15 de agosto de 2026

¡Señor, socórreme! - Domingo XX del tiempo ordinario – ciclo A

 


Nos cuenta San Mateo que Jesús iba proclamando el evangelio del reino y respaldaba sus palabras curando las enfermedades del pueblo de Israel. 

  • Isaías (56,1.6-7)

El profeta Isaías, de parte de Dios, nos pide actuar con justicia por la razón más importante: el Señor llega y con Él la salvación a través de la cual se revelará la victoria de nuestro Dios.

Es interesante que Isaías pida a los extranjeros que están en Israel que sirvan al Señor «para amar el nombre del Señor y ser sus servidores».

Vemos además que Dios se compromete a tratarlos con un amor especial: «Los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración, aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios… Porque mi casa es casa de oración y así la llamarán todos los pueblos».

  • San Pablo (Rm 11,13-15.29-32)

Habla a los gentiles como a sus hermanos y les dice: «Mientras sea vuestro apóstol haré honor a mi ministerio: “por ver si despierto emulación en los de mi raza y salvo a algunos de ellos”».

De esta manera el apóstol demuestra el cariño que tiene por los de su raza y cómo es su intención atraer a los gentiles a la fe en Jesucristo. Para ello se atreve a dar esta valiente razón: «Dios nos encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos».

  • Verso aleluyático

Repite las palabras del comienzo de esta reflexión por la importancia de la actuar de Jesús predicando mientras comparte con los apóstoles el poder de curación.

  •  Evangelio (Mt 15,21-28)

Una mujer cananea se acerca a Jesús. Es importante recalcar que no pertenece a Israel y de ahí la insistencia de sus palabras y el motivo del rechazo de Jesucristo: «Ten compasión de mí, Señor, hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».

Es importante destacar la actitud despectiva del Maestro para conseguir la perseverancia de la petición. «Él no respondió nada».

Son los apóstoles mismos los que le insisten a Jesús: «atiéndela que viene detrás gritando».

Jesús explica que solo ha venido para los hijos de Israel.

La mujer lo oyó y gritó: «¡Señor, socórreme!».

Esta actitud de Jesús provoca una reacción de auténtica fe en la extranjera: «No está bien echar a los perros (nombre que daban los judíos a los extranjeros) el pan de los hijos».

La cananea, inspirada sin duda por el mismo Espíritu de Jesús, contestó:

«Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de las mesas de los amos».

Esta fe «desconcierta» el corazón de Cristo, que exclama acompañando sus palabras con el milagro que pide la mujer:

«Mujer, qué grande es tu fe. Que se cumpla lo que deseas».

En este caso del Evangelio debemos ver cómo Jesucristo quiere la constancia en nuestras peticiones y que no sea pedir y desconfiar, sino por el contrario seguir pidiendo por fe lo que conviene para gloria de Dios.

A través de estas tres lecturas de la liturgia de hoy podemos ver que Dios no hace distinción de personas ya que en los tres casos se trata de extranjeros que consiguen el don de Dios porque la salvación en Cristo está abierta para todos.

 

José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista

8 de agosto de 2026

BUSCA SIEMPRE A DIOS - Domingo XIX del tiempo ordinario – ciclo A


En este domingo pedimos a Dios:

«Que la comunión en tus sacramentos nos salve y nos lleve a la plenitud de la Luz de tu verdad», Jesús.

  • Libro 1 de Reyes

Cuando el profeta Elías llegó a cobijarse en una cueva del monte Horeb, oyó la voz de Dios que le decía: «Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!».

El profeta cree descubrir la voz de Dios en un violento huracán que rompía las peñas, luego se sintió un terremoto, a continuación, vino un fuego, pero en ninguno de los tres fenómenos de la naturaleza encontró a Dios.

Era demasiado alboroto para descubrirlo entre tanto ruido, pero después del fuego «se oyó una brisa tenue, al sentirla Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva». Dios le iba a hablar en la suave brisa y no en medio del bullicio y la confusión.

No busquemos a Dios en medio del bullicio del mercado, el alboroto de una fiesta, ni en medio de las ideologías que confunden y aturden… A Dios se le encuentra en el silencio de la oración y en un corazón pacificado.

  • San Pablo

Judío, como tantos en su comunidad, se convirtió al cristianismo: «Mi conciencia iluminada por el Espíritu Santo me asegura que no miento».

Desde su conversión Pablo siente «una gran pena y un gran dolor incesante» al tener que separarse del resto de su comunidad judía.

El apóstol afirma que «por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne, quisiera incluso ser proscrito lejos de Cristo».

En el pequeño párrafo que sigue a continuación, Pablo alaba a los suyos que pertenecen «a la alianza, a la ley, al culto y las promesas».

El apóstol siente dolor al ver todas las maravillas que el resto del pueblo judío no puede recibir, al no seguir las promesas de Dios, siendo «herederos de los patriarcas de quienes según la carne nació el Mesías».

Por encima de la fidelidad a todo lo humano, Pablo reconoce que «Dios está por encima de todo» y concluye con esta oración de alabanza:

«Bendito por los siglos».

Es bueno confesar que por encima de todas las cosas está el Creador y Santo por los siglos.

  • Verso aleluyático

Es un acto de esperanza en los dones que vienen de Dios:

«Espero en el Señor, espero en su Palabra».

  • Evangelio

Se trata de una secuencia muy bella.

En primer lugar, aparece Jesús solo, en oración con su Padre, después de despedir a la multitud tras la multiplicación de los panes.

Los apóstoles embarcados todos juntos, parten sin Jesús a la otra orilla del lago.

Sacudida la barca por las olas, Jesús está ausente. De pronto, viene Él caminando sobre el agua, y los apóstoles al verlo, llenos de temor, gritan de miedo pensando que era un fantasma.

Jesús les dice estas palabras que debemos tener siempre en cuenta: «Ánimo, soy yo. No tengáis miedo».

Al oírlo, Pedro, quizá por hacer una bravata o quizá con fe verdadera, le dice al Señor: «Si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua».

Jesús le dijo: «¡Ven!».

Pedro, bajando de la barca, echó a andar sobre el agua, pero «al sentir la fuerza del viento le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: “Señor, sálvame”».

Jesús le agarró las manos diciendo: «Qué poca fe, ¿por qué has dudado?»

Ambos subieron a la barca y enseguida amainó el viento y se sosegó el mar.

Queridos amigos, hay que buscar siempre a Dios en Cristo Jesús, confiar en Él y fiarse de su poder, pero con auténtica fe, y no con las dudas con que se echó Pedro en el mar y se asustó por el viento y el oleaje.


José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista