La gran enseñanza de este domingo es el amor.
Tenemos obligación de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.
¿Qué nos igualó a Dios con los hombres?
El amor.
Con la encarnación del Verbo, cuando Jesús se hizo hombre pudo decir: Amen ustedes a Dios por ser el creador de todo y ámense ustedes porque son criaturas del mismo Dios.
A partir de aquel momento las criaturas debemos tener un amor profundo al Creador y, al mismo tiempo amarnos unos a otros como hermanos.
- Libro del Éxodo
Dios mismo es el defensor del desvalido, como nos enseña el libro del Éxodo:
«No explotarás a viudas ni a huérfanos, porque, si los explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé».
También prohíbe Dios aprovecharse del que pide prestado: «Si prestas dinero a un pobre que habita contigo, no serás con Él un usurero, cargándole intereses».
Y llega hasta el detalle de fijarse en la devolución del manto que te llegó como préstamo y que si no lo has devuelto y dejas a ese pobre sin abrigo… «Si grita a mí yo lo escucharé porque yo soy compasivo».
- Salmo 17
El salmista ensalza la misericordia infinita del Creador; por eso la confianza de la criatura que le alaba, porque es, no solo su Dios, sino también su único defensor en la necesidad:
«Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte… Sea ensalzado mi Dios y salvador».
- San Pablo
Muestra, en la Carta a los tesalonicenses, la razón teológica por la cual, en el principio de la Iglesia, tanto por parte del mismo Pablo como por sus colaboradores, se llegó definitivamente a abandonar los ídolos y abrirse a esta caridad que exige el nuevo modo de vivir con Dios.
El resultado de esta evangelización fue «cómo abandonando los ídolos os volvisteis a Dios para servir al Dios vivo y verdadero y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo…».
- Verso aleluyático
Nos habla del amor infinito de Dios que recompensa con su propio amor el amor a los hermanos:
«El que me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él».
- Evangelio
Un grupo de fariseos, pretendiendo hacer caer a Jesús en un camino contrario a la ley, hicieron grupo y uno de ellos (experto en la Ley) le preguntó:
«Maestro, ¿cuál es el primer mandamiento?».
Jesús, evidentemente más experto que este «expertito» de la Ley, respondió con la fuerza de su divinidad para conocimiento de todos los que quieran seguir de cerca a Dios. Y poniendo en orden las cosas dijo:
«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser».
Y añadió para dar fuerza a esta primera parte del mandamiento:
«Este mandamiento es el principal y primero de todos»; y exclamó en seguida esta sentencia que dejó totalmente desorientados a los fariseos que quisieron probarle con su pregunta capciosa:
«El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”».
Y para remachar la respuesta tan importante, Jesús termina diciéndonos a todos nosotros:
«Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas».
De esta manera Jesús Maestro nos advierte que debe quedar bien claro:
Nuestra primera obligación es poner a Dios como el primero; y la segunda obligación que Él pide a cada uno de nosotros es el amor al prójimo.
Esta es la gran enseñanza de la liturgia en este domingo treinta del tiempo ordinario.
José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista
