Muchas veces parece que Dios nos ha abandonado, pero no dejemos nunca de contar con Él que, de hecho, siempre está con nosotros.
- Libro del Éxodo
El pueblo sale de
Egipto con Moisés, su liberador. Tienen que atravesar un inhóspito desierto y
llega el momento en que se desesperan por la falta de agua. Gritan a Moisés:
«¡Nos has hecho
salir de Egipto para hacernos morir de sed!».
A Moisés le queda
solamente un recurso: acudir a Dios, y le dice: «¿Qué puedo hacer con este
pueblo? Poco falta para que me apedreen».
Dios pide a Moisés
que lleve consigo un grupo de ancianos y el bastón con que golpeó la roca. Y
viene después la gran respuesta: «Yo estaré contigo sobre la peña, en Horeb,
golpearás la peña y saldrá de ella agua para que beba el pueblo».
Así el pueblo verá la respuesta de Dios a su grito desesperado: «¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?».
- Salmo 94
Se trata de un
responsorio que repetimos en la liturgia y es muy importante en la vida del
pueblo de Dios. El salmo pide: «Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: no
endurezcáis vuestro corazón».
Después de admirar
los prodigios que ha hecho el Señor, invita a su pueblo a vivir la fe, según
los prodigios que había contemplado en el desierto.
A continuación, el
salmista invita al pueblo, testigo de la presencia y misericordia de Dios, a
cantar la bondad con que Dios había tratado a su pueblo y a postrarse ante Él
con gratitud:
«Postrémonos por tierra bendiciendo al Señor».
- San Pablo
En su Carta a los
romanos, el apóstol ofrece una respuesta al pueblo de Dios para todos los
tiempos: «Hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios
por medio de nuestro Señor Jesucristo».
Nos aclara San
Pablo que por las virtudes teologales llegamos a poseer gratuitamente el don de
Dios.
He aquí una de las
frases más bellas de San Pablo:
«El amor de Dios ha
sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado».
Todo se lo debemos
a «Cristo que murió hasta por los impíos», y advierte: «en verdad,
apenas habrá quien muera por un justo… La prueba de que Dios nos ama es que
Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros».
De esta manera, con la aclaración del apóstol Pablo entendemos mejor la situación del libro del Éxodo.
- Versículo entes del Evangelio
Repite estas palabras maravillosas del Evangelio de hoy que es una conversación entre Jesús y la samaritana: «Señor, tú eres de verdad el Salvador del mundo, dame agua viva así no tendré más sed».
- Evangelio
Nos cuenta San Juan
esta preciosa conversación entre Jesús y la samaritana.
Lo mismo que el
pueblo de Israel pedía agua porque se moría de sed en el desierto, ahora,
cuando la mujer samaritana descubre quién es Jesús le manifiesta cómo necesita
del agua viva que tiene Jesús para saciarse ella misma.
Este diálogo
precioso nos invita a leer con calma el Evangelio de San Juan: Jn 4,5-42.
La samaritana es el
símbolo de todos los que llegamos a conocer a Jesús y le pedimos, como ella, «el
agua viva que salta hasta la vida eterna».
En aquella mujer que
le pide agua, encontramos a la humanidad sedienta que ya en el desierto pedía
el agua para saciar la sed de los hombres y animales que caminaban fatigados
por el desierto.
Lo más hermoso que
encontramos en este Evangelio es que esa mujer extranjera dio una verdadera
lección a los judíos, cuando les dijo: «Venid a ver un hombre que me ha
dicho todo lo que he hecho. ¿Será este el Mesías?».
Los discípulos
llegaron donde estaba Jesús y le dijeron: «Maestro, come». Pero Él
respondió: «Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis… Mi
alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra».
Los samaritanos que
vivían en aquel pueblo pidieron que Jesús se quedara con ellos y después de dos
días de escucharlo y conocerlo, terminaron diciendo a la samaritana: «Ya no
creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es
de verdad el Salvador del mundo».
¡Qué bueno será que
pensemos cómo esta mujer samaritana, por el agua de vida, llegó a la conversión
de muchos paisanos!
José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista
