16 de diciembre de 2016

VA A ENTRAR EL SEÑOR

Reflexión homilética para el IV Domingo de Adviento, ciclo A
Este domingo es como la puerta a la Navidad.
Todo se vuelve admiración ante el nacimiento de un hombre que ha sido llamado, siglos antes,  “Emmanuel”, es decir, el “Dios con nosotros”.
Revivamos con fe y amor, en estos días, lo que ya pasó: el misterio del Verbo encarnado.
Esta invitación nos la hace de una manera particular el salmo responsorial (23).
*        Va a entrar el Señor, Él es el Rey de la gloria
Todo cuanto existe lo ha hecho Él. Por eso la tierra y cuanto la llena y sus habitantes y los ríos y los mares, todo le pertenece. De ahí que toda la creación debe aclamar al que entra en el mundo por la cueva de Belén.
*        El profeta Isaías
Nos cuenta el libro de este profeta que el rey Acaz se negó a pedir a Dios una señal de su victoria. El mismo Señor le hace la gran promesa que ahora recordamos:
“Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel que significa Dios con nosotros”.
Esta señal que no quiso pedir el rey Acaz es ahora la alegría de la humanidad:
¡Dios cumplió su palabra!
*        San Pablo a los romanos
-El párrafo citado es el inicio de la carta. En él se presenta como el apóstol del Evangelio.
Según Pablo Jesucristo lo nombró apóstol. De ahí que tantas veces al citarlo se le llame “el Apóstol”, e incluso, sin ser de los doce, se le incluye en la lista de los apóstoles junto a Pedro.
-Este Evangelio es el mismo que ya fue anunciado al pueblo de Israel por los profetas en el Antiguo Testamento.
-Jesucristo es descendiente de David (hijo del hombre) y es también hijo de Dios consagrado por el Espíritu Santo y manifestado en la resurrección.
-Jesucristo, personificación del Evangelio, no solamente es para los judíos sino también para los gentiles.
-A quienes acogen el Evangelio Pablo los llama “santos” en varias oportunidades porque ellos responden al llamado de Dios en la obediencia de la fe.
-Nosotros, como aquellos primeros gentiles de Roma, hemos sido llamados para vivir el Evangelio y pertenecer al pueblo de Dios.
*        Verso aleluyático
Nos recuerda de una manera concisa las palabras de Mateo que recogen las de Isaías:
“La virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, Dios con nosotros”.
Como podemos darnos cuenta este es el texto fundamental de hoy y, como nunca sucede en la liturgia, lo encontramos citado tres veces en la liturgia de la Palabra.
*        Evangelio
En el Evangelio San Mateo nos narra que “la concepción de Jesús fue de esta manera…”.
Son muchos los detalles que podemos meditar en este importante párrafo. Nos fijamos en algunos para nuestra meditación.
-María es verdadera Madre de Jesús.
Ella estaba ya desposada con José aunque no habían celebrado el matrimonio y por tanto no vivían juntos formando familia.
-Antes de vivir juntos María quedó encinta por obra del Espíritu Santo.
-José, esposo verdadero, no podía entender lo que pasaba, porque María guardaba un secreto absoluto.
-José quería mucho a María y tenía todos los motivos para ello. Como no entendía nada decidió dejarla en secreto para evitar la difamación:
¡Cuánta delicadeza en todas estas actitudes de José y de María!
-El ángel del Señor aclara en sueños todo a José:
“No tengas reparo en llevarte a María a tu casa porque la criatura que tiene viene del Espíritu Santo”.
El ángel pide a José que sea el padre de este niño con estas palabras:
“Le pondrás por nombre Jesús”.
-De nuevo encontramos el mismo texto que es el de Isaías:
“La virgen concebirá y dará a luz…”.
Cuando se despierta José realiza todo lo que el Señor le había mandado por el ángel.
No se trataba de un simple sueño sino de una manifestación clara de la voluntad de Dios que José, con el don de discernimiento que poseía, pudo interpretar.
Este fue el medio normal de los mensajes de Dios a José: el anuncio del ángel mientras dormía. Finalmente José, el bueno, “se llevó a casa a su mujer”.
Amigos, tomemos este texto de Isaías como una luz para caminar en este tiempo que nos queda de adviento.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

9 de diciembre de 2016

¡ALEGRÍA!: SE ACABÓ EL DESTIERRO

Reflexión homilética para el III Domingo de Adviento, ciclo A
Hoy es el domingo de la alegría y de la esperanza.
Los que tienen dentro de la corona de Adviento las velas moradas, hoy cambian la tercera velita por una de color rosado que indica la alegría y la seguridad que nos trae a todos el Mesías prometido por Dios que nos viene a redimir.
A nosotros ya nos redimió Jesús pero recordamos con amor la felicidad de su presencia y aprovechamos su sangre redentora que colmó nuestra esperanza.
Esta alegría es la que quiere traernos de una manera especial el tercer domingo de Adviento, domingo de alegría y cercanía con Jesús que vino, viene y vendrá.
*       El Evangelio
Nos presenta a Juan el Bautista que no era precisamente una “caña sacudida por el viento”. Tampoco vestía lujosamente, pero era más que un profeta.
Jesús dijo de él que ningún nacido de mujer era más grande que el Bautista.
A este gran predicador lo metieron en la cárcel y un buen día envió a discípulos suyos para que preguntaran a Jesús:
“¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?”
No sabemos si el Bautista dudaba de Jesús o si lo que pretendía era confirmar a sus discípulos en la fe, porque ya sabemos cómo varias veces Juan dio testimonio público sobre Jesucristo.
La respuesta de Jesús es indirecta porque lo hace citando al profeta Isaías: “aquel día oirán los sordos las palabras del Libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos. Los oprimidos volverán a alegrase en el Señor y los pobres se llenarán de júbilo”. Para concluir que se están cumpliendo en Él las profecías sobre el Mesías.
La lección de este día de Adviento que debemos aprovechar es por un lado la verdadera conversión del corazón y por otro la fidelidad hasta la muerte.
Ese es el ejemplo del gran Juan Bautista que selló su apostolado al servicio de Cristo con el martirio.
*       Santiago
Nos invita a tener paciencia, esa virtud que nos suele faltar a todos, especialmente cuando hay un insulto, una cola larga, un “vuelva mañana” o frente a la injusticia.
Paciencia es la ciencia de la paz en el alboroto.
Imitemos al campesino que expone la semilla a la sequía y a la lluvia o a las plagas: ¡cuánta paciencia! Y al final, una granizada se lleva todo… o el trigo alegra los graneros.
También nos pide Santiago que imitemos a los profetas que hablaban del lejano Mesías y tantas veces por ese motivo eran perseguidos.
El Señor es quien nos juzgará. Mientras tanto mantengamos serenidad y paz porque Dios no falla y el fruto de la encarnación es para todos.
*       Aleluya
El Señor está sobre ti desde el bautismo y te ha enviado… ¿a dónde?
Todos tenemos una misión y durante ella tenemos que evangelizar.
*       Salmo responsorial
Es una invitación a poner nuestra confianza únicamente en el Señor y alabarlo toda nuestra vida.
Los seres humanos, aunque sean príncipes y tengan poder, “no nos pueden salvar, exhalan el espíritu y vuelven al polvo”… pero el Señor sí. Él es el todopoderoso que “hace justicia… liberta… da pan… devuelve la vista a los ciegos”. Él permanece siempre, “es Dios y reina eternamente”.
Trabaja por el bien y recuerda que la única recompensa que vale la pena, te la dará Dios.
*       Primera lectura
Es de Isaías y canta la alegría del regreso de Babilonia:
Todo son bendiciones del Señor y felicidad de los desterrados que vuelven a Jerusalén.
Este capítulo (15) que pretende recoger la alegría de los que vuelven felices a su patria… y hasta la naturaleza se hace eco de esa felicidad.
Hoy recoge la liturgia estos momentos para invitarnos a una alegría profunda a nosotros, “los desterrados hijos de Eva” para que lleguemos a la patria del cielo donde todo será gozo, himnos, salmos y felicidad.
Qué bella descripción hace de esto Isaías.
“Llegarán a Sión con cantos de júbilo: alegría sin límites en sus rostros. Los dominan el gozo y la alegría. Quedan atrás las penas y la aflicción”.
Por aquí quiere la liturgia que camine la verdadera alegría de los hijos de Dios redimidos por el Mesías, Jesucristo.

José Ignacio Alemany Grau, obispo