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24 de julio de 2015

Reflexión homilética para el XVII domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B

DE LOS PANES DE ELISEO A LOS PANES DE JESÚS

No sé hasta qué punto conoces la cantidad de milagros que hizo Eliseo.
Antes de recordar el milagro hizo este gran taumaturgo (hombre que hace milagros) y que nos cuenta hoy la liturgia, te recuerdo un par de ellos.
La comunidad de los profetas tenía que comer y Eliseo dijo a su criado:
Coloca la olla grande y cuece un potaje para la comunidad de los profetas. Uno fue a recoger hierbas al campo y metió calabazas silvestres hasta llenar sus vestidos. Las metió en la olla, sirvieron y los comensales gritaron: ¡muerte en la olla hombre de Dios, muerte! y no pudieron comer. Eliseo mandó: Tráiganme harina, la echó en la olla y estaba riquísima.
Otra vez le dijeron a Eliseo: el agua de la ciudad está mala y la tierra lo aborta todo.
Eliseo mandó: tráiganme una olla nueva y pongan sal en ella.
Roció el manantial con la sal y dijo: he sanado esta agua y ya no surgirá de aquí muerte y esterilidad. Y el agua estaba riquísima.
*    Bueno, pues, de este hombre nos dice hoy la liturgia:
Un hombre trajo a Eliseo del pan de la primicia, veinte panes de cebada. El profeta dijo:
“Dáselos a la gente, que coman. El criado replicó: ¿qué hago yo con esto para cien personas? Eliseo insistió: dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: comerán y sobrará. Lo sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor”.
Seguro que este relato te recuerda otro de la vida de Jesús.
Y así es, ciertamente.
*    Hoy, dentro del ciclo B, Marcos nos deja unos días para dar paso al Evangelio de Juan que poco a poco la liturgia nos va leyendo a lo largo del año (ten en cuenta que son tres ciclos y cuatro evangelistas).
Pues bien, Juan en el capítulo 6, que hoy empezamos y seguiremos leyendo las próximas semanas, nos cuenta cómo Jesús subió a la montaña y se sentó con sus discípulos.
El Señor, levantando los ojos, vio que venía toda una multitud y dijo a Felipe:
“¿Con qué compraremos panes para que coman estos?”.
Advierte San Juan que se trataba de una prueba que le ponía Jesús, porque ya tenía pensado lo que iba a hacer.
Andrés, el hermano de Pedro, aporta una posibilidad que él mismo ve que es insuficiente:
“Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero ¿qué es esto para tantos?”.
Me imagino que los panes de cebada te recordaron a los panes de Eliseo y la respuesta de los apóstoles, la que dio el hombre que traía los panes de la primicia.
Juan nos cuenta esto de la multiplicación de los panes para prepararnos así al “sermón del pan de vida” que nos contará en el mismo capítulo.
De esta manera la gente que le oirá después en la sinagoga de Cafarnaúm, tendrá una oportunidad para pasar de la multiplicación de los panes de cebada a la multiplicación del pan eucarístico.
Jesús mandó que la gente se sentara en el suelo y precisamente las palabras que emplea el evangelista, recuerda lo que oímos en la Santa Misa antes de la consagración.
“Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados y lo mismo todo lo que quisieron del pescado”.
*    Cuando estaban todos bien satisfechos Jesús mandó recoger los pedazos que habían sobrado, pero con más abundancia que en el caso de Eliseo.
La liturgia nos invita a dar gracias con el salmo 144 que meditamos hoy:
“Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles… Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo; abres tú la mano y sacias de favores a todo viviente”.
*    La lectura de la carta a los Efesios es una invitación de Pablo para que vivamos según pide la vocación que nos regaló el Señor.
Para ello nos ayuda con estos consejos importantes que debemos practicar:
“Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor…”
Y a continuación nos recuerda que todos debemos vivir esta unidad dentro del Cuerpo de Cristo porque todos tenemos “un Señor, una fe un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo y lo penetra todo y lo invade todo”.
*    El verso aleluyático nos recuerda unas palabras que según San Lucas dijo el pueblo cuando Jesucristo resucitó al hijo de la viuda de Naín:
“Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo”.
A lo largo de la historia de salvación, Dios ha suscitado muchos profetas. Hoy hemos recordado a Eliseo, pero entre todos ellos el mayor es Jesús.
No olvides, amigo, que según nos enseña la fe, tú has sido configurado con Cristo profeta. Su vida es tu ejemplo.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

1 de agosto de 2014

XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A

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Foto de: Aquí
El profeta Isaías hace una extraña invitación:

“Oíd sedientos todos acudid por agua, también los que no tenéis dinero. Venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde”.

Es claro que podríamos dar algunas interpretaciones pero podemos fijarnos en los regalos que nos da el Señor, sobre todo en la Eucaristía donde podemos comer ese pan de Cristo transformado en su Cuerpo y en su Sangre, por supuesto sin pagar, y tener la seguridad de que el Señor, a través de esa Eucaristía de la nueva y eterna alianza “sellará con nosotros alianza perpetua”.

Qué pena que tantos cristianos rechacen la Eucaristía y no quieran comer este pan abundante y generoso con que nos alimenta el Señor Jesús.

Tú, amigo, comulga siempre que puedas.

Te harás fuerte para glorificar a Dios y servir a los hermanos.

El salmo responsorial nos muestra también esta generosidad del Señor que debemos meditar con frecuencia “abres tú la mano y nos sacias de favores… cerca está el Señor de los que lo invocan. 

De los de lo invocan sinceramente”.

El verso aleluyático nos invita a pensar en el otro alimento espiritual que Dios nos da y es su Palabra:

“No sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

Esto viene a ser también como un complemento del milagro de Jesús que nos cuenta san Mateo.

Todos los detalles son interesantes.

Por una parte, Jesús “huye” en una barca buscando un lugar tranquilo, después de enterarse de que Herodes había matado al Bautista.

El pueblo, sin embargo, lo sigue, hambriento de su palabra.

Los discípulos al ver que atardece y que la gente tiene hambre, piden a Jesús que los despache de una vez.

Jesús, sin embargo, le responde de una manera humanamente incomprensible:

“No hace falta que se vayan, dadle vosotros de comer”.

Seguro que los dejó desorientados porque ellos no tenían ni para el grupito.

“No tenemos más que cinco panes y dos peces”.

Jesús los pide, los multiplica y con aquel poco de pan y peces hace que todos coman “hasta quedar satisfechos y recogieron todavía doce cestos llenos de sobras”.

Gran milagro. Con cinco panes y dos peces comen cinco mil hombres sin contar mujeres y niños que sin duda serían mucho más numerosos que los hombres.

Esta multiplicación del pan evidentemente es otro signo de la Eucaristía y es que Dios se ha ingeniado para unirnos a Él a través de Jesucristo, cueste lo que cueste. ¡Dios nos amó en Cristo!

Siendo consecuentes tenemos que permanecer siempre unidos a Cristo y por Él a Dios.

San Pablo en la carta a los Romanos (y después de explicarnos la presencia del Espíritu Santo en nosotros) nos invita a ser fieles y permanecer con Cristo:

“¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?”

Y nos presenta todas las posibilidades que encontramos en la vida:

“¿La aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?”

Pablo lo tenía claro y quiere compartírnoslo para que sea una realidad también en nuestra vida:

“En todo esto vencemos fácilmente por Aquél que nos ha amado”.

Es importante tener en cuenta que no es por el amor que nosotros tenemos a Dios sino por el amor que Él nos tiene por lo que encontramos nuestra seguridad.

Será bueno que hagamos nuestras también estas preciosas palabras que son la confesión de fe y del amor del gran “Apóstol de los gentiles”:

“Estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro”.

¡Qué bella lección de amor la que nos da san Pablo!

Con todo esto debemos aprender que si aprovechamos los dones del Señor, sobre todo la Palabra de Dios y la Eucaristía, podremos estar seguros de que tampoco a nosotros nada ni nadie podrán separarnos del amor que la Santísima Trinidad nos ha manifestado en Jesucristo.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

26 de julio de 2012

XVII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

¡SÍ HAY PAN!... ¡FALTA HAMBRE!

En nuestras reflexiones estamos en la fe. Desde ella compartimos las enseñanzas de hoy.

En la Biblia encontramos el regalo de Dios en el pan material (por pan se entiende los alimentos que necesitamos)y en el pan espiritual que nos regala la providencia divina.

Hoy vemos cómo Dios nos cuida a través del pan de cada día.

Comencemos recordando unos textos que nos hablan de cómo Dios cuida y alimenta a sus criaturas:

El salmo 145 nos dice: “Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo; abres tú la mano y sacias de favores a todo viviente”.

En el 104, leemos: “Todos aguardan a que les eches comida a su tiempo. Se la echas y la atrapan; abres tu mano y se sacian de bienes”.

También en el salmo 110: “Él da alimento a sus fieles recordando su santa alianza”.

Por su parte San Mateo nos enseña: “No andéis agobiados pensando qué vais a comer o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso”.

Sin embargo, siempre hay momentos especiales en los que se hace patente esa providencia de Dios.

Hoy el II Libro de los Reyes nos cuenta cómo Eliseo, que a mi modo de ver es el profeta del Antiguo Testamento que hizo más milagros, multiplicó los panes.

Un buen día llega un hombre con las primicias que manda la ley. Trae veinte panes de cebada. El profeta le dice:

- “Dáselos a la gente, que coman.

El criado se asusta y le dice:

- ¿Qué hago yo con esto para cien personas?

Eliseo insiste:

- Dáselos a la gente, que coma. Porque así dice el Señor: comerá y sobrará”.

Comieron, se hartaron y sobró.

Seguramente que tú, amigo lector, estás pensando que Jesucristo hizo un milagro más grande. Precisamente éste es el milagro que nos va a contar hoy San Juan.

Conviene que adviertas que San Marcos, el compañero del ciclo B, se ha tomado unos días de vacaciones para dejar paso al cuarto evangelista, en su capítulo 6.

Hay una multitud.

Los apóstoles preguntan a Jesús qué van a hacer con ellos. Están hambrientos y en descampado.

Según los cálculos humanos, con doscientos denarios no habría ni un pedazo de pan para cada uno.

Andrés, un poco más práctico, le dice a Jesús:

“Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?

Jesús manda: decid a la gente que se siente en el suelo”.

Precioso lugar, cerca del lago, en la fértil Galilea. Verdor y frescura en el atardecer.

Sólo hombres eran unos cinco mil los que se sentaron en el suelo.

“Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado.

Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.

Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron de lo que habían comido”.

Ante tanto regalo de Dios, el salmo nos invita a repetir: “abres tú la mano, Señor, y nos sacias”.

Por su parte el versículo del aleluya nos recuerda las palabras de San Lucas (7,16): “Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo”. Esto coincide exactamente con el comentario con el que San Juan termina el relato del Evangelio de hoy: “Éste sí que es el profeta que tenía que venir al mundo”.

San Pablo nos da unos consejos muy prácticos,para que vivamos la vocación bautismal que hemos recibido todos.

Será bueno que meditemos cómo llevamos sus palabras a nuestra vida:“Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor.

Esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.

Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo.

Un Dios, Padre de todos, que lo trasciende todo y lo penetra todo y lo invade todo”.

Jesús se va hoy con un secreto en el alma, un secreto de amor que se queda para la próxima semana.


***

Termino deseándoles a todos lo mejor en estos días de Fiestas Patrias y enviándoles un gran abrazo:
¡FELIZ 28! ¡FELICES FIESTAS PATRIAS!

