- Zacarías
El profeta invita a
los israelitas a la alegría:
«Alégrate, hija de
Sion».
El motivo más
importante de esta alegría es la mirada del profeta que descubre a lo lejos al
Mesías, «modesto y cabalgando en un asno, que en sus limitaciones destruirá los
carros de Efraín y los caballos de Jerusalén» y su victoria llegará «de mar a
mar y del gran río al confín de la tierra».
De hecho, la humildad de Jesús nos librará del pecado y de la muerte, gracias a su resurrección.
- Salmo 144
El salmista nos
invita a bendecir el nombre de Dios por siempre:
«Te ensalzaré, Dios
mío, mi rey; bendeciré tu nombre por siempre jamás».
A continuación,
exhorta a todas las naciones a glorificar al Señor, sobre todo por su clemencia
y misericordia… «Día tras día te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre
jamás».
La alabanza del hombre para con Dios glorifica al Señor y lo hace benévolo para con sus criaturas.
- San Pablo
En su «Carta a los romanos»
nos aclara que la vida del cristiano no está «sujeta a la carne sino al
Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros».
Con humildad de
corazón y con mucha fe debemos tomar conciencia de la importancia del Espíritu
que, en fin de cuentas, es el mismo que resucitó a Jesucristo, el hombre-Dios y
habita en nuestros corazones.
Es importante sacar
esta consecuencia de Pablo: «Así, pues, hermanos, estamos en deuda, pero no con
la carne para vivir carnalmente pues si vivís según la carne vais a la muerte».
La invitación del
apóstol es para vivir con el Espíritu, dando muerte a las obras del cuerpo:
«pues si con el Espíritu dais muerte a las obras de la carne, viviréis».
Procuremos durante toda nuestra vida estar abiertos al Espíritu para no caer en el pecado.
- Verso aleluyático
Nos hace pensar en
las maravillas que repetiremos en el Evangelio:
«Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra porque has revelado los secretos del reino a la gente sencilla»: La sencillez garantiza la presencia de Dios en el corazón de su criatura.
- Evangelio
Es como un suspiro
de amor de Jesús hacia el Padre a quien alaba con estas palabras:
«Te doy gracias,
Padre, Señor de cielo y tierra porque has escondido estas cosas a los sabios y
entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha
parecido mejor».
Tengamos siempre
presente que son los sencillos los que, con su humildad y amor, roban el
corazón del Padre. Es entonces cuando podemos conocer la grandeza y divinidad
del Padre y la majestad del Hijo.
Jesús termina
glorificando al Espíritu Santo, tercera Persona de la Trinidad Santa, con estas
palabras:
«El Espíritu del
Señor está sobre mí y me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres».
Que el Espíritu del
Señor conduzca siempre nuestra vida hacia la felicidad y la paz eternas.
José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista
