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17 de agosto de 2024

EL QUE COMA ESTE PAN VIVIRÁ SIEMPRE

En este domingo continuamos la meditación del capítulo 6 de San Juan.

No se trata de sacarnos sanos del hospital, sino de sacarnos de muerte a vida, del tiempo a la eternidad:

«El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día».

Proverbios

En la lectura de hoy, la Sabiduría hace un llamado especial cuyo trasfondo la liturgia refiere a la Eucaristía: «Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado. Dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia».

Importante tener esto en cuenta cuando hablemos de la Eucaristía.

Salmo 33

«Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca. Mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren.

Nada les falta a los que temen al Señor. Los ricos empobrecen y pasan hambre. Los que buscan al Señor no carecen de nada. Apártate del mal y obra el bien. Busca la paz y corre tras ella».

Esta es la paz que nos prometió Jesús y la encontraremos sobre todo al contacto con Él en la Eucaristía.

San Pablo

En la Carta a los efesios nos invita a ser sensatos aprovechando la ocasión de unirnos a Dios «porque vienen días malos».

Frente a esta realidad de entonces y de hoy, el apóstol nos da estos consejos:

En primer lugar, no estemos aturdidos y démonos cuenta de lo que el Señor quiere. Para ello, en vez de caer en los vicios («no os emborrachéis con vino que lleva al libertinaje») dejémonos llenar del Espíritu Santo. Incluso concreta más pidiéndonos:

«Recitad salmos, himnos y cánticos inspirados. Cantad y tocad con toda el alma para el Señor».

Finalmente, San Pablo nos da una clave para superar las difíciles situaciones que podamos encontrar:

«Siempre demos gracias a Dios por todo en nombre de nuestro Señor Jesucristo».

Verso aleluyático

Nos recuerda uno de los grandes tesoros que tenemos en la Eucaristía: la inhabitación del Señor:

«El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él».

Como dijo Jesús en la última cena «si uno guarda mis mandamientos será amado de mi Padre y vendremos a él y moraremos en él». Esta es la inhabitación del Señor.

Evangelio

El párrafo de hoy comienza con una afirmación de Jesús que los judíos van a rechazar:

«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

Lógicamente los judíos de ayer, y tantos hombres a través de los tiempos, repetirán:

«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».

La pregunta es muy lógica porque enseguida pensamos que cuando Jesús habla de comer su carne se refiere a comer físicamente su cuerpo. Evidentemente que esto es imposible y no se refiere Jesús a ello.

Lo que la Iglesia nos enseña es la transubstanciación. Se trata, pues, de una comida metafísica, es decir, en el orden de las sustancias. La sustancia de pan y de vino dejan paso a la sustancia Jesús, Dios y hombre verdadero.

Jesús insiste: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida».

Y añade unas enseñanzas que debemos meditar en este domingo:

«El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él… El que me come vivirá por mí».

Y termina el párrafo del Evangelio de hoy, que continuaremos la próxima semana, diciendo:

«Este es el pan que ha bajado del cielo. No como el de vuestros padres que lo comieron y bebieron. El que come este pan vivirá para siempre».

Terminemos meditando y agradeciendo esta verdad de fe: si comemos la Eucaristía tenemos asegurada la eternidad en el seno de Dios.

 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

14 de agosto de 2021

LA ASUNCIÓN, EL TRIUNFO DE SANTA MARÍA


Hoy se cumplen de manera especial las palabras que la Virgen dijo al llegar a la casa de santa Isabel:

“Me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí”.

Lo que celebramos es, como nos dice el prefacio de esta solemnidad, que:


“Hoy ha sido llevada en cuerpo y alma al cielo la Virgen, la Madre de Dios”.

Hoy ha sido glorificada como Madre de la Iglesia, es decir, de todo el pueblo de Dios que vivimos peregrinando por este mundo. Y hoy nos alegramos porque el Señor no quiso que conociera la corrupción del sepulcro la mujer santa en cuyo seno permaneció nueve meses el Verbo de Dios encarnado.

¡Bendita y alabada seas, Santa María!

  • Apocalipsis

Nos habla de una doble aparición.

Por un lado, el arca de la alianza que es precisamente una de las imágenes bíblicas más importantes de la Madre de Jesús.

Por otro lado, “apareció una figura portentosa en el cielo”  que se refiere a la Iglesia y la Iglesia a su vez la aplica a la Virgen María:

“Una mujer vestida del sol, la luna por pedestal y coronada por doce estrellas”.

Sabemos que, en distintas apariciones, la Virgen se ha presentado como una mujer semejante a esta descripción del Apocalipsis.

Para nosotros gran motivo de gozo en este día santo de la Asunción de María, cuando celebramos como una verdad de fe que la Virgen María fue llevada en cuerpo y alma al cielo.

  •  Salmo responsorial

En el salmo 44 la Iglesia ve descrita a la Virgen María junto al Mesías y que está “enjoyada con oro de Ofir” y de la que el Señor está profundamente enamorado.

  • San Pablo a los corintios

Es una aplicación de lo que ha previsto el plan de Dios para la humanidad, es decir, la resurrección de todos por Cristo.

Jesús tiene que reinar sobre la humanidad entera y al final de los tiempos el Redentor aniquilará la muerte y someterá a toda la humanidad a su poder, que le corresponde como Dios y como Redentor.

  • Verso aleluyático

Aclama la alegría de la Iglesia en el día de hoy que alegra al cielo y a la tierra:

“María ha sido llevada al cielo: se alegra el ejército de los ángeles”.

  • Evangelio

Es el párrafo tan conocido de San Lucas que nos cuenta la prontitud con que, tras el anuncio del ángel, la Virgen se puso en servicio de su prima santa Isabel.

En aquel momento hubo una presencia especialísima del Espíritu Santo que iluminó a las dos santas mujeres.

A santa Isabel, que pudo profetizar cómo la Virgen María llevaba en su seno al Mesías  (“dijo el Señor a mi Señor”) y, por otra parte, a María, que al verse descubierta, proclamó la grandeza del Señor en el cántico que la Iglesia nos pide repetir todas las tardes en el rezo de vísperas y que nos vendrá bien a nosotros repetir con Santa María en el día de hoy, ese mismo himno de alabanza al Creador por la grandeza de nuestra Madre:

“Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí; su nombre es Santo...”.

Como hijos de la Iglesia de Jesucristo alegrémonos de una manera especial en este día. Felicitemos a nuestra Santa Madre y pidámosle que nos ayude a vivir siempre en la esperanza de la salvación que nos llevará, tras la muerte, a una resurrección gloriosa, que nos permitirá contemplar en el cielo a Jesucristo y a nuestra Madre Santa en el seno de Dios Padre.

 

José Ignacio Alemany Grau, obispo