15 de marzo de 2026

CREO, SEÑOR… Y LO ADORÓ - Domingo IV de cuaresma

                                          

 «Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría los que por ella llevasteis luto. Mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos».

Esta introducción hace, para el IV domingo de cuaresma, la liturgia que llama a este «domingo de laetare».

  •  Libro de Samuel

El gran profeta va a buscar un rey para Israel. Pasan delante de Samuel los hijos de Jesé, el de Belén, porque según Dios entre ellos está el elegido para rey de su pueblo.

Van pasando los distintos muchachos y el Señor los va descartando, uno a uno, hasta que cuando han pasado todos, pregunta Samuel a Jesé: «¿Ya no hay más muchachos?».

Jesé contesta: «Queda el pequeño que, precisamente, está cuidando las ovejas».

Samuel, movido por el Señor, contesta:

«Manda por él que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue».

El pequeño David «era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo».

Dios le dijo al profeta: «Úngelo porque es éste».

Samuel lo ungió. Fue el rey querido por Israel: David.

  • Salmo 22

Es el salmo muy conocido del pastor de Israel, que es el mismo Señor:

«El Señor es mi pastor, nada me falta».

El salmo va describiendo las cualidades de misericordia, e incluso ternura de Dios: es un pastor que cuida bien las ovejas, que las guía por el sendero justo. Les prepara una mesa abundante y resalta en él de una especialmente el amor:

«Tu bondad y misericordia me acompañan todos los días de mi vida».

Este precioso salmo del buen pastor nos invita a no separarnos de Dios en el que encontramos todo lo necesario para la vida.

  • San Pablo

Jugando con las palabras «luz» y «tinieblas» nos invita a caminar como hijos de la luz. Son muy conocidas estas palabras que cita en su Carta a los efesios: «Despierta, tú que duermes; levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz».

  • Versículo antes del Evangelio

Esta es la luz (que es Cristo mismo) que culmina con las palabras del versículo anterior al Evangelio:

«Yo soy la luz del mundo; el que me sigue tendrá la luz de la vida».

  • Evangelio

Es extenso y muy importante el texto de este día que también es de San Juan.

Los discípulos de Jesús, según las creencias de su tiempo, le preguntan: «Maestro, ¿quién pecó: este o sus padres para que naciera ciego?».

La respuesta de Jesús es inmediata:

«Ni este ni sus padres, sino para que se manifestara en él las obras de Dios».

Jesús escupe en la tierra y con su saliva hace un poquito de barro, lo unta en los ojos del ciego y le dice: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé. Él fue, se lavó y volvió con vista siendo la admiración de todos».

Al ver este hecho se dividen las opiniones. Hay quienes niegan la misma persona que antes era ciega, y quienes advierten la maravilla que ha hecho Jesús.

Muy interesante es la actitud de los fariseos que niegan la santidad de Jesús y afirman que Él no puede hacer milagros porque es un gran pecador.

Lo más maravilloso es que, al final, Jesús le sale al encuentro al que había sido ciego y sin más le pregunta: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?

El ciego le contestó: “¿Y quién es para que yo crea en él?”».

Jesús hace la gran revelación:

«Lo estás viendo. El que te está hablando ese es».

El ciego se postró diciendo:

«Creo, Señor».

Jesús afirma que ha venido para un juicio: «Los que no ven, vean; y los que ven, queden ciegos».

Los fariseos se aplican las palabras de Jesús y le preguntan: «¿También nosotros estamos ciegos?».

La respuesta de Jesús para entonces y para hoy es esta:

«Si estuvierais ciegos no tendrías pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste».

Busquemos la luz que es Cristo y encontraremos el camino hacia el Padre.

 

José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista

7 de marzo de 2026

¿DIOS ESTÁ CON NOSOTROS? - Domingo III de cuaresma – ciclo A

Muchas veces parece que Dios nos ha abandonado, pero no dejemos nunca de contar con Él que, de hecho, siempre está con nosotros.

  •  Libro del Éxodo

El pueblo sale de Egipto con Moisés, su liberador. Tienen que atravesar un inhóspito desierto y llega el momento en que se desesperan por la falta de agua. Gritan a Moisés:

«¡Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed!».

A Moisés le queda solamente un recurso: acudir a Dios, y le dice: «¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen».

Dios pide a Moisés que lleve consigo un grupo de ancianos y el bastón con que golpeó la roca. Y viene después la gran respuesta: «Yo estaré contigo sobre la peña, en Horeb, golpearás la peña y saldrá de ella agua para que beba el pueblo».

Así el pueblo verá la respuesta de Dios a su grito desesperado: «¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?».

  • Salmo 94

Se trata de un responsorio que repetimos en la liturgia y es muy importante en la vida del pueblo de Dios. El salmo pide: «Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: no endurezcáis vuestro corazón».

Después de admirar los prodigios que ha hecho el Señor, invita a su pueblo a vivir la fe, según los prodigios que había contemplado en el desierto.

A continuación, el salmista invita al pueblo, testigo de la presencia y misericordia de Dios, a cantar la bondad con que Dios había tratado a su pueblo y a postrarse ante Él con gratitud:

«Postrémonos por tierra bendiciendo al Señor».

  • San Pablo

En su Carta a los romanos, el apóstol ofrece una respuesta al pueblo de Dios para todos los tiempos: «Hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo».

Nos aclara San Pablo que por las virtudes teologales llegamos a poseer gratuitamente el don de Dios.

He aquí una de las frases más bellas de San Pablo:

«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado».

Todo se lo debemos a «Cristo que murió hasta por los impíos», y advierte: «en verdad, apenas habrá quien muera por un justo… La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros».

De esta manera, con la aclaración del apóstol Pablo entendemos mejor la situación del libro del Éxodo.

  • Versículo entes del Evangelio

Repite estas palabras maravillosas del Evangelio de hoy que es una conversación entre Jesús y la samaritana: «Señor, tú eres de verdad el Salvador del mundo, dame agua viva así no tendré más sed».

  • Evangelio

Nos cuenta San Juan esta preciosa conversación entre Jesús y la samaritana.

Lo mismo que el pueblo de Israel pedía agua porque se moría de sed en el desierto, ahora, cuando la mujer samaritana descubre quién es Jesús le manifiesta cómo necesita del agua viva que tiene Jesús para saciarse ella misma.

Este diálogo precioso nos invita a leer con calma el Evangelio de San Juan: Jn 4,5-42.

La samaritana es el símbolo de todos los que llegamos a conocer a Jesús y le pedimos, como ella, «el agua viva que salta hasta la vida eterna».

En aquella mujer que le pide agua, encontramos a la humanidad sedienta que ya en el desierto pedía el agua para saciar la sed de los hombres y animales que caminaban fatigados por el desierto.

Lo más hermoso que encontramos en este Evangelio es que esa mujer extranjera dio una verdadera lección a los judíos, cuando les dijo: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿Será este el Mesías?».

Los discípulos llegaron donde estaba Jesús y le dijeron: «Maestro, come». Pero Él respondió: «Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis… Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra».

Los samaritanos que vivían en aquel pueblo pidieron que Jesús se quedara con ellos y después de dos días de escucharlo y conocerlo, terminaron diciendo a la samaritana: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es de verdad el Salvador del mundo».

¡Qué bueno será que pensemos cómo esta mujer samaritana, por el agua de vida, llegó a la conversión de muchos paisanos!

 

José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista