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20 de abril de 2014

LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

“La resurrección de Jesús es un estallido de luz. Se supera la muerte, el sepulcro se abre de par en par. El Resucitado mismo es luz, la Luz del mundo.

Con la resurrección, el día de Dios entra en la noche de la historia. 

A partir de la resurrección, la luz de Dios se difunde en el mundo y en la historia.

Se hace de día. Sólo esta luz, Jesucristo, es la luz verdadera, más que el fenómeno físico de la luz.

Él es la pura luz: 

Dios mismo que hace surgir una nueva creación en aquella antigua, y transforma el caos en cosmos”.

Así presentaba el Papa Benedicto la Pascua el año 2009.

Eso es lo que sucedió el día de la Pascua. Es la obra de Dios. 

Por su parte los hombres a lo máximo que pueden aspirar, ellos solos, es a enterrar la luz.

Pero si la luz es verdadera, vuelve a brotar con más fuerza. Es incontenible.

Eso hicieron con Jesús. Mucho tiempo echando tierra sobre Él y su fama. Con gran esfuerzo lo crucificaron y cantaron victoria. Pero en el mismo momento de su muerte a un centurión pagano se le prendió la chispa y metido en el fuego del resucitado exclamó: “Verdaderamente éste era el Hijo de Dios”.

Desde ahora Jesús es inatrapable. Ya no pueden prenderlo ni apagarlo: ¡Resucitó!

Es la fiesta de hoy.

¿En qué consistió la resurrección de Jesús?

“La resurrección de Jesús ha consistido en romper las cadenas para ir hacia un tipo de vida totalmente nuevo, a una vida que ya no está sujeta a la ley de la muerte sino que está más allá de eso. Una vida que ha inaugurado una nueva dimensión del hombre, vivir más allá de la muerte”.

***

* Vayamos ahora a la liturgia de este domingo cuyo título es: “Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor” y, como en los días grandes, vamos al prefacio:

Lo primero que encontramos es que no es uno sino cinco los prefacios que pueden rezarse cualquiera de los días de Pascua.

En ellos encontramos matices o temas distintos:

“La nueva vida en Cristo”; “Cristo vivo e intercesor perpetuo en favor nuestro”; “La restauración del universo por el misterio pascual”; “Cristo sacerdote y víctima”.

Y el primero de los títulos es “El misterio Pascual” que en su parte central dice así:

“Él es el verdadero cordero que quitó el pecado del mundo; muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida”.

* Una frase que repetiremos en este día y durante el tiempo pascual pertenece al salmo 117: 

“Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”.

Para la Iglesia, la Pascua no es un día de veinticuatro horas sino ocho días. En ellos oiremos con frecuencia estas palabras para que comprendamos las maravillas de la Pascua de Jesús que será también nuestra Pascua.

* También repetiremos la palabra “Aleluya” que significa “alabanza al Señor”, pero que repitiéndola en momentos y tiempos de alegría lleva consigo un significado de alegría desbordante.

Este fue el motivo por el que durante cuarenta días de penitencia cuaresmal no lo hemos oído rezar ni cantar.

* Finalmente hemos de advertir que la liturgia de la Pascua es la más rica del año. Por eso se multiplican los esquemas especiales para la Santa Misa y las flores y los cantos y aleluyas y expresiones de gozo.

* De todo esto se desprende que nuestro corazón, como campana inquieta, debe repetir un himno de acción de gracias:

“Dad gracias al Señor porque es bueno”.

* Pedro en el capítulo diez de los Hechos presenta a la multitud la gloriosa resurrección de su Maestro y hablando de Jesús afirma: “lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado: a nosotros que hemos comido y bebido con Él después de la resurrección”.

* San Pablo nos pide hoy:

“Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios”.

* El Evangelio de san Juan recuerda cómo la Magdalena fue temprano al sepulcro, el primer día de la semana, y al verlo vacío, echó a correr desesperadamente para decir a Pedro y a Juan:

“Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.

Los dos corren también. Entra Pedro y advierte que todo está completo pero falta el cuerpo del Señor.

Después entra Juan y escuetamente afirma que en aquel momento “entró y creyó”.

* Este domingo, el más grande del año, tiene también una secuencia que les invito a meditar porque en ella se recogen poéticamente los momentos de la resurrección.

Terminemos también citando a nuestro querido Papa Benedicto XVI:

“Lo sabemos. Él ha resucitado verdaderamente. Él es el viviente. A Él nos encomendamos con la seguridad de estar en la senda justa. Con Tomás, metemos nuestra mano en el costado traspasado de Jesús y confesamos: ¡Señor mío y Dios mío!”

Amigos, a todos les deseo una Feliz Pascua con Jesús Resucitado.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

3 de abril de 2014

V Domingo de Cuaresma, Ciclo A

YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA
La presentación de la liturgia nos la hace hoy el prefacio.

Jesucristo es la resurrección y la vida para todos: “Jesucristo hombre mortal como nosotros, que lloró a su amigo Lázaro, y Dios y Señor de la vida que lo levantó del sepulcro, hoy extiende su compasión a todos los hombres y por medio de sus sacramentos los restaura a una vida nueva”.

La primera lectura de Ezequiel nos habla de resurrección de muertos.

Es como una figura de lo que hará Jesucristo con todos los redimidos:

“Cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que yo soy el Señor. Os infundiré mi Espíritu”.

Por su parte san Pablo habla de ese mismo Espíritu: “Vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al Espíritu ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. 

El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.

Sólo el Espíritu que resucitó a Jesús vivificará nuestros cuerpos mortales”.

Del mismo tema se nos habla en la resurrección de Lázaro que vivía en Betania con Marta y María, sus hermanas.

Lázaro enfermó gravemente, murió y Jesucristo lo resucitó.

Los invito a cada uno de ustedes a meditar este bellísimo capítulo once de san Juan.

Por mi parte me limitaré a entresacar algunas frases para ayudarnos mutuamente a sacar de ellas todo el fruto que podamos.

* Tu amigo está enfermo.

Nosotros que hacemos tanta literatura hueca para pedir a Dios y a los hombres debemos aprender de estas hermanas a pedir con sencillez y con mucha confianza. Así sacaron ellas del corazón amoroso de Jesús el milagro tan grande.

* Esta enfermedad “es para que el hijo de Dios sea glorificado por ella”.

Es claro que la enfermedad de Lázaro y su muerte sirvieron para glorificar a Jesús y también para que muchos creyeran en Él. 

Será bueno que meditemos si cuando nos enfermamos nosotros o algún ser querido, con nuestra enfermedad glorificamos a Dios.

* “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro”. 

Jesús en la casa de Betania encontraba un hogar lleno de cariño y cercanía en medio de tantas persecuciones que tuvo que soportar: 

¿De verdad tu hogar es casa de Jesús y Él se siente feliz contigo y con los tuyos?

* “Vamos también nosotros y muramos con Él”.

Cuando los apóstoles, que sabían que Jesús era perseguido a muerte, vieron que quería volver a Betania se asustaron y al final Tomás se hizo el valiente e invitó a todos a ir con Jesús y jugarse la vida. Es el único momento de valentía que conocemos que vivieron los apóstoles.

¿Alguna vez te has jugado tú la vida por Jesús?

¡Él sí se la jugó por ti!

* Hay una frase hermosa que repiten espontáneamente las dos hermanas, cada una en el momento en que se encontró con Jesús:

“Si hubieras estado aquí, no hubiera muerto mi hermano”.

¿Has aprendido a confiar en Jesús tú y los de tu casa como esta familia de Betania?

* “Yo soy la resurrección y la vida”.

Ésta es la clave de todo el Evangelio de hoy. Esta afirmación de Jesús es la que Él pedirá a Marta que repita, como una condición para hacer el milagro: “¿crees esto?”. Y Marta acepta el reto con esta confesión: 

* “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el hijo de Dios que tenía que venir al mundo”.

* “El Maestro está ahí y te llama”.

Muchas veces junto al sagrario habrás leído esta frase que dijo Marta a su hermana: “El Maestro está ahí y te llama”.

¿Has invitado a muchas personas para que se acerquen al sagrario y se encuentren con Jesús?

* “Jesús lloró”.

Suelen decir que este versículo 35 es el más breve de toda la Biblia, pero cuánta ternura supone en el corazón de Jesús que siendo Dios llegó a vivir un amor tan profundo por la humanidad.

* “Cómo lo quería”.

Es el comentario que hicieron, según san Juan, los judíos al ver tan tierno a Jesús.

Da pena ver cómo en nuestro tiempo ni los sufrimientos más grandes de los hombres hacen llorar a nadie porque pasamos tan superficialmente por las situaciones más dolorosas de los seres humanos.

* “Si crees verás la gloria de Dios”.

Frente a las dudas de las hermanas que advierten que Lázaro lleva más de cuatro días muerto, Jesús pide una vez más la fe que era su pedido siempre que iba a hacer un milagro.

* “Lázaro, ven fuera”.

No es posible imaginar los ojos de toda aquella gente y en especial de Marta y María en aquel momento. Pero Jesús, dueño de la situación, pidió que desataran al muerto vendado que salía en aquel momento del sepulcro y le dejaran andar.

¿Y cuál fue el resultado de aquel milagro, el más grande de su vida que hizo Jesús por fidelidad a sus amigos?

Unos creyeron en Él y otros concluyeron que había que matar a Lázaro para evitar la fama creciente de Jesús.

Luego buscaron a Jesús para acabar con Él: ¡Es nuestra ingratitud!

Pero aun así nos ama Dios. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

7 de noviembre de 2013

XXXII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

CREO EN LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS 

El pasado 30 de octubre, en Irán, fueron azotados con 80 latigazos, propinados con gran violencia, por los cargos de consumo de alcohol, dos de los cuatro sentenciados. El tercero recibió los azotes el 2 de noviembre y el cuarto estaba en lista de espera. El motivo fue simplemente, el consumo del alcohol contenido en el vino eucarístico de una liturgia cristiana. 

Les transmito esta noticia por dos motivos. 

El primero, para que conozcamos cuánto sufren en el mundo muchos hombres y mujeres por el hecho de ser cristianos. 

Y segundo, rogarles que sigan leyendo: 

“En aquellos días arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la ley. 

Uno por uno se van entregando a los verdugos mientras valientemente se enfrentan al tirano: 

“¿qué pretendes sacar de nosotros? 

¡Estamos dispuestos a morir antes de quebrantar la ley de nuestros padres!" dijo el primero. 

“El segundo, estando para morir dijo: tú malvado nos arrancas la vida presente pero cuando hayamos muerto por su ley, el Rey del universo nos resucitará para una vida eterna…” 

Después “se divertían con el tercero”, asombrando con su valor a todos. 

“Torturaron después al cuarto que murió diciendo: vale la pena morir a mano de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida”. 

Podríamos pensar también que el día 6 de noviembre, por primera vez hemos celebrado los Padres Redentoristas a seis mártires sacrificados por odio a la Iglesia. Pertenecían a la comunidad de la ciudad española de Cuenca. Formaron parte de los 522 beatificados por la Iglesia el 13 de octubre. 

He puesto tres botones de muestra pero ciertamente podrían ser millones. Es la historia de los seguidores de Cristo en todos los tiempos. 

Fácilmente puede decirse: ¿dónde está ese Dios bueno que permite que sea torturada tanta gente buena y sencilla sin haber hecho daño a nadie? 

Hoy la liturgia tiene sabor a resurrección y en la resurrección está la respuesta. 

Examinemos: 

* En la primera lectura ya hemos visto la fe de una gran familia, los Macabeos, la madre y siete hijos que se entregan a la muerte del todo por su fe. 

* El salmo responsorial nos habla de un “despertar” que no es el de cada amanecer, sino el gozoso encuentro con el rostro resplandeciente de Dios. 

Es cerrar los ojos a la tierra para abrirlos ante nuestro Creador. 

Por eso repetiremos “al despertar me saciaré de gozo en tu semblante”. Gocemos leyendo: 

“Guárdanos como a las niñas de tus ojos. A la sombra de tus alas escóndenos. Yo con mi apelación vengo a tu presencia y al despertar me saciaré de tu semblante”. 

* Pablo nos asegura la fortaleza si nos apoyamos solamente en el Señor: 

“El Señor, que es fiel, os dará fuerza y os librará del maligno”. 

De esta manera, con sufrimientos o sin ellos, “seguiréis adelante cumpliendo todo lo que os hemos enseñado”. 

* El aleluya es un grito de resurrección, en el que la liturgia nos presenta a Jesús como quien se levanta de entre los muertos, pero no Él solo, sino Él como la primicia de todos los redimidos con su sangre: “Jesucristo es el primogénito de entre los muertos. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos”. 

* En el Evangelio, a una pregunta capciosa de los saduceos, que niegan la resurrección, Jesús contesta con profundidad afirmando rotundamente la resurrección: 

“En esta vida hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios porque participan en la resurrección”. 

Jesús confirma de nuevo la resurrección y termina diciendo: “no es Dios de muertos sino de vivos porque para Él todos están vivos”. 

Será bueno que, como fin de nuestra reflexión de hoy, nos preguntemos con san Pablo y respondamos también con Él en la carta a los Corintios: 

“¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? Insensato, lo que tú siembras no recibe vida si (antes) no muere. Y al sembrar, no siembras el cuerpo que llegará a ser, sino un simple grano de trigo, por ejemplo o de cualquier otra planta… 

Lo mismo es la resurrección de los muertos. Se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible; se siembra un cuerpo sin gloria, resucita glorioso; se siembra un cuerpo débil, resucita lleno de fortaleza; se siembra un cuerpo animal, resucita espiritual…” 

Como es un hermoso tema, les invito a que profundicen el capítulo quince de la segunda carta a los Corintios. 

Terminemos la liturgia de hoy repitiendo las palabras de nuestro Credo: 

“Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna”. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

10 de abril de 2013

III domingo de Pascua, Ciclo C

LA EXALTACIÓN DEL RESUCITADO 

A nosotros nos cuesta mucho delegar y sobre todo dejar a otros las cosas y personas que más amamos porque son el fruto de toda una vida. 

Por eso no es fácil entender cómo Jesucristo, el Buen Pastor, ha sido capaz de dejar su Iglesia a unos pescadores. 

Pero así fue, aunque siempre con el respaldo del Espíritu Santo. Éste es el gran secreto. 

Aquel día estaban los apóstoles reunidos y Pedro dijo: me voy a pescar. Ellos dijeron: nosotros también vamos contigo. Era preciso volver al trabajo para ganarse la vida. 

¡En toda la noche no cogieron ni un pejerrey! 

Al amanecer, el Resucitado se presentó en la orilla pero ellos no lo conocieron. Cuando le dijeron que no tenían nada, les aconsejó que echaran la red a la derecha de la barca y la pesca fue muy abundante. 

Jesús tenía preparadas unas brasas en la playa con un pescado puesto encima y pan, pero les pidió que trajeran peces de los que acababan de pescar. 

Pedro solo, “subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes. Ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red”. 

Evidentemente que estamos con números y ambiente simbólicos que se refieren a la Iglesia y al primado de Pedro: 

Los discípulos felices comparten el pan y el pescado con el Resucitado. 

Después Jesús llama aparte a Pedro, para que entienda que ahora va de veras lo que le dijo en Cesarea de Filipo. 

Por tres veces le pregunta si lo ama, como para purificar las negaciones y Jesús deja claro que está en pie la promesa de confiarle su Iglesia como lo había hecho antes de la resurrección. 

Nosotros preguntaríamos enseguida por qué Jesús, sabiendo cómo era, fue capaz de fiarse de Pedro, hasta el punto de confiarle su Iglesia, es decir, la obra que vino a hacer a este mundo y la causa de su encarnación, muerte y resurrección. 

Finalmente Jesús le profetiza a Pedro su futuro, como mártir, por ser fiel al Resucitado y a su Iglesia. El encuentro termina diciéndole: “sígueme”. Pedro siguió a Jesús hasta glorificar al Resucitado con su martirio. 
La primera lectura de hoy nos habla de cómo sufrieron persecuciones los apóstoles por ser fieles a Jesús Resucitado. Los maltrataron y les prohibieron hablar en nombre de Cristo. 

Pedro, en nombre de los otros, respondió: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” y aprovechó para evangelizar ahí mismo a los que los habían detenido, recordándoles cómo Dios resucitó a Jesucristo, a quien ellos mismos habían crucificado. Pedro y los suyos se presentaron como testigos de que Dios lo exaltó. 

Salieron felices por haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús y volvieron a evangelizar, porque por encima de todo, está el mandato de Dios. 

Así han hecho los mártires que está beatificando la Iglesia continuamente. 

Los mataron para que no predicaran y ahora, después de muertos, predican al mundo entero. Los conocían unos pocos y ahora los conoce todo el mundo. 

El Apocalipsis nos enseña que también en la Gloria todos alaban al “Cordero degollado y puesto en pie”, es decir muerto y resucitado: 

“Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Y los cuatro vivientes respondían: ¡Amén!” 

Y tú y yo repetimos en esta Pascua: “Amén”, ¡Alabado seas Jesucristo Resucitado! 

Es la alegría de la resurrección que nos repite el verso aleluyático: “Ha resucitado Cristo que creó todas las cosas y se compadeció del género humano”. 

Por eso mismo hemos repetido también felices: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado”. 

Estas palabras proféticas, evidentemente, se refieren al Padre que resucitó a Jesús. 

Y nosotros las repetimos gozosos en nombre del Resucitado. 

Ésta es la alegría pascual: Jesús ha resucitado y vive entre nosotros. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

4 de abril de 2013

II Domingo de Pascua, Ciclo C

LA FE EN LA DIVINA MISERICORDIA 

Desde hace unos años la Iglesia celebra en este domingo al Señor de la Divina Misericordia. 

A ello invita también la oración colecta, es decir la oración más importante del día, que comienza con estas palabras: 

“Dios de misericordia infinita que reanimas la fe de tu pueblo con el retorno de las fiestas pascuales…” 

Juan Pablo II fue el que de una manera muy especial insistió en este título tan importante que Dios se ha dado a sí mismo, “rico en misericordia”. 

El Papa Francisco nos ha recalcado insistentemente esta verdad de fe, el pasado miércoles: “Dios piensa siempre con misericordia: no olviden esto. Dios piensa siempre con misericordia: ¡Es el Padre misericordioso! Dios piensa como el padre que espera el regreso de su hijo… Dios piensa como el samaritano que no pasa de largo… Dios piensa como el pastor que da su vida para defender y salvar a las ovejas”. 

Reavivemos hoy la fe en la Divina Misericordia de Dios Padre, que nos entregó a su Hijo, para que con su muerte y resurrección salvara el mundo. 

Las lecturas de hoy se centran precisamente en la fe que pedimos a Dios misericordioso en la oración colecta. 

Es el día de Pascua. Los discípulos están escondidos en el cenáculo por miedo a que los judíos los persigan y terminen con ellos como terminaron con su Maestro. En ese clima de miedo y tensión todo estaba cerrado y Jesús penetra en el salón. “Ellos aterrorizados y llenos de miedo creían ver un espíritu”. 

Jesús los saludó con estas palabras: “Paz a vosotros”. 

Al reconocerlo “se llenaron de alegría al ver al Señor”. 

Comienzan entonces los regalos de Jesús resucitado. El primer regalo es hacerlos definitivamente sus misioneros: “Como el Padre me ha enviado así también os envío yo”. Confía su propia misión a los apóstoles. 

Para que tengan la fortaleza y eficacia que necesitan, añade exhalando su aliento sobre ellos: 

“Recibid el Espíritu Santo; a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”. 

Aquel día no estaba Tomás y cuando se lo contaron se hizo el valiente: 

“Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos, si no meto la mano en su costado, no lo creo”. 

Pero Jesús estaba dispuesto a recoger todo su rebaño y vuelve a los ocho días. Repite su saludo deseando la paz, llama a Tomás y le da la respuesta tal como la había pedido: 

“Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo sino creyente”. 

No sabemos cómo reaccionó Tomás, pero sí conocemos el acto de fe que hizo en aquel momento: 

“Señor mío y Dios mío”. 

Reconoce que tiene delante a Jesús resucitado y que ese Jesús es Dios. 

La verdad es que nosotros necesitábamos las dudas de Tomás, para fortalecer nuestra fe y además necesitábamos su hermoso acto de fe para repetirlo frecuentemente, sobre todo en la santa Misa, después de la consagración. 

Pero lo más consolador de aquel momento, para todos nosotros, son las palabras de Jesús: 

“¿Porque has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto”. 

Dichosos nosotros que creemos y amamos a Jesús sin haberlo visto. 

La primera lectura de hoy nos advierte cómo llegó a asimilar la fe la primera comunidad cristiana repitiendo los prodigios que había hecho Jesús hasta el punto de que “la gente sacaba los enfermos a la calle, y los ponía en catres y camillas para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno”. 

Incluso “mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén, llevando a enfermos y poseídos del espíritu inmundo, y todos se curaban”. 

Ése era el fruto de la fe profunda que tenían los primeros cristianos. 

Por su parte el Apocalipsis nos presenta a Juan, desterrado en la isla de Patmos por su fe, que se prepara a recibir los mensajes que le va a confiar Jesús, eternamente joven. El Señor comenzó así dando testimonio de su propia resurrección: 

“No temas, yo soy el primero y el último, yo soy el que Vive. Estaba muerto y ya ves, vivo por los siglos”. 

Ante tantos prodigios producidos por el triunfo de Jesús resucitado, no nos queda más que repetir con el salmo responsorial: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. 

Sí. “Que diga la casa de Israel”, que diga la casa de Manuel y Antonia, la casa de Felipe y Juliana… “eterna es su misericordia”. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

27 de marzo de 2013

Domingo de Pascua de Resurrección

EXPLOSIÓN DE GOZO PASCUAL 

La Pascua es una explosión de gozo que debemos compartir con la liturgia. 

Bastaría imaginar que muere uno de los esposos que se han querido tanto, y, de pronto, el muerto a quien lloró, se le presenta vivo y feliz. 

Eso pasó con Jesús. El mismo Jesús que vivió aquí en la tierra hace unos dos mil años y lo mataron, es el que resucitó. 

El Resucitado y el que pasó por la tierra es el mismo y ésta es la gran verdad de fe que nos permite celebrar una fiesta sin engaño. 

En su concisión y sencillez, los evangelios cuentan cómo, poco a poco, fueron destruyendo el cuerpo de Cristo con la corona de espinas, la terrible flagelación, los clavos, la cruz y todavía una lanzada que le abrió el corazón, por si quedaba algo de vida, y de allí brotó sangre y agua abundante. 

A este Señor, ciertamente muerto, lo enterraron pero como además de hombre era Dios, resucitó. 

La prueba de la resurrección de Cristo fundamentalmente es doble: 

El sepulcro vacío y las apariciones. 

Del sepulcro vacío son testigos los soldados que salieron corriendo cuando se dio el pequeño terremoto. 

Las mujeres que fueron a embalsamar el cuerpo de Jesús, Pedro, Juan y luego los demás apóstoles que, sin duda, fueron a constatar esta maravillosa realidad. 

Junto al sepulcro vacío, tenemos además la prueba de las apariciones contadas, con toda sencillez por los mismos apóstoles y otros personajes. 

En torno a las apariciones tenemos unas breves palabras que compartimos para ayudarnos en esta reflexión. 

* Alegraos. 

Es la primera palabra de Jesús. La dijo a las mujeres que, movidas por la caridad iban a embalsamar su cuerpo. En fin de cuentas fueron las más sacrificadas y valientes y las primeras en llegar al sepulcro con la aurora. No podía haber mejor regalo de Jesús para ellas que la alegría y el gozo de volver a verlo. 

* No os asustéis. 

Lo dice el ángel a las mujeres. 

Frente a lo sobrenatural, brotan en nosotros muchos sentimientos y, posiblemente, uno de los más fuertes es el temor. 

Para los antiguos, incluso, la cercanía a lo sobrenatural les hacía pensar que iban a morir, como leemos en muchos textos bíblicos. 

* No tengáis miedo. 

Estas palabras de Jesús han fortalecido multitud de corazones. 

Juan Pablo II nos las repitió muchas veces porque no debemos tener miedo nunca a Dios. Solamente debemos temer perderlo. 

* ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? 

Es una manía frecuente entre los hombres. Buscar las cosas donde no están. 

Buscar en la Pascua al Resucitado entre los muertos, no tiene ningún sentido porque: 

* No está aquí. 

El sepulcro estaba ya vacío y las mujeres con amor, temblor y curiosidad pudieron comprobarlo. 

Jesús había dejado sólo unas reliquias (el sudario y los lienzos) para la historia y para el amor. 

* Ha resucitado. 

Con estas palabras queda completo el mensaje. 

Jesús, amor de la Iglesia, está vivo y dispuesto a cumplir su palabra: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. 

Esta es la razón de ser de nuestra fe en la historia de la salvación y en el plan misericordioso de Dios para con todos nosotros. 

Por eso podemos aceptar los sacrificios de todo tipo, la enfermedad y la muerte misma, porque el Verbo se encarnó para sacrificarse y luego resucitar, por nosotros y con nosotros, para llevarnos así a “la casa del Padre donde hay muchas moradas”. 

* ¿Por qué lloras? 

Son las dulces y consoladoras palabras de Jesús para la Magdalena que llora desesperadamente en el huerto, cuando las otras mujeres ya habían recibido el mensaje del Señor. 

María Magdalena lloraba y su llanto estaba justificado. 

Vale la pena llorar cuando se pierde a Cristo. 

Ella creyó que lo había perdido para siempre y por eso su alegría fue incontenible. 

Jesús le confió el mensaje, lo mismo que había hecho con las otras mujeres para que comenzara a rodar por los siglos la gran noticia: 

¡Jesucristo ha resucitado! 

José Ignacio Alemany Grau, obispo