22 de noviembre de 2012

XXXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO B

¿TÚ ERES REY? 

“Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad”. 

Inmediatamente surge una pregunta: ¿y dónde está ese rey y dónde está ese reino? 

Cada uno de nosotros, algo así como Pilato, no aceptamos fácilmente que Jesús sea el rey que gobierna este mundo porque nos damos cuenta de que las cosas van demasiado mal para que exista un buen rey. 

La mayor parte de los humanos, unos con la palabra y la mayoría con su manera de actuar, niegan el reinado de Cristo. Incluso hay lugares que lo tienen totalmente marginado y hasta prohibido que se le nombre. 

Sin embargo, hoy Jesús nos advierte como ayer lo hizo con Pilato: 

“Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en mano de los judíos. Pero mi reino no es de aquí”. 

No deja de ser interesante que haya un rey que no se ve, que no tiene un ejército ni un poder visible. 

Nosotros, los católicos, sabemos muy bien que hay un poder externo, material y pasajero, pero hay otro más profundo capaz de mover los corazones. 

Lo muestran de manera especial los mártires que, seguros de que el Reino de Dios iba dentro de ellos, se jugaron la vida, que es lo más grande que tiene una persona. 

La historia de la salvación nos revela la existencia de un mundo mucho más maravilloso que el de las galaxias, los pajaritos, las ballenas y la semilla de mostaza. 

En esa vida, que nace de Dios y que nos lleva a Él definitivamente, existen maravillas que jamás pudimos imaginar. 

En ella hay un Rey y hay un Reino. 

En ese Reino hay armonía y felicidad. 

Y todos, comenzando por el mismo Dios, quieren la felicidad para cuantos entran en la gloria. 

Jesucristo, como Verbo encarnado, es el Rey enviado por el Padre para protegernos, gobernarnos y ayudarnos a conseguir la felicidad. 

La liturgia de hoy nos invita a glorificar a este Rey maravilloso. 

Comienza Daniel presentándonos una “visión nocturna: vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre que se acercó al anciano y se presentó ante él. 

Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y reinos lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin”. 

Me imagino que en este momento todos ustedes han volado a Nazaret con el pensamiento y les ha parecido escuchar la voz de Gabriel hablando con María: 

“Será grande. Se llamará hijo del Altísimo, el Señor le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”. 

Por eso, el salmo responsorial nos invita a repetir: “El Señor reina vestido de majestad, el Señor vestido y ceñido de poder”. 

El Apocalipsis, a su vez, nos lo presenta como el príncipe de los reyes de la tierra que nos repite: “Yo soy el alfa y la omega, el que es, el que era y el que viene, el todopoderoso”. 

A este Rey que “nos ha librado de nuestros pecados por su sangre” y nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre”, tenemos obligación de glorificarlo: “a Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”. 

Y con el versículo aleluyático lo glorificamos también con las mismas palabras del Domingo de Ramos: “Bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino que llega…” 

Amigos todos, con este domingo, el último del tiempo ordinario, la Iglesia nos ha querido presentar a Jesucristo como Rey de todos los tiempos y dueño de la historia. 

Ése es el sentido de la solemnidad de hoy que se titula “Jesucristo Rey del universo”. 

No son los hombres que gobiernan unos años según su capricho, sino Jesucristo el único rey y Señor, porque trasciende el tiempo y “su reino no tendrá fin”. 

Procuremos en este domingo glorificarlo y que meditemos el gran regalo que nos hizo Dios con el bautismo porque en ese día también nosotros comenzamos a ser parte de ese reino. 

Sigamos felices y obedientes a Jesús porque todo el que es de la verdad escucha su voz. 

José Ignacio Alemany Grau, obispo

15 de noviembre de 2012

XXXIII Domingo del tiempo Ordinario, Ciclo B

PREPARANDO EL EXAMEN 

Es bueno que al fin del año litúrgico, siguiendo las orientaciones de la Iglesia, echemos una mirada al juicio final para ver qué nota vamos a obtener en el examen que tendremos que pasar ante el Rey de reyes. 
Por si acaso, el verso aleluyático nos advierte que “estemos siempre despiertos pidiendo fuerzas para mantenernos en pie ante el Hijo del hombre” que nos va a juzgar. 
Daniel, entre imágenes apocalípticas, nos habla de un juicio de Dios, tras el cual “se salvarán todos los inscritos en el libro” de la vida. Los así inscritos son aquellos de quienes san Mateo dice que “brillarán como el sol en el reino de su Padre”. 
Y como añade también el Evangelio cuando sus discípulos regresaron de la misión a la que los había enviado, Jesús les advirtió que más importante que la felicidad por el éxito a la hora de evangelizar, debían “estar alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo”. 
El mismo Daniel nos concreta que “muchos de los que duermen en el polvo despertarán. Unos para vida eterna y otros para ignominia perpetua”. 
Bajo estas imágenes descubrimos que se habla de un juicio de Dios. 
El evangelio de san Marcos completa el panorama del juicio final bajo imágenes apocalípticas: 
“Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad”. 
Unos salvándose y otros perdiéndose, todos tendrán que glorificar a Dios en Cristo que se sacrificó para salvarnos. 
Lo mismo quienes aprovecharon su sangre que quienes la despreciaron, tendrán que reconocer la misericordia de Dios. 
Jesús termina el párrafo de hoy aconsejándonos examinar la naturaleza y “aprender de la higuera”, en concreto. Por ella sabemos cuándo llega el verano. De igual modo debemos saber también que Jesús vendrá cuando se den los signos de los que Él mismo habla. 
Por lo demás, de una manera muy solemne, Jesucristo nos enseña el poder y la verdad de su Palabra: “el cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán”. 
Jesús nos advierte que no debemos creer a los brujos y agoreros y falsos adivinos porque “en cuanto al día y la hora nadie lo sabe. Ni los ángeles del cielo, ni el Hijo (se entiende que el Hijo como hombre) sino sólo el Padre”. 
Refiriéndose a este punto nos advierte Benedicto XVI en su libro “Jesús de Nazaret”: 
“Las palabras apocalípticas de Jesús nada tienen que ver con la adivinación. Quieren precisamente apartarnos de la curiosidad superficial por las cosas visibles y llevarnos a lo esencial: a la vida que tiene su fundamento en la Palabra de Dios que Jesús nos ha dado; al encuentro con Él, la Palabra viva; a la responsabilidad ante el Juez de vivos y muertos”. 
Siempre que reflexionemos sobre este tema será bueno recordar las palabras de la carta a los Hebreos: “Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio”. 
Su ofrenda santifica a los suyos, mientras los enemigos de Cristo quedarán humillados bajo sus pies. 
Saber que Cristo nos salvó con su sacrificio debe ayudarnos a permanecer serenos y felices frente al último examen de la vida. 
Terminemos echándonos en brazos de Dios que es el tesoro seguro que llevaremos a la eternidad y confiemos en Él, pidiendo con el salmo responsorial: 
“Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa”. 
El Señor mismo es nuestro tesoro y nuestra herencia. Por eso añadimos: 
“Mi suerte está en tu mano. Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré… me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”. 
Como ves, conocemos al Maestro y el examen que nos va a poner, pues está también escrito en otro de los sinópticos, san Mateo: El amor a Dios y al prójimo. 
Debemos ser inteligentes y aumentar la fe y las obras para ganarnos la eternidad. 

José Ignacio Alemany Grau, Obispo