«Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría los que por ella llevasteis luto. Mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos».
Esta introducción hace, para el IV domingo de cuaresma, la liturgia que llama a este «domingo de laetare».
- Libro de Samuel
El gran profeta va
a buscar un rey para Israel. Pasan delante de Samuel los hijos de Jesé, el de
Belén, porque según Dios entre ellos está el elegido para rey de su pueblo.
Van pasando los
distintos muchachos y el Señor los va descartando, uno a uno, hasta que cuando
han pasado todos, pregunta Samuel a Jesé: «¿Ya no hay más muchachos?».
Jesé contesta: «Queda
el pequeño que, precisamente, está cuidando las ovejas».
Samuel, movido por
el Señor, contesta:
«Manda por él que
no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue».
El pequeño David «era
de buen color, de hermosos ojos y buen tipo».
Dios le dijo al
profeta: «Úngelo porque es éste».
Samuel lo ungió. Fue el rey querido por Israel: David.
- Salmo 22
Es el salmo muy
conocido del pastor de Israel, que es el mismo Señor:
«El Señor es mi
pastor, nada me falta».
El salmo va
describiendo las cualidades de misericordia, e incluso ternura de Dios: es un
pastor que cuida bien las ovejas, que las guía por el sendero justo. Les
prepara una mesa abundante y resalta en él de una especialmente el amor:
«Tu bondad y
misericordia me acompañan todos los días de mi vida».
Este precioso salmo del buen pastor nos invita a no separarnos de Dios en el que encontramos todo lo necesario para la vida.
- San Pablo
Jugando con las palabras «luz» y «tinieblas» nos invita a caminar como hijos de la luz. Son muy conocidas estas palabras que cita en su Carta a los efesios: «Despierta, tú que duermes; levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz».
- Versículo antes del Evangelio
Esta es la luz (que
es Cristo mismo) que culmina con las palabras del versículo anterior al
Evangelio:
«Yo soy la luz del mundo; el que me sigue tendrá la luz de la vida».
- Evangelio
Es extenso y muy
importante el texto de este día que también es de San Juan.
Los discípulos de
Jesús, según las creencias de su tiempo, le preguntan: «Maestro, ¿quién pecó:
este o sus padres para que naciera ciego?».
La respuesta de
Jesús es inmediata:
«Ni este ni sus
padres, sino para que se manifestara en él las obras de Dios».
Jesús escupe en la
tierra y con su saliva hace un poquito de barro, lo unta en los ojos del ciego
y le dice: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé. Él fue, se lavó y volvió con
vista siendo la admiración de todos».
Al ver este hecho
se dividen las opiniones. Hay quienes niegan la misma persona que antes era
ciega, y quienes advierten la maravilla que ha hecho Jesús.
Muy interesante es
la actitud de los fariseos que niegan la santidad de Jesús y afirman que Él no
puede hacer milagros porque es un gran pecador.
Lo más maravilloso
es que, al final, Jesús le sale al encuentro al que había sido ciego y sin más
le pregunta: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?
El ciego le contestó:
“¿Y quién es para que yo crea en él?”».
Jesús hace la gran
revelación:
«Lo estás viendo.
El que te está hablando ese es».
El ciego se postró
diciendo:
«Creo, Señor».
Jesús afirma que ha
venido para un juicio: «Los que no ven, vean; y los que ven, queden ciegos».
Los fariseos se
aplican las palabras de Jesús y le preguntan: «¿También nosotros estamos
ciegos?».
La respuesta de
Jesús para entonces y para hoy es esta:
«Si estuvierais
ciegos no tendrías pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste».
Busquemos la luz
que es Cristo y encontraremos el camino hacia el Padre.
José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista
