A menudo parece que nos peleamos con la vida. En realidad, la vida es un regalo de Dios, tanto la vida temporal como la vida eterna. Meditemos.
- Libro II de Reyes
Eliseo se convierte en el gran taumaturgo después de Elías, su maestro. Va con frecuencia a una casa para comer. Le toman cariño y preparan una habitación pequeña para que pueda pasar la noche el gran profeta de Dios.
Cierto día llega a
la casa, como de costumbre, y le presentan la habitación en la que podrá pasar
la noche. Eliseo desea ser agradecido y le pregunta a su criado qué puede
regalarle a la sunamita. La respuesta fue: «¿Qué sé yo? No tiene hijo y su
marido es viejo».
Eliseo manda llamar
a la mujer y le promete: «El año que viene, por estas fechas, abrazarás un
hijo».
Es el regalo más grande para una mujer estéril que no puede tener descendencia, pero es al mismo tiempo, la recompensa de Dios por el cariño con que acoge al profeta cada vez que va a su casa.
- Salmo 88
Glorificar y cantar
al Señor es el deseo de toda persona que tiene fe; por eso leemos estas
palabras del salmista:
«Cantaré eternamente las misericordias del Señor… Dichoso el pueblo que sabe alabarte, camina, oh, Señor, a la luz de tu rostro… Porque tú eres su honor y su gloria: El Santo de Israel nuestro Rey».
- San Pablo
En su carta a los
romanos, el apóstol enseña que «los que por el bautismo nos hemos incorporado a
Cristo fuimos incorporados a su muerte».
Y por la muerte
temporal se nos incorpora «a su resurrección de entre los muertos por la gloria
de Dios Padre».
La enseñanza de
Pablo es que morir al pecado en el bautismo nos abre las puertas de la
eternidad con Cristo muerto y resucitado.
Por eso el apóstol termina exclamando: «Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús».
- Verso aleluyático
Es una llamada a la
esperanza definitiva en Dios. Con el nacimiento, con el bautismo «vosotros sois
una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada».
Termina el
versículo pidiéndonos:
«Proclamad las hazañas del que os llamó a salir de las tinieblas y a entrar en su luz maravillosa».
- Evangelio
Es un parrafito del
capítulo diez de San Mateo en que se recalca que lo más importante de todo es
colocar a Cristo como el primero. Y así entendemos:
«El que ame a su
padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí».
Lo mismo sucede
respecto de los hijos. El primero será siempre Cristo.
Incluso, la misma
vida que poseemos en este mundo no es el primer tesoro. El primer tesoro
siempre será Jesucristo mismo. Por eso: «El que encuentre su vida la perderá y
el que pierde su vida por mí la encontrará».
Concluye este
párrafo del Evangelio con una invitación práctica de Jesús:
«El que dé a beber,
aunque no sea más que un vaso de agua fresca a uno de estos pobrecillos, solo
porque es mi discípulo, no perderá su paga».
El primero para
nosotros siempre es Jesús y a Él lo encontramos en el necesitado.
José Ignacio
Alemany Grau, obispo Redentorista

