9 de noviembre de 2012

XXXII domingo del Tiempo ordinario, ciclo B

EL DOMINGO DE LA GENEROSIDAD 

A todos nos gusta que los demás sean generosos con nosotros, pero cuando se trata de lo contrario, ya no es fácil repetir las palabras “a todos nos gusta”. 
Sabemos que el compartir, el dar de lo nuestro, no es tan fácil porque pensamos que nos costó demasiado esfuerzo el conseguirlo y no nos alegra perderlo sin más. 
Éste es el motivo por el que hay muchos que actúan de manera diferente: 
Por un lado están los que dan mucho para que lo sepan los demás y los alaben. De esto nos habla el Evangelio de hoy cuando “estando Jesús sentado en frente del arca de las ofrendas observaba a la gente que iba echando dinero. Muchos ricos echaban en gran cantidad”. 
Eran aquellos de los que hablaba Jesús “cuando hagas limosna no vayas tocando la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en la sinagoga y por las calles, para ser honrados por la gente”. 
Otros dan de lo que les sobra, quizá pensando en que no se les malogre... 
Hay también quienes no colaboran con nada porque son tacaños y sólo piensan en sí mismos. 
La liturgia de hoy nos hace ver cómo la verdadera generosidad es un don del mismo Espíritu Santo. 
El primer ejemplo es el de una viuda muy pobre. 
Estaba recogiendo un poco de leña para cocer un pan y morir juntamente con su hijito. Así lo dice ella misma cuando el profeta, sin duda también hambriento, en aquellos años de sequía, le pide que le haga un pan: 
“Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco de leña. 
Voy hacer un pan para mí y para mi hijo, nos lo comeremos y luego moriremos. 
El profeta Elías le promete de parte de Dios que no le va faltar ni la harina ni el aceite. 
La mujer, es imposible imaginar otra más pobre, se echa en las manos providenciales de Dios, según le promete el profeta, y hace la entrega de su último aceite y de su última harina. 
Dios es más generoso y cumplió la profecía: 
“Ni la orza de harina se vació ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías” 
El Evangelio nos habla de otra viuda. 
Es una viuda muy generosa que, mientras los ricos daban en abundancia haciendo sonar las monedas en la alcancía, ella echó dos reales que, por supuesto, no sonaron para ninguno. 
Jesús, en cambio, resaltó la generosidad de aquella mujer diciendo: 
“Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”. 
Tenemos aquí el ejemplo y generosidad de dos viudas pobres de verdad. Junto a ellas la carta a los Hebreos resalta la gran generosidad de Dios que por medio de Cristo nos ha salvado: 
“Cristo ha entrado no en un santuario construido por hombres, sino en el mismo cielo para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros”. 
El sacrificio y entrega de Cristo, antes de la subida al cielo por la ascensión, han sido tan perfectos que Él solo ofreciéndose “una sola vez para quitar los pecados de todos” nos ha enriquecido para siempre. 
Ésta es la gran generosidad de Dios. 
La liturgia en este día resalta la generosidad de los “pobres de espíritu” precisamente por su actitud de entrega a Dios y al prójimo. 
Aprender a dar, y dar en las condiciones que hemos visto, cada uno según lo que tiene y siempre por amor, es la lección de las viudas y de Dios. 
Finalmente, quiero resaltar un detalle de la carta a los Hebreos sobre un detalle que para algunos pasa desapercibido, quizá porque no les interesa o no les conviene: 
“El destino de los hombres es morir una sola vez. Y después de la muerte, el juicio”. 
Queda claro que en la Palabra de Dios no caben las teorías de la reencarnación, como también está claro que el Señor nos juzgará a cada uno de nosotros después de la muerte. 
Éste puede ser un gran motivo para que seamos de verdad generosos a semejanza de Dios y un día Dios será nuestra recompensa. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

2 de noviembre de 2012

XXXI domingo del tiempo ordinario, ciclo B

CREADOS PARA SER FELICES 

El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que hemos sido creados por Dios para la bienaventuranza. Dicho de otra manera, para ser felices siempre. 
Pero, ¿dónde está la felicidad? 
¿El Creador que nos hizo para ser felices, nos dio algún medio para conseguirlo? 
Dios ha ido dando por etapas, según su maravilloso plan de salvación, los medios necesarios para conseguir la verdadera felicidad. Primero fue, ya en la misma creación de los seres humanos. 
Dios puso en nuestro interior la regla más importante, en virtud de ella nuestra misma conciencia nos grita: ¡haz el bien! ¡Evita el mal! 
Más tarde, cuando Dios anuncia su plan de salvación al pueblo escogido, enseña el decálogo como un camino seguro para llegar a la felicidad personal y comunitaria. 
Moisés lo presenta así: 
“Teme al Señor, tu Dios, guardando todos sus mandatos y preceptos… Así prolongarás tu vida. Escúchalo, Israel, y ponlo por obra para que te vaya bien…”. 
¿Cuál es ese mandamiento que recalca el gran caudillo y que resume el decálogo? 
Es el famoso shemá que todo buen israelita, a través de los siglos, conoce muy bien y lo escribe en su corazón y a la puerta de sus casas y en las filacterias: 
“Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas”. 
Y todavía lo recalca en el mismo libro del Deuteronomio con estas palabras que son un ruego y un mandato: “Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria”. 
Quizá nos haya llamado la atención en este texto la expresión “teme al Señor”. 
Sin embargo, la misma Escritura nos dice que “el temor de Dios es el principio de la sabiduría”. 
No se trata, pues, del miedo a Dios sino del miedo a perderlo. 
Finalmente, Jesucristo nos trae la plenitud de la revelación y nos advierte que los mandamientos se cumplen con la libertad que brota del amor verdadero. 
Así leemos en el verso aleluyático: 
“El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él”. 
En el Evangelio de hoy, conversando con el escriba que le pregunta cuál es el primer mandamiento de todos, le contesta: 
El primero es “escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu mente y con todo tu ser”. 
Y en seguida añade con un texto que pertenece también al Levítico, en el Antiguo Testamento: 
“El segundo es éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo”. 
A poco que profundicemos nos daremos cuenta de que si todos cumpliéramos estos dos mandamientos seríamos felices. 
De todas maneras queda claro: primero y siempre ¡Dios!, y después, por amor de Dios, viene el amor al prójimo. 
Será Jesús quien al llevar a plenitud su enseñanza en la última cena propondrá la perfección de este mandamiento proclamando lo que Él mismo llama “mi mandamiento”: “Ámense unos a otros como yo los he amado”. Jesús mismo, muerto para salvarnos, es la medida del amor al prójimo. 
Nunca podemos desear una felicidad mayor que la que brota de amar y ser amado así. 
Por su parte, la carta a los Hebreos nos presenta a Jesús como el sumo sacerdote que trae la perfección de la ley de Dios y su alianza con los hombres. 
Para terminar nosotros respondemos al mandamiento del Señor “amarás a Dios sobre todas las cosas” con el bellísimo salmo responsorial que te invito a paladear palabra por palabra: 
“Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte… Viva el Señor, bendita sea mi roca”. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo