto del impulso del Espíritu Santo y nos recuerda cómo la diversidad de dones y carismas los produce el mismo Espíritu para el bien común, es decir, para santificación del cuerpo de Cristo.
Pablo nos invita también a recordar siempre que el Espíritu Santo, como alma de la Iglesia, es un continuo impulso para vivir la unidad.
*       La secuencia
Se trata de un himno especial para este día en el que la Iglesia resalta la actividad del Espíritu Santo en las almas.
Al mismo tiempo es una ayuda para que recemos y pidamos el Espíritu Santo a quien llama con cariño: Luz, Padre amoroso, Don, Fuente de consuelo, Dulce huésped del alma…
Te invito a que, en un momento de oración en este día, personalices este hermoso poema haciéndolo oración tuya.
*       Verso aleluyático
La Iglesia hoy se hace petición. Quiere la presencia continua del Espíritu Santo de distintas formas. La más común de las cuales es tan simple como ésta: “¡Ven, Espíritu Santo!”
Pídelo tú también al Padre y al Hijo que, según la promesa de Jesús, llenen tu corazón con la luz del Espíritu que te llevará a la plenitud de la verdad.
*       Evangelio
El Evangelio de San Juan nos recuerda el momento de la Pascua en que Jesús, puesto en medio de los apóstoles, después de saludarlos con  la paz, “exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”.
Bendigamos a Jesucristo que con el Padre ha querido regalarnos su Espíritu para que, por muchos que sean nuestros pecados, estemos seguros de su misericordia.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

12 de mayo de 2016

PENTECOSTÉS

La liturgia prepara este gran día con una vigilia especial, que algunos grupos de fe celebran de manera similar a la Vigilia Pascual.
En ella se recuerdan las palabras de Jesús que gritaba, en el día de la Fiesta de las tiendas (Ese día el sumo sacerdote sacaba agua de la piscina de Siloé y con ella rociaba el altar):
“El que tenga sed que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura “de sus entrañas brotarán ríos de agua viva”.
Jesús con estas palabras se proclama como la fuente de agua viva a la que todos debemos acercarnos.
El agua prometida por Jesús brotó el viernes santo de su costado abierto y ahora es el Espíritu Santo quien nos la da abundantemente.
La fiesta de Pentecostés va por el interior de los corazones y los transforma en la medida en que colaboran con Él, porque nunca fuerza nuestra libertad.
Jesús, pues, completa su misterio salvador, enviándonos su Espíritu Santo tal como lo había prometido hacer Él mismo juntamente con el Padre.
¿Cuál es la obra del Espíritu Santo?
Vamos al prefacio que enseña:
“Para llevar a plenitud el misterio pascual, enviaste hoy el Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos, por su participación en Cristo.
Aquel mismo Espíritu que, desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia naciente; el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos; el Espíritu que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas”.
Como ves hay muchas cosas que meditar en este prefacio y te invito a que lo hagas personalmente.
El Espíritu Santo viene  a crear la unidad que pidió Jesús tantas veces para los suyos.
Sin el amor, que eso es el Espíritu Santo, jamás habrá unidad verdadera sino intereses mezquinos.
*        El libro de los Hechos nos cuenta que “estaban todos juntos en el mismo lugar” (qué necesario es que nosotros estemos juntos para ser eficaces).
Precisamente en los últimos días hemos visto paneles en los que se dice “juntos podemos”…
Además “estaban sentados” que es una actitud de reflexión, conversación y ¿oración?
Las ráfagas de viento y el fuego nos llevan a recordar los momentos de Moisés en el Sinaí cuando se llenó del Espíritu de Dios que transformó hasta su rostro.
Esos fueron los signos externos que empleó el Espíritu Santo para transformar a los apóstoles, apocados y cobardes, en grandes misioneros.
Así veremos cómo Pedro, que por miedo negó a Jesús, en este día se levantará a predicar que Jesús crucificado ha sido glorificado hoy y ha derramado el Espíritu Santo sobre la Iglesia. Más aún, llama a todos para que participen de la redención de Cristo.
Para que tuviera eficacia su venida, el Espíritu Santo hizo el milagro del don de lenguas, por el cual todos los judíos de la diáspora, es decir repartidos por todo el mundo, pudieran entender perfectamente a los apóstoles a pesar de la diversidad de lenguas.
Son diecisiete las lenguas que recoge el texto. Ese número indica universalidad y perfección. De esta manera Dios llama a todos los pueblos a la Iglesia de Jesús.
*        En el salmo responsorial repetiremos “envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra”.
Y glorificaremos a Dios con el salmo 103:
“Bendice alma mía al Señor: ¡Dios mío qué grande eres! Cuántas son tus obras Señor, la tierra está llena de tus criaturas… gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras…”
*        San Pablo recordará a los romanos que “vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo”.
Una hermosa lección del capítulo 8 en la que resaltamos estas palabras.
“Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios”. No lo olvides: ¡el Espíritu Santo nos hace hijos de Dios!
*        Secuencia de Pentecostés
Se trata de un bellísimo himno para este día. Ojalá lo profundices:
“Espíritu Divino… Padre amoroso… Don… Luz… Fuente… Dulce huésped… Gozo… Divina Luz…”
Todos estos títulos y muchos más, te ayudarán a entender lo que la Iglesia pide en su oración al Espíritu Santo. 
*        El Evangelio recoge la promesa de Jesús en el cenáculo que se cumple en este día de Pentecostés:
“El Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”.
*        Con la Iglesia repitamos nuestra llamada especial al Espíritu Santo en este día con estos tres gritos llenos de esperanza:
“¡Envía tu Espíritu Santo!”
“¡Ven Espíritu Divino!”
“¡Ven Espíritu Santo y llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!”

José Ignacio Alemany Grau, obispo

21 de mayo de 2015

REFLEXIÓN DOMINICAL PARA PENTECOSTÉS, CICLO B


CAMINEN SEGÚN EL ESPÍRITU: PENTECOSTÉS

Celebramos hoy la gran Fiesta de Pentecostés, es decir, del día en que el Padre y el Hijo enviaron el Espíritu Santo prometido a la Iglesia.
*    La carta que hoy nos dirige el apóstol San Pablo comienza así:
“Andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el Espíritu y el Espíritu contra la carne. Hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais. En cambio, si os guía el Espíritu, no estáis bajo el dominio de la ley”.
Los frutos del Espíritu, es decir lo que produce el Espíritu Santo en el corazón que colabora con Él, son: “amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí”.
La finalidad con que uno planta los árboles es poder gozar de su fruto, que es lo más importante.
Lo que quiere decir Pablo con esta comparación, por consiguiente, es que lo más exquisito que produce el Espíritu de Dios en nosotros y por lo que sabemos que Él actúa en nosotros, son sus “frutos”.
Pablo termina el párrafo de hoy con la misma idea con la que empezó:
“Si vivimos por el Espíritu marcharemos tras el Espíritu”.
Qué buen gusto ha tenido Dios porque no solo tiene amor… “es amor”.
“Dios es amor” y a ese amor infinito que se tienen por igual las tres Divinas Personas, lo llamamos Espíritu Santo.
¿Quieres amor verdadero?  Pídeselo al Espíritu Santo.
*    La primera lectura describe lo que aconteció el día de Pentecostés.
En el relato debemos descubrir dos cosas:
Una externa, que no tiene tanta importancia, pero que la hace el Espíritu para llamar la atención a fin de que se congregue la multitud y así puedan conocer, todos, su presencia: ruido, viento, lenguas de fuego, don de lenguas.
La otra, interior y profunda, es la importante: “se llenaron todos del Espíritu Santo”.
¡Qué simple y sencillo!
Pero esta presencia constituía la realización de las promesas sobre el Mesías.
Ojo amigos, hay muchas personas que se fijan, desean y hasta piden esas cosas externas y lógicamente su vida sigue siendo vacía y superficial.
Pidamos el Espíritu Santo, con la Iglesia, en la preciosa “secuencia” de hoy, que comienza así:
“Ven Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre… Ven, dulce huésped del alma… entra hasta el fondo del alma, Divina Luz y enriquécenos… Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo… reparte tus siete dones…”
*    Rezamos el salmo 103. Mientras tanto meditamos esta pequeña oración que tantas veces hemos repetido en los grupos de la Iglesia católica:
“Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra”.
Por todo esto bendecimos al Señor y lo glorificamos.
*    Jesús promete el Espíritu Santo y con Él la seguridad de que Jesús es el enviado de Dios:
“Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí”.
Con la fuerza del Espíritu Santo también nosotros daremos testimonio de Jesús porque desde el principio estamos con Él.
Me imagino que con esto podemos pensar que Jesús espera que demos testimonio de Él “porque desde el principio estáis conmigo”. Esto podemos entenderlo porque la mayor parte fuimos bautizados de pequeñitos.
Hemos de pensar también que Jesús, en aquel momento, quería decir muchas cosas a los discípulos porque ellos habían de ser los que continuarían a través de los siglos todo su plan de salvación.
Pero como buen pedagogo sabía que no eran capaces de aprender y guardar tantas maravillas en su corazón.
Por eso les advierte: “Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena”.
La ventaja de todo esto es que lo que enseña el Espíritu es lo mismo que lo que enseña Jesús y lo mismo que el Padre Dios quiere confiarnos.
Esa es la comunión plena de la Trinidad. Por eso puede decir Jesús: “hablará lo que oye y os comunicará lo que está por venir… Recibirá de mí lo que os irá comunicando”.
Cada una de estas frases debemos meditarla si queremos entender un poco las maravillas del misterio trinitario.
Para explicarlo mejor Jesús añade:
“Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará”.
Gritemos desde lo más profundo de nuestro ser en estos días:

¡Ven, Espíritu Santo, amigo y Dios verdadero con el Padre y el Hijo!
Gracias porque eres el Huésped oculto de mi corazón.
Allí donde nada ni nadie puede entrar,
estás tú amándome y aconsejándome
 para que haga lo que me puede hacer feliz
a mí mismo y a los míos.
Entra en el hondón del alma y quema la miseria que cargo.
Haz que el amor más puro incendie mis mejores sueños para hacerlos realidad.
Divina Luz, riega, lava, sana, guíame por Cristo al Padre.


José Ignacio Alemany Grau, obispo

5 de junio de 2014

Domingo de Pentecostés, Ciclo A

SE LLENARON TODOS DE ESPÍRITU SANTO
Los humanos tenemos siempre el peligro de quedarnos en lo externo.

Pero en el caso de Pentecostés, como en tantos otros, no es eso precisamente lo más importante.

Examinemos lo que pasó aquel día.

Ciertamente que hubo cosas externas fuertes y Dios las empleó para atraer a los habitantes de Jerusalén y a los forasteros que habían ido a la fiesta:

“De repente un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Aparecieron lenguas como llamaradas que se repartían, posándose encima de cada uno… además empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería”.

En este breve párrafo de los Hechos de los apóstoles he suprimido lo más importante, lo interior, lo profundo, la presencia invisible del Espíritu:

“Se llenaron todos de Espíritu Santo”.

El Señor hace las cosas de una manera maravillosa y así se sirve de lo externo para atraer hacia lo más profundo.

En efecto, la multitud de judíos devotos que habían peregrinado a Jerusalén, al oír el ruido acudieron en masa y es entonces cuando aprovecha Pedro para evangelizarlos.

Para nosotros esto es lo importante. Redescubrir cada día cómo el Espíritu Santo es la fuente de todo, tanto lo interno como lo externo.

¿Y qué hace, en concreto, el Espíritu Santo en nosotros?

San Pablo nos advierte hoy que es tan importante Él, que “nadie puede decir Jesús es Señor si no es bajo la acción del Espíritu Santo”.

Nos enseña también que hay multitud de dones en la Iglesia pero “es un mismo Espíritu” quien los produce.

“En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”.

También a los romanos les escribió Pablo:

“Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud para recaer en el temor sino que habéis recibido un espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos Abbá, Padre. Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios”.

Ésta es, por tanto, la obra del Espíritu en cada uno. Y como todos formamos en Cristo un solo cuerpo, es Él quien crea la unidad entre todos y con Cristo, que es nuestra cabeza.

Piensa, una vez más, lo que has leído. El Espíritu Santo te asegura que tú eres hijo de Dios.

¿Qué más puedes desear?

El Evangelio, por su parte, nos recuerda la entrada de Jesús Resucitado el día de la Pascua en el cenáculo. Allí regala a los suyos el Espíritu que les había prometido en la última cena. En concreto se refiere a uno de los grandes regalos (sacramento de la penitencia) para la Iglesia:

“Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”.

Después de estos pensamientos, meditemos el salmo responsorial en el que pedimos:

“Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra”.

A continuación, el salmo, nos invita a la alabanza: 

“Bendice alma mía al Señor: ¡Dios mío, qué grande eres!

Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas… Gloria a Dios para siempre”.

Hoy nos encontramos también con lo que llamamos una “secuencia” que es un poema que va desarrollando la enseñanza de la fiesta del día. La que hoy meditamos se refiere al Espíritu Santo, con estas palabras:

“Ven, Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo; Padre amoroso del pobre; Don en tus dones espléndido; Luz que penetra las almas; Fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce Huésped… entra en el fondo del alma Divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro… Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo… Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos”.

Reflexionemos, ahora, sobre el prefacio que nos presenta el misterio de Pentecostés con estas palabras dirigidas al Padre:

“Para llevar a plenitud el misterio pascual, enviaste hoy el Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos por su participación en Cristo. Aquel mismo Espíritu que, desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia naciente; el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos; el Espíritu que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas”.

Terminemos pidiendo con la Iglesia, en la oración más importante de hoy, la colecta:

“Oh Dios, que por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia, extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica”.

La fe, en efecto, nos enseña que, siendo Dios como el Padre y el Hijo, el Espíritu Santo, hoy como ayer, puede repetir los prodigios necesarios para santificar su Iglesia… para santificarte a ti.

Pídele sus dones para que puedas servir mejor a la Iglesia.

Pídele también sus frutos para que te santifique a ti y te haga plenamente feliz.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

16 de mayo de 2013

Pentecostés, ciclo C

EL ESPÍRITU SANTO ESTÁ 

“El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: “de sus entrañas manaran ríos de agua viva”. 

Es el mismo san Juan quien explica que Jesús “dijo esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él”. 

Y hay algo más interesante en la explicación, como Jesús no había sido glorificado con su resurrección y ascensión, todavía no se había dado el Espíritu a los suyos. 

Pues sí, amigos, muchas veces prometió Jesús el Espíritu Santo y al fin llegó. Y llegó el día de Pentecostés cuando estaban todos reunidos en el mismo lugar. Hoy lo celebramos: 

Un fuerte ruido, como de viento recio, unas llamas de fuego, y el alboroto del don de lenguas fueron los signos externos con que el Espíritu Santo manifestó su presencia. 

El fruto fue grande. 

Aquellos cobardes comenzaron a evangelizar con valentía, predicando que las autoridades del pueblo habían matado a Jesús pero Dios cumplió su promesa resucitándolo. Ellos eran testigos. 

Desde entonces, de una manera especial, el Espíritu sigue actuando en la Iglesia de Jesús. 

Él la lleva de la mano hacia la Parusía. 

Es Él quien la embellece y purifica a diario. 

Si examinamos la Escritura nos damos cuenta de cómo fue el Espíritu quien condujo al mismo Jesús: lo encarnó, lo llevó al desierto, a Galilea y, finalmente, a Jerusalén, donde debía ser crucificado. El mismo Espíritu lo resucitó. 

También condujo a María a la fecundidad virginal y la fue transformando en la amada de Dios. 

Siempre abierta, como una esclava, para hacer la voluntad del Padre. 

En la liturgia de hoy vemos cómo también transformó a los apóstoles. 

Los llenó de dones y valentía hasta el punto de conducirlos hasta el martirio. Es Él mismo el que ilumina también hoy a la Iglesia, es decir, a cada uno de los que formamos parte del cuerpo místico de Cristo, haciéndonos hijos de Dios. Por eso podemos llamar Abbá, Padre, al mismo Dios. 

Y si queremos saber lo que hace continuamente el Espíritu Santo, nos lo dice el Vaticano II en este Año de la Fe: 

“Con la fuerza del Evangelio rejuvenece la Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo. En efecto, el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús ven. Y así toda la Iglesia aparece (según dicen los santos padres) como “un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. 

En el Evangelio de hoy Jesús nos dice “si me amáis guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros”. 

Es preciso tener esto en cuenta ya que podemos perder el don más maravilloso que Dios nos ha dado por medio de Jesús. 

Y más adelante el Señor continúa: “El Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”. 

Es por tanto el Espíritu Santo quien llena nuestra inteligencia “enseñándonos” y nuestro corazón “recordándonos”. 

Este día de Pentecostés será una riqueza muy especial para ti, si respondes a estas preguntas u otras que tú mismo te puedes hacer en oración: 

¿Conoces la obra del Espíritu Santo en la Iglesia? 

¿Sabes que el Espíritu Santo nos hace a todos un cuerpo con Cristo, Él la cabeza y nosotros los miembros? 

¿Sabes las maravillas que Dios ha hecho en tu alma, desde el bautismo, por medio del Espíritu Santo? 

¿Se lo has agradecido? 

Con la Iglesia repitamos hoy estas invocaciones: 

“Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles…” 

“Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la paz de la tierra”. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

25 de mayo de 2012

Domingo de Pentecostés

A los cincuenta días de la Pascua celebraban los judíos la fiesta de Pentecostés. 

Se celebraba al término de la cosecha de la cebada y antes de comenzar la del trigo. 

En su origen se celebraba para dar gracias por la cosecha recibida. Más tarde se celebró ese día la fiesta de la alianza y el regalo que fue para ellos ley del Sinaí. 

Finalmente, nosotros los católicos sabemos que cuando Jesús completó su misterio pascual es decir, su muerte, resurrección y ascensión, el Padre Dios envió en este día sobre los apóstoles el Espíritu Santo, completando así la obra de Jesús, como nos dice el prefacio del día: 

“Para llevar a plenitud el misterio pascual, enviaste al Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos… el mismo Espíritu que desde el comienzo fue el alma de la Iglesia naciente. El Espíritu que infundió el conocimiento de Dios en todos los pueblos y el que congregó, en la confesión de una misma fe, a los que el pecado había dividido en diversas lenguas”. 

¿Qué es lo que sucedió el día de Pentecostés? Lo cuenta Lucas en los “Hechos de los apóstoles”: 

“Estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. 

Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería”. 

San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que es el mismo Espíritu Santo el que, frente a las “obras de la carne” (fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades…) produce los frutos más maravillosos que hoy nos recuerda San Pablo: “amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí”. 

También vemos continuamente en la Iglesia las maravillas que hace el Espíritu Santo, de tal forma que en ella hay diversidad de carismas, servicios, actividades… Todo lo hace el mismo Espíritu, buscando una unión en la Iglesia, similar a la unión que crean la diversidad de miembros en el cuerpo humano (ojos, oídos, pies, manos, etc) para la riqueza de un todo al que llamamos “Cuerpo de Cristo”. 

Este es el plan de Dios y esas diferencias nos deben enriquecer en el amor. Muchas veces, sin embargo, los celos y envidias crean divisiones dentro de la Iglesia de Cristo. 

Nada más contrario al Espíritu de Jesús que quiere que todos nos enriquezcamos con los dones y carismas de los demás. 

Muchas veces nos falta unidad y amor por un lado, y por otra parte nos falta también un conocimiento más profundo de las cosas de Dios. 

Por eso el mismo Espíritu que nos enseña a llamar “Papá” a Dios, es el que, según la promesa de Jesús, nos llevará a la unidad en el amor. 

Él también, según Jesús en la última cena, “os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo; hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará”. 

De esta manera el Espíritu, que es el Amor en la Trinidad, nos llevará también a la Verdad que es Cristo. Todo es regalo del Padre que nos amó tanto que nos ha dio al Verbo encarnándolo en Belén y al Espíritu Santo en Pentecostés. 

Terminemos recordando algunas de las expresiones de la liturgia que nos ayudarán a invocar al Espíritu Santo en nuestra oración personal y comunitaria: 

“Ven, Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don en tus dones espléndido, luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo. 

Ven, dulce huésped… entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos… 

Sana el corazón enfermo… reparte tus siete dones según la fe de tus siervos…”. 

“Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor…”. 

“Derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy las maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica”. 

Repitamos también: Padre Dios, por amor a Jesús, llénanos de tu Espíritu como llenaste a María.

9 de junio de 2011

DOMINGO SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS, CICLO A

VEN ESPÍRITU SANTO

“Para llevar a plenitud el misterio pascual, enviaste hoy el Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos, por su participación en Cristo. Aquel mismo Espíritu, que desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia naciente; el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos; el Espíritu que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas”.
Estas palabras pertenecen al prefacio de la misa de Pentecostés.
Sabemos que cuando en una fiesta hay un prefacio especial, en él debemos encontrar la esencia del misterio que se celebra ese día.
Esta presencia en el primer Pentecostés llenó del Espíritu Santo a todos los que se encontraban en el cenáculo de Jerusalén, pero no terminó entonces ni el poder del Espíritu ni su efusión sobre la Iglesia de Jesús.
Ellos “quedaron llenos del Espíritu Santo” y nosotros también hemos quedado llenos del mismo Espíritu el día del bautismo, para formar un solo cuerpo y todos “hemos bebido de un solo Espíritu” que es el alma de la Iglesia que Jesús fundó. Además hemos tenido una efusión más intensa en el sacramento de la confirmación.
Ante los signos externos del primer Pentecostés (terremoto, lenguas de fuego, don de lenguas, etc) nos dice San Lucas que todos los que se acercaron al cenáculo “quedaron desconcertados” diciendo: “¿no son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa?”.
Esto hacía el Espíritu Santo para que la multitud pudiera conocer su presencia a través de la Iglesia que nacía con los primeros apóstoles.
Antes de seguir adelante te invito a meditar cuál es la obra del Espíritu Santo en ti, no sólo en tu interior sino también hacia afuera para que otros puedan descubrir su presencia en tu vida.
En este día de Pentecostés hay una “secuencia” (es como un poema). En ella podemos ver los diversos títulos que la Iglesia da al Espíritu de Jesús. Transcribo algunos para que puedan ayudarte cuando hagas oración al Espíritu Santo y lo invoques con estos nombres:
“Padre amoroso del pobre”; “Don espléndido”; “Luz que penetra las almas”; “Fuente de consuelo”; “Dulce huésped del alma”; “Descanso de nuestro esfuerzo”; “Brisa en las horas de fuego”; “Gozo que enjuga las lágrimas”; “Divina luz”; “Calor de vida en el hielo”; etc.
Como te decía antes, esta secuencia te da “títulos”  para hablar con el Espíritu Santo y además, si la profundizas tú personalmente, encontrarás una fuente de oración a la tercera Persona Santísima Trinidad.
Pídele siempre que llene tu corazón y que encienda en ti la llama del Amor.
Según San Pablo, todos los dones, ministerios y diversidad de funciones que hay en la Iglesia de Jesús, los produce el mismo Espíritu Santo y todo esto lo hace Él para que cada uno contribuya al bien común del cuerpo de Cristo y así se enriquezca toda la Iglesia.
El Evangelio nos habla de la promesa de Jesús anunciándonos que “cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí”.
Hay algo muy importante que Jesús añade y que es el fruto que produce en nosotros el Espíritu Santo: “vosotros daréis testimonio (de mí) porque desde el principio estáis conmigo”.
Finalmente, Jesús sabe que pronto va a dejar a los suyos para “volver al Padre” y les advierte que le quedan muchas cosas por decir pero, como buen amigo, sabe que sería mucha carga el soltarles todo en ese momento. Por eso les advierte: “cuando venga Él, el Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena”. En fin de cuentas, todas las enseñanzas que vienen de una de las tres Divinas Personas son las mismas porque pertenecen al tesoro de la revelación, mediante la cual Dios ha querido que lo conozcamos a Él y que aprendamos el camino para llegar hasta el cielo.
Repitamos hoy muchas veces con la Iglesia: ¡Ven Espíritu Santo!

José Ignacio Alemany Grau, Obispo

26 de mayo de 2011

VI DOMINGO DE PASCUA, CICLO A

EL ESPÍRITU SANTO VIVE EN TI
Este domingo sexto de Pascua nos acerca a Pentecostés.
Estemos atentos para ver cómo la liturgia diariamente nos está ayudando a pasar de la reflexión sobre la resurrección de Jesús, al tema de la venida del Espíritu Santo.
Ambos, el Hijo y el Espíritu, son regalo del Padre que los envía para salvarnos, o para consolarnos según la expresión de Jesús, cuando se despidió de los suyos: “Les enviaré otro consolador”.
Es claro que el primer consolador es Jesús mismo que ha acompañado a los apóstoles durante tres años. El otro, lógicamente es el Espíritu Santo.
De esta manera la Iglesia, como madre buena, en estos últimos días de Pascua, nos invita a vivir en oración esperando que el Espíritu Santo, el día de Pentecostés, santifique y prepare a cada uno de nosotros para el gran encuentro con Dios. Así nos lo dice la antífona de comunión:
“Si me amáis guardaréis mis mandamientos, dice el Señor. Yo le pediré al Padre que os dé otro consolador, que esté siempre con vosotros”.
La primera lectura nos recuerda cómo Felipe predicó a Cristo, bautizó a muchos en Samaría e hizo milagros, llenando de alegría a la ciudad.
Al saberlo, los apóstoles que estaban en Jerusalén, enviaron a Pedro y a Juan para que rezaran, imponiéndoles las manos, por los fieles y así pudieran recibir el Espíritu Santo (la confirmación).
La segunda carta es de Pedro y nos habla de cómo a Jesús lo mataron, como a cualquier otro hombre, pero como estaba lleno del Espíritu Santo, resucitó.
En el Evangelio, leemos: “Si me amáis guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad”.
Jesús aclara que el mundo con sus criterios y perversión, no puede ver ni conocer al Espíritu, pero los que son de Cristo lo conocerán muy bien y el Espíritu permanecerá en ellos.
Por otra parte, Jesús, lleno de ternura, les repetirá “no los dejaré huérfanos”, prometiendo la presencia continua tanto suya como del Padre.
Fijémonos también en estas otras palabras que son de dos versículos más adelante, para entender que quien ama de verdad a Jesús, cumple su palabra y entonces “mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él”. ¡Las tres Divinas Personas en el corazón del hombre!
Aprovechemos ahora unos momentos para conversar sobre el Espíritu Santo que quiere ser siempre nuestro Dios y amigo. Hagámoslo con ideas sueltas.
* En nuestro único Dios hay tres Personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
* El Padre es la fuente de la vida que engendra al Hijo por vía de pensamiento y el Espíritu Santo es el amor que une y hace infinitamente felices al Padre y al Hijo.
* Este Espíritu Santo es el regalo que el Padre nos da para santificarnos; es decir, para que compartamos su misma vida divina.
* A esta vida divina en nosotros, la llamamos “gracia santificante” porque nos hace santos, agradables a Dios.
* Desde el bautismo el Espíritu Santo entra en ti y se hace cercano y amigo. Piensa que Él es tu compañero de viaje hacia la eternidad.
Si sigues sus inspiraciones y le cuentas todas tus cosas, habrá entre ti y el Espíritu Santo la amistad más bella. Él será tu mejor amigo. Piensa: ¡¡mi amigo el Espíritu Santo!! ¿Puede haber mejor presentación?
* Por el sacramento de la confirmación el Espíritu Santo fortalece en ti los mismos dones que te dio en el bautismo: la fe, la esperanza y el amor y todos sus dones para que puedas vivir feliz en medio de las dificultades y llegar a la perfección a la que Dios te llama.
* Has de saber también que “donde está el Espíritu Santo está la verdadera libertad”.
Es Él quien hace libres a los hijos de Dios, aun en las peores tormentas.
* Tampoco olvides la gran enseñanza de San Pablo: “¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu habita dentro de ustedes?”.
* El Espíritu Santo es también el único que nos puede enseñar a rezar y será siempre Él quien repita en nosotros la palabra más dulce de nuestra oración a Dios: “Abba, Padre”.
* El Espíritu Santo es el que enriquece a cada persona y así embellece la Iglesia de Jesús con distintos carismas, dones y frutos que embellecen a toda la Iglesia y santifican a quienes los posee.
* Tu actitud con el Espíritu Santo debe ser de auténtica docilidad. Déjate conducir por Él con el corazón del pobre que, con las manos extendidas, pide siempre al Padre y al Hijo el fuego del Espíritu que transforme toda su vida.
* Será bueno también que adquieras la simplicidad del niño ya que Jesús nos enseñó que para poseer la vida eterna es preciso “nacer de nuevo” y que sólo los que se hagan como niños entrarán al reino de los cielos.

José Ignacio Alemany Grau, Obispo