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8 de agosto de 2013

XIX Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

ESTÉN PREPARADOS

El Evangelio de hoy tiene pensamientos distintos y cada uno de ellos nos podría servir de meditación.

Por una parte nos soluciona un problema que tenemos, me imagino que todos. 

Es éste: cómo Dios quiere salvarnos a todos y sin embargo son muchísimos los que no lo conocen de nada. ¿Hay salvación para ellos?

De todas formas, debemos tener las cosas claras y considerar que la misericordia de Dios es infinita.

En primer lugar ha dicho Jesús: “No tengas miedo pequeño rebaño porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino”.

Es por consiguiente voluntad del Señor que escoge a quien quiere. Escogió a Israel en el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento a la Iglesia que fundó Jesús.

Por otra parte el Papa Francisco nos ha advertido que, cuando, a través de la historia de la salvación, Dios escoge un pueblo o unas personas concretas, es precisamente porque quiere que sirvan de puente para que otras muchas puedan llegar a Dios. No porque rechace a los demás.

Queda claro que el conocer a Dios es un regalo de Él y por otra parte, que todos tenemos obligación de transmitir esta felicidad a otras personas.

El domingo pasado se nos decía que no nos apegáramos a las cosas materiales y hoy se nos dice cómo debemos actuar con estos bienes: venderlos y dar limosna, hacernos “talegas” que no puedan perderse y prepararnos un tesoro inagotable en el cielo donde no hay ladrones que roben ni polilla que malogre.

Sabemos muy bien que en nuestra vida tenemos el corazón apegado a lo que creemos que es nuestro tesoro. Jesús pide que aseguremos que ese tesoro sea el verdadero.

El Papa Francisco nos advierte que, “la verdadera riqueza es el amor de Dios compartido con los hermanos”. ¡Hemos nacido para la eternidad, para Dios!

Esto es importante de una manera muy especial pensando en lo que viene detrás de la muerte. Por eso Jesús nos ha advertido que debemos estar preparados siempre para que, cuando venga el Hijo del hombre, (que vendrá cuando menos lo pensemos), estemos bien dispuestos.

En este domingo se nos habla también largamente sobre la fe. La fe que vivieron y salvó a los patriarcas y a todos los grandes santos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

Así hemos visto la fe que hizo obediente a Abraham hasta conseguir de Dios un hijo a pesar de la edad avanzada y esterilidad de su esposa.

Esto precisamente, la fe de Abraham que salió victorioso después de tantas pruebas, ha hecho que para nosotros no sólo sea modelo sino también “nuestro padre en la fe”.

No es extraño que el salmo aleluyático nos recuerde estas palabras concretas: “estad en vela y preparados porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”.

Esta fe es muy necesaria en la vida y el Papa Francisco, en el número 56 de su carta “La luz de la Fe” nos dice así:

“Viendo la unión de Cristo con el Padre, incluso en el momento de mayor sufrimiento en la cruz, el cristiano aprende a participar en la misma mirada de Cristo, incluso la muerte queda iluminada y puede ser vivida como la última llamada de la fe, el último “sal de la tierra”, el último “ven”, pronunciado por el Padre en cuyas manos nos ponemos con la confianza de que nos sostendrá incluso en el paso definitivo”.

En el fondo este domingo nos lleva a revivir nuestra fe mientras vivimos aquí en la tierra, pero también nuestra fe de cara a la eternidad.

Será bueno que leamos y meditemos la carta “La Luz de la Fe” que nos ha escrito el Papa Francisco y estemos seguros de que si vivimos de la fe encontraremos la felicidad eterna. 

Al decir “vivir de la fe” nos referimos al texto tan conocido de Habacuc, que cita la carta a los Hebreos, “el justo vive de la fe”.

De la fe vivimos, por ella nos alimentamos y por ella estamos seguros de llegar al seno de Dios.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

1 de agosto de 2013

XVIII domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

TODOS IGUALES: ¡UNOS POBRETES!

La Sabiduría del Eclesiástico nos llevaría a meditar largamente si lo tomáramos en serio.

Suelen ser enseñanzas tomadas de la vida común y por tanto del sentido común, que es tan poco frecuente en nuestro tiempo.

Después de vivir muchos años de experiencias él sacó esta conclusión: “Todo es vanidad de vanidades”.

Pone detalles como éste que es impresionante:

“Hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto y tiene que dejarle su porción (su herencia) a uno que no ha trabajado”.

Así va haciendo distintas apreciaciones y sacando siempre la misma conclusión:

“Vanidad de vanidades y caza de viento”.

Ya entendemos lo que significa esta expresión lo mismo que las expresiones “vanidad”, “caza de viento” y “grave dolencia”.

Esta palabra originariamente significa algo hueco, vacío, vapor inconsistente, sin fuerza ni duración.

Bueno, pues, ahí tenemos una apreciación sabia que meditar frente a las cosas caducas de este mundo aunque carece del sentido más profundo que nos enseña la fe en el Nuevo Testamento.

También el Evangelio nos presenta una simpática parábola que nos habla más o menos de lo mismo:

“Un hombre tuvo una gran cosecha y comenzó a pensar:

“Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha.

Entonces me diré a mí mismo: hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come, bebe y date buena vida. 

Pero Dios le dijo: necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?”.

La cosa está bien clara y es el mismo Jesús quien saca la conclusión interesante que debiera hacer pensar a todos los que se esfuerzan por conseguir cada día más dinero y acumular más edificios, más tierra, etc:

“Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios”.

Cuántos ricos en realidad son muy pobres y cuántos pobretes serán los “ricachones” en la eternidad.

Pues bien que mal, ahí está la respuesta, y muy clara por cierto. 

De todas maneras hoy san Pablo nos da unos consejos muy prácticos. Escuchémosle con atención en la segunda lectura:

“Hermanos, ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, no los de la tierra”.

Claro que san Pablo toma en serio nuestra conversión y supone que por el bautismo hemos cambiado de vida y estamos conscientes y comprometidos con el Evangelio.

Meditemos también qué hermosamente define nuestra vida san Pablo: “nuestra vida está escondida con Cristo en Dios”. (Medita esta frase).

De todas formas el Apóstol añade unas líneas de conducta para que aspiremos eficazmente a la posesión de los bienes de arriba:

“Dar muerte a todo lo terreno: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia que es una idolatría”.

Es bueno que anotemos esta definición de la avaricia: ¡una idolatría!, porque la avaricia es una verdadera adoración de los bienes de este mundo.

Y sigue san Pablo: “no sigáis engañándoos unos a otros. Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del nuevo que se va renovando como imagen del Creador…”.

Esta es la definición del “hombre viejo” del que hablamos tantas veces, es decir, el hombre que vive en el pecado y del “hombre nuevo” que es el que vive según Cristo.

Después de todo esto podemos entender la bienaventuranza que nos recuerda el verso aleluyático: 
“Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de Dios”.

Este domingo nos invita, por consiguiente, a ponernos en las manos del Señor porque sólo Él es nuestro Salvador y a repetir con el salmo responsorial: 

“Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación”. En Él está nuestro tesoro.

José Ignacio Alemany Grau, obispo