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26 de mayo de 2016

EL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

*        La oración colecta de hoy no es dirigida al Padre, como son la mayoría.
En ella invocamos a la segunda Persona de la Santísima Trinidad y por eso la conclusión de la misma es así:
“Tú que vives y reinas con Dios Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios por los siglos de los siglos”.
Como ves, de todas formas la oración es trinitaria.
Esta oración de la solemnidad de hoy te la conoces bien porque al terminar la exposición del Santísimo, se reza antes de la bendición:
“Oh Dios que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu cuerpo y de tu sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención”.
Son pequeños detalles pero creo que, si nos fijamos en ellos, gozaremos con las muchas enseñanzas de la liturgia.
*        La primera lectura nos habla de un momento muy especial en el que por primera y única vez en la Biblia aparece un sacerdote totalmente desconocido que, en lugar de ofrecer víctimas como todos los sacerdotes, ofrece pan y vino.
Se trata de Melquisedec, rey de Salem.
Precisamente por este caso concreto en el salmo responsorial 109 que es un salmo mesiánico, le aplicaremos a Jesús estas palabras:
“Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec”.
Este episodio es el que comenta también la carta a los Hebreos largamente, refiriéndolo a Jesucristo.
Si quieres un detalle más de esta lectura, en el texto no se dice Abraham sino Abram.
Será a partir del capítulo 17,5 del Génesis cuando Dios le diga:
“Serás padre de muchedumbre de pueblos. Ya no te llamarás Abram sino Abraham porque te hago padre de muchedumbre de pueblos”.
*        En la carta de Pablo a los corintios el apóstol recoge la tradición que había recibido de la comunidad cristiana.
Esto nos hace pensar, una vez más, en la importancia de la tradición que es anterior a la Escritura:
“Yo he recibido una tradición que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido”.
En efecto, Evangelio y cartas se escribieron años después de la resurrección de Jesús y parte de esta tradición es la que fue recogiendo la Escritura en el Nuevo Testamento.
Fíjate cómo esta lectura relata la institución de la Eucaristía con una estructura muy similar a la que escuchamos cada día en la Santa Misa.
*        El Evangelio está tomado de San Lucas, nuestro compañero del ciclo C y relata la multiplicación de los panes que es también un símbolo de la Eucaristía, hecho que tratará largamente San Juan en su capítulo sexto.
Lucas relata así la parte del milagro:
“Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que los sirvieran a la gente”.
Puedes fijarte en la alusión a la Eucaristía que hay en los verbos que se emplean:
Tomar, bendecir, partir y servir.
Por ejemplo, en la primera plegaria del Misal se dice:
“Elevando los ojos al cielo, hacia ti, Dios Padre todopoderoso, dando gracias te bendijo, lo partió y lo dio a los discípulos”.
El relato termina diciendo que “comieron todos y se saciaron y cogieron las sobras: doce cestos”.
Posiblemente aquí hay una alusión a los doce apóstoles que creían imposible dar de comer a tanta gente.
*        En el versículo aleluyático las palabras de Jesús son de San Juan (capítulo 6) donde promete la vida eterna a quienes comulguen:
“Yo soy el  pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre”.
*        Como en todas las solemnidades, te invito a meditar el misterio eucarístico, tal como lo propone el prefacio del día. No dejes de fijarte siempre en ese himno de alabanza:
“El cual al instituir el sacrificio de la eterna alianza, se ofreció a sí mismo como víctima de salvación y nos mandó perpetuar esta ofrenda en conmemoración suya.

Su carne, inmolada por nosotros, es alimento que nos fortalece; su sangre, derramada por nosotros, es bebida que nos purifica”.

Terminemos recordando unos versos de este precioso himno de santo Tomás (estrofa primera y última):
“Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias.
A ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte…
Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro cara a cara sea yo feliz viendo tu gloria”.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

4 de junio de 2015

Reflexión dominical sobre el Corpus Christi, ciclo B

FIESTA DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

Hay personas que van con mucha ilusión a visitar el Santísimo Sacramento, incluso pasan tiempos largos de adoración.
Otros en cambio, ni saben el porqué de esas capillas construidas con tanto cariño para la adoración de la Hostia consagrada.
¿Por qué esos tiempos de adoración?
¿Por qué esa alegría de estar con Jesús y por qué esa ignorante indiferencia?
Lamentablemente la ignorancia es el problema más grave de los católicos.
Evidentemente que no es maldad pero sí es, muchas veces, falta de interés por conocer la fe que profesamos.
Jesús cuando celebró la última cena lo hizo para ser nuestro alimento pero también nuestro compañero.
Además también para ser la víctima que toda criatura debe ofrecer a su Creador.
La fe en esta presencia real de Jesús en la Hostia Santa, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad, es lo que constituye el motivo de la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo.
*    El prefacio de hoy nos enseña que “Jesús, al instituir el sacrificio de la eterna alianza, se ofreció a sí mismo como víctima de salvación y nos mandó perpetuar esta ofrenda en conmemoración suya.
Su carne, inmolada por nosotros, es alimento que  nos fortalece; su sangre, derramada por nosotros, es bebida que nos purifica”.
Si profundizas estas palabras descubrirás el misterio eucarístico.
Vayamos ahora a las enseñanzas de los otros textos.
*    El Éxodo nos presenta a Moisés que puso por escrito las palabras que el Señor le había revelado.
Después edificó un altar en la falda del monte y doce estelas por las doce tribus de Israel.
Y después de sacrificar distintos animales “tomó la mitad de la sangre, y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después tomó el documento de la alianza y se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual respondió: “haremos todo lo que manda el Señor y le obedeceremos”.
Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo: ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos”.
Como ves aquí se habla de la sangre de la alianza que es el símbolo de la sangre que Cristo nos dejará como alianza nueva.
*    El salmo responsorial (115) repite esta frase que nos recuerda también el cáliz consagrado en la Santa Misa: “Alzaré la copa de la salvación invocando el nombre del Señor”.
También nosotros, con el salmo, nos podemos preguntar: “¿cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?... Te ofreceré un sacrificio de alabanza invocando tu nombre Señor”.
*    La carta a los Hebreos nos presenta a Jesús como el Sumo sacerdote de los bienes definitivos que no tiene las limitaciones de los sacerdotes del Antiguo Testamento.
El autor de la carta nos enseña que si con la sangre de los machos cabríos y el rociar con las cenizas de una becerra, lo aceptaba Dios como una pequeña purificación, ahora la “sangre de Cristo que en virtud del Espíritu eterno se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo”.
Y saca la conclusión: por esta razón es Mediador de una alianza nueva: su muerte nos ha redimido de los pecados cometidos.
*    El verso aleluyático nos recuerda estas palabras del famoso capítulo 6 de San Juan en que Jesús se nos presenta como el pan de vida, que nos alimenta y nos regala la eternidad:
“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este vivirá para siempre”.
*    El Evangelio de hoy es el de San Marcos que en el capítulo 14 nos habla de la última cena:
“Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio diciendo:
-          “Tomad, esto es mi cuerpo.”
Como ves, aquí nos presenta el evangelista la consagración del pan, cuyo memorial celebramos cada vez que realizamos la eucaristía. Conviene saber que en realidad el texto de la consagración en la Santa Misa está tomado fundamentalmente del capítulo 11 de la primera carta de San Pablo a los Corintios.
San Marcos continúa:
“Y les dijo:
-          “Esta es mi sangre, sangre de la alianza derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba del vino nuevo en el Reino de Dios”.
De esta manera, en este día recordamos el misterio eucarístico que con tanto cariño conserva la Iglesia, renovando así la presencia de Jesús día a día en nuestros altares.
Este renovar el memorial, es decir, hacer presente de nuevo la conversión del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, lo hace la Iglesia en virtud del mandato de Jesús que nos recuerda San Pablo:
“Haced esto en memoria mía”.
Hoy es un día muy hermoso para todos los que amamos a Jesús. Recibámoslo con fe en la Santa Misa.
Procuremos acompañarlo en la procesión haciendo público nuestro compromiso y visitémoslo frecuentemente en los sagrarios donde se ha quedado como compañero nuestro.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

19 de junio de 2014

Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, Ciclo A

UN SUEÑO DE AMOR
Jesús está en la sinagoga de Cafarnaúm. De pronto tiene un arrebato de amor y de ilusión.
Piensa:
Ayer di de comer a cinco mil personas pan y pescado en abundancia. Daba gusto ver aquellos cinco mil hombres rodeados de sus mujeres y niños, comiendo hasta hartarse. Y sobró… y sobró…
Pero, Jesús comenzó a soñar:
Yo quiero que, a través de los siglos, las multitudes puedan comer un pan mejor y más abundante. Que coman y sobre.
Y habló a la genta apiñada en la sinagoga:
“Esfuércense por conseguir no el pan temporal sino el permanente, el que da la vida eterna”.
Recuerden “sus antepasados comieron el maná en el desierto pero murieron. Desde ahora será mi Padre quien les dé el verdadero pan.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre... y yo lo resucitaré el último día”. ¡Nunca morirá!
Jesús hablaba cada vez con más ilusión y el público en cambio se desanimaba.
Sin embargo Jesús mantiene su palabra: “os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”.
Vamos al cenáculo.
Está lleno de luces de fiesta, que, posiblemente, colocó y prendió la Madre de Jesús.
Está anocheciendo.
Los apóstoles de Jesús van llegando. El Maestro “que había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.
Les lavó los pies. 
Se crea un clima de amistad, y hasta de cariño, que fue asfixiando el alma de Judas, el cual salió poco después del cenáculo cargando sobre sus hombros la noche de Jerusalén metida en su pecado.
A partir de ese momento el Corazón de Jesús se esponja. La conversación llega a una gran intimidad.
Les promete el Espíritu Santo y les habla de la ternura del Padre que también quiere a sus discípulos.
Sin embargo, por momentos, Jesús parece tembloroso e inquieto.
De pronto, Jesús toma el pan. Son granos molidos con el sudor de la frente de los campesinos. El pan, tan ordinario y sencillo como necesario, tiembla en las manos del Señor. 
Al fin lo parte. 
Jesús debió pensar: ahora quiero entrar realmente con todo mi ser en el interior de cada uno de mis discípulos con el Cuerpo que me dio mi santa Madre y con mi Persona divina que procede del Padre.
Me quedaré con ellos y les daré vida.
Ninguna madre, ningún enamorado o esposo lo logró. Pero yo soy Dios y puedo hacerlo.
En el profundo silencio del cenáculo resuena la voz sonora del Maestro:
“Esto es mi cuerpo: tomad y comed”.
Luego Jesús tomó la cuarta copa que solía pasarse entre los comensales en la cena pascual y se la entregó diciendo “Ésta es mi sangre”.
Después de haber convertido el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre, Jesús dijo a los suyos:
“Hagan esto en conmemoración mía”.
Es el mandato más dulce del Maestro: “Hagan esto”.
Los amigos de Jesús, como los de Emaús, lo reconocemos “al partir el pan”.
Los que no creen se reirán: ¡Es tan fácil reírse cuando no hay amor!
En cambio el enamorado se goza en las maravillas o cosas simples que hace el otro.
Y tú y yo debemos gozarnos en la maravilla más grande de Jesús: la Eucaristía.
Sí. La Eucaristía es el tesoro más grande que Jesús, Esposo fiel, ha dejado a su esposa amada, la Iglesia, por la que entregó su vida.
Por su parte Pablo nos dice hoy:
“El cáliz de la bendición que bendecimos ¿no es comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo?
El pan es uno y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo porque comemos todos del mismo Pan”.
Hoy llevamos a Jesús entre alfombras de flores visitando nuestras calles y plazas.
Que, con la oración colecta de hoy, pidamos al Padre que “nos conceda venerar de tal modo los sagrados misterios del Cuerpo y de la Sangre de Cristo que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de su redención”.
Si un día al año sale Jesús en la Eucaristía para visitar nuestras calles, que todos los días pueda visitar tu corazón.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

31 de mayo de 2013

Comentario a las lecturas de la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (Corpus Christi), ciclo C,

LA FIESTA DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

Benedicto XVI nos decía que esta fiesta “nació con la finalidad de reafirmar abiertamente la fe del pueblo de Dios en Jesucristo vivo y realmente presente en al Santísimo Sacramento de la Eucaristía.

Es una fiesta instituida para adorar, alabar y dar públicamente las gracias al Señor porque “en el sacramento eucarístico Jesús sigue amándonos hasta el extremo, hasta el don de su Cuerpo y de su Sangre”.

Estamos celebrando gozosamente lo que Jesús realizó en la oscuridad del cenáculo con sus discípulos en la última cena. Parece que así cumplimos, en esta fiesta, aquellas palabras de Jesús “proclamad desde los terrados” lo que Él hizo en secreto.

Después de la misa, en todo el mundo, suele haber una procesión. Es como si “lleváramos a Jesús, con nuestra mente y corazón, hasta los últimos rincones de la cotidianidad de nuestra vida para que camine donde nosotros caminamos, para que viva donde vivimos”. Para que conozca nuestra vida, ambiente, problemas y alegrías.

Siguiendo también a nuestro gran Benedicto XVI recordamos, en esos momentos de procesión, las palabras de Jesús “mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo”. Es que Jesús llama a la puerta de nuestro corazón y nos pide entrar pero no sólo por un día, sino para siempre.

De esta manera la fiesta de Corpus Christi viene a ser como un llamado especial para que nos unamos todos los cristianos en torno a nuestro Salvador y Redentor, que ha querido quedarse con nosotros como amigo, alimento y sacrificio.

Vayamos ahora a la liturgia del día:

“La solemnidad del Corpus Christi está íntimamente relacionada con la Pascua y Pentecostés: la muerte y la resurrección de Jesús y la efusión del Espíritu Santo.

Además, está inmediatamente unida a la fiesta de la Santísima Trinidad, celebrada el domingo pasado. De esta manera el Corpus Christi es una manifestación de Dios, un testimonio de que Dios es amor”.

La primera lectura de hoy nos presenta al sacerdote Melquisedec que, al regresar Abraham victorioso, ofrece algo único y extraño. En vez de las víctimas acostumbradas sacó pan y vino y bendijo a Abraham y a su Dios:

“Bendito sea Abraham por el Dios altísimo, creador de cielo y tierra; bendito sea el Dios altísimo que te ha entregado a tus enemigos”.

Es claro que la Iglesia ha tomado siempre este sacrificio como figura de Jesús en la Eucaristía. Por eso mismo, en el salmo responsorial, alabamos al Sacerdote eterno que es Cristo:

“Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec”.

Por su parte, san Pablo nos cuenta que él recibió una tradición, es decir, que a él también le contaron los cristianos de la Iglesia primitiva el gran regalo de Jesucristo, y él, con fidelidad lo transmite:

“Yo he recibido una tradición que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido”.

Estas palabras nos hacen ver cómo la Tradición en la Iglesia de Jesús es anterior al Evangelio escrito y en general a todo el Nuevo Testamento (ésta es una de las razones por la que la Iglesia “venera por igual la Biblia y la Tradición”).

¿En qué consiste esta tradición?

Lo dice san Pablo: “el Señor Jesús la noche en que iban a entregarlo tomó un pan y pronunciando la acción de gracias lo partió y dijo: Éste es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía”.

Luego nos cuenta lo mismo respecto a la consagración del cáliz.

En este capítulo once de la primera carta a los Corintios está, pues, la institución de la Eucaristía y hoy la Iglesia la recuerda con mucho amor y gratitud.

En el verso aleluyático encontramos estas palabras de Jesús, del capítulo seis de san Juan, que se refieren también a la Eucaristía:

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre”.

El Evangelio de san Lucas nos relata la multiplicación de los panes que es símbolo de la Eucaristía que Jesús quiere que llegue a todos.

Aprovechemos la fiesta del Corpus Christi para acercarnos a Jesús, recibirlo y acompañarlo con amor.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

7 de junio de 2012

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (CORPUS CHRISTI)

El misterio pascual que hemos celebrado últimamente, durante cincuenta días, tiene tanta profundidad que la sagrada liturgia ha sacado algunos momentos más importantes de ella para que el pueblo de Dios los contemple y profundice. 

Esto sucede de manera especial con el misterio eucarístico. 

Sabemos muy bien que el día de jueves santo la Iglesia celebra a Cristo sacerdote, la institución de la Eucaristía y la institución del sacerdocio como ministerio, dentro de la Iglesia. 

Pero el ambiente de aquellos días buscaba revivir los sentimientos dolorosos de la pasión y muerte de Cristo. 

De esta manera el día de jueves santo, terminada la Eucaristía, pasamos a meditar la oración del huerto y la muerte de Jesús en el Calvario, antes de veinticuatro horas. 

Por eso hoy, una semana después de la Santísima Trinidad, la Iglesia nos invita a celebrar una gran fiesta. Se trata de la Eucaristía, el gran regalo de Jesucristo que sustenta día a día y da vida a la Iglesia de Jesús. 

En este día, en muchas ciudades del Perú (por ejemplo en Lima) hay concurso de alfombras florales, por encima de las cuales pasará el Santísimo Sacramento bendiciendo las multitudes que se congregan en torno a Él; y sobre todo la Santa Misa que se celebra como una fiesta muy solemne y concurrida. 

¿Y qué celebramos nosotros en la liturgia de hoy? 

Siempre que la Santa Misa tenga un prefacio especial, acude a él y encontrarás los detalles más importantes del día. 

El de hoy nos enseña: 

Jesús “en la última cena con los apóstoles, para perpetuar su pasión salvadora, se entregó a sí mismo como cordero inmaculado y Eucaristía perfecta. Con este sacramento alimentas y santificas a tus fieles para que una misma fe ilumine y un mismo amor congregue a todos los hombres que habitan un mismo mundo… 

Al instituir el sacrificio de la eterna alianza, Jesús se ofreció a sí mismo como víctima de salvación y nos mandó perpetuar esta ofrenda en conmemoración suya. Su carne, inmolada por nosotros, es alimento que nos fortalece; su sangre derramada por nosotros, es bebida que nos purifica”. 

Después de meditar estas palabras que presentan tan maravilloso misterio, ¿qué nos queda a nosotros? 

El salmo responsorial nos ayuda: 

“¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? 

Alzaré la copa de la salvación invocando su nombre”. 

Es lo que hace el sacerdote en el momento más importante. Alzando la copa, dice: “ésta es mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros…” 

La sangre de los animales en el Antiguo Testamento era sólo un rito expiatorio y externo que Dios aceptaba en su bondad. 

Pero desde que Cristo derramó su sangre, el sacrificio es perfecto y la expiación total. 

La carta a los Hebreos nos enseña hoy: 

“Si la sangre de machos cabríos y de toros y el rociar con las cenizas de una becerra tienen el poder de consagrar a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo”. 

Vamos ahora al cenáculo. Es impresionante. 

Jesús toma el pan y lo parte mientras dice “esto es mi cuerpo”. 

Más tarde toma la copa y dice “ésta es mi sangre”. 

Posiblemente los apóstoles no entendieron nada, hasta que el Espíritu Santo los “llevó al conocimiento de toda la verdad”. 

Ellos, a partir de Pentecostés, comenzaron a celebrar la “fracción del pan”, cumpliendo el mandato de Jesús “hagan esto en memoria mía”. 

La Eucaristía es memorial y presencia. 

Lo mismo que sucedió entonces se hace presente hoy en los sacramentos. 

Ése fue el tesoro de Jesús, no la cena pascual del cordero que hacían los judíos en la Pascua, sino lo que hizo Él mismo “durante la cena”: 

Nos entregó su cuerpo y su sangre adelantando misteriosamente lo que aconteció al día siguiente en el Calvario. Misterio de amor que hoy adoramos: “Dios está aquí, venid adoradores, adoremos”.

23 de junio de 2011

EL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (CORPUS CHRISTI), CICLO A

SACRIFICIO, ALIMENTO Y PRESENCIA

“Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día”.
En este día del “Cuerpo y Sangre de Cristo” te invito a meditar esas palabras de la antífona de comunión.
Son demasiado serias para pasarlas por alto ya que, según Jesús,  nuestra salvación eterna depende de comer la Eucaristía.
Examinemos las lecturas que nos van a ayudar a apreciar, cada vez más, el regalo inimaginable que nos ha hecho el Señor al quedarse con nosotros.
El Deuteronomio nos habla del maná, la comida especial que dio el Señor a los hebreos en pleno desierto.
Según la tradición judía ese maná tenía el sabor de aquello que cada uno deseaba comer en el momento.
A esto hace alusión la pequeña antífona que se reza antes de la oración de bendición con el Santísimo Sacramento:
“Les diste pan del cielo que contiene en sí todo deleite”.
Por su parte, el Deuteronomio añade que “no sólo vive el hombre de pan sino de todo cuanto sale de la boca de Dios”.
Así el maná, símbolo de la Eucaristía, y la Palabra de Dios, son las dos partes fundamentales de la Santa Misa, el doble alimento del Padre Dios para sus hijos.
San Pablo a los corintios les dice que el cáliz que bendecimos es la comunión con la sangre de Cristo y el pan que partimos es la comunión con su cuerpo.
De aquí sacamos una conclusión muy importante para tener en cuenta: todos los que recibimos la Eucaristía formamos un solo cuerpo con Jesús y entre nosotros.
San Pablo nos compromete de esta manera a vivir la fraternidad y nos enseña algo esencial para nuestra vida cristiana. Más aún nos está invitando a hacer un profundo examen de conciencia: ¿cómo podemos vivir tan divididos los que comemos el mismo Cuerpo de Cristo y bebemos su sangre frecuentemente?
Si formamos un mismo cuerpo tenemos que pensar que, nos guste o no, todos nos necesitamos. Así entendemos también que uno que vive separado de Dios, vive separado de la Iglesia y por lo mismo no es digno de recibir la Eucaristía mientras no se purifique; normalmente con una buena confesión.
Evidentemente que, ante tales regalos, no nos queda más que repetir con el salmo responsorial “glorifica al Señor, Jerusalén”, entendiendo por esta ciudad la Jerusalén celestial hacia donde caminamos todos. Es decir, la Jerusalén de la que hablan los últimos capítulos del Apocalipsis.
El Evangelio forma parte del gran capítulo seis de San Juan. Después de haber dado de comer el pan material a la multitud, Jesús, en la sinagoga de Cafarnaún, les ofrece el pan del cielo que es Él mismo que se entrega por nosotros.
Sabemos que este capítulo, hasta el versículo 47 ofrece la vida eterna a los que creen en Jesús. Por ejemplo, en el versículo 40 leemos: “Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en Él tenga vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”.
En cambio, a partir del 48, y por tanto dentro del párrafo de este domingo, Jesús pasa a ofrecer la salvación al que lo come a Él: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.
Ya sabemos que, hoy como entonces, hay muchas personas a quienes les parece imposible comer el cuerpo de Cristo y ciertamente que sin fe no tiene explicación alguna. Pero no debemos olvidar que lo dijo Jesucristo que es Dios y su Palabra es eterna. Por eso no puede engañarnos de ninguna manera.
Su venida desde el seno del Padre hasta nosotros sólo puede y debe servir para salvarnos a todos y ofrecernos los medios para conseguirlo.
La conclusión de este día es clara: tenemos que aprovechar lo más posible este gran regalo del Señor y si de la Eucaristía depende nuestra salvación, hemos de ser inteligentes para comer y beber la carne y sangre de nuestro Pastor.
Adoremos el gran misterio eucarístico y agradezcamos la riqueza que encierra.
Jesucristo sacerdote, profeta y rey ha querido ser sacrificio, alimento y presencia.
En lugar de sacrificarnos nosotros, que somos sus criaturas, Él se sacrifica por nosotros.
Para fortalecer la vida que nos dio en el bautismo se hace nuestro alimento.
Para cumplir su palabra “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo” y no dejarnos solos, como criaturas lejos de su Creador, en la Eucaristía se hace también presencia.
Es esta presencia la que vamos a adorar hoy cuando pasee por nuestras calles en la custodia.
Es el mismo Jesús que permanece silencioso en nuestros sagrarios acompañándonos hasta el fin del mundo.

José Ignacio Alemany Grau, Obispo