11 de mayo de 2012

VI Domingo de Pascua

NO ENTENDEMOS MUCHO DE AMOR 

Todos hablamos de amor, pero pocos conocen la delicadeza y profundidad de esa palabra que, cuando es auténtica, lleva en pos de sí la vida de las personas. 

Para nosotros esta claro que el verdadero amor es el de Dios, personificado en el Espíritu Santo. 

Esto significa que se trata de un amor tan grande que tiene vida y constituye una Persona. 

En cambio, el amor en nosotros es pequeño y, con frecuencia, llega al ridículo ya que es el motor que nos impulsa a actuar pero, a juzgar por los efectos, lo hacemos de una manera demasiado limitada y pobre. 

En la liturgia de hoy nos sorprende ver los celos de los primeros cristianos. 

Cuando se les reveló el amor de Dios, infinito y eterno hasta la entrega del Hijo amado en la cruz, con muerte y resurrección, los cristianos judíos pensaron que la revelación y la salvación iba a ser sólo para Israel. 

La actuación de Dios con el pagano Cornelio y su familia los desorientó del todo. 

En efecto, la comunidad cristiana exigió cuentas a Pedro por haber bautizado a unos paganos. 

Lo más sorprendente, sin embargo, fue que la “culpa” de todo la tuvo el mismo Espíritu Santo. 

Pedro llega a Cesarea, bautiza a Cornelio y a su familia. Y el Espíritu Santo penetra en aquellos corazones, lo mismo que había hecho con los apóstoles e incluso se dan las mismas manifestaciones externas que en el primer Pentecostés. 

Frecuentemente ocurre algo similar entre nosotros, los cristianos de hoy. 

Llegamos a creernos los dueños de los dones de Dios. 

Pero el amor que Dios nos trajo para construir el Reino es totalmente distinto. 

Esta es la manifestación del amor: 

El Padre bueno envió a su Hijo único al mundo para dar vida, sin acepción de personas; a todos. Su amor va por delante. Su amor es tan grande que nos entregó a su Hijo como víctima de propiciación, es decir, sacrificó a su Hijo para que encontremos propicio el amor de Dios. 

Si esto nos dice Juan, el discípulo del amor, en su carta, es Jesús mismo el que nos abre unos horizontes impensados en el evangelio del día. 

Él quiere que el amor humano crezca hasta convertirse en amor divino: “Como el Padre me ha amado así os he amado yo; permaneced en mi amor”. ¡Así nos quiere, metidos en el amor! 

Este es el gran distintivo del cristianismo: el amor divino. 

Pero, si somos sinceros, reconoceremos que está por estrenar en la mayor parte de los corazones. 

Este amor, desde la libertad, se convierte en el mandamiento y distintivo que dejará Jesús a los suyos. 

Se trata del “amor más grande”, el que da la vida, sea toda de una vez o poco a poco, “por los amigos”. 

Jesús se pone como único modelo. 

Él nos da la vida de una vez en la cruz. 

Es la entrega de su vida humana. 

Y su amor delicado nos entregó también su vida divina cuando nos dio a conocer todo lo que sabía del Padre, ya que “en esto consiste la vida eterna”. 

Si se trata de amor delicado, hoy recordamos el amor de Dios maternizado en cada mujer a la que llamamos madre. 

El amor maternal es uno de los más delicados y profundos que conocemos en la tierra. 

Qué maravilloso es cuando una mujer cristiana identifica su amor de madre con el amor que Dios nos pide en la liturgia de este domingo. 

¡Benditas sean ustedes, madres, que saben amar! 

“Cantad al Señor un cántico nuevo porque ha hecho maravillas”. 

Él mismo Señor está dispuesto a renovar esas maravillas en el próximo Pentecostés al que la Iglesia nos está preparando en esta segunda parte de la liturgia pascual. 

Que el Espíritu Santo tenga a bien descubrirnos el amor que se tienen el Padre y el Hijo, para que podamos caminar hacia el amor auténtico y entender mucho más de amor.

1 de mayo de 2012

V Domingo de Pascua


¿UNA RAMA SOLA Y CON FRUTO?

No es fácil imaginar que una rama quiera vivir sola y, separándose del árbol pretender dar fruto y fruto abundante.
Esto puede parecer muy extraño pero es lo que sucede continuamente, incluso entre los discípulos de Jesús.
La gente quiere ir sola, la gente quiere llamar la atención y además pretender dar más fruto que otros.
La liturgia de este domingo nos invita a la unidad entre nosotros y con Cristo. Y por Cristo con el Padre, en el Espíritu Santo.
Meditemos, una vez, más la hermosa comparación (alegoría) que nos recuerda San Juan:
“Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto… permaneced en mí y yo en vosotros”.
Y Jesús lo explica claramente cuando dice: “Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí”.
Está claro que sólo el que permanece en Cristo dará fruto abundante.
Puede ser interesante contar las veces que repite Jesús el verbo “permanecer” en este capítulo de San Juan. No se trata, por tanto, de un paseo por el árbol ni tampoco de un paseo fuera del árbol. Se trata de recibir la savia del árbol permanentemente, bien colocado en el sitio que le corresponde para dar fruto.
No olvides nunca esta hermosa comparación de hoy:
Estamos unidos en la Trinidad:
* El Padre es el agricultor.
* El Hijo es la vid, el árbol.
* El Espíritu Santo es la savia.
* Y cada uno de los seguidores de Cristo, pequeñas ramitas que deben florecer, aunque sea con sacrificio, para dar fruto.
Posiblemente esto puede no ser lo más cómodo y, no tanto por la Trinidad Santa que nos sustenta, sino por las otras “ramitas” que nos acompañan y molestan. Es decir, los otros que pertenecen al mismo cuerpo de Cristo…
Pero, no lo olvides, sólo donde hay unidad y amor está Dios.
Por su parte, la vivencia de San Pablo, que nos cuentan los Hechos de los apóstoles, es una buena lección para todos nosotros.
Cuando Jesús lo deslumbró a las puertas de Damasco, le reclamó por su persecución con estas palabras: “Pablo, ¿por qué me persigues?”.
La verdad es que Pablo nunca persiguió a Cristo. Para él Jesús estaba muerto y bien muerto. Pero de las palabras del Señor sacó la gran enseñanza: quien persigue a los de Jesús, persigue al Señor.
Por eso se esforzó al hablar de la caridad, hasta decirnos que tengamos muy presente que el otro debe ser más importante que uno mismo.
El mismo Pablo nos cuenta hoy cómo sintió el vacío de los demás en las primeras comunidades cristianas.
Por una parte los judíos estaban furiosos contra Él porque los había traicionado. Y en cuanto a los discípulos de Jesús, le tenían miedo y le hacían el vacío porque no se fiaban ni creían en su conversión.
Para fomentar la unidad y la caridad, la carta de San Juan nos pide hoy que “no amemos de palabra y de boca sino de verdad y con obras”… Éste es el mandamiento del Señor:
“Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos unos a otros como Él nos lo mandó”.
Queda, pues, claro que no hay otro cristianismo que el de permanecer unido a Cristo y dar siempre la mano a los hermanos.
El verso aleluyático nos lo repetirá hoy: “permaneced en mí y yo en vosotros, dice el Señor; el que permanece en mí da fruto abundante”.