25 de abril de 2026

Domingo del Buen Pastor - Domingo IV de Pascua

 

Los profetas Jeremías y Ezequiel, en el Antiguo Testamento, se referían al pueblo de Israel como «el rebaño» y a quienes los conducían como «pastores».

Es hermoso el salmo 23 que habla expresamente del Señor como un pastor que guarda su rebaño y cuida de sus ovejas.

Hoy los fieles de la Iglesia de Jesús son el rebaño que entra a través de la puerta que es Cristo y se alimentan de su cuerpo y su sangre. Jesús ha encomendado a los apóstoles y sus sucesores a cuidar de ese rebaño para que nunca les falte el verdadero pan del cielo que es la Eucaristía.

+ Lo primero que quiere el Señor es que no lo confundamos a Él con los falsos pastores que no entran por la puerta del redil, sino que saltan por otras «entradas». A esos Jesús los llama ladrones y bandidos.

Es el buen pastor el que entra por la puerta de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas se ponen atentas a su voz porque lo conocen a él y porque llama a cada una de las ovejas por su nombre.

De esta manera nos advierte Jesús sobre la confianza que hay entre las ovejas y el verdadero pastor.

Se conocen por el nombre tanto el pastor a cada oveja, como las ovejas siguen a su pastor porque están seguras conociendo la voz de él.

Advierte también Jesús que las ovejas no conocen la voz de los extraños.

+ Más adelante, Jesús dirá de sí mismo:

«Yo soy la puerta de las ovejas».

Es el único Buen Pastor:

«Los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos».

Repitiendo de nuevo que es la «puerta verdadera», asegura que el que entra por esta puerta tendrá libertad para entrar y salir; y lo más importante de todo es que el Buen Pastor da de comer -como lo ha dicho hace poco- su propio cuerpo:

«El que me come vivirá por mí».

+ Otro signo del Buen Pastor es la diferencia que hay entre el falso pastor que viendo venir al lobo abandona a las ovejas y huye; «y el lobo las roba y las dispersa porque no era un buen pastor sino un asalariado a quien no le importan la vida de las ovejas». En cambio, lo más hermoso del Buen Pastor es la relación personal entre el Padre Dios y Él; y es esa la gran diferencia entre el falso pastor y Jesucristo que asegura: «Yo doy mi vida por mis ovejas».

+ Y alzando la mirada sobre la tierra entera, advierte Jesús:

«Tengo, además, otras ovejas que no están en mi redil; también a estas las tengo que traer y escucharán mi voz»; y entonces será plenitud de la eficacia y alegría del Buen Pastor:

«Todas las ovejas escucharán su voz y habrá un solo rebaño y un solo Pastor».

Por otra parte, advierte Jesús y es muy importante tenerlo en cuenta:

«Por esto me ama mi Padre porque yo entrego mi vida para poder recuperarla… Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente».

+ Finalmente, el Buen Pastor advierte que tiene «poder para entregar su vida y para recuperarla: Este mandato lo he recibido de mi Padre».

Para nosotros lo importante es conocer al Buen Pastor y no confundirlo con otros que tienen, quizá, malos intereses.

Hay que reconocer que el Buen Pastor entra y sale por la puerta para alimentarnos con pastos buenos, especialmente el cuerpo y la sangre del propio Pastor que se llama a sí mismo el «Pan de vida», alimento para la eternidad.

Es conveniente, además, que las ovejas conozcan al Padre Dios que nos entregó a Jesús como Redentor y le agradecemos a la Santísima Trinidad en este tiempo de Pascua su muerte y resurrección.

Creo que una buena conclusión de estos pensamientos que nos ha dejado especialmente San Juan en su Evangelio (capítulo 10) es que sepamos ser las verdaderas ovejas que siguen al Buen Pastor y que piden continuamente pastores santos para su Iglesia.

 

José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista

18 de abril de 2026

SI VAMOS HABLANDO DE DIOS… Domingo III de Pascua


Si vamos hablando de Dios seguramente que Dios llegará a tiempo en nuestro camino y será un gozo encontrarse con Él, como podemos hacerlo conocer profundizando en las lecturas de este tercer domingo de Pascua.

Hechos de los apóstoles

Los Hechos nos muestran a Pedro el día de Pentecostés, de pie, con los once, pidiendo silencio para hablar a la multitud. Lo fundamental de su enseñanza es su Señor: «Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando por su medio los milagros y signos y prodigios que conocéis».

A continuación, habla a la multitud de la muerte y resurrección de Jesucristo:

«Dios, rompiendo las ataduras de la muerte lo resucitó», según lo dijo David, «y no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción».

Después de exaltar la imagen de Jesucristo que enseñaba las maravillas de Dios y realizaba muchos milagros, termina San Pedro diciendo al pueblo:

«Ahora, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido y lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».

  • Salmo 15

El salmista, profetiza la resurrección del Mesías prometido, y dice así:

«Protégeme Dios mío que me refugió en ti…

Bendeciré al Señor… Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré…Por eso se me alegra el corazón y se gozan mis entrañas y mi carne descansa serena porque no me entregarás a la muerte».

  • San Pedro

El apóstol, después de recordarnos: «Si llamáis Padre al que juzga a cada uno según sus obras, sin parcialidad, tomad en serio vuestro proceder en esta vida», termina su exhortación con estas palabras:

«Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza».

  • Verso aleluyático

Recoge un sentimiento del corazón de los discípulos de Emaús, como conclusión de su diálogo con Dios en Cristo:

«Señor Jesús explícanos las Escrituras, haz que arda nuestro corazón mientras nos hablas».

  • Evangelio

La liturgia en este domingo quiere que volvamos al camino de Emaús y nos presenta a dos de los discípulos que se vuelven de Jerusalén hablando de los acontecimientos sobre Jesús. Y como hablan de Dios, sin saberlo ellos, un peregrino más ágil se acerca a los dos preguntando:

«Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

Jesús se hace como que no les entiende y aprovecha para explicarles cómo en Jesucristo se han cumplido las Escrituras.

Habla de su muerte y resurrección y Él mismo reprocha a los dos discípulos por no haber creído las Escrituras e incluso el volverse de Jerusalén como desesperanzados, aunque incluso han oído hablar de la resurrección de Jesús al tercer día.

Es entonces cuando el Maestro habla con pasión a los dos discípulos:

«Comenzado por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que se refería a Él en toda la Escritura».

Llegan a Emaús, Jesús hace ademán de seguir adelante y los dos coinciden:

«Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída».

Jesús entró y puestos a la mesa partió el pan, como era su costumbre cuando lo consagraba, y al recibir de sus manos el pan consagrado reconocieron a Jesús, pero Él despareció.

Así es cuando se va preocupado por Dios y sus cosas, que de una u otra forma nos encontramos con Él. Por eso, exclamaron los dos peregrinos:

«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Era la certeza del Resucitado y, aunque ya era tarde, regresaron a Jerusalén donde estaban los apóstoles y escucharon lo que decían los otros:

«¡Era verdad! ¡Ha resucitado el Señor y se apareció a Simón!».

Y ellos añadieron gozosos:

«¡También nosotros lo hemos visto y lo hemos reconocido al partir el pan!».

Así es, hermanos, si nos fiamos de Dios, tarde o temprano renacerá la fe y el amor en nuestro corazón: ¡Y el Resucitado llenará nuestra vida!

 

José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista