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27 de mayo de 2017

SE FUE Y LOS LLENÓ DE ALEGRÍA


Hoy celebramos la Ascensión del Señor que, junto con la resurrección, constituye la glorificación que el Padre Dios da a su Hijo el predilecto: ¡Gloria a Dios!
*       La Ascensión
En los Hechos de los apóstoles San Lucas, al que tenemos que tomar muy en serio porque al principio del Evangelio nos advierte que:
“Yo he resuelto escribir por su orden, ilustre Teófilo, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio…”.
El evangelista nos cuenta la Ascensión del Señor a los cielos y lo que sucedió poco antes.
Un día que comían juntos, Jesús  les habló así:
“No os alejéis de Jerusalén… en pocos días seréis bautizados con el Espíritu Santo”.
De esta manera, una vez más, Jesús  prometía la compañía del Espíritu Santo a su Iglesia.
En ese momento tan solemne todavía algunos presentan sus dudas al margen de todos los acontecimientos y enseñanzas de Jesús:
“¿Ahora vas a restaurar el reino de Israel?”
Era la concepción que tenía el pueblo sobre el Mesías. Jesús entonces insiste sobre la venida del Espíritu Santo y cómo les dará fuerza “para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo”.
En ese momento Jesús empieza a elevarse “hasta que una nube se lo quitó de la vista”.
Una vez más nos encontramos con la nube, símbolo de la presencia del Espíritu Santo.
Finalmente, cuenta San Lucas que se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron:
“¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para ir al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse”.
Alusión clara a la Parusía o segunda venida del Señor que será su glorificación definitiva.
*       Salmo responsorial (46)
Sin duda que todos nosotros al leer este salmo, tantas veces en el Oficio divino, hemos visto una alusión directa a la Ascensión del Señor. Unámonos a este triunfo de Jesús:
“Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas… Dios es el Rey del mundo”.
Y por todo esto se repite la invitación: “aclamad a Dios con gritos de júbilo porque el Señor es sublime… Tocad para Dios, tocad. Tocad para nuestro Rey, tocad”.
Y como terminando esta Ascensión nos dice:
“Dios se sienta en su trono sagrado”.
*       San Pablo a los Efesios
Es un párrafo hermoso en el que les invito a fijar la atención en dos puntos:
*. Que el Señor “ilumine los ojos de vuestro corazón”.
Solo con el corazón iluminado por la fe entenderemos la esperanza a la que Dios nos llama.
*. El Padre “todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia como cabeza”.
Jesús, después de entregarse totalmente por nosotros ha sido glorificado por Dios.
*       Haced discípulos de todos los pueblos
El Evangelio de hoy pertenece a San Mateo.
El evangelista alude también a la duda suscitada en alguno de los apóstoles que pensaban en  la reconstrucción de Israel.
Prescindiendo de todo, Jesús da este mandamiento que, por cierto, es muy grave:
“Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos”.
Nunca en su vida Jesús había puesto tanta exigencia. Es como decir:
Como Dios que soy y tengo poder sobre cuanto existe, les doy un mandamiento. Y el mandamiento consiste en hacer discípulos de todos los pueblos, bautizarlos en nombre de la Santísima Trinidad y enseñarles “a guardar todo lo que les he mandado”.
Finalmente, Jesús aclara que se va y no se va, como dijo en la última cena:
“Me voy y vuelvo a vuestro lado” (Jn 14,28).
*        La alegría fruto de la Ascensión
Una de las cosas más llamativas de la Ascensión es que los discípulos no sienten pena por la ausencia del Maestro sino que por el contrario: “Se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios”.
El Papa Benedicto nos ayuda a entenderlo mejor. Él comenta en su libro Jesús de Nazaret:
“Todo adiós deja tras sí un dolor. ¿Cómo entender entonces la alegría?”
Añade el Papa: “La alegría de los discípulos, después de la ascensión, corrige nuestra imagen de este acontecimiento… La ascensión no es marcharse a una zona lejana del cosmos, sino la permanente cercanía que los discípulos experimentan con tal fuerza que les produce una alegría duradera”.
Por eso el mismo Papa nos invita a meditar:
“El cristianismo es presencia: don y tarea; estar contentos por la cercanía interior de Dios y, fundándose en eso, contribuir activamente a dar testimonio en favor de Jesucristo”.
Termino con estas palabras del gran Pontífice:
“El Jesús que se despide no va a alguna parte en un astro lejano. Él entra en la comunión de vida y poder con el Dios viviente, en la situación de superioridad de Dios sobre todo espacio. Por eso ‘no se ha marchado’, sino que, en virtud del mismo poder de Dios, ahora está presente junto a nosotros y por nosotros”.
Así cumple Jesús “yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.


José Ignacio Alemany Grau, obispo

6 de mayo de 2016

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Es un poco extraño que al narrar San Lucas la subida de Jesús al cielo, diga que los discípulos en vez de quedar llenos de pena, vacío y nostalgia… “se volvieron a Jerusalén con gran alegría”.
De hecho, los encuentros con Dios son así.
Recuerda al eunuco que al irse Felipe, después de bautizarlo, “siguió su camino lleno de alegría”.
Es que cuando el Señor entra en el corazón de verdad no se echa de menos la presencia física.
¿Y qué es la ascensión?
Hay tres prefacios en torno a esta fiesta.
Extraemos las ideas centrales para nuestra meditación:
* Jesús, después de resucitar se apareció un tiempo a los apóstoles y después, “ante sus ojos, fue elevado al cielo para hacernos partícipes de su divinidad”.
* La Iglesia se goza viendo subir al Señor victorioso y cubierto de gloria:
“El Rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte… ha ascendido a lo más alto del cielo como mediador entre Dios y los hombres, como juez de vivos y muertos”.
* No se fue Jesús al cielo para desentenderse de nosotros, sino para llenarnos de esperanza, sabiendo que nos llevará con Él:
“No se ha ido para desentenderse de este mundo sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra… para que vivamos con ardiente esperanza de seguirlo en su reino”.
* En el cielo Jesús intercede por nosotros y nos asegura la presencia del Espíritu Santo.
* Finalmente la liturgia nos invita a perseverar en oración con María, seguros de que, según la promesa de Jesús, vendrá a nosotros el Espíritu Santo.
Con estos pensamientos profundos podemos entender mejor lo que significa la ascensión del Señor para la Iglesia.
Vayamos ahora a las lecturas.

*        La primera lectura es el comienzo de los Hechos de los apóstoles.
Nos cuenta San Lucas los últimos encuentros de los apóstoles con Jesús que les pide que queden en Jerusalén hasta que se cumpla la promesa del envío del Espíritu Santo:
“Seréis bautizados con el Espíritu Santo”.
No faltó tampoco la dolorosa incomprensión de quienes todavía soñaban que Jesús podía ser el caudillo que libertara a Israel del imperio de Roma.
Jesús no los toma en cuenta y les explica la misión que deberán hacer con el poder del Espíritu:
“Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo y seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo”.
La última escena es bella:
“Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista”.
Creían que, pasando la nube, volverían a ver a Jesús pero unos “hombres vestidos de blanco les dijeron: ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?
El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse”.
*        El salmo responsorial parece escrito para este día:
“Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas”.
Unámonos a la fiesta que celebra el salmista:
“Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo… tocad para Dios tocad, tocad para nuestro Rey, tocad… Dios reina sobre las naciones”.
*        La segunda lectura pertenece a la carta a los Hebreos.
Recoge una de las ideas del prefacio:
“Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios intercediendo por nosotros”.
A continuación nos recuerda todo lo que Jesús ha hecho por nosotros como único Salvador que ofrece al Padre su propio cuerpo como víctima. Y nos aconseja:
“Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos porque es fiel quien hizo la promesa”.
*        Finalmente en el Evangelio, San Lucas nos ofrece un relato similar al de los Hechos de los apóstoles.
Con esta conclusión del Evangelio y el principio de los Hechos, une el fin de la obra sacrificada de Jesús con la eficacia de la salvación, que es el inicio de la Iglesia.
Jesús sube al cielo.
Ellos regresan con alegría.
Van al templo a bendecir a Dios.
Cuando llega el Espíritu Santo se dispersan para evangelizar el mundo como testigos del amor.
Lucas narra un detalle importante:
Jesús es llevado triunfante como Rey de la creación y al mismo tiempo termina actuando como sacerdote, que se despide bendiciendo.
Amigos, que en este día recibamos la bendición de Jesús para nosotros, para nuestras familias y para el mundo entero.
José Ignacio Alemany Grau, obispo

