10 de noviembre de 2011

XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A


Reflexión dominical 13.11.11

SE ACABA EL AÑO LITÚRGICO

Las tres lecturas de hoy nos invitan a una seria reflexión como preparación al fin del año.
En primer lugar encontramos el tema de la mujer en la Biblia:
A la lectura de hoy que es de los Proverbios, añado otras tres citas bíblicas para que nuestras lectoras puedan escoger el modelo que les parezca mejor para su vida y para que los hombres, al escoger esposa, puedan hacer lo mismo.
* “Por cuanto son altivas las hijas de Sión, y andan con el cuello estirado y guiñando los ojos y andan a pasitos menudos y con sus pies hacen tintinear las pulseras… aquel día quitará el Señor el adorno de las ajorcas, los solecillos y las lunetas; las perlas, las lentejuelas y los cascabeles; los peinados y las cadenillas de los pies, los brazaletes, los pomos de olor y los amuletos, los anillos y aretes de nariz, los vestidos preciosos, los mantos, los chales, los bolsos, los espejos, las ropas finas, los turbantes y las mantillas…” (Is 3,16-23).
* “Que las mujeres, vestidas decorosamente, se adornen con pudor y modestia. No con trenzas o con oro o con perlas o vestidos costosos sino con buenas obras, como conviene a mujeres que hacen profesión de piedad” (1Tm 2,9ss).
* “Que vuestro adorno no esté en el exterior, en el peinado, joyas y modas, sino en lo oculto del corazón, en la incorruptibilidad de un alma dulce y serena: esto es precioso ante Dios. Así se adornaban en otro tiempo las santas mujeres que esperaban en Dios…” (1P 3,3s).
* Finalmente, la lectura de hoy que es de los Proverbios (31,10ss):
“Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Vale mucho más que las perlas. Su marido se fía de ella y no le faltan riquezas. Le trae ganancias y no pérdidas todos los días de su vida. Adquiere lana y lino, los trabaja con la destreza de sus manos. Extiende la mano hacia el huso y sostiene con la palma la rueca. Abre sus manos al necesitado y extiende el brazo al pobre. Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura, la que teme al Señor merece alabanza”.

El salmo responsorial (127) nos presenta el matrimonio que irá feliz al juicio de Dios:
“Dichoso el hombre que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso y te irá bien…tu mujer como parra fecunda en medio de la casa y los hijos como renuevos de olivo alrededor de tu mesa”.

San Pablo nos habla hoy del fin de los tiempos: “Sabéis perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo “paz y seguridad”, entonces, de improviso les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta y no podrán escapar”.
Para San Pablo los cristianos debemos vivir siempre en la luz y como hijos del día. Por tanto, nunca habrá esa noche de pecado en nosotros. De todas formas nos advierte: “que no durmamos como los demás sino que estemos vigilantes y despejados”, para cuando venga el Señor.
Estas ideas evidentemente las toma San Pablo del Evangelio que sin duda le contaron los primeros cristianos.  De ellos bebió las enseñanzas de Cristo, a parte de las revelaciones personales que recibió como apóstol elegido.

El Evangelio, a su vez, nos cuenta la parábola de los talentos.
Un señor, antes de viajar, reparte el dinero entre sus empleados, “a cada uno según su capacidad”.
Cuando regresan los dos primeros han doblado la cantidad recibida: Uno trae diez talentos y otro cuatro. A los dos los felicita por igual: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu Señor”.
La misma felicitación, el mismo premio y pasan con el mismo derecho al banquete celestial.
El tercer empleado, en cambio, quiso justificar su holgazanería diciendo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces; tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”.
El señor castiga severamente su falta de responsabilidad.
La aplicación es clara e importante. Estamos a fin de año. Dios nos ha dado a todos unos talentos para que los desarrollemos a lo largo de nuestra vida. ¿Cómo vamos correspondiendo y cómo va nuestro “negocio” con el Señor?
A los hombres los engañamos y hacemos todas las trampas que podemos. ¡Con Dios esto no es factible!
Terminemos con el consejo del verso aleluyático: “Permanezcan en mí y yo en ustedes. El que permanece en mí da fruto abundante”.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

3 de noviembre de 2011

XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A


Reflexión dominical 06.11.11

EL MIEDO A LA MUERTE

Ya sabemos que la sociedad de hoy no quiere saber nada de la muerte. Hasta han inventado la cremación de los cadáveres para evitar su recuerdo.
De todas formas hay, en general, dos maneras distintas de pensar sobre la muerte personal, es decir, la de cada uno de nosotros, que sabemos que es inevitable.
Para unos viene a ser algo con lo que termina todo.
Para otros es más bien algo que comienza, como si a una persona le abrieran la puerta definitiva por la que durante años ansió entrar.
El salmo responsorial de este día nos da la clave cristiana de la actitud que debemos tener frente a la muerte:
“Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”.
Con este estribillo va toda la belleza del salmo 62:
“Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua”.
Esto mismo era lo que Santa Teresa de Jesús cantaba con otras palabras:
“Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero”.
En efecto. Para los santos la muerte es principio de vida. Es el encuentro de la criatura con el Creador, del hijo con su Padre.
La primera lectura nos habla de la Sabiduría de Dios que produce en el hombre un ansia grande de conocerla y estar con ella para siempre.
Esta sabiduría “va de un lado a otro buscando a los que la merecen y los aborda benigna por los caminos y les sale al paso en cada pensamiento”.
Así nos presenta al Señor que nos busca siempre.
Por su parte, San Pablo, escribiendo a los Tesalonicenses nos dice claramente que no quiere que ignoremos la suerte de los difuntos que se nos ha revelado por la fe, para que no nos aflijamos y desesperemos como  los hombres que no tienen esperanza.
Y, ¿en qué consiste esta esperanza?
“Si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo tenemos que creer que a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús los llevará con Él”.
Por este mismo motivo San Pablo anima a los Tesalonicenses y a cada uno de nosotros, que frente a la muerte, reaccionemos con esta virtud teologal de la esperanza y nos consolemos, unos a otros, con estas palabras:
“Estaremos siempre con el Señor”.
Para que esto se realice el Evangelio nos enseña la virtud tan importante de la vigilancia, es decir, estar siempre preparado para salir al encuentro de Dios.
Se trata de una parábola. Diez jóvenes con su belleza y sus lámparas, deben acompañar al esposo el día de la boda. Las de esta parábola, en concreto, eran cinco vigilantes y previsoras y las otras cinco eran necias y descuidadas.                    
Resulta que el esposo tardaba y se durmieron todas. “A medianoche se oyó una voz: ¡que llega el esposo, salid a recibirlo”. A unas la llamada las llena de gozo, alistan sus lámparas y salen a la fiesta. Las otras, al contrario, se llenan de angustia y mendigan a las prudentes un poco de aceite. Ellas se lo niegan “por si acaso no hay bastante para ustedes y nosotras mejor es que vayan a la tienda y lo compren”.
En ese momento llega el esposo, se cierra la puerta y comienza la fiesta.
Más tarde llegaron las otras y golpearon la puerta gritando: “¡Señor, ábrenos!”.
La voz del esposo, sin duda molesto porque lo habían dejado mal ante los invitados, las rechazó: “¡ni las conozco!”.
La conclusión lógica nos la da Jesús y es muy clara.
Es preciso que tengamos la virtud de la vigilancia indispensable para estar listos el día y la hora en que venga el Señor.
La razón es simple y nos la da San Mateo en el capítulo anterior: “Estén en vela y preparados porque a la hora que menos piensen vendrá el Hijo del hombre”.
Es claro que estas mismas palabras son distintas para quien ama al Señor y para quien no lo ama.
Sabemos, en efecto, que cuando le dicen a uno que le llama su amado, se llena de gozo. Cuando no lo ama y lo teme, se llenará más bien de temor.
Esto debe ser nuestra actitud frente a la muerte: estar siempre preparados para que cuando nos llame Jesús podamos salir felices a su encuentro.

José Ignacio Alemany Grau, obispo