- Génesis
Dios llama a Abram
y sin más le dice: «Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la
tierra que te mostraré».
Muchas promesas le
hace el Señor, y Abram sin discutir ni preguntar «marchó como le había dicho
el Señor».
¿A dónde? ¿cómo?
Se fio de Dios.
- Salmo 32
Canta la
misericordia del Señor, y el salmista le pide que nos llene con su bondad y
misericordia.
El salmo se fía de «la
Palabra del Señor (que) es sincera y todas sus acciones son leales».
Lo que necesitamos
es la lealtad en la justicia y el derecho.
Todo esto lo posee
Dios «y su misericordia llena la tierra».
Posiblemente fue este el motivo de la obediencia ciega de Abram.
- San Pablo
En su carta a
Timoteo nos invita a todos a sacrificarnos por el Evangelio:
«Toma parte en los
duros trabajos del Evangelio según la fuerza de Dios».
A continuación, nos
ofrece motivos suficientes para seguir a Dios que «nos llamó a una vida
santa no por nuestros méritos sino porque desde tiempo inmemorial Dios dispuso
darnos su gracia».
Lo interesante es
que esta gracia nos la da por Jesucristo: «La gracia se ha manifestado al
aparecer nuestro Señor Jesucristo que destruyó la muerte y sacó a la luz la
vida inmortal por medio del Evangelio».
Aquí tenemos una clara invitación para meditar con profundidad en cómo ha llegado la santidad entre nosotros y que debemos evangelizar para que otras personas conozcan también el Evangelio.
- Versículo antes del Evangelio
El versículo encierra
las palabras más importantes de la revelación de Dios en el cerro de la
transfiguración:
«Este es mi Hijo,
el amado, escuchadlo».
Breves palabras que por ser dichas por el Padre Dios a los tres apóstoles que subieron a la montaña con Jesús, son la máxima invitación que hemos oído por la que Dios se revela a nosotros y nos marca el camino hacia Él: Al Padre se va por Jesucristo.
- Evangelio
Nos dice que «Jesús
tomó consigo a Pedro, Santiago y su hermano Juan, y se los llevó aparte a una
montaña alta».
El Evangelio tiene
dos momentos importantes: el primero es la transfiguración de Jesús y la
presencia de «Moisés y Elías conversando con Él».
Entusiasmado Pedro
con la visión dijo: «Señor, qué bien se está aquí. Si quieres haré tres
tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
En aquel momento
llegó lo más importante: el Padre Dios nos habla a todos con esta expresión que
ya hemos oído en el versículo del Evangelio:
«Este es mi Hijo,
el amado, mi predilecto, escuchadlo».
La voz del Padre
estremeció a los apóstoles que cayeron de bruces llenos de espanto.
Jesús se acercó a
ellos y tocándolos les dijo: «Levantaos, no temáis».
Se había acabado
todo, pero nunca unas palabras tan importantes pronunciadas por el Padre Dios.
El relato de este
Evangelio termina con las palabras de Jesús:
«No contéis a nadie
lo que habéis visto hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los
muertos».
Otra profecía de
Jesús que debió dejar en suspenso a los apóstoles: Morirá y resucitará.
Como los apóstoles
nosotros hemos recibido un mensaje para comunicar a todos, porque ya Jesús
resucitó: «Este es mi Hijo amado. Escuchadlo».
José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista
