- Profeta Ezequiel
Este pequeño
párrafo del profeta Ezequiel nos habla de resurrección. Es el mismo Señor quien
dice: «Yo mismo abriré vuestros sepulcros… Entonces sabréis que yo soy el
Señor».
Lo importante es que, tras el tiempo de la vida temporal, Dios mismo ha prometido: «Os infundiré mi Espíritu y viviréis».
- Salmo 129
«Del Señor viene la
misericordia y la redención copiosa».
El salmo es una
invitación a la esperanza: «Desde lo hondo a ti grito, Señor, Señor escucha
mi voz… Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?».
La verdad es que
nos sentimos pecadores por haber ofendido al Señor y desde nuestro corazón
brota un profundo sentimiento de arrepentimiento que reconocemos y que brota
desde nuestro interior como un regalo de Dios.
Por eso podemos
decir, a pesar de nuestros pecados: «Mi alma espera en el Señor… Aguarde
Israel al Señor porque del Señor viene la misericordia y la redención copiosa».
El Señor nos redimirá.
- San Pablo
Escribiendo a los
romanos les dice que hay dos maneras muy distintas de vivir: unos sujetos a las
pasiones de la carne y que no pueden agradar a Dios. Otros (San Pablo supone
que es la comunidad cristiana) que viven movidos por el Espíritu: «No estáis
sujetos a la carne sino al Espíritu porque el Espíritu de Dios habita en
vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo».
Tengamos muy en
cuenta esta expresión del apóstol: no nos dejemos llevar de simples
sentimientos o conveniencias. Solo el Espíritu de Cristo nos puede salvar.
San Pablo saca la conclusión de que «si Cristo está en nosotros, el cuerpo está muerto al pecado y vivo por la justificación obtenida como regalo de Dios».
- Versículo antes del Evangelio
Recordando el
Evangelio de hoy, Jesús nos deja estas palabras muy importantes:
«Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí no morirá para siempre».
- Evangelio
El pasaje del
Evangelio de este día es muy hermoso porque nos permite ver la amistad tan
profunda que existe entre Jesús y la familia de Betania.
Nos enteramos de
que Lázaro, el tercero de la familia, está enfermo.
Las hermanas le
envían un recado a Jesús confiando en que, al saber que su amigo ha enfermado
va a ir a curarlo, como lo han visto actuar en muchas ocasiones.
Al enterarse Jesús deja
pasar un tiempo y quiere ir después a la casita de Betania. Los apóstoles le
recuerdan que ir a Jerusalén era exponerse al peligro porque lo buscan para
matarlo.
Jesús, lleno de
ilusión porque sabe lo que quiere hacer, emprende el camino a Betania.
Al llegar pregunta
dónde lo han enterrado. Le advierten que lleva ya cuatro días en el sepulcro.
A Jesús le importan
poco porque tiene claro lo que va a realizar. Cuando Jesús pide que abran el
sepulcro se llenan todos de admiración y esperanza.
La voz poderosa de
Jesús gritó: «¡Lázaro sal fuera!».
El muerto salió con
las vendas que llevaba y dijo Jesús que lo desataran.
Nadie puede
imaginar la alegría que hubo ese día en Betania y sobre todo en aquellas dos
mujeres de la familia de Lázaro.
Para nosotros lo más
importante es la verdad que repite Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida,
el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá. Y el que está vivo y cree en mí
no morirá para siempre».
Esta es nuestra
alegría: después de un tiempo en la tierra, Jesús, que es la certeza de la
resurrección, nos invitará a vivir eternamente… Quiera Dios que sea para
siempre en la Gloria.
José Ignacio Aleman Grau, obispo Redentorista

