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6 de octubre de 2016

NO SEAS INGRATO

Reflexión homilética para el XXVIII domingo del Tiempo ordinario, ciclo C
En este domingo se nos presenta la lepra como una enfermedad muy dolorosa y durante mucho tiempo incurable. Basados en esto, muchas veces se compara el pecado con esta enfermedad.
Jesús, redentor del pecado y dueño de la salud, dominará esta enfermedad varias veces como un signo de salvación, a lo largo de su vida.
*       El profeta Eliseo
La primera lectura de hoy es sobre el profeta Eliseo, cuyo nombre significa “Dios salva”.
La curación de una persona, sobre todo tratándose de la vida de fe, suele preparar a la conversión y por ésta a la salvación de Dios.
Hoy recordamos a Naamán, jefe del ejército del rey sirio que “era un gran militar, pero era leproso”.
Cuando fue a Eliseo para que lo curase, el profeta le mandó bañarse siete veces en el Jordán.
El militar se pone furioso y se burlaba del Jordán, que es una acequia comparado con los grandes ríos el Farfán y el Abaná.
Resolvió regresarse a su tierra, pero la gente que iba con él le hizo pensar: “padre mío, si el profeta te hubiera mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho?”.
El general hace un acto de humildad que nos enseña cuán bueno es a los que se creen importantes escuchar los consejos de los sencillos.
Naamán baja al río. Se baña siete veces y “su carne volvió a ser como la de un niño”.
El párrafo de hoy recoge el agradecimiento de Naamán, que dice:
“Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel”.
A su manera, como un recuerdo y una promesa de adoración al Dios de Israel, pide llevar tierra de Israel para adorar sobre ella, en Damasco, solamente al Dios que ha descubierto.
*       San Pablo
Cristo ha vencido no solamente la enfermedad sino la misma muerte.
Por eso Él nos da esperanza no solo de la curación de una enfermedad sino de algo más importante: la resurrección.
Como todo esto lo debemos a Cristo, tengamos en cuenta las palabras de Pablo: “haz memoria de Jesucristo, resucitado de entre los muertos. Es doctrina segura: si morimos con Él, viviremos con Él, si perseveramos reinaremos con Él”.
Por otra parte nos advierte el apóstol que si negamos a Cristo Él nos negará.
Por tanto, es en Jesucristo en quien encontramos la salud y la salvación.
*       Evangelio
La mayor parte del Evangelio de Lucas nos va narrando el camino de Jesús desde Galilea, donde empieza el apostolado, hasta Jerusalén donde será crucificado.
En cada una de las etapas nos lo recuerda. Hoy que empieza una nueva etapa nos dice así:
“Yendo Jesús camino de Jerusalén pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iban a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos” que se pararon a lo lejos, cumpliendo la ley que les prohibía acercarse a los sanos, y comenzaron a gritar:
“Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”.
Jesús también, cumpliendo la ley, les indica: “Id a presentaros a los sacerdotes”.
Mientras van a los sacerdotes se dan cuenta de que han quedado totalmente limpios de la lepra.
Los nueve siguieron adelante, seguramente con mucha alegría. Uno de ellos recapacita, se da la vuelta y busca a Jesús “alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús dándole gracias”.
En ese momento Jesús tiene una reacción muy humana y dice:
“¿No han quedado limpios los diez? ¿Los otros nueve dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”
Seguramente que este hombre se fue muy feliz sobre todo por las últimas palabras que le dijo Jesús y que una vez más confirman lo que tantas veces nos repite la liturgia: “levántate y vete, tu fe te ha salvado”.
Este pasaje nos hace pensar que los diez leprosos tenían fe y por eso fueron a Jesús  a pedirle el milagro.
Él los mandó al sacerdote, pero su fe era interesada y no supieron agradecer.
Les faltó fe para agradecer a Dios.
No olvidemos que precisamente la acción de gracias es una de las oraciones más importantes.
*       Texto aleluyático
Pertenece a la carta de Pablo a los tesalonicenses.
Después de pedirles la alegría: “estad siempre alegres. Sed constantes en orar”, (¡ojo!) que la alegría y la oración unidas es una lección importante para todos nosotros que muchas veces al orar más tenemos cara de amargados que de hijos felices que rezan al Padre.
Pues después de estas frases, viene la del verso aleluyático de hoy:
“Dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto a vosotros”.
El texto viene a resaltar la espontaneidad con que Jesús se lamenta porque solo uno vino a dar gracias.
Ser agradecido es una cualidad muy humana que todos merecemos. Pero Dios es quien merece más que nadie nuestra acción de gracias gozosa.
Como ya está dicho antes, Pablo advierte: “esta es la voluntad de Dios”.
“¡Dios quiere que seamos agradecidos!”
¡Gracias por todo, Señor!
José Ignacio Alemany Grau, obispo

10 de octubre de 2013

XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

DE LA LEPRA A DIOS
Naamán casi se la pierde

Naamán, gran caudillo del rey de Siria era leproso.

En una oportunidad trajeron una joven israelita prisionera que quedó al servicio de la mujer de Naamán.

La muchacha le aconsejó que fuera al profeta de Israel que podía curarlo.

Naamán, con permiso de su rey, viaja con muchas riquezas y al final se encuentra con Eliseo.

El profeta ni sale a saludarlo. Simplemente le manda bañarse siete veces en el río Jordán.

El orgulloso caudillo se iba furioso gritando que los ríos de Damasco eran mejores que todas las aguas de Israel.

Y despreciando al profeta, pensó regresar a su tierra.

Sus criados le hicieron entrar en razón con estas palabras:

“Padre mío, si el profeta te hubiera mandado algo difícil, ¿no lo habrías hecho?

¡Cuánto más si te ha dicho lávate y quedarás limpio!”.

Naamán se bañó siete veces en el Jordán y su carne quedó nueva como la de un niño.

Regresó, agradeció y ofreció dones valiosos que Eliseo no aceptó. Entonces el militar hizo una promesa:

Se llevó como muestra de gratitud eterna a su país, dos mulas cargadas con tierra de Israel, para extenderla y ofrecer sobre ella el culto y adoración al Dios verdadero porque “en adelante tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses fuera del Señor”.

La verdad es que su orgullo casi le hace perder la sanación maravillosa que le consiguió su humillación.

También nuestro orgullo nos priva de tantas posibilidades en la vida espiritual e incluso en la vida social porque a Dios y a los hombres nos molestan los creídos.

Ser agradecidos

San Pablo en el versículo aleluyático nos pide que seamos agradecidos: 

“Dad gracias en toda ocasión: ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros”.

Por aquí va el tema de este domingo. La gratitud para con Dios.

El salmo responsorial también nos invita, con estas palabras y motivos a agradecer: “el Señor revela a las naciones su salvación… Cantad, gritad, vitoread, tocad… porque el Señor ha hecho maravillas y los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios”. 

Por eso Pablo, en su párrafo bellísimo a Timoteo nos pide que hagamos “memoria de Jesucristo” porque solamente en Él está la salvación.

Se trata de recordar con gratitud todos los dones que nos ha dado Dios por Jesucristo.

Entre otras cosas enseña que “es doctrina segura: si morimos con Él viviremos con Él. Si perseveramos reinaremos con Él”. Aunque también nos advierte valientemente que “si lo negamos, también Él nos negará. Pero si somos infieles Él permanece fiel porque no puede negarse a sí mismo”.

Esto es lo que hizo Pablo que sacrificó su vida por Jesús para conseguir para sí mismo y para otros la salvación.

El Evangelio a su vez nos presenta a diez leprosos pidiendo la sanación, desde lejos, porque les estaba prohibido acercarse a los sanos.

Jesús les mandó: “Id a presentaros a los sacerdotes”.

“En el camino se sanaron los diez. Pero solamente uno, al ver que estaba curado, volvió alabando a Dios, a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Este era samaritano”.

Jesús muestra pena ya que solamente uno ha agradecido. Incluso se trataba de un extranjero. Por eso preguntó:

“¿No han quedado limpios los diez?; ¿los otros nueve, dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”

Cuántas veces en nuestra vida pedimos mucho y agradecemos poco no sólo a los hombres sino también a Dios.

Sin embargo deberíamos vivir en perenne acción de gracias al Señor que nos regala toda clase de bienes materiales y espirituales continuamente.

Esto lo podemos hacer, sobre todo, con el don más maravilloso que nos dejó el mismo Jesús para que pudiéramos agradecer: la Eucaristía, que significa precisamente “acción de gracias”.

San Alfonso en su libro de las Visitas al Santísimo Sacramento advierte que “el ingrato se hace indigno de recibir nuevos beneficios”.

Tú y yo, amigo, seamos fieles y agradecidos a Jesucristo a quien debemos todo.

Para animarnos más miremos a nuestro Señor de los Milagros que desde la cruz, sobre todo en este mes de octubre, nos recuerda cuánto nos amó y cuánto desea que le amemos nosotros también.

Este amor debemos manifestarlo tanto a Él directamente, como al prójimo en quien Jesucristo se ha ocultado.

José Ignacio Alemany Grau, obispo