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16 de septiembre de 2017

PERDONA Y TE PERDONARÁN


Reflexión homilética para el XXIV domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A
Con las lecturas de hoy la liturgia nos da una enseñanza sencilla que nos cuesta practicar porque somos orgullosos.  No soportamos la humillación porque somos creídos y nos duele que “un cualquiera” se atreva a herir nuestra fama, nuestros intereses, nuestros gustos y planes e incluso nuestros caprichos.
Por algo insistía Jesús en que le imitemos porque Él es “manso y humilde de corazón”.
Veamos las enseñanzas de hoy.
*       El Eclesiástico
Nos da una serie de consejos para conseguir el perdón de Dios. Todos ellos, en realidad, se reducen al tema central del día:
“Perdona la ofensa a tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”.
Hace además una reflexión que parece de sentido común:
¿Cómo pedir perdón a Dios si no se perdona al prójimo?
“No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados?”
Y termina diciendo: “recuerda los mandamientos y no te enojes con tu prójimo, (recuerda) la alianza del Señor y perdona el error”.
*       El salmo 102
El salmo responsorial nos enseña que Dios es misericordioso y debemos aprender de Él teniendo misericordia con el prójimo:
“El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia”.
Meditemos que la actitud de Dios frente a los pecados de los hombres es perdonar, fruto de su bondad y compasión:
“Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; Él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura… No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo”.
El salmo resalta, a continuación, que Dios no es como nosotros y “no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas”.
*       San Pablo a los Romanos
No somos señores unos de otros.  Tampoco somos señores de nosotros mismos.
Solo hay un Señor, Dios que se hizo hombre para redimirnos del pecado y conseguir que todos los hombres seamos sus servidores para felicidad nuestra.
Nuestro Redentor es el dueño de todo. Él quiso redimirnos porque sabe mejor que nosotros que solo en Él encontramos la verdadera felicidad.
Por eso “en la vida y en la muerte somos del Señor”.
El único dueño del mundo es Dios. Él solo tiene la paz, la alegría y el gozo que buscamos.
¡Que Él sea también nuestro único Señor!
*       Versículo aleluyático
Este versículo nos lleva a la plenitud del amor para con el prójimo.
Antes de Jesús la ley mandaba “amar al prójimo como a ti mismo”.
Con Jesús el amor, que llama “mi mandamiento” es mucho más profundo: “que os améis unos a otros como yo os he amado”.
¿Por dónde andas amigo? ¿Por el Antiguo Testamento o por el Nuevo, el de Jesús?
*       El Evangelio
Pedro preguntó a Jesús:
“Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le he de perdonar? ¿Hasta siete veces?”
Jesús le responde:
“Setenta veces siete” que no es cuatrocientos noventa… sino “siempre”, por el simbolismo de los números ya que sabemos que el siete indica perfección y plenitud.
La caridad es esencial en el Reino de Jesús.
Gustemos la parábola de hoy.
Jesús exagera para que entendamos la diferencia entre el amor de Dios al hombre y el amor del hombre a otro hombre.
Te invito a fijarte en dos cosas concretas:
+ La frase “ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.
+ La diferencia entre diez mil talentos (una millonada) y cien denarios (sueldo de cien días para un obrero).
El Señor tiene compasión de su primer servidor y le perdona todo. En cambio él frente a las mismas palabras que le dijo el consiervo, no fue capaz de perdonar unos centavos y lo mandó a la cárcel.
Jesús quiere que aprendamos de Dios cómo debemos tratar a los hombres.
La última frase de la parábola es muy importante:
“Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.
Todo esto nos invita a recordar la oración de Jesús:
“Perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

11 de septiembre de 2014

XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A

490 VECES
Hoy también comenzamos nuestra reflexión por el Evangelio de Mateo y con una pregunta bastante original de Pedro, a quien le debieron salir en aquel momento las raíces de judío:

- “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?”

Y exagerando en su imaginación y creyéndose demasiado generoso, añade esta pregunta:

- “¿Hasta siete veces?”

Posiblemente con mucha compasión para con Pedro, Jesús le contestó:

Pedro, que no has entendido…

- “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.

No se refiere Jesús a cuatrocientas noventa veces, sino a algo distinto; y lo explica con esta parábola.

Un gran empresario a quien un criado le debe una fabulosa cantidad que viene expresada por diez mil talentos que suponen millones, exige que se le pague.

El tal siervo no tenía con qué pagar y “el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones y que pagara así”.

Ahora te voy a presentar las palabras exactas para que hagas el favor de fijarte unas líneas más abajo y verás cómo Jesús repite la escena en un contraste fabuloso. En él veremos la grandeza del corazón de Dios y la pequeñez del corazón del hombre:

“El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten piedad conmigo y te pagaré todo”.

La respuesta del señor aquel es maravillosa: “El señor tuvo lástima del empleado y le dejó marchar perdonándole toda la deuda”.

Ahora sí que tenemos que poner un punto muy aparte, por cierto.

Fíjate bien en la ruindad que llevaba dentro aquel hombre, aunque estaba feliz, sin duda, por haber sido perdonado:

¿No seremos así muchas veces nosotros?

“Al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios”.

Jesús extrema las cantidades entre millones y cien denarios que era lo correspondiente a cien días de trabajo de un obrero.

“Agarrándolo, le estrangulaba diciendo: ¡págame lo que me debes!”

Fijémonos, ahora sí, en las palabras literales que dice Jesús:

“El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:

Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.

Como te has fijado es literal. Es exactamente lo que el empleado dijo a su señor.

Ahora viene la ruindad entre compañeros.

“Se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía”.

Por suerte, en aquel momento los compañeros supieron pedir justicia a su señor ya que “al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo”.

Desde ahora aprendamos la lección con que va a terminar Jesús su parábola, porque es una de las cosas que menos cumplimos los cristianos en la vida diaria:

“¡Siervo malvado!, toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero como yo tuve compasión de ti?”

Dios nos entregó a su Hijo para perdonarnos, ¿cómo es posible que no nos perdonemos unos a otros, como además nos ha enseñado Jesús en la oración del padrenuestro?

La parábola termina así:

“Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada uno no perdona de corazón a su hermano”.

Antes de continuar, lee la lectura del Eclesiástico de hoy, que se admira del que no tiene compasión de sus semejantes y pide perdón de sus pecados. Eso te ayudará a profundizar en la parábola de Jesús.

Con el salmo responsorial recordemos:

“El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia… Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades… no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas… 

Bendice alma mía al Señor y todo mi ser a su santo nombre”.

El salmo aleluyático nos recuerda el nuevo y gran mandamiento de Jesús:

“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”.

San Pablo nos explica cómo fue este gran amor de Jesús:

“Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos”.

Aprendamos de una vez que no debemos vivir para nosotros mismos, sino para este Señor que nos ha dado la vida definitiva como un regalo de su amor.

Si en algunas ciudades en la Santa Misa se recuerda hoy la Exaltación de la Santa Cruz, meditemos que ése es, precisamente, la manera cómo nos amó Jesús: Dando la vida por nosotros.
José Ignacio Alemany Grau, obispo

20 de febrero de 2014

VII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

¿QUE YO TENGO QUE SER PERFECTO?
Como no podemos pensar que Jesús, que nos quiere tanto, nos trate con ironía, quizá podemos pensar que aquel día Jesús estaba de buen humor y les dijo a los apóstoles “sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”.

- ¿Yo perfecto?

- ¿Y tú también?

Y no sólo eso, sino que además, dice: “perfectos como su Padre celestial es perfecto”.

O sea que Jesús te pide que te parezcas a Dios.

Bueno pues, así está en el Evangelio, según nuestro compañero de viaje de este ciclo A, san Mateo. 

Pero no es la única vez que aparece esta idea en la Biblia.

Más bien, nos lleva incluso a pensar en el mismísimo Abraham a quien Dios parece que le adelantó las palabras del Evangelio (Gn 17,2): 

“Yo soy Dios todopoderoso, camina en mi presencia y sé perfecto”.

El Levítico nos pide también: 

“Porque yo soy el Señor, vuestro Dios; santificaos y sed santos pues yo soy santo” (11,44).

O ésta: “Sed santos porque yo el Señor, vuestro Dios, soy santo” (19,2).

O esta otra llamada a la santidad: 

“Sed para mí santos porque yo, el Señor, soy santo y os he separado de los demás pueblos para que seáis míos” (20, 26).

Pero no queda eso ahí, ya que san Pedro (1P 15,16), recogiendo las palabras del Levítico, nos dice:

“Lo mismo que es Santo el que os llamó, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta, porque está escrito: Seréis santos porque yo soy Santo”.

He querido recoger estos textos para ayudarte a entender mejor qué es lo que quiere Dios de cada uno de nosotros precisamente porque nos ama. 

Ya que estamos tratando este tema, te invito a leer el capítulo 5 del documento del Vaticano II, Lumen Gentium (42) y allí encontrarás algo que suena bastante fuerte y práctico:

“Quedan, pues, invitados y aún obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado”.

Y antes de seguir adelante, te aconsejo, según lo que acabas de leer que, si estás casado no pienses qué harías tú si fueras religioso y si eres religioso o sacerdote, no te ilusiones pensando qué harías si fueras laico. Cumple más bien lo que corresponde según tu propio estado de vida.

Pablo, por su parte, en la carta a los Corintios, nos invita a vivir santamente recordándonos que Dios va dentro de nosotros y ésa es nuestra fortaleza: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros”.

En cuanto al Evangelio de hoy tenemos también otras enseñanzas muy concretas que nos llevan a profundizar por dónde va la perfección del amor que nos pide Jesús mismo.

No nos pide que tengamos un poder infinito como el de Dios todopoderoso. Tampoco nos pide estar como Dios en todas partes o poseer una sabiduría infinita. Es algo mucho más simple.

Frente al “ojo por ojo” que se decía según la ley del Talión, Jesús propone “si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra…”

Frente al “amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo…” 

Jesús añade: Pero “yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos”.

Está bien claro que no se trata de saludar, ayudar y hacer el bien sólo a los amigos sino (¡y es la gran diferencia!) también a los enemigos. 

Ahí está claro lo que nos pide Jesús hoy para que imitemos a su Padre. 

Imitemos a Dios que da el agua y el sol a buenos y malos porque para Él todos son sus hijos. 

Esto es lo que, según san Pablo (Rm 5,8), hizo Dios por nosotros: “nos mostró su amor en que siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros”.

La muerte de Cristo es una manifestación inaudita del amor del Padre y del Hijo, que también san Pablo nos invita a meditar.

El salmo responsorial, por su parte, nos está recordando la misericordia infinita de Dios: “el Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas”.

Y termina nuestro salmo (102) con estas bellísimas palabras: 

“Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles”.
José Ignacio Alemany Grau, obispo

13 de junio de 2013

XI Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

TODO ES MISERICORDIA

Hoy vamos a reflexionar sobre los mensajes de cada una de las lecturas.

La primera nos presenta el gran pecado de David. 

Mandó colocar a Urías en el sitio más peligroso de la batalla y en un momento lo dejaron solo para que lo mataran los amonitas.

Esto se hizo por mandato del rey David que quería casarse con su mujer Betsabé.

Dios envía a Natán que, de una manera muy dura, le hacer ver que su pecado sería castigado.

David, sinceramente arrepentido, dice al profeta Natán:

“He pecado contra el Señor”.

Es bueno que aprendamos que, siempre que hay buena voluntad, el perdón de Dios va por delante. Por eso el profeta le dice: “el Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás”.

En ese momento brota del corazón del real profeta, el salmo 50 tan conocido por todos nosotros y tan rezado dentro de la Iglesia:

“Misericordia, Dios mío, por tu bondad. Por tu inmensa compasión borra mi culpa”.

Su arrepentimiento, por tanto, le consiguió el perdón de Dios y al mismo tiempo nos enseñó a todos cómo debemos arrepentirnos de corazón después de nuestros pecados.

Como todos somos pecadores, la liturgia nos invita a repetir, en el salmo responsorial: 

“Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado”.

Del mismo salmo 31 tomamos estas ideas:

“Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: “confesaré al Señor mi culpa”, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado”.

El mismo salmo, nos habla de la alegría que produce el verdadero arrepentimiento que nos justifica: 

“Alegraos, justos, y gozad con el Señor; aclamadlo, los de corazón sincero”.

Posiblemente esto mismo quiere decir David en su salmo 50: 

“Devuélveme la alegría de tu salvación”.

En la segunda lectura san Pablo nos hace ver que solo en Jesucristo podemos encontrar esta misericordia de Dios:

“Por eso hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo… Mientras viva en esta carne, vivo de la fe del Hijo de Dios que me amó hasta entregarse por mí”.

Cuántas veces hemos oído repetir, y quizá hemos dicho nosotros mismos con emoción las mismas palabras de Pablo, que él se las aplicaba a sí mismo. 

El Evangelio de Lucas nos presenta un hecho de la vida de Jesús en el que aparece la bondad y misericordia de Jesucristo. Recordemos.

Simón el fariseo invita a Jesús a comer. Posiblemente quería que en todo el pueblo se hablara de que Jesús, el gran profeta, había ido a comer con él.

De repente una mujer entra en la casa y sin avisar se postra a los pies de Jesús, llora sobre ellos, los besa y los unge con ungüento.

El fariseo empieza a sospechar de Jesús, sin decir nada:

“Si éste fuera profeta sabría quién es esta mujer que lo está tocando”.

Jesús le presenta una breve parábola:

“Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos le amará más?”

La aplicación era clara y Jesús la concreta, dejando mal parado a Simón porque no había cumplido con Él las costumbres de todo buen anfitrión judío.

La mujer le lavó los pies, lo enjugó con su cabello y lo besó. Simón, en cambio, ni le lavó los pies ni se los secó ni le dio el ósculo de la paz.

Luego Jesús se vuelve a la mujer y con gran escándalo, por parte de todos, le dice:

“Tus pecados están perdonados”.

La misericordia se impone a todos los chismes y malos pensamientos de los que estaban allí presentes.

De esta manera queda perdonada la mujer, demuestra Jesús que es verdadero profeta, contra la opinión de Simón el fariseo, e incluso Jesús se presenta como enviado de Dios que puede perdonar los pecados.

La conclusión llenó de paz a la mujer: 

“Tu fe te ha salvado, vete en paz”.

Al final del párrafo evangélico de hoy Lucas (nuestro compañero del ciclo C y el que más habla de las mujeres en su Evangelio) nos presenta a Jesús “acompañado por los doce y algunas mujeres que Él había curado de malos espíritus y enfermedades: María Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana… Susana y otras muchas que le iban ayudando con sus bienes”.

Con esto se confirma que, en realidad, las mujeres han sido siempre más sensibles a la gracia de Dios y al seguimiento de Jesucristo.

Pero también queda claro que Jesús vino como misericordia de Dios para todos.

José Ignacio Alemany Grau, obispo