14 de mayo de 2015

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR, CICLO B

LA ASCENSIÓN

¿Querido amigo, sabías que tú tienes un nombre en la Biblia?
¿Sabías también que te habían escrito dos libros?
Pues es cierto y fue San Lucas el que te escribió.
*   Quizá no te has fijado, pero hoy, cuando leas los Hechos de los apóstoles, fíjate bien porque dice:
“En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo”.
No es ninguna broma porque el nombre Teófilo significa “amigo de Dios” y nos dicen que el destinatario pudo ser un hombre importante que se llamaba así, o que Lucas escribía con este nombre a todos sus futuros lectores.
Por si no lo has hecho, te aconsejo que leas con cariño y gratitud ambos libros, el tercer Evangelio y los Hechos de los apóstoles.
En el párrafo de hoy se describe la despedida de Jesús y la subida al cielo.
Una vez que comían juntos, les da Jesús unos consejos, pidiéndoles que esperen en Jerusalén la venida del Espíritu Santo.
No hay duda de que todo lo humano tiene sus amarguras y precisamente, cuando Jesús está para subir al cielo le hacen la pregunta otras veces repetida:
“¿Señor, es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”
Jesús, disimulando el posible sufrimiento por la incomprensión que encierra la pregunta, aprovecha para aclararles de otra cosa. Solamente el Padre conoce los tiempos y fechas:
-          Se pregunta al médico cuánto tiempo va a vivir el enfermo.
-          Se habla del terremoto y con inquietud se pregunta cuándo llegará.
-          Muchos especulan sobre el fin del mundo.
Jesús ya nos dio la respuesta a todas esas preguntas: solo el Padre lo sabe.
Después Jesús empieza a elevarse y una nube lo oculta.
Los apóstoles miran envidiosos la nube que les oculta a Jesús, esperando que, pasada la nube puedan verlo de nuevo.
Pero unos hombres vestidos de blanco les advierten que lo verán volver al final de los tiempos, de una manera similar.
Ahí quedó el pedido de Jesús, advirtiéndoles que recibirán el Espíritu Santo “para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo”.
Estos confines del mundo, según Isaías (49,6) se refieren a los gentiles. Pronto harán los apóstoles esta predicación.
Jesús sube al cielo y María queda con los apóstoles.
*    El salmo responsorial (46) parece que estuviera escrito desde hace siglos para la fiesta de la Ascensión:
“Dios asciende entre aclamaciones, el Señor al son de trompetas.  Pueblos todos batid palmas. Aclamad con gritos de júbilo… tocad para Dios, tocad; tocad para nuestro Rey porque el Señor es el Rey del mundo”.
*    Pablo en su carta advierte que escribe en uno de los momentos que dan más autoridad a una persona. Está en la cárcel por Cristo.
Nos exhorta para que andemos “como pide la vocación a la que hemos sido convocados”.
Y nos ofrece una serie de consejos:
“Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz”.
El motivo por el cual Pablo insiste en la unidad es fundamentalmente este:
“Un solo Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo”.
Por eso la Iglesia insiste en que busquemos la unidad entre todos.
No debemos olvidar que todas las diferencias (carismas, diversidad de dones, etc)  proceden de Cristo y del Espíritu Santo que Él nos regaló.
*    El Evangelio que corresponde a este día es el de San Marcos que nos relata los últimos momentos de Jesús en este mundo.
Les dice que “vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación”.
Marcos no se refiere solo a los hombres, como lo hace Mateo, sino que se refiere a toda la creación. Por eso, en la historia de los santos, hemos visto cómo algunos de ellos hablaban a los pájaros, los peces, los árboles del bosque…
Algo que llama la atención es que, cuando Marcos nos dice que los apóstoles se fueron a predicar por todo el mundo, “el Señor cooperaba con ellos, confirmando la Palabra con las señales que los acompañaban”. Y estas señales eran las prometidas por Jesús:
“Echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos” y los enfermos quedarán sanos.
La historia de la Iglesia también nos presenta a muchos santos que han hecho todos estos signos y aún mayores.
En fin de cuentas, Jesús lo había prometido también en la última cena:
“Harán las obras que yo he hecho y aún mayores”.
Terminemos con las bellas palabras de Pablo que leímos el día de Pascua:
“Si han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba donde está Cristo sentado a la derecha del Padre”.


José Ignacio Alemany Grau, obispo

29 de mayo de 2014

La Ascensión del Señor, ciclo A

QUIERO EVANGELIZAR PORQUE PARTE DE MÍ YA ESTÁ EN EL CIELO

Estos son los dos puntos fundamentales que debemos tener presentes este domingo:

La ascensión de Jesús al cielo y el mandato de evangelizar.

Empezamos meditando la oración colecta del día:

“Concédenos, Dios todopoderoso, exultar de gozo y darte gracias en esta liturgia de alabanza, porque la ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria, y donde nos ha precedido Él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo”.

Y si comentamos el prefacio, uniendo los dos especiales que tiene la liturgia, encontramos estos pensamientos:

“Jesús después de su resurrección se apareció visiblemente a todos sus discípulos y, ante sus ojos, fue elevado al cielo para hacernos compartir su divinidad… Él habiendo entrado una vez para siempre en el santuario del cielo, ahora intercede por nosotros como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu”.

Como vemos Él “no se fue para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra, para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos con ardiente esperanza de seguirlo en su reino”.

Es san Lucas el que nos cuenta la ascensión del Señor en el libro de los Hechos de los apóstoles.

En un relato interesante nos cuenta cómo los apóstoles, hasta el final, estuvieron dudando sobre el futuro de Jesús y el Reino aquí en la tierra.

Finalmente Jesús se despide con estas palabras:

“No toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo”.

En ese momento Jesús comienza a elevarse. Lo siguen, impresionados, con su mirada, hasta que unos ángeles los mandan a cumplir el mandato de Jesús.

Y, ¿cuál fue su mandato?

Ante todo debemos tener claro lo que llevamos diciendo y que podemos resumir con estas palabras: nosotros somos parte del cuerpo místico de Cristo.

Él es nuestra cabeza, es decir, lo más importante de nosotros. 

Por todo lo que hemos dicho sabemos que Él está en el cielo. Por tanto, es una parte muy importante de nosotros mismos, la humanidad de Cristo, la que goza de la divinidad en la casa del Padre donde nos espera, como Él prometió.

¿Y qué es lo que nos toca hacer a nosotros?

Lo encontramos en el Evangelio de san Mateo en el día de hoy.

A lo mejor no lo has pensado, pero en todo el Evangelio no hay un mandato tan directo ni tan fuerte como el que Jesús dio a los suyos, poco antes de subir al cielo.

Revistiéndose de toda su autoridad, “se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”, manda a los suyos: 

“Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado”.

Quiero recalcar que es un verdadero mandato de Jesucristo (utiliza el imperativo) y que nosotros no tenemos en cuenta normalmente al hacer nuestros examen de conciencia.

Es cierto que los diez mandamientos de la ley de Dios nos obligan, pero tenemos otros dos fuertes mandamientos del Señor: 

“Ámense unos a otros como yo los he amado” y éste: “vayan y hagan discípulos”.

Aunque Él sabía que un poco después iba a ascender al cielo, sin embargo, nos dice también para confirmarnos y fortalecernos: “sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

Por su parte san Pablo, en su carta a los Efesios, profundiza estas ideas hablándonos de Jesucristo resucitado: “llevado a la derecha del Padre en el cielo por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación… y todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo”.

De esta manera podemos entender mejor ahora el mensaje litúrgico de este día:

Jesús, nuestra cabeza, ha resucitado y ascendió glorioso al cielo. Desde allí quiere atraernos a todos para compartir su gloria y felicidad.

Mientras tanto nos deja su mandato: evangelizar.

Y al mismo tiempo nos promete la presencia de su Espíritu que nos acompañará día a día hasta el fin de nuestra vida personal y hasta el fin de los tiempos.

Surgen algunas preguntas en nuestro corazón en estos momentos:

¿Tengo conciencia clara de que Jesús me manda a mí a evangelizar?

¿He pensado en la fuerza de este mandato que Jesús respalda con todo su poder de Dios y de hombre?

¿Pienso que Jesús glorioso es parte de mí, o que yo soy parte de Él, desde el día del bautismo?

Esta debe ser en nuestra vida personal la fuerza más grande para cumplir con la misión que Jesús nos ha confiado a todos.
José Ignacio Alemany Grau, obispo

9 de mayo de 2013

La Ascensión del Señor, Ciclo C

OS CONVIENE QUE YO ME VAYA 

Hoy recordamos la Ascensión del Señor que en realidad es un complemento de la resurrección. Es decir, de la glorificación – exaltación que el Padre hizo a su Hijo “humillado hasta la muerte de cruz”. 

La Ascensión fue, al mismo tiempo que el triunfo de Jesús, un momento de gran alegría para los apóstoles. 

En efecto, en el Evangelio de Juan leímos hace unos días que Jesús decía a sus apóstoles: 

“Si me amarais os alegrarías de que vaya al Padre porque el Padre es mayor que yo” (se entiende que el Padre es igual a Jesús en cuanto Dios y mayor que Jesús en cuanto hombre). 

Por eso al terminar el relato de la ascensión a los cielos san Lucas nos dirá que los apóstoles “volvieron a Jerusalén llenos de alegría”. 

Sin duda que al ver subir a Jesús de una manera tan maravillosa, los apóstoles debieron pensar: todo era verdad… Él sí ha cumplido. Vale la pena jugárselo todo por nuestro Maestro. 

Y así lo hicieron: fieles hasta el martirio. 

Hoy la liturgia nos relata dos veces, escritas por el mismo san Lucas, la Ascensión del Señor. 

Recordemos: Después de un momento de duda por parte de algunos apóstoles que seguían ilusionados por un Mesías que restaurara el reino de Israel aquí en la tierra, Jesús les repite la promesa del Espíritu Santo que les dará: “fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo”. 

Poco después “lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de su vista”. 

La nube es signo de la presencia del Espíritu Santo, el mismo que lo humilló al encarnarlo es el que lo exalta llevándolo al cielo. 

El Evangelio lo cuenta de esta manera: “después de esto los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. 

Y mientras los bendecía, se separó de ellos subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante Él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría”. 

Ya sabemos que esta alegría proviene, no de que se ha ido Jesús definitivamente, sino de la seguridad de que Él cumplirá las promesas de enviar el Espíritu Santo y de “yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”. 

Seguramente que la alegría tenía una fuente mucho más profunda que era haber comprobado que podían esperar que todo lo que dijo Jesús se cumpliría. 

¿Y qué hace Jesús ahora en el cielo? 

Nos lo dice el prefacio de la fiesta: 

“Jesús, el Señor, rey de la Gloria… ha ascendido hoy… a lo más alto del cielo como mediador entre Dios y los hombres, como juez de vivos y muertos. 

No se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo a su reino”. 

Por su parte, la segunda lectura, que es de la carta a los Hebreos, nos explica qué hace Jesús en el cielo desde el día de su ascensión: 

“Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres, sino en el mismo cielo. Para ponerse ante Dios intercediendo por nosotros”. 

Evidentemente que esta intercesión de Jesús es para nuestra salvación eterna. 

Por otra parte nos advierte también, el autor de la carta a los Hebreos que “Cristo enaltece nuestra naturaleza humana porque participa de la gloria de Dios”. 

Es decir, que un hombre (como nosotros en cuanto su humanidad) está metido en el seno de la Trinidad y con Él vamos todos. 

La fiesta de la Ascensión debe servir “para que nos mantengamos en la esperanza”. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

17 de mayo de 2012

La Ascensión del Señor

¿TÚ ERES UN BUEN TEÓFILO? 

La Iglesia ha hecho como un desdoblamiento del triunfo de Jesús sobre la muerte. 

Ya celebramos la Resurrección y hoy celebramos su Ascensión. 

El relato de este acontecimiento se lo debemos, de una manera muy particular, a San Lucas. Él nos lo cuenta dos veces, al final de su evangelio y al comienzo de los Hechos de los apóstoles. 

Ya supones a qué me refiero con el título de esta reflexión. 

San Lucas escribe a su “querido Teófilo”. 

Para algunos es éste un personaje distinguido, interesado en el Evangelio, pero para la mayor parte de los exegetas el evangelista se refiere a lo que significa etimológicamente la palabra griega, es decir al “amigo de Dios”. 

Ciertamente que ha sido San Lucas quien más ha contribuido para que todos podamos conocer tanto la vida de Jesús, como los primeros años de su Iglesia. 

En el salmo responsorial que centra la fiesta, el salmita nos pide: “Pueblos todos batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo porque el Señor es sublime… Tocad para Dios, tocad. Tocad para nuestro rey, tocad. Porque Dios es el rey del mundo, tocad con maestría”. 

Y el motivo lo da el estribillo del salmo que repetimos: “Dios asciende entre aclamaciones; el Señor al son de trompetas”. 

Se trata de una hermosa invitación a la fiesta que nos alegra en este día. 

¿Y qué nos enseñan las lecturas de hoy? 

En los Hechos de los Apóstoles leemos que después de pasar unos días felices con Jesús resucitado, algunos comenzaban a pensar que Jesús iba a instaurar el reino de Israel tal como habían soñado ellos y sus padres. 

Jesús les aclara: “No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad”. 

Luego les promete el Espíritu Santo que los convertirá en testigos de Jesús. Y no sólo en Jerusalén, sino en Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo. 

Prosigue San Lucas: “Dicho esto, lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: 

“Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como lo habéis visto marcharse”. 

Benedicto XVI comenta: 

“La desaparición de Jesús a través de la nube no significa un movimiento hacia otro lugar cósmico, sino su asunción en el ser mismo de Dios. Y, así, la participación con su poder de presencia en el mundo”. 

Y prosigue el Papa: “Al igual que antes junto al sepulcro, también ahora aparecen dos hombres vestidos de blanco y dirigen un mensaje: “Galileos, ¿qué hacéis ahí…?”. 

Con eso queda confirmada la fe en el retorno de Jesús, pero al mismo tiempo se subraya una vez más que no es tarea de los discípulos quedarse mirando al cielo o conocer los tiempos y los momentos escondidos en el secreto de Dios. 

Ahora la tarea del discípulo es llevar el testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra”. 

Estas palabras del Santo Padre nos ayudan a entender la obligación de ser verdaderos apóstoles de Cristo, vencedor del pecado y de la muerte. 

San Pablo les dice a los Efesios que “el Padre de la gloria todo lo puso bajo los pies de Jesucristo y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. 

La Iglesia es el cuerpo de Cristo, plenitud del que llena todo en todos”. 

El Evangelio de este año le corresponde a nuestro amigo San Marcos y la liturgia recoge las últimas palabras de su Evangelio. 

Según Marcos Jesús se apareció a los once y les dijo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado”. 

¡Algo muy serio para meditar! 

A continuación pone las señales que acompañarán a los evangelizadores. Y termina Marcos: “Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. 

Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban”. 

Y tú, ¿crees que eres un buen Teófilo que sigues los mandatos de tu Maestro Jesús?

2 de junio de 2011

VII DOMINGO DE PASCUA, CICLO A

UNA DESPEDIDA QUE LLENA DE GOZO
 “Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo.
Dios asciende entre aclamaciones, el Señor al son de trompetas; tocad para Dios, tocad, tocad para nuestro Rey tocad. Porque Dios es el rey del mundo. Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta en su trono sagrado”.
¿Por qué la Iglesia expresa hoy sentimientos de gozo con este salmo 46?
Nos lo dice San Lucas en el primer capítulo de los Hechos de los apóstoles.
Concretamente se lo dice a Teófilo, nombre que significa “amado de Dios” y que puede referirse a ti o mí.
Jesús resucitado hablaba con sus discípulos que comían con Él y les dijo: “No os alejéis de Jerusalén; aguardad a que se cumpla la promesa de mi Padre...
Dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo”.
No faltó en ese momento, como siempre, la actitud interesada e ignorante de quienes estaban esperando que, por fin, Jesús fuera un libertador al estilo humano, tan esperado por los israelitas, para liberarse de los romanos.
“Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”
Posiblemente este hablar fuera de foco no le agradó a Jesús porque les contestó: “No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad”.
Y a continuación concreta Jesús su promesa. Les enviará otro consolador:
“Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo”.
La Iglesia primitiva, guiada por el Espíritu Santo, hizo maravillas. No sólo externas, como el don de lenguas, milagros, etc. sino sobre todo las más importantes, es decir, vivir la fe en Cristo hasta las últimas consecuencias; hasta dar la vida.
Han pasado los siglos y la Iglesia sigue proclamando el Reino con fidelidad.
Hoy como ayer son multitud los cristianos que dan la vida por el Evangelio.
Sin embargo, Juan Pablo II comenzó su encíclica Redemptoris Missio con estas palabras impresionantes: “La misión del Redentor, confiada a la Iglesia, está muy lejos de cumplirse”.
En efecto, podemos decir que más del 80% de los habitantes del mundo no conoce a Jesucristo.
¿No será (al menos en parte) que no somos plenamente concientes de que con el Espíritu Santo que recibimos en el bautismo podríamos hacer mucho más por el Evangelio?
Uno de los pecados (al menos de omisión) que comentemos es no tener conciencia de los dones que hemos recibido de Dios. Nos creemos más pobres de lo que Dios nos ha hecho.
Terminadas las palabras que comentamos, cuenta San Lucas que Jesús comenzó a levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista.
Ellos pensaban que al pasar la nube volverían a verlo pero “dos hombres vestidos de blanco” les dijeron: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse”.
En la segunda lectura San Pablo enseña a los efesios que el Padre glorificó a Cristo “resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo por encima de todo principado… y todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia como cabeza sobre todo”.
El Evangelio de este “ciclo A”, pertenece a San Mateo. Él presenta la despedida de Jesús como  un envío para todos los suyos con estas palabras: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.
San Lucas, a su vez, concluye diciéndonos que los discípulos, después de la ascensión, “volvieron a Jerusalén con gran alegría”.
A primera vista esta conclusión puede llamar la atención. Pensamos que más bien deberían regresar llorando, porque se les había ido su Maestro.
Pero la realidad bíblica nos hace ver siempre que quien recibe algo que vale más que el que lo da, siempre queda feliz, con ese gozo que es uno de los frutos del Espíritu Santo.
Evangelizar es precisamente eso, llevar Dios a quienes no lo tienen para que gocen con una felicidad eterna.
Y la alegría de esta fiesta es saber que Jesús sigue con nosotros hasta el fin del mundo y que el Espíritu Santo conducirá a la Iglesia hasta aquel mismo fin.

José Ignacio Alemany Grau, Obispo