12 de septiembre de 2013

XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

LOS TRES PERSONAJES DE LA GRAN PARÁBOLA
La parábola literariamente merece todos los óscares humanos pero, espiritualmente es la gran maravilla que define a Dios.

Ya sabemos cuál es. La parábola del hijo pródigo.

Por cierto que hoy San Lucas nos presenta en realidad tres parábolas para hablarnos de la misericordia de Dios.

La primera es la del pastor que sale en busca de la oveja malcriada que se le escapó y, lejos de reprenderla, la lleva con gran alegría al rebaño mientras va saludando feliz a todos, diciendo: “encontré a la oveja que se me había perdido”, como si él mismo tuviera la culpa.

La segunda parábola es la de una mujer que pierde una dracma, la encuentra y, llena de alegría, va diciendo a sus vecinas: “¡felicitadme, he encontrado la moneda que se me había perdido!”.

Jesús concluye en ambas parábolas que de la misma forma, en el cielo, hay fiesta cuando un pecador se arrepiente.

Luego viene la gran parábola que se lleva la palma, porque no se trata ni de una oveja ni de una moneda sino de los amados de Dios, los hombres.

Primer personaje

Le molesta la familia, le molesta el trabajo. Parece que no soporta a su padre y menos todavía al hermano mayor (que dicho entre nosotros, debía ser un cascarrabias). 

Ansiando libertad pide su parte de herencia, pensando que nunca más volverá a necesitar ni de la casa ni de su padre.

Se va. Se divierte. Invita a todos. Se cree el hombre más feliz.

Se acabó la plata. Está solo. Busca trabajo. Nadie le da. Al final le ofrecen un oficio denigrante para un judío: cuidar chanchos, los animales prohibidos en Israel.

Llegó el momento de pensar. Lo dice el salmo 118:

“Antes de sufrir, yo andaba extraviado… me estuvo bien sufrir, así aprendí tus decretos”.

El remordimiento tocó su corazón:

En mi casa había todo. Aquí me muero de asco y de miseria. Superando la vergüenza dice las palabras que nosotros repetiremos en el salmo responsorial:

“Me pondré en camino adonde está mi padre”.

¡Y fue!

El segundo personaje 

Es uno de los menos agradables de todo el Evangelio: el hermano mayor.

Regresa cantando azadón al hombro. De pronto, por encima de su propia voz, escucha la música.

¡Es música de fiesta! ¿Qué habrá pasado?, se pregunta.

Un criado le responde: “Tu padre ha hecho fiesta porque volvió tu hermano”.

El mayor, fiel cumplidor de la ley, dice amargado, rompiendo la comunión con todos: No entro.

El tercer personaje

El Padre. Sereno, de barba blanca. Camina lento. Pero su corazón va por delante de él.

No deja que el pequeño le cuente gran cosa. Sólo escucha las primeras palabras:

“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Como respuesta el padre se lo comía a besos.

Y el muchacho limpio, con el mejor traje, con el anillo en las manos y sandalias nuevas, se acerca para feliz para comenzar la fiesta.

“Y empezaron el banquete”.

Un mensaje pone nervioso al padre que está contento celebrando al pródigo: 

Tu hijo mayor no quiere entrar. 

La noticia hizo temblar al padre pero fue de pena. Y salió.

De buenas a primera le dice el mayor: “tantos años como te sirvo sin desobedecer nunca una orden tuya…”

Yo todos los días voy a misa, rezo el rosario, doy limosna.

Y ahora vuelve a casa ese hijo tuyo (drogadicto, borracho, mujeriego…) y lo abrazas y haces fiesta porque ha vuelto. 

Y otra vez se va a quedar en la casa… ¿Quién lo va a soportar? ¡No seré yo!

“El padre le dijo: 

Hijo tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Deberías alegrarte porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido. Estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Y es que los que se creen buenos no entienden el corazón de Dios.

En cambio, los que creemos malos, saben que en Dios sólo hay misericordia.

Aprendamos lo que decía Santa Teresita al hermano Van, vietnamita redentorista: “Nunca tengas miedo a Dios: no sabe más que amar”.

Si alguno de ustedes quiere más aclaraciones en este punto, lea las enseñanzas de nuestro Papa Francisco (por ejemplo: “Dios no se cansa de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón”) y entenderán mejor a los tres personajes de esta parábola, pero sobre todo la misericordia de Dios.

Después de las maravillas del Evangelio de hoy te invito a leer las otras lecturas tú solo y encontrarás dos grandes personajes de los que se fió Dios: Moisés y Pablo.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

6 de septiembre de 2013

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

LA MÁQUINA DE TU TREN ES JESUCRISTO

Normalmente andamos con el corazón y la cabeza revueltos.

Hoy la liturgia nos pide un poco de orden.

Y se refiere precisamente a lo más importante que tenemos que hacer en este mundo que es caminar hacia la santidad, hacia Dios.

Para que un tren funcione debidamente y la gente se sienta feliz en el viaje debe tener en su lugar la máquina, los asientos, el restaurante, los baños, las distintas categorías de servicios, los portaequipajes, etc.

Jesús aludiendo un poco a este orden para caminar (Él es el camino) hacia el Padre nos advierte que tiene que haber un orden en el corazón. En él arropamos a todos aquellos a quienes llamamos los seres queridos y son los compañeros de camino por el tiempo hacia la eternidad.

Pero cuánto desorden en los corazones:

Los que se casan y siguen teniendo a los padres como a los primeros.

Luego colocan a los hijos, después el esposo y… ¡así el tren descarrila más o menos pronto!

En el corazón debe haber un orden y los padres pasan al segundo plano cuando uno se casa y luego al tercero cuando vienen los hijos, etc.

Pero todavía hay alguien más importante que todos: Jesucristo.

Él exige estar el primero.

Eres tú quien lo necesita para ser feliz: ¡fíjate!

“Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos y a sus hermanos y a sus hermanas e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”.

Fíjate bien que Jesús lo tiene claro y si te fijas el más privilegiado eres tú mismo.

Pero por delante de ti tiene que ir Jesús.

Entonces el tren se desplaza sereno y sin tropiezos.

Lo primero, pues, que tienes que hacer es poner orden en tu corazón.

Pero Jesús quiere más.

“Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío”.

Hay que cargar la cruz detrás de Jesús.

Él primero, tú después, luego todos, según exige un corazón bien ordenado.

No te engañes. Tú tienes cruces. A veces quieres botarlas. Te rebelas. Protestas. 

Pero de todas maneras, el hecho de ser humanos lleva consigo la cruz de las limitaciones: los propios pecados, la falta de salud, las calumnias, los malos tratos, la falta de trabajo, la incomprensión…

No las rechaces. ¡Carga! ¡Y sigue poniendo tus pies en las huellas de los pies de Jesús!

En la misma línea de poner orden en la cabeza, antes de actuar, vienen las comparaciones que nos ofrece Jesús en el Evangelio.

Como verás son muy concretas:

“¿Quién de ustedes si quiere construir una torre (digamos un edificio) no se sienta primero a calcular los gastos para ver si tiene con qué terminarla? No sea que si echa los cimientos y no puede acabarla, se burlen de él diciendo: Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar”.

Y esta otra comparación:

“¿Qué rey si va a dar una batalla a otro rey no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres va a salir al paso al que le ataca con veinte mil?”

Jesús termina pidiéndonos prudencia incluso concretando la actitud definitiva que debemos tener para seguirlo.

“El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser mi discípulo”.

Quede claro que Jesucristo es el primero y cuando las cosas están en orden todo es bueno, todo es maravilloso y podemos caminar tranquilos y felices. 

Para que esto sea realidad pidamos a “Dios que haga brillar su rostro sobre nosotros y nos enseñe sus leyes”.

San Pablo, en una brevísima carta a Filemón, nos muestra por dónde va el camino del amor cristiano y pide a su amigo que perdone y reciba de nuevo a Onésimo que en un tiempo fue rebelde pero que ahora, convertido al cristianismo, es gran amigo de Pablo y éste desde la prisión le escribe:

“Si yo lo quiero tanto, cuánto más lo has de querer tú, como hombre y como cristiano”.

Y aún insiste: “si me consideras compañero tuyo recíbelo a él como a mí mismo”.

Finalmente les invito a leer con detención las palabras del libro de la Sabiduría que dice, entre otras cosas:

“¿Qué hombre conoce el designio de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere?... A penas conocemos las cosas terrenas… ¿Quién rastreará las cosas del cielo? ¿Quién conocerá tu designio si tú no le das sabiduría enviando tu santo Espíritu desde el cielo?”.

Aunque en el Antiguo Testamento no se refiera directamente a la Tercera Persona de la Trinidad, para nosotros sí. Pidamos al Espíritu Santo que nos dé su sabiduría para caminar derechos por Cristo al Padre.

Terminemos gozándonos en el salmo responsorial y repitamos gozosos: 

“Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación”.

¡Ah! Y entre la máquina y los vagones no olvides de colocar a la Virgen María cuyo nacimiento hoy celebramos.

José Ignacio Alemany Grau, obispo