- Isaías
En el tiempo del
profeta Isaías hay un mayordomo indigno en el palacio de Dios. A este es quien
destituye el Señor por sus malas obras y pone en su lugar como mayordomo del
templo de Jerusalén a un descendiente de David.
Al primero le dice
Dios:
«Te echaré de tu
puesto y te destituiré de tu cargo».
En su lugar Dios
llama a su siervo Eliacín, hijo de Elsías, y le colocará todos los atuendos y
le concederá todo el respaldo que merece un mayordomo del Señor:
«Colgaré de su hombro la llave del Palacio de David… Dará un trono glorioso a la casa paterna».
- Salmo 137
Conviene que con
frecuencia glorifiquemos a Dios simplemente por ser Señor y porque «su
misericordia es eterna y no abandona las obras de sus manos».
Prosigue el salmista
alabando a Dios: «Señor, te doy gracias de todo corazón, delante de los
ángeles tañeré para ti. Me postraré hacia tu santuario, daré gracias a tu
nombre».
No olvidemos la grandeza del Señor y de alabarlo por ser Él quien es.
- San Pablo
En su Carta a los
romanos el apóstol da la razón del por qué del actuar del Señor que no tiene
que dar cuentas a nadie. Meditemos este breve párrafo:
«Qué abismo de
generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios. Qué insondables son sus
decisiones y qué irrastreables sus caminos…».
El párrafo concluye
alabando a Dios:
«Él es el origen,
guía y meta del Universo».
Solo a Él debemos dar gracias todos los seres humanos: «A Él la gloria por los siglos».
- Verso aleluyático
Recoge el gran
poder que otorga Jesús a Pedro, en su Iglesia, por haber confesado que Jesús en
realidad es verdadero Dios:
«Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y el poder del infierno no la derrotará».
- Evangelio
Después de una
pregunta de Jesús, que en el fondo no le interesa a Él mismo: «¿Quién dice
la gente que es el Hijo del Hombre?», hay varias respuestas por parte de
los apóstoles que se ve claro que no importan a su Maestro.
Más bien Él va a lo
concreto y pregunta nuevamente a los apóstoles:
«¿Y ustedes quién
dicen que soy yo?».
Son muchos los
milagros que hablan de la grandeza de Jesús, pero solo Pedro tiene una
respuesta absoluta sobre Jesucristo, que le merece la máxima alabanza y el
poder sobre la Iglesia:
«Tú eres el Mesías,
el Hijo de Dios vivo».
Jesús alaba a Pedro
que solo ha podido dar esta respuesta por una revelación del Padre:
«Porque eso no te
lo ha revelado nadie de carne y hueso sino mi Padre que está en el cielo».
Y es entonces
cuando la generosidad de Jesús rebosa sobre Pedro y lo coloca como cimiento de
la Iglesia que Él va a fundar:
«Tú eres Pedro y
sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y el poder del infierno no la
derrotará».
Además, lo concreta
con esta expresión:
«Te daré las llaves
del reino de los cielos».
Y le confiere el
máximo poder de perdonar en el nombre de Dios.
La conclusión que
saca Jesús de esta revelación es muy importante:
«Les mandó a los
discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Mesías», es
decir, el mismo gran Señor y Creador, Jesucristo Dios y hombre verdadero, que
merece toda alabanza por su divinidad como la del Padre.
José Ignacio
Alemany Grau, obispo Redentorista

