24 de mayo de 2026

NO OS DEJARÉ HUÉRFANOS - Domingo de Pentecostés

 La maravilla de este tiempo litúrgico es que nos invita a comunicarnos con la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. No debemos olvidar que el Padre envió al Hijo y el Hijo se encarnó por obra del Espíritu Santo. Las tres Divinas Personas son un único Dios, el misterio más grande del cristianismo; la gran revelación de Jesús.

  • Hechos de los Apóstoles

Cuando Jesús asciende al cielo hay un momento muy significativo para el grupo que lo acompaña y lo ve elevarse a la gloria, pero no se disgrega, sino que todos ellos permanecen unidos en el cenáculo donde habían recibido tantos regalos de Dios:

«Todos ellos se dedicaban a la oración en común junto con algunas mujeres, entre ellas María, la Madre de Jesús…».

Eso es lo que prepara precisamente la venida del Espírito Santo; es decir, la oración comunitaria que hará presente al Espíritu prometido con sus manifestaciones gloriosas: temblor, lenguas de fuego, don de lenguas...

  • Salmo 26

El salmista glorifica a Dios a través de una petición muy importante:

«Una cosa pido al Señor, eso buscaré: Habitar en la casa del Señor por los días de mi vida. Gozar de la dulzura del Señor contemplando su gloria».

Continúa su oración: «Escucha, Señor, que te llamo: ten piedad, respóndeme».

Y termina el salmista: «Oigo en mi corazón: buscad mi rostro».

Busquemos el rostro de Dios con fidelidad.

  • San Pedro

Nos pide que vivamos en la alegría compartiendo los padecimientos de Jesucristo para que estos se transformen en gloria. Recuerda el apóstol que habrá muchos ultrajes por el nombre del Señor: «Si sufre por ser cristiano que no se avergüence, que dé gloria a Dios por este nombre».

  • Verso aleluyático

Una vez más en este tiempo se nos repiten las palabras consoladoras de Cristo Jesús: «No os dejaré huérfanos. Me voy y vuelvo a vuestro lado y se alegrará vuestro corazón».

Admiremos el cariño de Jesús que promete no abandonar a su Iglesia nunca.

  • Evangelio

Recoge el capítulo que se llama «la oración sacerdotal de Jesús»; que es, de hecho, una oración al Padre cuando Jesús se da cuenta de que termina su vida. Primero, glorifica a su Padre:

«Padre glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique por el poder que tú le has dado». Y, en segundo lugar, aprovecha para exponer en qué consiste la vida eterna: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo».

Toda la vida de Jesús fue glorificar al Padre haciendo su santa voluntad y, dentro del plan trazado por la providencia, Jesús tiene conciencia clara de haber manifestado la verdad de Dios a sus apóstoles que constituyen la primera Iglesia y que le escuchan junto con María, Madre de la Iglesia desde el principio.

Al empezar su oración deja bien claro Jesús:

«Te ruego por ellos (los apóstoles), no ruego por el mundo sino por estos que tú me has dado y que son tuyos».

Advierte el Señor que quede bien claro: «Que todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío y en ellos he sido glorificado».

El párrafo del Evangelio concluye aclarando que Jesús se va al Padre, pero al mismo tiempo, quedará con los suyos.

¡Feliz domingo de Pentecostés!

17 de mayo de 2026

VOLVERÁ COMO LO HAN VISTO MARCHARSE - Domingo VII de Pascua


Solo pueden entender la Ascensión del Señor quienes lo vieron subir al cielo. Eran los apóstoles y algunas mujeres entre las cuales estaba la Virgen María, Madre de Jesús.

  • Hechos de los apóstoles

Es impresionante la despedida y el subir hacia los cielos de Jesucristo.

Un tanto despistados, los apóstoles, le preguntan a Jesús si es la hora de restaurar el reino de Israel. La respuesta del Señor no se hace esperar y prácticamente se convierte en una llamada de atención, porque al parecer los suyos han entendido casi nada de su mensaje y les muestra como despedida el ascender a la casa del Padre. De todas maneras, la narración de los Hechos termina poniendo en boca de dos hombres vestidos de blanco, posiblemente dos ángeles, la confirmación del triunfo de Jesús:

«El mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo vendrá como lo han visto marcharse».

  • Salmo 46

El salmista presenta a Dios ascendiendo entre aclamaciones, en su «ascensión» a los cielos: «Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo»; y describe la ascensión de esta manera: «Dios asciende entre aclamaciones, el Señor al son de trompetas».

Y, además, pide a todos:

«Tocad para nuestro Rey, tocad… porque Dios es el Rey del mundo».

  • San Pablo

En su Carta a los efesios el apóstol presenta la extraordinaria grandeza del poder de Dios en la Ascensión de Jesús, «resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo Principado…».

Según San Pablo, el Padre «todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia como Cabeza sobre todo»; y concluye con esta bella confirmación: «La Iglesia es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos».

¡Qué importante es esta verdad para la Iglesia de nuestros tiempos cuando se pretende quitar el poder a Jesucristo!

  • Verso aleluyático

Es el envío misionero de Jesús para todos los que le han de seguir:

«Id y haced discípulos de todos los pueblos. Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» … Esta es la gran tarea para la Iglesia: evangelizar al mundo entero porque este es el «mandato» del Señor.

  • Evangelio

El Evangelio de este ciclo A narra la Ascensión de Jesús según el Evangelio de San Mateo:

«Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Ellos se postraron adorándolo y Jesús se despidió con estas palabras: “Se me ha dado todo el poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado”».

Esta será la tarea para todos nosotros, cada uno de los bautizados, durante nuestra vida en el mundo.

A continuación, viene la gran promesa de Jesús que no quiere abandonarlos:

«Sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo».

Esta es la promesa de Jesucristo como Dios y hombre verdadero.

Glorifiquemos a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Verbo encarnado, cercano siempre a nosotros con su poder y contemos con Jesucristo siempre a la hora de evangelizar.

 

+ José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista