26 de marzo de 2023

YO SOY LA RESURRECCIÓN

La Iglesia dedica este domingo V DE CUARESMA al tema de la resurrección, recordándonos en el Credo que Jesús «Resucitó al tercer día» y añadiendo al final:

 «Creo en la resurrección de los muertos y la vida eterna». 

El Evangelio nos hablará de una de las resurrecciones que hizo Jesús manifestando su poder porque en su vida resucitó a Lázaro y también al hijo de la viuda de Naím y a la niña de Jairo.

La verdad es que con eso Jesús mostró su poder, pero no nos hace felices a nosotros porque los tres resucitados murieron más tarde.

Sí nos hace felices hoy la conversación de Marta con Jesús.

Ezequiel

Según el profeta, cuando el Señor abra vuestros sepulcros «sabréis que yo soy el Señor» y «os infundiré mi Espíritu y viviréis».

Este Espíritu que lo transforma todo es, evidentemente, el Espíritu creador de Dios.

Salmo 129

En la bondad de Dios confiamos porque «del Señor viene la misericordia, la redención copiosa y Él redimirá a Israel de todos sus delitos» y Él nos resucitará como ha prometido.

San Pablo

Nos asegura que «no estamos sujetos a la carne, sino al Espíritu ya que el Espíritu habita en nosotros».

Al estar sujetos al Espíritu de Dios, somos de Cristo. Ese es el gran regalo de la gracia santificante que recibimos en el bautismo.

Con este sacramento nos vienen todos los bienes de Dios. Uno de estos bienes es que «si el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en nosotros», también hará en nosotros lo que hizo en Él: resucitarnos.

«Vivificará nuestros cuerpos mortales por el mismo Espíritu que habita en nosotros».

Tengamos bien presentes estos motivos para creer en la resurrección de la que siempre nos habla la Iglesia.

Verso de aclamación

Pide que nos alegremos en el Señor por lo que es central en nuestra fe y nos presenta el Evangelio del día:

La grandeza de Jesús que no solo tiene la resurrección, sino que su esencia es ser resurrección y, por tanto, vida siempre:

«Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí no morirá para siempre».

  Evangelio

Amigos todos, les invito a meditar el Evangelio de este día, que es el capítulo 11 de San Juan, y ojalá puedan hacerlo con toda la familia, ya que se trata de un capítulo muy importante y de mucha esperanza. En él encontrarán la fuerza para creer, esperar y amar a Dios que nos dio a Jesucristo nuestro Salvador.

San Juan nos cuenta que Jesús, conscientemente, retrasó su ida a Betania, aunque sabía que Lázaro estaba grave.

Las hermanas de Lázaro le envían un mensaje urgente:

«Señor, tu amigo está enfermo».

Pasa el tiempo y Jesús llega con sus discípulos a Betania cuatro días después de la muerte de su amigo.

Admiremos la fe profunda de esta mujer en su conversación con Jesús:

+ «Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».

+ «Tu hermano resucitará».

+ «Sé que resucitará en la resurrección del último día».

(Esta es nuestra fe).

Jesús (imponente), afirma:

+ «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá. Y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?».

Nosotros este domingo, con santa Marta, repetimos con fe profunda y segura.

Tú y yo decimos con Marta:

«Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».

Llega María, la hermana menor, y Jesús, siendo testigo del dolor de esta familia tan querida, llora varias veces. Es muy divino, pero también muy humano.

Los mismos judíos comentan:

«¡Cómo lo quería!».

Llegan ante la tumba de Lázaro y Jesús hace una preciosa oración de agradecimiento al Padre, antes del milagro, para que aprendamos también nosotros a pedir, con tal seguridad, que agradezcamos antes de recibir lo que pedimos:

«Padre, te doy gracias, porque me has escuchado; yo sé que me escuchas siempre...

Jesús gritó con voz potente: Lázaro, ven fuera».

Lázaro sale del sepulcro y hay fiesta en la familia y en el pueblo.

Fortalezcamos hoy nuestra fe en la resurrección con estas palabras de Pablo:

«Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás».

 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

18 de marzo de 2023

CRISTO SERÁ TU LUZ

Este es un domingo de luz en el que Jesucristo se presenta de diversas formas como verdadera luz del mundo y, de una manera especial, en las pupilas de un joven ciego que descubrió y adoró a Jesús.

1 Samuel

Muchas veces hemos oído hablar de la «vara de Jesé florida».

Jesé es padre de David y de sus otros siete hermanos.

Nos cuenta la Escritura que Saúl actuó mal con Dios el cual envió a Samuel para ungir al sucesor.


Jesé, padre de aquella pequeña tribu, fue presentando a sus siete hijos que él creía que eran buenos mozos para ser ungidos como reyes de Israel. Pero Dios le dijo:

«No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón».

Cuando pasaron los siete hermanos, Samuel pidió a Jesé que trajera al más pequeño que estaba en el campo y era pastor.

Esta es la hermosa descripción que la Escritura hace de David:

«Era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo».

Samuel, por mandato de Dios, ungió a David en medio de sus hermanos y el Espíritu del Señor invadió a David.

Salmo 22

El salmo se refiere al mismo David que fue el gran rey y pastor de Israel y, evidentemente, se refiere también al mismo Dios cuyo favor invocaron siempre los israelitas:

«El Señor es mi pastor, nada me falta».

San Pablo

Nos habla de la luz, en referencia, ciertamente, al Evangelio del día. Dice así:

«Caminad como hijos de la luz. Toda bondad, justicia y verdad son frutos de la luz.

Buscad lo que agrada al Señor sin actuar según las obras de las tinieblas».

Termina el apóstol diciéndonos:

«Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz» (Ef 5,14).

 Versículo de aclamación

La liturgia nos invita a recordar una vez más la definición que Jesús dio de sí mismo:

«Yo soy la luz del mundo: el que me sigue tendrá la luz de la vida».

Que estas palabras nos ayuden a sacar todo el fruto que nos ofrece el capítulo 9 de San Juan que hoy domingo meditamos.

 Evangelio

San Juan nos ofrece hoy el ejemplo, muy hermoso, de un joven ciego que se lo jugó todo por Jesús.

Los discípulos, siempre curiosos, preguntan al Señor:

«¿Maestro, quién pecó: este o sus padres para que naciera ciego?».

Esa es una reflexión frecuente también entre nosotros que queremos conocer la causa de los pecados de otros.

Jesús aclara que ni él ni sus padres pecaron, sino que está ahí para que «se manifiesten en él las obras de Dios».

A través de este párrafo, San Juan nos presenta muchas veces, la belleza y fecundidad de la luz y lo más hermoso que dice Jesús de sí mismo:

«Mientras estoy en el mundo soy la luz del mundo».

Jesús hace un milagro especial:

«Escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos» y le dijo que se lavara en la piscina de Siloé.

«Él fue, se lavó y volvió con vista».

Todos estaban muy admirados, pero los fariseos no podían aceptar ese milagro tan patente.

Molestan al joven y quieren que niegue la veracidad del milagro. El joven hasta el final defendió la verdad de la curación de Cristo.

Aquellos hombres envidiosos expulsaron de la sinagoga al muchacho. Jesús le sale al encuentro y le revela toda su grandeza:

«¿Crees tú en el hijo del hombre?

- ¿Y quién es, Señor para que crea en Él?

- Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».

El joven se postró ante Él diciendo: «Creo, Señor».

El muchacho recuperó la vista y los fariseos siguieron ciegos.

 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

11 de marzo de 2023

¿DIOS ESTÁ CON NOSOTROS O NO?


El título corresponde al grito del pueblo de Israel cuando moría de sed en el desierto y clamó a Moisés:

«¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?»

  • Éxodo

En el desierto el pueblo de Israel pasó muchas incomodidades. Una de las peores fue, sin duda, la sed en aquel desierto abrasador.

Moisés tuvo que conseguir de Dios el agua.

El Señor le dijo:

«Lleva en tu mano el cayado con que golpeaste el río y vete, que allí estaré yo ante ti sobre la peña, en Horeb. Golpearás la peña y saldrá de ella agua para que beba el pueblo».

Y de la roca brotó agua abundante.

  •  Salmo 94

En el ambiente desértico que acabamos de ver, el salmista nos invita hoy a la penitencia y arrepentimiento:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras».

  • San Pablo

El apóstol nos habla hoy de una manera concreta y profunda de las tres virtudes teologales. Meditemos.

Por medio de nuestro Señor Jesucristo hemos obtenido la fe:

«Por Él hemos obtenido, con la fe, el acceso a esta gracia en que estamos y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Y la esperanza no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado».

  • Versículo de aclamación

Nos invita a hacer un acto de fe en Jesús, en este precioso domingo:

«Señor, tú eres de verdad el Salvador del mundo. Dame agua viva. Así no tendré más sed».

  • Evangelio

San Juan nos lleva al pozo de Jacob que está cerca del pueblito de Sicar.

Jesús dice a la samaritana:

«Dame de beber».

Es el Creador de todos los manantiales el que pide agua a una mujer sencilla que va con su cántaro por el agua de la semana.

Empezar la conversación pidiendo, crea fácilmente un clima de cercanía. Que nos pidan nos toca el corazón. La mujer se extraña.

Jesús le abre el horizonte:

«Si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber, tú me pedirías a mí».

Amigo, ¿tienes sed de felicidad, pero de una que no acabe nunca? La samaritana sí.

Muy extrañada le dice a Jesús: no tienes ni cubo ni soga.

Jesús le dice:

«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá, dentro de él, en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».

La samaritana:

«Señor, dame esa agua; así no tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla».

El mismo Dios desde el interior de la mujer hace que la samaritana tenga sed de esa agua viva, como insinúa san Agustín.

Jesús, buscando la conversión total de la samaritana, le advierte que el Mesías que ella espera lo tiene delante:

«Soy yo, el que habla contigo».

Llegan los discípulos y la mujer se escabulle y corre como misionera al pueblo, olvidando el agua que tenía en su cántaro.

Esta conversación quitó el apetito a Jesús, pero los discípulos no entendieron hasta que vieron que los hombres de Sicar llegaban para pedirle que se hospedara en su pueblo.

El resultado de este magnífico diálogo de Jesús con la samaritana lo encontramos en las palabras que los hombres del pueblo le dijeron a ella:
«Ya no creemos por lo que tú dices. Nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es de verdad el Salvador del mundo».

 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

4 de marzo de 2023

LA BELLEZA DE JESÚS - SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

La liturgia nos invita a salir en pos de Jesucristo para contemplar su transfiguración precisamente en este segundo domingo de cuaresma

¿Por qué lo hace?

Sigamos las distintas lecturas y nos daremos cuenta de que se trata de imitar a Jesús que sale del seno del Padre para estar con nosotros y traernos la salvación.

Con su transfiguración quiere recordarnos que, si salimos nosotros de nuestros intereses, de nuestros vicios y pecados, seremos también un día transfigurados y convertidos en su propia imagen.

De todas maneras, es bueno que, una vez más, recordemos que la transfiguración viene a ser un milagro al revés, porque Jesús debería trasparentar continuamente en su cuerpo la gloria de su persona divina, y, sin embargo, la tiene oculta en un cuerpo humano como cualquier hombre y solo la manifiesta en algún momento concreto como vemos en este domingo.

  • Génesis

«El Señor dijo a Abram: Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré».

Dios le hace unas promesas maravillosas. Lo más interesante es que siendo ya de edad avanzada y su mujer estéril, le promete hacer de él un gran pueblo y darle toda clase de bendiciones.

No sabemos qué pensó Abraham porque el Señor no le concretó nada.

No le dijo a qué tierra debía ir ni cómo iba a ser su descendencia.

Lo que sí sabemos es que era un hombre de fe, modelo para todos y que simplemente se «marchó como le había dicho el Señor».

  • Salmo 32

El salmista proclama la Palabra del Señor como muy sincera y consecuente con todas sus acciones para con el hombre:

«Dios ama la justicia y el derecho y su misericordia llena la tierra».

Por otra parte, invitando a la respuesta de cada uno, nos dice:

«Nosotros aguardamos al Señor: Él es nuestro auxilio y escudo».

Por eso pedimos: «Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti».

  • San Pablo

Dios «nos salvó y nos llamó a una vida santa». Y esto, no porque nosotros tengamos grandes méritos, sino por una disposición divina por la cual «Dios dispuso darnos su gracia por medio de Jesucristo».

Esta gracia se ha manifestado, de hecho, cuando «apareció nuestro Señor Jesucristo que destruyó la muerte y sacó a luz la vida inmortal por medio del Evangelio».

La grandeza de este Jesús la veremos en el Evangelio de hoy.

  • Versículo de aclamación

Recoge lo que es el corazón del Evangelio de este día:

«En el esplendor de la nube (símbolo del Espíritu Santo) se oyó la voz del Padre: “este es mi Hijo, el amado: escuchadle».

  •  Evangelio

Nos encontramos en el monte Tabor con tres escenas de tres personajes cada una:

+ En la primera Jesús, hermoso y transfigurado, con los grandes representantes del Antiguo Testamento, Moisés y Elías, que conversan sobre la muerte de Jesucristo.

+ En la segunda, los tres predilectos: Pedro, Santiago y Juan, que admiran la escena y «caen de bruces llenos de espanto». Y Pedro, como fuera de sí, exclama:

«Señor, qué bien se está aquí.

Si quieres haré tres tiendas. Una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

+ La tercera escena nos presenta a la Santísima Trinidad: en la nube está simbolizado el Espíritu Santo, el Hijo está transfigurado y el Padre deja oír su voz y nos da su gran mandato:

«Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo».

Al bajar del monte, para que los discípulos entendieran la lección, Jesús les advierte que deben guardar secreto lo que han visto y tener presente que, antes de su glorificación, tiene que ser ajusticiado y resucitar.

Que el recuerdo de la transfiguración de Jesús nos ayude también a nosotros a caminar con esperanza por la cuaresma a la pascua.

 

José Ignacio Alemany Grau, obispo