21 de agosto de 2014

XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A

¿QUIÉN SOY YO?

La pregunta de Jesús a sus apóstoles resulta bastante extraña. Parece que le interesa realizar una especie de encuesta.

La pregunta fue:

- “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”

Seguramente que cuando ya les pasó la sorpresa por tal pregunta, pensaron que la respuesta era fácil ya que no les comprometía personalmente a ninguno y todos comenzaron a hablar:

- “Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otro que Jeremías o algún otro profeta”.

En ese momento Jesús debió sentir que ya había oído las “noticias del periódico” y quiso ir más a fondo:

- “¿Y vosotros, quién decís que soy yo?”

Ahora sí que debió ser profundo el silencio, y además, tenían muchos motivos para ello, puesto que era verdad que no sabían nada de Él.

De pronto, Pedro se siente iluminado y entre su fácil atrevimiento y la inspiración del Padre Dios, soltó una de las afirmaciones más valientes de su vida:

- “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Seguramente que todos se sorprendieron, pero fue Jesús quien descubrió el misterio que el Padre Dios había revelado por primera vez a un apóstol y le felicitó:

- “¡Dichoso tú Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo”.

Debió ser impresionante, si es que lo entendieron, lo que pensaron los apóstoles en aquel momento:

El Maestro dice que Dios se ha revelado a Pedro y con profundo silencio siguieron escuchando:

- “Ahora te digo yo: tú eres piedra (nosotros traducimos Pedro) y sobre esta piedra edificaré

(Jesús acaba de hacer una opción: Pedro lo representará) mi Iglesia” (así deja claro Jesús, como es natural, que no va a tener más que una sola Iglesia, aunque los hombres nos esforcemos por dividirla).

“Y el poder del infierno no la derrotará” (los enemigos de Dios no harán sucumbir jamás su Iglesia porque Jesús es Dios).

“Te daré las llaves del reino de los cielos” (las puertas de los castillos y ciudades antiguas tenían unas llaves, cuyo dueño era únicamente el rey. Ahora será Pedro quien tenga esa responsabilidad).

“Lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo” (término judicial que declara lícito o ilícito algo y que, en el caso, significa que Jesús da a Pedro el poder de perdonar o no).

Después de un momento tan profundo, que según san Lucas había sido precedido por un largo rato de oración de Jesús, concluye todo con estas palabras de Mateo:

“Les mandó a los discípulos que no dijeran a nadie que Él era el Mesías”.

Posiblemente también esto nos llama la atención en Jesús que, aunque a veces Él mismo se proclama expresamente Mesías, en otras oportunidades manda guardar total secreto a los suyos.

El apóstol san Pablo, por su parte, haciendo eco al misterio que el Padre reveló a Pedro, nos invita a meditar en la grandeza de este Dios que, aunque escondido, está en el mismo Cristo Jesús. Y refiriéndonos al mismo Señor, podemos meditar:

“¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero?”

Ciertamente que ninguno de nosotros, porque con profunda humildad debemos reconocer la grandeza de Dios y también la humillación profunda de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad en Cristo.

Hoy el salmo responsorial nos invita a proclamar la misericordia de Dios que nunca abandona la obra de sus manos, que somos nosotros, los preferidos de su creación.

Repitamos, pues, gozosamente:

“Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti, me postraré hacia tu santuario y daré gracias a tu nombre”.

Y con profunda humildad repetimos también con agradecimiento:

“El Señor es sublime, se fija en el humilde y de lejos conoce al soberbio. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos”.

Por su parte Isaías nos adelanta las palabras proféticas de Jesús sobre Pedro, diciéndonos cómo el Señor escogerá a Eliacín: “Le vestiré la túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén, para el pueblo de Judá. Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que el cierre nadie lo abrirá. Lo hincaré como un clavo en sitio firme” (Pedro roca sobre Cristo roca).

Qué alegría pensar que pertenecemos a la Iglesia que Jesús, Dios y hombre maravilloso, ha querido dejar en este mundo para que podamos salvarnos.
José Ignacio Alemany Grau, obispo

15 de agosto de 2014

XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A

ASÍ DISCURREN LAS MADRES
Hoy nos cuenta san Mateo una escena simpática.

Se trata de una mujer que, al no ser israelita, no tiene derecho a que Jesús le haga ningún milagro. 

Pues bien, esta mujer cananea sorprende a Jesús, dice san Mateo, “saliendo de uno de aquellos lugares. Y comenzó a gritar”.

Advierte que gritó desde el principio para sorprenderle con sus gritos desgarradores de madre.

En efecto, empieza pidiendo compasión para ella misma y lo refuerza todo empleando grandes títulos, posiblemente los más grandes que conocía, para llamar la atención de Jesús.

¿Qué le pasa a aquella mujer que grita “ten compasión de mí, Señor, hijo de David”?

Lo que da motivo para sus gritos no le pasa a ella sino a su hija. Pero así son las madres:

“Mi hija tiene un demonio muy malo”.

El trato que le da Jesús, para probar su fe, resulta un tanto extraño.

San Agustín nos explicará que mientras Jesús le probaba su fe, al mismo tiempo iluminaba su corazón con la fe.

¡Son juegos de la gracia que la liturgia conoce muy bien y por eso con frecuencia nos repite que Dios nos da lo que luego nos va a pedir.

La escena se hace más interesante cuando dice san Mateo que la mujer seguía gritando y los apóstoles se iban poniendo nerviosos:

“Atiéndela que viene detrás gritando”.

No sé si sería muy frecuente, pero llama la atención que los apóstoles, sin ningún preámbulo ni título para con Jesús le “mandan” que la atienda.

Jesús, en voz alta, sin duda para que lo oyese, contestó a los apóstoles:

“Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel”.

La mujer lejos de amilanarse, corrió para ponerse delante de Jesús, se postró ante Él y le pidió:

“¡Señor, socórreme!”

Jesús prueba más su fe y responde con palabras que desanimarían a cualquiera:

“No está bien echar a los perros el pan de los hijos”.

Sabemos que los judíos llamaban perros a los gentiles, es decir a los que no eran de los suyos.

Y ahí aparece la grandeza de esta madre dispuesta a conseguir como sea la curación de su hija:
“Tienes razón, Señor, pero los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”.

Podemos imaginarnos la actitud de los apóstoles al oír tales palabras, pero veamos cómo Jesús después de probar la fe a la cananea, le hace el gran regalo:

“Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”.

“En aquel momento quedó curada su hija”.

Cuántas lecciones para los apóstoles, y para nosotros, en este relato evangélico.

El verso aleluyático nos explica que las curaciones que Jesús hacía eran para “proclamar el Evangelio del Reino curando las dolencias del pueblo”.

Sería bueno que en este momento pensáramos qué tipo de confianza tenemos en Dios.

¿Hubieras sido capaz de aguantar el trato que Jesús dio a la mujer?

¿Cuántas veces te has quejado de que Dios no te escucha? 

¿Has pensado que lo que quiere Jesús es fortalecer tu fe en esos momentos?

Por su parte, san Pablo insiste en el tema del domingo pasado cuando estaba dispuesto a ser condenado si esto pudiera salvar a los de su raza, a los judíos.

Continuando el mismo tema Pablo nos advierte que hay todo un misterio debajo de esta situación:

Al rechazar los judíos a Jesús, los apóstoles evangelizan a los paganos con lo cual podemos decir que los de su raza “¡se la perdieron!”

Y así, los paganos que eran rebeldes a Dios, al rebelarse los judíos consiguieron la misericordia de Dios y su gracia.

Pablo saca su propia conclusión:

De la misma manera que un día los judíos rebeldes perdieron a Jesús, ahora por la misericordia que han obtenido los paganos, alcanzarán también los judíos la misericordia y se salvarán.

El parrafito termina con una idea que Pablo llevaba muy metida en su alma:

“Dios nos encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos”. Es decir:

Para poder salvarnos a todos, Dios nos consideró a todos pecadores.

El salmo responsorial es una bellísima comparación: “El Señor ilumine su rostro sobre nosotros”.

Esta imagen recuerda la sonrisa del papá o la mamá sobre el hijito en la cuna y por tanto quiere pedir una mirada de ternura paternal para cada uno de nosotros:

“El Señor tenga piedad y nos bendiga… que canten de alegría las naciones porque riges el mundo con justicia”. Y terminamos con la alabanza de todos:

“Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”.

Para pedir finalmente que “Dios nos bendiga y que le teman hasta los confines del orbe”.

Te invito a leer a Isaías. Saca tus conclusiones recordando que Jesús es “Señor del sábado”.
José Ignacio Alemany Grau, obispo