27 de abril de 2024

O CON CRISTO O SIN FRUTO -Domingo V de Pascua-

Jesús nos va enseñando a través de los capítulos trece a diecisiete del evangelio de san Juan. En este domingo habla de la vida fecunda de los que permanecen unidos a Él.

El Verbo «permanecer» debe ser clave para entender y vivir el mensaje de este día.

  • Hechos de los apóstoles

No fue fácil para san Pablo anunciar a Jesús después de su conversión. Muchos desconfiaban recordando cuánto hizo sufrir a la Iglesia en el tiempo que la persiguió.

Pero se impuso con humildad su conversión y llegó a ser el evangelizador más importante de los paganos.

Poco a poco, amainó la persecución y la Iglesia gozó de paz:

«La Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria. Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor y se multiplicaba animada por el Espíritu Santo».

  • Salmo 21

«El Señor es mi alabanza en la gran asamblea».

Este salmo es muy conocido por todos, en la primera parte, pero la liturgia ha escogido unos versículos concretos para que los meditemos en este domingo:

«Del Señor es el reino, Él gobierna a los pueblos. Ante Él se postrarán los que duermen en la tierra, ante Él se inclinarán los que bajan al polvo. Me hará vivir para Él, mi descendencia lo servirá. Hablarán del Señor a la generación futura, contarán su justicia al pueblo que ha de nacer: todo lo que hizo el Señor».

Seamos también nosotros pregoneros de las obras de Dios.

  • 1 carta de Juan

«No amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras».

Esto es muy importante para que sepamos caminar por esta vida buscando siempre la verdad que es Cristo y actuando como Él, según la voluntad del Padre.

¿Cuáles son, en resumen, los mandamientos de Dios Padre? Creer en el nombre de su hijo Jesucristo y que nos amemos unos a otros como Él nos mandó.

«Si guardamos sus mandamientos permanecemos en Dios y Dios en nosotros».

¿Cómo podremos saber esta bella realidad? Por el Espíritu Santo que Él mismo nos regaló.

  • Verso aleluyático

No es pasajero este permanecer en Dios que nos hace fecundos, según el evangelio de Juan: «Permaneced en mí y yo en vosotros».

Solo así podremos dar fruto abundante.

  • Evangelio

Otra vez nos encontramos con una de esas definiciones que Jesús nos da de sí mismo, unida a la palabra divina «Yo soy», con características que definen al enviado del Padre Dios.

A través de ellas, de una u otra forma, vamos descubriendo su grandeza y nuestra relación con Él. Hoy leemos:

+ «Yo soy la vid».

+ «Mi Padre es el labrador», el dueño de la vid.

+ «Ustedes son los sarmientos».

Benditas relaciones entre «nosotros» y la persona divina de Jesús.

Jesús es el árbol, la vid, por el que fluye toda la fuerza de la vida que es eterna.

Solo por Jesús pasa la vida divina que nos salva. Nosotros, por el bautismo, nos injertamos en Él.

Solo permaneciendo en Él tendremos vida.

El Padre tiene mucho amor a cada uno de nosotros. Si seguimos fieles y unidos nos cuida y, para que demos fruto abundante, nos poda, prueba y purifica.

Solo unidos a Cristo podremos dar fruto que permanezca.

20 de abril de 2024

JESÚS EL SÚPER PASTOR -Domingo del Buen Pastor-

Jesús dice hoy: «Yo soy el buen pastor».

Cuando pensamos en un pastor nos parece maravilloso, idílico:

Tiene un gran corral, por en medio corre una acequia con agua abundante, el cerco es alto y firme para que no puedan ingresar los ladrones y menos el lobo.

El ganado está bien alimentado en un pasto abundante que invita a echarse en él para descansar.

Periódicamente el pastor entresaca las ovejas más robustas y hermosas para venderlas en el mercado o en la feria, y aprovechar el dinero según sus necesidades. O bien, para comerlas alegremente con sus amigos.

Ese es el buen pastor, un pastor excelente que todos admiramos.

Pero a ese no se refiere el relato del Evangelio.

Para entender el bellísimo pasaje de hoy tenemos que unir dos textos: el de este domingo y el que meditamos los días pasados en la santa misa:

+ «Yo soy el Buen Pastor».

+ «Yo soy el pan de la vida».

Jesús habla de un pastor muy especial que tiene relaciones «personales» con cada una de las ovejas:

«El buen pastor da la vida por sus ovejas».

Jesús da la vida en la cruz para que no mate el enemigo a sus ovejas. Pero, además, se da en alimento por ellas.

En su redil no hay pasto. Hay apariencia de pan y vino que se han «transubstanciado» (transformado) en su cuerpo y en su sangre.

Las ovejas se alimentan del pastor. ¡Las ovejas se comen a su pastor!

El pastor actúa por amor, un amor que respalda el Padre: «Por eso me ama mi Padre porque entrego mi vida… Nadie me la quita, la doy libremente porque tengo poder para entregarla y para recuperarla».

Jesús añade: «Conozco a mis ovejas y las mías me conocen».

Qué maravilla. Es conocimiento personal e íntimo entre el pastor y cada oveja.

Tan grande es el amor entre Jesús, pastor, y cada oveja, que recuerda el amor y conocimiento que hay en la Trinidad Santa, entre el Padre y el Hijo: «Igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre».

Si es un privilegio que Jesús nos conozca, otro no menor es que las ovejas podamos conocer al Pastor seguras de que no vamos a ir a la muerte sino a la resurrección.

Aquí no es el pastor quien mata a las ovejas, sino que el Pastor da la vida por ellas.

No es, pues, un buen pastor sino un súper pastor.

Todavía más.

Frente a todas las divisiones, que surgen en el rebaño, el Pastor no se rinde: quiere unir a sus ovejas: «Y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor».

Por eso Jesús es el Buen Pastor, como Él mismo se ha llamado, pero entendiendo cómo actúa su divinidad («Yo soy») para conducirnos a la felicidad eterna.

Jesús, Buen Pastor que te encarnaste para darnos a comer tu divinidad y tu humanidad en la Eucaristía, ayúdanos a vivir de ti y que, alimentados con tu amor, encontremos la salvación para nosotros mismos y para tantos que lo necesitan.

Queremos que el mundo entero sea una gran mesa redonda donde no falte «el pan nuestro de cada día» y en la que cada uno de nosotros, acompañado personalmente por ti, podamos comer la Eucaristía.

Jesús, Buen Pastor, te pedimos para tu Iglesia pastores (sacerdotes, obispos y papas) según tu corazón, que se dejen comer por la humanidad que está hambrienta y sedienta y que no puede saciarse con nada que no seas tú.

Danos hoy pastores santos para tu Iglesia.

 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

13 de abril de 2024

PREDIQUEN LA CONVERSIÓN Y EL PERDÓN DE LOS PECADOS


En este domingo la liturgia nos lleva, una vez más, a la resurrección de Jesús contada por San Lucas. Se trata de aprovechar el fruto de la victoria de Jesucristo: que podamos arrepentirnos, convertirnos y comenzar a creer en su Evangelio para asegurar nuestra salvación.

  • San Pedro

El apóstol, con mucha valentía, habla a los judíos de la pasión y muerte de Jesús y del fruto que debe dar la fe en Él:

«Jesús al que vosotros entregasteis y rechazasteis ante Pilato cuando había decidido soltarlo… Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos».

Muy clara la afirmación de Pedro, pero en seguida recurre a la misericordia:

«Lo hicisteis por ignorancia y vuestras autoridades lo mismo».

Después de aclarar el pecado y haber excusado, en parte, la culpa de lo hecho por las autoridades y el pueblo, Pedro los invita a la conversión:

«Por tanto, arrepentíos y convertíos para que se borren vuestros pecados».

Una valiente predicación con denuncia, pero también con invitación a la justificación.

  •  Salmo 4

Nos habla de la misericordia de Dios por encima de todo pecado. El salmista pide la luz de Dios: «Haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro».

Y nos invita a confiar en su bondad hasta el punto de que «en paz me acuesto y enseguida me duermo, porque tú solo, Señor me haces vivir tranquilo».

La tranquilidad de la conciencia viene siempre de la paz que nos da la presencia de Dios.

  • San Juan

El párrafo de la primera carta del apóstol nos habla de lo mismo que San Pedro, pero enseguida aparece la ternura del amor, bebido en el corazón de Jesús por el apóstol Juan:

«Hijos míos, os escribo para que no pequéis».

Inmediatamente advierte nuestra debilidad y aclara: «Si alguno peca, tenemos un abogado ante el Padre: a Jesucristo, el Justo».

Jesús es víctima de propiciación para todo el mundo.

El conocimiento de Jesucristo debe manifestarse cumpliendo sus mandamientos: «Quien guarda su Palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud».

El cumplimiento de los mandamientos de Dios, hecho por amor, asegura que conocemos de verdad a Jesús y que estamos con Él.

  • Verso aleluyático

Qué importante para la salvación es conocer la Escritura. Pidamos con la liturgia:

«Señor Jesús, explícanos las Escrituras. Haz que arda nuestro corazón mientras nos hablas».

  • Evangelio

Narra la resurrección de Jesucristo según el Evangelio de San Lucas.

Empieza con la conclusión de la aparición de Jesús a los de Emaús y cómo lo conocieron al partir el pan.

Estando todos reunidos se presenta Jesús y les desea la paz. Desorientados porque no lo esperaban resucitado, se asustan pensando que es un fantasma.

Jesús, con gran caridad, les demuestra que es Él mismo, aunque glorificado.

Les mostró las manos y los pies y, para que estuvieran más seguros, les pidió algo de comer.

Comió ante ellos un trozo de pez asado y, habiéndose ganado su confianza, los lleva a descubrir su misterio de muerte y resurrección:

«Todo lo escrito en la ley de Moisés y de los profetas y los salmos acerca de mí tenía que cumplirse».

En ese momento, «les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras».

Y después de hacerles comprender que tenía que padecer y resucitar de entre los muertos, les dio el gran mandato:

«Que en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén».

Esta es la gran lección que todos nosotros seguimos aprendiendo, a través de los siglos, seguros de la fidelidad de la Iglesia al mandato de Jesús:

Anunciar el reino y la conversión como medios para conseguirlo.

 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

6 de abril de 2024

LA DIVINA MISERICORDIA Y LOS REGALOS DE SU AMOR

 Este domingo está lleno:

+ Es la OCTAVA DE PASCUA, ocho días que para la Iglesia han sido uno solo, en los que ha repetido en el Oficio Divino y en la Eucaristía: «Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo»: el día de su santo Esposo Jesús Resucitado.

+ Hoy los catecúmenos que se bautizaron en la Vigilia Pascual dejan sus vestiduras blancas porque para la Iglesia han llegado a la madurez de los hijos de Dios: «Domingo in albis».

+ Hoy celebramos la DIVINA MISERICORDIA, es decir, a Jesús que es la personificación de la misericordia del Padre.

El gran san Juan Pablo II pidió la celebración de esta fiesta en el día de la octava de la resurrección, y él, en las primeras vísperas de este día, subió al cielo para alabar a Jesús.

Como revelación del mismo Jesús, santa Faustina Kowalska ha escrito estas palabras del Señor: «Pinta una imagen según el modelo que ves y firma: “Jesús, confío en ti”».

La misma santa explica lo que Jesús le reveló respecto a la imagen y a los rayos que brotaban de ella:

«Los rayos significan la sangre y el agua. El rayo pálido significa el agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la sangre que es la vida de las almas… Ambos rayos brotaron de las entrañas más profundas de mi misericordia cuando mi corazón agonizante fue abierto en la cruz por la lanza».

Uno de los regalos que hoy vamos a recordar será el de la Divina Misericordia que es Jesús: Al Padre Dios siempre lo encontraremos en Jesús resucitado.

  • Hechos de los apóstoles

Es una maravilla profundizar en la vivencia del Resucitado en la primera comunidad cristiana, hasta el punto de decirnos San Lucas que «en el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía».

Así vemos qué hermoso era vivir la auténtica caridad, no solo en la cabeza y en el corazón, sino también en la vida práctica.

Y lo más bello era «que Dios los miraba a todos con mucho agrado».

A eso, amigos, debemos aspirar todos: que Dios se goce en nosotros.

  • Salmo 117

Es el salmo de la victoria que nos invita a agradecer a Dios por su Divina Misericordia:

«Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia».

Esa gran bondad de Dios ha hecho que los que maltrataban a Jesús sepan que Dios lo ha puesto como cimiento de todo:

«La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular: es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente».

  • 1Carta de San Juan

Los nacidos de Dios vencemos al mundo y al pecado por Jesucristo, personificación de la Divina Misericordia.

De Él nos dice San Juan: «este es el que vino con agua y con sangre, Jesucristo: no solo con agua, sino con agua y con sangre. De esto da testimonio el Espíritu Santo» (el agua se refiera al bautismo y la sangre a la Eucaristía).

  • Verso aleluyático

Jesús felicita a Tomás por haber creído, pero añade en seguida, que tenemos más mérito los que creemos por la fe sin haber visto: «Dichosos los que crean sin haber visto».

  • Evangelio

Jesús quiere que vuelvan al redil todos los que habían estado con Él y empieza las distintas apariciones y, a través de ellas, multitud de regalos. Veamos algunos:

+ La paz que no es como la que da el mundo, es «mi paz».

+ El envío maravilloso para que sean misioneros como Él: «Como el Padre me envió así también os envío yo».

+ El don del Espíritu Santo: «Reciban el Espíritu Santo».

+ El don de perdonar: «A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados…»

+ A esto podemos añadir lo que dice San Juan: «Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras».

Qué importante esto último para que nosotros, en estos tiempos difíciles, distingamos siempre la verdad de Jesús en la Palabra de Dios.

Finalmente, como es el octavo día de la Pascua, hoy se aparece Jesús a Santo Tomás que se negaba a creer la resurrección y todo terminó con el gran regalo del apóstol que nos ha enseñado a repetir, ante Jesús: «Señor mío y Dios mío».

Un día importante para agradecer a Jesús, el Señor de la Divina Misericordia, por tantos regalos que dio a la Iglesia naciente y a todos nosotros con su resurrección.

 

José Ignacio Alemany Grau, obispo