21 de marzo de 2026

YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA - Domingo V de Cuaresma – ciclo A

El domingo de hoy está lleno de esperanza y nos permite ver que la vida en el mundo es un paso para una segunda parte mucho mejor en la resurrección eterna.

  • Profeta Ezequiel

Este pequeño párrafo del profeta Ezequiel nos habla de resurrección. Es el mismo Señor quien dice: «Yo mismo abriré vuestros sepulcros… Entonces sabréis que yo soy el Señor».

Lo importante es que, tras el tiempo de la vida temporal, Dios mismo ha prometido: «Os infundiré mi Espíritu y viviréis».

  • Salmo 129

«Del Señor viene la misericordia y la redención copiosa».

El salmo es una invitación a la esperanza: «Desde lo hondo a ti grito, Señor, Señor escucha mi voz… Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?».

La verdad es que nos sentimos pecadores por haber ofendido al Señor y desde nuestro corazón brota un profundo sentimiento de arrepentimiento que reconocemos y que brota desde nuestro interior como un regalo de Dios.

Por eso podemos decir, a pesar de nuestros pecados: «Mi alma espera en el Señor… Aguarde Israel al Señor porque del Señor viene la misericordia y la redención copiosa».

El Señor nos redimirá.

  • San Pablo

Escribiendo a los romanos les dice que hay dos maneras muy distintas de vivir: unos sujetos a las pasiones de la carne y que no pueden agradar a Dios. Otros (San Pablo supone que es la comunidad cristiana) que viven movidos por el Espíritu: «No estáis sujetos a la carne sino al Espíritu porque el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo».

Tengamos muy en cuenta esta expresión del apóstol: no nos dejemos llevar de simples sentimientos o conveniencias. Solo el Espíritu de Cristo nos puede salvar.

San Pablo saca la conclusión de que «si Cristo está en nosotros, el cuerpo está muerto al pecado y vivo por la justificación obtenida como regalo de Dios».

  • Versículo antes del Evangelio

Recordando el Evangelio de hoy, Jesús nos deja estas palabras muy importantes:

«Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí no morirá para siempre».

  • Evangelio

El pasaje del Evangelio de este día es muy hermoso porque nos permite ver la amistad tan profunda que existe entre Jesús y la familia de Betania.

Nos enteramos de que Lázaro, el tercero de la familia, está enfermo.

Las hermanas le envían un recado a Jesús confiando en que, al saber que su amigo ha enfermado va a ir a curarlo, como lo han visto actuar en muchas ocasiones.

Al enterarse Jesús deja pasar un tiempo y quiere ir después a la casita de Betania. Los apóstoles le recuerdan que ir a Jerusalén era exponerse al peligro porque lo buscan para matarlo.

Jesús, lleno de ilusión porque sabe lo que quiere hacer, emprende el camino a Betania.

Al llegar pregunta dónde lo han enterrado. Le advierten que lleva ya cuatro días en el sepulcro.

A Jesús le importan poco porque tiene claro lo que va a realizar. Cuando Jesús pide que abran el sepulcro se llenan todos de admiración y esperanza.

La voz poderosa de Jesús gritó: «¡Lázaro sal fuera!».

El muerto salió con las vendas que llevaba y dijo Jesús que lo desataran.

Nadie puede imaginar la alegría que hubo ese día en Betania y sobre todo en aquellas dos mujeres de la familia de Lázaro.

Para nosotros lo más importante es la verdad que repite Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá. Y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre».

Esta es nuestra alegría: después de un tiempo en la tierra, Jesús, que es la certeza de la resurrección, nos invitará a vivir eternamente… Quiera Dios que sea para siempre en la Gloria.

 

José Ignacio Aleman Grau, obispo Redentorista

15 de marzo de 2026

CREO, SEÑOR… Y LO ADORÓ - Domingo IV de cuaresma

                                          

 «Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría los que por ella llevasteis luto. Mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos».

Esta introducción hace, para el IV domingo de cuaresma, la liturgia que llama a este «domingo de laetare».

  •  Libro de Samuel

El gran profeta va a buscar un rey para Israel. Pasan delante de Samuel los hijos de Jesé, el de Belén, porque según Dios entre ellos está el elegido para rey de su pueblo.

Van pasando los distintos muchachos y el Señor los va descartando, uno a uno, hasta que cuando han pasado todos, pregunta Samuel a Jesé: «¿Ya no hay más muchachos?».

Jesé contesta: «Queda el pequeño que, precisamente, está cuidando las ovejas».

Samuel, movido por el Señor, contesta:

«Manda por él que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue».

El pequeño David «era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo».

Dios le dijo al profeta: «Úngelo porque es éste».

Samuel lo ungió. Fue el rey querido por Israel: David.

  • Salmo 22

Es el salmo muy conocido del pastor de Israel, que es el mismo Señor:

«El Señor es mi pastor, nada me falta».

El salmo va describiendo las cualidades de misericordia, e incluso ternura de Dios: es un pastor que cuida bien las ovejas, que las guía por el sendero justo. Les prepara una mesa abundante y resalta en él de una especialmente el amor:

«Tu bondad y misericordia me acompañan todos los días de mi vida».

Este precioso salmo del buen pastor nos invita a no separarnos de Dios en el que encontramos todo lo necesario para la vida.

  • San Pablo

Jugando con las palabras «luz» y «tinieblas» nos invita a caminar como hijos de la luz. Son muy conocidas estas palabras que cita en su Carta a los efesios: «Despierta, tú que duermes; levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz».

  • Versículo antes del Evangelio

Esta es la luz (que es Cristo mismo) que culmina con las palabras del versículo anterior al Evangelio:

«Yo soy la luz del mundo; el que me sigue tendrá la luz de la vida».

  • Evangelio

Es extenso y muy importante el texto de este día que también es de San Juan.

Los discípulos de Jesús, según las creencias de su tiempo, le preguntan: «Maestro, ¿quién pecó: este o sus padres para que naciera ciego?».

La respuesta de Jesús es inmediata:

«Ni este ni sus padres, sino para que se manifestara en él las obras de Dios».

Jesús escupe en la tierra y con su saliva hace un poquito de barro, lo unta en los ojos del ciego y le dice: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé. Él fue, se lavó y volvió con vista siendo la admiración de todos».

Al ver este hecho se dividen las opiniones. Hay quienes niegan la misma persona que antes era ciega, y quienes advierten la maravilla que ha hecho Jesús.

Muy interesante es la actitud de los fariseos que niegan la santidad de Jesús y afirman que Él no puede hacer milagros porque es un gran pecador.

Lo más maravilloso es que, al final, Jesús le sale al encuentro al que había sido ciego y sin más le pregunta: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?

El ciego le contestó: “¿Y quién es para que yo crea en él?”».

Jesús hace la gran revelación:

«Lo estás viendo. El que te está hablando ese es».

El ciego se postró diciendo:

«Creo, Señor».

Jesús afirma que ha venido para un juicio: «Los que no ven, vean; y los que ven, queden ciegos».

Los fariseos se aplican las palabras de Jesús y le preguntan: «¿También nosotros estamos ciegos?».

La respuesta de Jesús para entonces y para hoy es esta:

«Si estuvierais ciegos no tendrías pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste».

Busquemos la luz que es Cristo y encontraremos el camino hacia el Padre.

 

José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista