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23 de septiembre de 2016

DIOS DEFIENDE A QUIENES LOS HOMBRES DESPRECIAN

Reflexión homilética para el XXVI domingo del Tiempo ordinario, ciclo C
La idea central de este domingo está muy clara:
La misericordia de Dios no acepta las injusticias de los hombres.
*       El profeta Amós
En un pueblito cerca de Belén nació el profeta Amós.
Él dice de sí mismo que “no soy profeta ni hijo de profeta. Yo era pastor y cultivador de sicomoros”.
Pero el Señor mismo lo envió a profetizar a mediados del siglo VIII antes de Cristo.
El párrafo de hoy nos muestra las grandes diferencias sociales entre los que tenían toda clase de riquezas y los que no tenían nada.
La descripción que hace el profeta de la vida de los ricos es impresionante.
“Os acostáis en lechos de marfil; arrellenados en divanes, coméis carneros del rebaño y terneras del establo; canturreáis al son del arpa; inventáis como David instrumentos musicales; bebéis vino en copas; os ungís con perfumes exquisitos…”
Estos que tienen tanto dinero no se preocupan de la enorme pobreza del pueblo.
¿No es esto lo que pasa también entre nosotros?
Cuántos tienen todo tipo de riquezas y no se preocupan de los que mueren de hambre.
El profeta anuncia el castigo de Dios que vendrá a los de su tiempo:
“Irán al destierro a la cabeza de los deportados y se acabará la orgía de los disolutos”.
¡Mucho más bello es compartir generosamente ahora que es tiempo de misericordia!
*       El Salmo 145
El salmo responsorial de hoy empieza en la segunda parte del versículo 6. Nos presenta al Dios fiel que hace justicia:
“Él hace justicia a los oprimidos, Él da pan a los hambrientos, el Señor liberta a los cautivos… abre los ojos al ciego… sustenta al huérfano y a la viuda… Él mantiene fidelidad perpetuamente”.
Como vemos el párrafo subraya la bondad del Dios amor que hace justicia a los hombres despreciados y marginados por los ricos.
*       Pablo a Timoteo
Es un bello párrafo que escribe Pablo apóstol a su “querido hijo” en la fe a quien él mismo ordenó obispo:
La enseñanza es muy buena y lo que pide Pablo a Timoteo, debemos pensar que nos lo dice también a nosotros.
Frente a las falsas doctrinas que había entonces, le pide:
“Practica la justicia, la fe, la piedad, el amor, la paciencia, la delicadeza…”
Después lo invita a combatir el buen combate de la fe y a conquistar la vida eterna.
Finalmente, en virtud de la confianza que se han tenido siempre, Pablo lo emplaza:
“Te insisto en que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo”.
*       Verso aleluyático
El verso aleluyático es el mismo de la semana pasada.
Pablo nos pone como modelo de desprendimiento a Jesús, que “siendo rico, se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza”.
Si tú tienes muchos bienes da gracias a Dios porque es una bendición fruto de tu trabajo, pero comparte esos bienes con generosidad entre los que no tienen.
*       El Evangelio
Hoy nos encontramos con una parábola conocida que cada uno de nosotros puede meditar largamente.
Veamos algunos detalles:
Jesús da nombre al pobre, Lázaro, que significa “Dios ha ayudado”.
En cambio al rico no le da nombre, simplemente lo llama Epulón, que significa “comilón”.
¿Qué pensarían los fariseos que se burlaban de Jesús, según Lucas, “los fariseos que eran amigos del dinero, estaban escuchando todo esto y se burlaban de Él”?
El rico tacaño banqueteaba a diario.
Para el pobre, echado en su portal afeando el ambiente, no había nada, ni las sobras de la comida del rico.
Jesús aumenta el contraste añadiendo que “hasta los perros venían y le lamían las llagas” a Lázaro.
Mueren los dos y el pobre va al seno de Abraham mientras el rico va al infierno.
La eternidad (¡que sí existe!) no es igual para todos. También esto hay que meditarlo.
Jesús presenta al rico reclamando a Abraham una gota de agua y al pobre feliz.
¿Has pensado en tu futuro más allá del tiempo?
Ahora puedes escoger.
Pero no esperes revelaciones que siempre engañan.
La revelación verdadera de Dios terminó con el Apocalipsis.
Gracias, Jesús, por hablarnos con tiempo para que podamos prepararnos a una eternidad feliz contigo.
José Ignacio Alemany Grau, obispo

27 de septiembre de 2013

XXVI Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

EL COMILÓN Y EL POBRE LÁZARO
Jesucristo “siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”.

Este versículo aleluyático de hoy nos habla de las formas distintas de actuar con los bienes de este mundo.

El profeta Amós nos habla del despilfarro de Israel en su tiempo.

Jesucristo a su vez habla del hombre rico que banqueteaba a diario y tenía un corazón cerrado a los demás. Pablo nos presenta la vida como un combate para conseguir la victoria, la salvación, que en definitiva es lo más importante. Veamos:

Amós, el profeta de la semana pasada, tiene unas frases fuertes contra los que se fían de sus bienes materiales. Los presenta de esta manera:

“Se acuestan en lechos de marfil, se arrellenan en sus divanes, comen corderos del rebaño y terneros del establo, tartamudean como insensatos”.

A veces se traduce con estas otras palabras: “canturrean al son del arpa”. Más o menos lo que nosotros diríamos que se emborrachan y cantan coplillas inspiradas por el alcohol.

“Beben el vino en elegantes copas, se ungen con el mejor de los aceites pero no se conmueven para nada por la ruina de la casa de José”…

A todos estos el profeta termina diciéndoles que irán al destierro y se acabarán las orgías de los disolutos.

Dios no prohíbe el superarse económicamente pero sí el malgastar mientras los otros se mueren de hambre.

Por su parte Pablo nos dice cómo tiene que ser el verdadero “hombre de Dios que practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza”.

Este hombre al que habla Pablo es su amigo, discípulo y obispo, Timoteo a quien da buenos consejos que podemos imitar si queremos superar la lucha de este mundo:

“¡Combate el buen combate de la fe!”.

En estos momentos difíciles de la historia que vivimos cuando el relativismo quiere acabar con nuestra fe católica es bueno que tengamos esto en cuenta y que nos ayudemos, de manera especial con el Catecismo de la Iglesia Católica y los documentos del Vaticano II, para vencer en la lucha espiritual que desató el maligno.

Y sigue Pablo aconsejando a Timoteo, y creo que también a cada uno de nosotros:

“Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado y de la que hiciste noble profesión ante muchos testigos”.

Esta profesión de fe la hicimos también nosotros el día del bautismo y la hicimos más pública conscientemente el día de la confirmación.

“Te insisto en que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche hasta la manifestación de Nuestro Señor Jesucristo”.

El Evangelio de hoy nos presenta a un grosero “comilón” (que ese nombre le da Jesús para recalcar su actitud, con la palabra Epulón).

Este tal Epulón era rico, vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día, más o menos como dice Amós de los de su tiempo… y quizá diría de muchos de hoy.

A su puerta nos presenta Jesús a un pobre que quería alimentarse con las sobras de la mesa del rico.

Y ésta es la pincelada especial que nos pone Jesús y que algunos debían meditar:

“Hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas”. ¡Los perros más sensibles que los hombres!, algo nada extraño en nuestro tiempo.

Ésta es la historia que presentó Jesús y el resultado fue muy duro porque el rico murió, lo enterraron y fue sepultado en los infiernos. En cambio, el pobre Lázaro, fue llevado al seno de Abraham. Es decir, al lugar donde los justos del Antiguo Testamento esperaban la resurrección de Jesucristo.

Les invito a leer una vez más en el Evangelio los gritos de desesperación de Epulón viendo feliz a Lázaro y quemándose él en el infierno.

Nos interesa compartir la conclusión tan especial que saca Abraham, muy práctica para tantas personas amiguitas de revelaciones y apariciones:

“Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”.

Nosotros sabemos que tenemos la Biblia, Palabra de Dios que nos orienta, y la Iglesia que nos dejó Jesús y que en su tradición viva nos mantiene seguros en la fe verdadera.

No hace falta que busquemos milagros particulares para creer, la fe es un don que Dios nos regala para que caminemos aparentemente en tinieblas, pero seguros con los medios de salvación que Él nos ha dejado.

Será bueno que aprovechemos el salmo responsorial, en este domingo, para alabar al Señor porque Él nos cuida y protege a todos como glorificó de manera tan especial a Lázaro, que soportó tantas limitaciones y digamos: “¡Alaba alma mía al Señor!”.

El mismo salmo nos da algunos motivos:

“Él mantiene su fidelidad perpetuamente, Él hace justicia a los oprimidos, Él da pan a los hambrientos, el Señor liberta a los cautivos, el Señor abre los ojos al ciego… sustenta al huérfano y a la viuda”.

Por todo eso tenemos que reconocer que “El Señor reina eternamente”.

José Ignacio Alemany Grau, obispo