28 de julio de 2011

XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A

¡¡¡COMAN SIN PAGAR!!!
El título es un poco llamativo pero, profundizando en las lecturas de este día, podremos entender de qué se trata y al final terminaremos pensando que también son para nosotros estas palabras de Jesús: “Den gratuitamente lo que gratis han recibido”.
La primera lectura de hoy se refiere, evidentemente, a los tiempos mesiánicos.
En ella hay una invitación a todos los necesitados: “Oigan, sedientos todos, acudan por agua, también los que no tienen dinero. Vengan, compren trigo y coman sin pagar vino y leche de balde”.
La mayor parte de los hombres gastamos el dinero en cosas que no llenan ni el cuerpo ni el alma. Pero Dios nos ofrece algo siempre mejor. Acoger a Dios, escucharle, nos dará vida. Son las promesas de siempre que nos enriquecen.
Por eso, el salmo responsorial nos invita repetir esta oración a Dios:
“Abres la mano y nos llenas de favores”.
Hay que recalcarlo y la liturgia lo repite muchas veces: “El Señor es clemente y misericordioso… el Señor es bueno con todos… abre la mano y sacia de favores a todo viviente”.
¿Has pensado muchas veces que el Señor está siempre cerca de los que le invocan con sinceridad y no con palabras vacías o actitudes de pedir a Dios, buscando la seguridad en el bolsillo de los hombres?
San Pablo, consciente del amor de Dios que nos amó y al que amamos, se siente plenamente seguro de sí mismo porque confía en su actitud con el Señor, sobre todo de su confianza en Él. Por eso nos invita a repetir con la seguridad del que ama y se siente amado:
“¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?”
¿El terrorismo, el odio, las pandillas, la pobreza, las angustias, las persecuciones, las calumnias, la enfermedad…?
Vean con qué libertad de espíritu dice San Pablo:
“En todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos amó”.
Y es que la seguridad de Pablo no está en él mismo, ni quiere tampoco nos fiemos de nosotros mismos. Nuestra seguridad viene del amor que Dios nos ha manifestado al entregarnos a Cristo Jesús.
Con Jesús nos llegó todo. La salvación y todos los medios que necesitamos para llegar a ella. Especialmente la Eucaristía que nos da a todos una gran seguridad.
Y con la Eucaristía tenemos siempre también la Palabra de Dios que es alimento transformante y al mismo tiempo certeza de salvación.
Por eso, en el salmo aleluyático vamos a escuchar una vez más:
“No sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
Como símbolo de este alimento y regalo, el Evangelio nos recuerda la multiplicación de los panes.
Se trata de una comida gratuita y abundante.
Gratuita, porque no hizo falta ir a comprar el pan al pueblo vecino y abundante porque se saciaron todos y pudieron recoger doce cestos llenos de sobras, a pesar de que fueron miles los que comieron.
San Mateo nos advierte que Jesucristo quiso probar a sus apóstoles para ver qué se les ocurría y cuál era la mejor forma de saciar el hambre de aquellas personas que, hambrientas del pan de la palabra, habían olvidado llevar su fiambre.
Como es lo normal, a los apóstoles lo único que se les ocurrió fue decir a Jesús:
“Despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer”.
Esto es lo de siempre, lo que se nos ocurre a todos.
Pero Jesús era original, tenía poder y sobre todo tenía amor.
La primera pregunta del Maestro busca probar la fe:
“No hace falta que vayan, denles ustedes de comer”.
La lógica humana de los apóstoles fue contestar, casi con ironía, “no tenemos más que cinco panes y dos peces”.
La disponibilidad de ellos, al presentar su limitada pobreza, le bastó a Jesús que dio de comer gratuitamente a todos.
Sabemos que muchas personas tienen hambre del pan del día, pero que son todavía muchas más, las que tienen hambre de Dios, es decir, las que padecen una sed de eternidad.
A todos ellos debemos ofrecerles el pan de Dios. Sin embargo, tengamos presentes dos preguntas:
¿Aprovechamos la oportunidad de comer sin pagar todo lo que Dios nos ofrece, sobre todo el pan de la Palabra y el pan de la Eucaristía?
Y en segundo lugar, ¿tenemos presente el pedido de Jesús: “Denles ustedes de comer”, ayudando a tantas personas que no conocen ni el pan de Dios ni el pan de su Palabra?
Porque no debes olvidar de que si eres bautizado, eres misionero.

José Ignacio Alemany Grau, Obispo