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4 de mayo de 2019


NOS FAVORECE OBEDECER A DIOS

Muchos de nuestra sociedad han marginado a Dios y sus mandamientos.
Y lamentablemente vemos el fruto que estamos recogiendo entre todos. No hace falta numerarlos pero los continuos asaltos, violaciones, feminicidios, etc., son simplemente el fruto de haber rechazado los diez mandamientos.
  • Hechos de los apóstoles
Nos cuentan hoy cómo el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles diciendo:
“¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ese?”
Pedro, un simple pescador, debió maravillarles con su respuesta:
“Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”.
Después de haber soportado los ultrajes, los apóstoles salieron contentos y siguieron predicando en nombre de Jesús.
Una gran lección para todos los pueblos y para hoy más que nunca.
Tenemos que obedecer a Dios antes que a los caprichos humanos, si no, nunca encontraremos la felicidad y la paz.
  • Salmo 29
Con el salmo repetimos:
“Te ensalzaré, Señor, porque me has librado”.
Un salmo que todos nosotros debemos repetir porque la verdad es que Dios nos ha librado:
A los apóstoles frente al Sanedrín.
A Jesús lo libró resucitándolo.
Y a nosotros mismos con el bautismo, Dios nos ha regalado la verdadera libertad.
Recordemos, como dice la Escritura, que “donde está el Espíritu del Señor está la libertad” y no permitamos que nadie nos la quite.
En la verdadera libertad consiste la dignidad de todo ser humano.
  • Apocalipsis
Sabemos que el Apocalipsis ensalza a Jesucristo bajo distintas imágenes y nombres.
Hoy leemos “digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza”.
Sabemos muy bien que el “Cordero degollado y puesto en pie” es Jesucristo y bajo esta imagen se encubre a Jesús, verdadero Cordero de Dios muerto y resucitado.
Unámonos también nosotros, sobre todo cuando participamos de la Eucaristía, a estas alabanzas del Apocalipsis que la Iglesia llama la liturgia del cielo.
  • Verso aleluyático
Este versículo reconoce a Jesús como Dios creador y al mismo tiempo verdadero hombre que se compadeció del género humano devolviéndonos la gracia perdida por el pecado.
Aprovechemos este tiempo pascual para repetir con la liturgia muchas veces, esta palabra “aleluya” que, además de ser una alabanza al Señor, constituye el gozo de la Iglesia en la Pascua.
  • Evangelio
Entresaquemos unos pensamientos para meditarlos.
Se trata de una aparición de Jesús a los discípulos junto al lago de Tiberiades.
Estos pasaron la noche entera queriendo pescar y no consiguieron nada.
Desde la orilla un hombre les gritó:
“Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis”.
La pesca fue fabulosa.
En ese momento Juan dice a Pedro:
“¡Es el Señor!”
Seguramente que el evangelista Juan, de corazón limpio y amigo predilecto de Jesús, intuyó antes que ninguno la presencia del Señor.
A continuación desayunaron con Jesucristo y otra vez se encontraron juntos con el Maestro, como si fuera la tarde del jueves santo y con Él pudieron comer un pescado puesto por Jesús encima de las brasas y pan, servidos por el mismo Jesús.
La última parte del Evangelio nos recuerda el momento importante en que Jesús pregunta a Pedro si lo quiere y esto por tres veces.
Jesús quizá pretendía purificar a su apóstol y darle a conocer que no por su triple traición le había quitado el primado, sino que más bien se lo confirmaba también por tres veces, bajo esta comparación:
“Apacienta mis corderos… apacienta mis ovejas”.
Jesús termina profetizándole a Pedro, aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios:
“… Cuando seas viejo extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará donde no quieras”.
Finalmente, Jesús  desde que entró en el mundo diciendo “he aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad” hasta que murió en la cruz para salvarnos, ha sido el mejor modelo de obediencia a Dios.

José Ignacio Alemany Grau

8 de abril de 2016

Reflexión homilética para el III Domingo de Pascua, ciclo C


ME VOY A PESCAR

Todavía estamos en el ambiente pascual.
La liturgia propone a nuestra meditación las apariciones de Jesús resucitado.
Hoy nos vamos al lago de Genesaret, el de la poesía y la luz.
Pero meditemos antes unos rasgos de lo que sucedía en los primeros tiempos de la Iglesia.
Nos dicen que los Hechos de los apóstoles son un hermoso resumen de los primeros años de la vida de la Iglesia y cómo se fue abriendo paso con persecuciones.
No en vano dijo Jesús:
“Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros...
Recordad lo que os dije: no es el siervo más que su amo… Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra”.
Estas palabras encierran la clave para entender la pregunta que repetimos hoy:
¿Por qué persiguen a la Iglesia?
*        La primera lectura nos hace ver que así pasó desde el comienzo:
El sumo sacerdote enfurecido pregunta a los apóstoles porqué hablan de Jesús, si se lo han prohibido.
Pedro tiene una respuesta valiente. Comienza diciendo:
“Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”.
Los azotaron y los soltaron y “les prohibieron hablar de Jesús…
Los apóstoles salieron contentos por haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”.
Esta será la historia de todos los mártires; también los de hoy: sufrir y quedar felices.
*        Después de este acontecimiento de los apóstoles y el martirio de tantos cristianos, repitamos también gozosamente con el salmo 29:
“Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí”.
*        El Apocalipsis nos habla de la glorificación de Jesús.
Son millares de ángeles y hombres que cantan y alaban con esas palabras que frecuentemente repetimos en la oración de vísperas:
“Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza”.
¿Y quién es el Cordero degollado a quien todos cantan?
Juan Bautista nos explicó que Jesús es el Cordero de Dios.
Ahora oímos que ha sido degollado… pero que está vivo.
Es el Verbo encarnado y martirizado por los hombres, pero glorificado por el Padre.
Todos alababan y glorificaban al Resucitado y se postraban ante Él, es decir, lo adoraban:
Cristo resucitado merece nuestra adoración porque, además de ser hombre verdadero, es Dios como el Padre y el Espíritu Santo.
*        El Evangelio de Juan es precioso.
Fíjate en cada detalle que yo no tengo tiempo de desarrollar:
-          “Voy a pescar”, dice Pedro. Y todos: “vamos también nosotros contigo”.
Sí, resucitó Jesús, pero hay que volver a la realidad y buscar el pan del día.
-          El resultado es doloroso: sin Jesús no se pesca.
-          La palabra del hasta entonces desconocido en aquella mañana, les invita a echar las redes a la derecha.
-          Resultado, ciento cincuenta y tres peces grandes.
Número simbólico que puedes investigar y verás que indica la multitud innumerable de los que en Pedro y sus sucesores pertenecerán a la Iglesia.
Sigue un delicioso desayuno con el Resucitado.
¿Te animas?
Tú puedes participar en ese banquete cada vez que recibas con fe la Eucaristía en la comunidad de los creyentes.
Después viene la triple confesión de fe de Pedro asegurando su amor a Jesús.
Con estos tres actos de amor se purifica Pedro de las tres negaciones y Jesús, lejos de quitarle el primado, se lo ratifica por tres veces diciendo: “apacienta mis ovejas… apacienta mis corderos”.
Finalmente, Jesús le predice a Pedro el martirio que sufrirá un día:
“Cuando eras joven tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieres”.
El párrafo termina con esta invitación de Jesús a Pedro:
“¡Sígueme!”

José Ignacio Alemany Grau, obispo

10 de abril de 2013

III domingo de Pascua, Ciclo C

LA EXALTACIÓN DEL RESUCITADO 

A nosotros nos cuesta mucho delegar y sobre todo dejar a otros las cosas y personas que más amamos porque son el fruto de toda una vida. 

Por eso no es fácil entender cómo Jesucristo, el Buen Pastor, ha sido capaz de dejar su Iglesia a unos pescadores. 

Pero así fue, aunque siempre con el respaldo del Espíritu Santo. Éste es el gran secreto. 

Aquel día estaban los apóstoles reunidos y Pedro dijo: me voy a pescar. Ellos dijeron: nosotros también vamos contigo. Era preciso volver al trabajo para ganarse la vida. 

¡En toda la noche no cogieron ni un pejerrey! 

Al amanecer, el Resucitado se presentó en la orilla pero ellos no lo conocieron. Cuando le dijeron que no tenían nada, les aconsejó que echaran la red a la derecha de la barca y la pesca fue muy abundante. 

Jesús tenía preparadas unas brasas en la playa con un pescado puesto encima y pan, pero les pidió que trajeran peces de los que acababan de pescar. 

Pedro solo, “subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes. Ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red”. 

Evidentemente que estamos con números y ambiente simbólicos que se refieren a la Iglesia y al primado de Pedro: 

Los discípulos felices comparten el pan y el pescado con el Resucitado. 

Después Jesús llama aparte a Pedro, para que entienda que ahora va de veras lo que le dijo en Cesarea de Filipo. 

Por tres veces le pregunta si lo ama, como para purificar las negaciones y Jesús deja claro que está en pie la promesa de confiarle su Iglesia como lo había hecho antes de la resurrección. 

Nosotros preguntaríamos enseguida por qué Jesús, sabiendo cómo era, fue capaz de fiarse de Pedro, hasta el punto de confiarle su Iglesia, es decir, la obra que vino a hacer a este mundo y la causa de su encarnación, muerte y resurrección. 

Finalmente Jesús le profetiza a Pedro su futuro, como mártir, por ser fiel al Resucitado y a su Iglesia. El encuentro termina diciéndole: “sígueme”. Pedro siguió a Jesús hasta glorificar al Resucitado con su martirio. 
La primera lectura de hoy nos habla de cómo sufrieron persecuciones los apóstoles por ser fieles a Jesús Resucitado. Los maltrataron y les prohibieron hablar en nombre de Cristo. 

