11 de septiembre de 2015

Reflexión homilética para el XXIV domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B

EL SIERVO DEL SEÑOR

Hasta hace poco solíamos decir y cantar al “siervo de Yahvé”.
Últimamente, y sobre todo después del Papa Benedicto, por respeto a los judíos, en la Iglesia Católica en lugar de la palabra Yahvé decimos Señor.
¿Y quién es este “siervo del Señor”?
Se trata de una figura bíblica simbólica resaltada sobre todo por el profeta Isaías.
En ocasiones se refiere a una persona, en otras a una colectividad, de ahí que a veces se aplique al pueblo de Israel y otras a un grupo de justos.
Al ver la coincidencia profética entre las acciones de Jesús y las del siervo del Señor, este nombre se aplica a Jesucristo.
*       Es el segundo Isaías quien nos ofrece cuatro distintos “cantos del siervo del Señor” que son parte de los capítulos 42, 49, 50 y 52.
En ellos se habla largamente de este siervo.
El párrafo de hoy pertenece al tercer canto. Nos habla de los malos tratos que le dan:
“Ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos…”
El siervo se somete a esas humillaciones porque está seguro de que “el Señor me ayuda, ¿quién me condenará?”
La Iglesia ha entendido que en estas imágenes está la realidad vivida por Jesús, sobre todo en su pasión y muerte.
Sobre esto nos hablará en el Evangelio de hoy el mismo Jesús.
*       El Salmo (114) nos habla precisamente de este siervo que confía en el Señor:
“Amo al Señor porque escucha mi voz suplicante, porque inclina su oído hacia mí, el día que lo invoco”.
Describe cómo lo atacan y se siente desfallecer:
“Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y en angustia”.
A pesar de eso el siervo reconoce que “invoqué el nombre del Señor: ¡Señor, salva mi vida!”
Y después de recordarnos que el Señor es benigno con todos y que cuida sobre todo a los sencillos, se goza al decirnos: “estando yo sin fuerzas me salvó”.
*       Santiago nos advierte que una fe que no va acompañada de las obras es una fe falsa, muerta.
Esto pasa con la fe: “si no tiene obras, por si sola está muerta”.
Una fe vacía, sin obras como las que pide Jesús de manera especial al hablarnos del juicio final, no puede ser auténtica porque no actúa.
Algunos quieren enfrentar a Santiago con San Pablo con respecto a este tema. Pero Pablo en Gálatas (3,1-14) se refiere a una situación diferente ya que contrapone las obras de la ley del Antiguo Testamento, con la fe de la gracia del Nuevo.
Como la ley antigua termina con la nueva alianza, es claro que Pablo afirme que las obras de la ley han terminado.
Lo importante es la fe y la gracia de Dios.
*       En el verso aleluyático Pablo nos deja un eco del Evangelio de hoy cuando Jesús habla de la cruz que deben cargar los que lo siguen:
“Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz del Señor, en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo”.
*       El Evangelio de Marcos tiene muchas enseñanzas:
* La confesión de Pedro: Jesús pregunta “¿quién dice la gente que soy yo?”. Ante las distintas respuestas de sus compañeros, Pedro afirma: “Tú eres el Mesías”.
* Jesús les revela su doloroso futuro que terminará con la resurrección.
Es lo que en el canto del siervo de Yahvé se había predicho.
* Marcos resalta que Jesús “se lo explicaba con toda claridad”:
“El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos… ser ejecutado y resucitar a los tres días”.
* La reacción de Pedro: “se llevó a parte a Jesús y se puso a increparlo” (¡a veces Pedro se pasaba!)
* Por eso Jesús “se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: ¡quítate de mi vista satanás! ¡Tú piensas como los hombres no como Dios!”
* “Después llamó a la gente y a sus discípulos y les dijo: el que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”.
De esta manera Jesús invita a quien quiera seguirle de verdad, que le imite aceptando su cruz y siguiendo el camino que Él llevó.
Amigo, recuerda que en la cruz de cada día, llevada con Jesús, encontrarás la salvación.
Esta es la enseñanza de la liturgia al hablarnos hoy del siervo del Señor.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

4 de septiembre de 2015

Reflexión homilética para el XXIII domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B


LO QUE HACE JESUCRISTO LO HACE DIOS

Hoy te invito a hacer un profundo acto de fe en Jesucristo y en las maravillas de su obra.
Piensa que todo lo que Él hizo lo hizo Dios.
Las cosas más sencillas de los seres humanos las hizo Jesús como verdadero hombre pero también como Dios verdadero.
Esto lo sabes y repites pero es bueno que consideres que precisamente por ser Dios las acciones de Jesús tienen un valor infinito.
Por eso resulta interesante la enseñanza de San Alfonso cuando afirmaba que una lágrima de Jesús hubiera salvado a toda la humanidad porque tenía un valor infinito.
Pero aunque ello hubiera bastado, la entrega del Señor fue total, hasta  la muerte y muerte de cruz. Así nos ha manifestado claramente que nadie amó más ni mejor que Él.
Las lecturas de hoy nos presentan a Jesús cumpliendo las promesas que hizo Dios en el Antiguo Testamento.
*       Isaías dice:
“No teman… Dios viene en persona, resarcirá y os salvará”.
Esa presencia de Dios que viene en Persona es Cristo, que realizó los prodigios enumerados por el profeta:
“Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará”.
Incluso podemos descubrir en los últimos versículos de Isaías el gran regalo del que Jesús habla en el Evangelio, refiriéndose al Espíritu Santo, que nos convierte a cada uno de nosotros en “torrente de agua viva”:
“Han brotado torrentes en la estepa; el páramo será un estanque, lo reseco un manantial”.
*       El salmo (145) resalta que Dios en su fidelidad y justicia “da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego…”
Todas estas maravillas las hizo realidad Jesús:
-          En la sinagoga de Nazaret confirma que el Padre “me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, a poner en libertad a los cautivos” (Lc 4,18).
-          También “desata a la mujer que satanás tuvo atada dieciocho años” (Lc 13,16).
-          Da la vista a los ciegos de Jericó y al ciego de nacimiento.
-          Alimenta a la multitud con la multiplicación de los panes.
*       Por su parte Santiago nos advierte que no debemos mezclar las cosas y que si tenemos fe en Jesucristo no nos dejemos llevar del favoritismo, dando la preferencia a quien Dios no se la da:
“Veis al bien vestido y le decís: por favor, siéntate aquí en el puesto reservado. Al pobre en cambio: estate ahí de pie o siéntate en el suelo…
¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que lo aman?”.
*       Según el verso aleluyático Jesús evangeliza y sana.
Si nos fijamos en el versículo completo de Mateo (4,23) el evangelista nos presenta tres acciones de Jesús:
-          Recorría toda Galilea enseñando.
-          Proclamaba el Evangelio.
-          Sanaba toda enfermedad y dolencia.
*       El Evangelio nos habla detenidamente de uno de los milagros profetizados en el Antiguo Testamento, la curación de un sordomudo que Jesús realiza con unos signos externos distintos de lo acostumbrado:
“Apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua…”.
Hay algo que llama la atención en este milagro:
Jesús solo evangelizaba en Israel, según dijo Él expresamente, pero este milagro y el de la hija de la cananea los hace en territorio de paganos.
Resulta hermoso ver cómo los paganos siguen a Jesús e incluso nos enseñan a glorificarlo diciendo:
“Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.
Hoy tú y yo admiramos cómo Jesús cumple la voluntad del Padre manifestada desde antiguo y con los paganos de la Decápolis repetimos:
“¡Jesús todo lo hizo bien!”.

José Ignacio Alemany Grau, obispo