27 de septiembre de 2012

XXVI Domingo del Tiempo ordinario, Ciclo B

CEBADOS PARA LA MATANZA 

La imagen es muy fuerte pero no es mía. 
La leemos en la carta de Santiago que nos acompaña esta temporada. 
Todos sabemos que a los animales se les engorda para la matanza y ésta es la imagen que utiliza el apóstol. 
Profundicemos su enseñanza: 
Habla de las riquezas amontonadas injustamente. 
La verdad es que Santiago, como dije en otro momento, parece que escribe para nuestros días. 
Él invita a reflexionar a los ricos: “llorad y lamentaos por las desgracias que os han tocado”. 
Y explica así el resultado que da enriquecerse injustamente: “vuestra riqueza está corrompida y vuestros vestidos están apolillados. Vuestro oro y vuestra plata están herrumbrados y esa herrumbre será un testimonio contra vosotros y devorará vuestra carne como el fuego… el jornal defraudado a los obreros que han cosechado vuestros campos está clamando contra vosotros; y los gritos de los segadores han llegado hasta el oído del Señor. 
Habéis vivido en este mundo con lujo y entregados al placer. Os habéis cebado para el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste”. 
El justo no resiste, pero ya hemos visto cómo Jesucristo ofrece la victoria al justo y no al malvado. 
El libro de los Números nos presenta la magnanimidad de Moisés, el gran santo del Antiguo Testamento y los celos de dos muchachos, que representan a mucha gente celosa de hoy. 
El Señor milagrosamente reparte el espíritu de Moisés entre setenta ancianos que comienzan a profetizar, incluso dos de ellos que no estaban presentes con los demás. 
El primer muchacho lleva el chisme a Moisés. 
El segundo, que es Josué, interviene: “Hay que prohibírselo”. 
Moisés con su gran corazón, sale al paso de su espíritu ruin: 
“¿Están celosos de mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el Espíritu del Señor!”. 
Cuántos chismes corren cerca del altar en nuestros días. Esos chismes dividen y lo dañan todo. Esos chismes que no son por el celo de Dios, sino por los celos de los hombres que destruyen familias, parroquias, movimientos… 
Necesitamos un corazón grande como el de Moisés, hombre humilde y valiente, que veía las cosas desde Dios, con quien hablaba “cara a cara, como un amigo habla con su amigo”. 
Con esta misma idea comienza el Evangelio de hoy. Los discípulos se acercan a Jesús y le dicen: 
“Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros”. 
Jesús, al estilo de Moisés, les advierte: 
“No se lo impidáis… el que no está contra nosotros está a favor nuestro”. 
A continuación, en el mismo párrafo del Evangelio, vienen algunas enseñanzas que nos recuerda nuestro compañero del ciclo B, san Marcos. 
Fijémonos con qué dureza habla Jesús contra el escándalo: 
“El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar”. 
Pocas frases tan duras dijo Jesús en su vida. Es que el escándalo hace caer a los más sencillos, llevándolos por el mal camino. 
Cuánto escándalo hay en nuestro tiempo desorientando a tantas personas buenas y simples, llevándolas al aborto, a las sectas, a todo tipo de corrupción. 
La liturgia nos invita ahora a reconocer que cumplir la ley de Dios es muy importante y nos trae la alegría al corazón: 
“Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón”.

21 de septiembre de 2012

XXV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B

NO ERA FÁCIL ENTENDER 

El domingo anterior la liturgia nos hacía una pregunta: ¿quién es Jesucristo? 
Hoy nos dice quién es Jesucristo como Redentor. 
Nos enseñaba Benedicto XVI que la respuesta de Pedro no le convenció a Jesús por eso junto a la imagen del Mesías glorioso que todos esperaban colocó la imagen del Redentor que nadie deseaba. 
Y serán muchas las veces en las que Jesús insistirá para conseguir que entiendan que su servicio salvador incluye la humillación. 
Dios sí… como lo reveló el Padre Dios a Pedro. 
Dios sí… como fue glorificado en la transfiguración por el mismo Padre. 
Dios sí… porque sacó el espíritu inmundo a un joven e hizo multitud de milagros con su propio poder. 
Para aclarar todo esto, después de la respuesta de Pedro, el Evangelio añade que Jesús los iba instruyendo y les decía: 
“El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará”. 
Y ¡claro!, no entendían. No podían entender los apóstoles porque era muy distinta su manera de concebir y esperar al Mesías prometido: 
Por eso, mientras Jesús hablaba de muerte y resurrección ellos “por el camino habían discutido quién era el más importante” en el reino futuro. 
No es fácil imaginar la desilusión del corazón humano de Jesús que hablaba de humildad y humillación hasta la muerte y ellos buscaban cómo conseguir el puesto de primer ministro. 
Esto sigue sucediendo hoy como ayer. Muchos seguidores de Cristo van en pos de honores y riquezas: no han descubierto quién es Jesús. 
Sin embargo, la lección está clara: “Quien quiera ser el primero que sea el último y el servidor de todos”. 
En aquel tiempo los apóstoles, como la mayor parte de los israelitas, leían el Antiguo Testamento pero no se fijaban en las predicciones de los libros santos cuando hablaban de humillación. 
Un ejemplo concreto lo tenemos en el libro de la Sabiduría que predice lo que harían con el justo, en el que está prefigurado Jesús: 
“Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada. 
Veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. 
Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura… lo condenaremos a muerte ignominiosa…” 
He transcrito este párrafo para que entendamos lo que hicieron con Jesús y lo que seguirán haciendo con sus seguidores. 
En el fondo no son más que unos pobretes que cumplen el Evangelio que desprecian. 
Jesús lo profetizaba en el cenáculo: 
“No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido también a vosotros os perseguirán”. 
¡Y esto se cumple hoy! 
Pero también se cumplen estas otras palabras de Jesús: “vuestra tristeza se convertirá en gozo”. 
Por eso el salmo responsorial nos invita a poner la confianza en Dios: 
“El Señor sostiene mi vida”. 
Terminemos aprovechando una de las recomendaciones que nos hace Santiago: 
“No tenéis, porque no pedís”. 
Pidamos, pues, la valentía para seguir a Jesús, seguros de que “si morimos con Él, reinaremos con Él”. 
“Así será nuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Aleluya”.