Pedro, en nombre de los otros, respondió: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” y aprovechó para evangelizar ahí mismo a los que los habían detenido, recordándoles cómo Dios resucitó a Jesucristo, a quien ellos mismos habían crucificado. Pedro y los suyos se presentaron como testigos de que Dios lo exaltó. 

Salieron felices por haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús y volvieron a evangelizar, porque por encima de todo, está el mandato de Dios. 

Así han hecho los mártires que está beatificando la Iglesia continuamente. 

Los mataron para que no predicaran y ahora, después de muertos, predican al mundo entero. Los conocían unos pocos y ahora los conoce todo el mundo. 

El Apocalipsis nos enseña que también en la Gloria todos alaban al “Cordero degollado y puesto en pie”, es decir muerto y resucitado: 

“Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Y los cuatro vivientes respondían: ¡Amén!” 

Y tú y yo repetimos en esta Pascua: “Amén”, ¡Alabado seas Jesucristo Resucitado! 

Es la alegría de la resurrección que nos repite el verso aleluyático: “Ha resucitado Cristo que creó todas las cosas y se compadeció del género humano”. 

Por eso mismo hemos repetido también felices: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado”. 

Estas palabras proféticas, evidentemente, se refieren al Padre que resucitó a Jesús. 

Y nosotros las repetimos gozosos en nombre del Resucitado. 

Ésta es la alegría pascual: Jesús ha resucitado y vive entre nosotros. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

8 de febrero de 2013

V Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

SACARON LAS BARCAS Y LO DEJARON TODO 

Hoy es un domingo de pesca. 
Y ciertamente que el pescador es Jesucristo. 
En primer lugar tenemos al profeta Isaías y comenzamos fijándonos en un detalle. 
Él tiene una especie de visión y con una frase de las que oye decir a los ángeles, otra del Apocalipsis y otra de Números, la Iglesia ha confeccionado la alabanza que cada día repetimos después del prefacio, uniéndonos a la liturgia celestial: 
“Santo, santo, santo el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria” (Is 6,3). 
“Santo, santo, santo, Señor Dios todopoderoso, aquél que era, que es y que va a venir” (Ap 4,8). 
“La gloria del Señor llena la tierra” (Nm 14,21). 
Isaías cuenta a continuación su propia vocación. Un serafín purifica sus labios con un carbón encendido y el profeta se siente con las fuerzas necesarias para ponerse a disposición de Dios: “aquí estoy, mándame”. Y Dios tomó en serio a este gran profeta que ahora es uno de los preferidos por la liturgia. 
El segundo “pescado” por Jesús es el apóstol san Pablo que nos da uno de sus mensajes más importantes, que él mismo recibió de la Tradición, es decir, de las enseñanzas que iban compartiendo con fidelidad los primeros cristianos. 
“Lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras…” 
Después Pablo narra luego su propia vocación contando cómo fue Jesús pescando a los primeros seguidores, “Cefas y más tarde a los apóstoles; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último se me apareció a mí”. 
Con humildad reconoce que, aunque había perseguido a la Iglesia, Jesús lo escogió a él. 
En el Evangelio encontramos otra manera que empleó Jesús para pescar. 
Después de haber enseñado a todos, dice a Pedro esta frase que hemos repetido muchas veces en los últimos años al hablar de la misión de la Iglesia, a la que todos estamos llamados: “rema mar adentro”. 
Cuando Pedro oyó estas palabras que Jesús le dirigía a él y que añadía: “echad las redes para pescar”, sin duda debió tener una fuerte tentación. Pero la venció pronto, apoyándose en el mismo Cristo y enseñando a todos que confiando en la Palabra de Dios, todo es posible. 
Sin Cristo “nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada”. Pero con Cristo “por tus palabras, echaré las redes”. 
La pesca fue tan abundante que tuvieron que llamar a sus compañeros que estaban en la otra barca. Y llenaron las dos barcas hasta el punto que casi se hundían. 
Pedro reacciona como humillado por tanta generosidad de Cristo y le pide: “apártate de mí que soy un pecador”. 
Pero Jesús le hace ver un plan distinto que lo va a sacar de su vida rutinaria: “no temas, desde ahora serás pescador de hombres”. 
La escena termina de una forma inesperada. 
¿Qué hicieron con los peces? No sabemos. 
Lo único que dice san Lucas es “sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo lo siguieron”. 
Como podemos darnos cuenta, aquí el pescador ha sido Cristo y a los que pescaban les ha dicho: 
“Desde ahora serás pescador de hombres”. 
De una u otra forma todos hemos sido llamados por Jesús para evangelizar, pescando nuevos pescadores. 
¿Alguna vez en tu vida has dejado todo para seguir a Jesús y pescar hombres con Él? 
Esto era lo que quería decir Juan Pablo II a la Iglesia entera con estas palabras “hay que remar mar adentro”. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo