13 de octubre de 2011

XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A

Reflexión dominical 16.10.11

YO SOY EL SEÑOR Y NO HAY OTRO

En este domingo te invito a reflexionar a base de pequeños puntos tomados de la liturgia de este domingo.
Es una manera de sacar provecho de las lecturas que nos presenta la Santa Madre Iglesia para nuestro crecimiento espiritual:

* En la vida espiritual es preciso practicar las virtudes teologales. Son ellas las que realizan la unión íntima entre la criatura y el Creador. Por eso San Pablo quiere que tengamos activa nuestra fe, haciendo frecuentes actos de fe en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado tal como lo presenta la Iglesia de Jesús.
Además vivir en un esfuerzo continuo por amar. La gran virtud que nos une con Dios y con los hermanos y que es el primero de todos los mandamientos.
Y en tercer lugar nos pide el apóstol una esperanza que soporte todo por Jesucristo que ha de ser siempre nuestro verdadero y único Señor.
Esta es una triple actitud que el apóstol San Pablo alaba en la vida de los tesalonicenses.
¿Podría alabarte hoy a ti porque vives también esta intimidad con Dios?

* Un grupo de fariseos y herodianos ponen una pregunta capciosa a Jesucristo.
- “¿Es lícito pagar el tributo al César o no?”
Me imagino que Santo Tomás, al definir la justicia, debió tener presente la respuesta que Jesús dio a estos hombres astutos: “a cada uno hay que darle lo suyo”.
El Señor pide una moneda y pregunta ¿de quién es este rostro y esta inscripción?
Cuando le contestan que es del César, Él dice:
“Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
Seguramente que aquellos hombres quedaron desconcertados. No esperaban ni mucho menos una respuesta así y con ella una lección de moral.
La sociedad tiene sus derechos y sus jefes deber ser respetados.
Pero Dios también.
Hay que cumplir las leyes humanas y las leyes divinas.
Claro que con una condición: cuando las leyes humanas van en contra de la ley divina no se pueden obedecer. Precisamente de ahí surgieron tantos mártires a través de los siglos.
Recordamos cómo el emperador se arrogaba derechos divinos pidiendo que el pueblo lo adorara. Eso va contra el primero de los mandamientos y no se puede obedecer.
Hoy, por ejemplo, la ley del aborto va contra el quinto mandamiento y no se puede obedecer.

* Entonces como hoy, hay gente astuta dispuesta a comprometer a los sencillos hablándoles con adulaciones, alabanzas y con palabras bonitas y falsas. Uno se siente halagado y cae en la trampa quedando predispuesto para dar un sí a cualquier cosa que esa “gente amable” les proponga.
El Evangelio de hoy nos enseña a ser despiertos y valientes. Despiertos para no caer en el engaño y valientes para no temer que se burlen o nos rechacen cuando sabemos que estamos en la verdad.

* Otra enseñanza de San Pablo: hay que proclamar el Evangelio sin la palabrería que se lleva el viento. Es preciso proclamarlo bajo el impulsado del Espíritu Santo y al mismo tiempo con una convicción profunda.
Sabemos bien que a nadie convencen las palabras vacías. En cambio la vivencia y el ejemplo arrastran a todos.

* Siempre y en todas partes debemos tener presente que Dios es el único Señor y que no hay otro ni en el cielo ni en la tierra.
Hablando a Ciro, que es presentado en la Biblia como un ungido del Señor aunque no pertenece al pueblo de Israel, el Señor le dice: “te llamé por tu nombre y te di un título, aunque no me conocías”.
Este rey que debió ser muy recto y amado del Señor dio la libertad al pueblo de Israel desterrado.
Por dos veces en el libro de Isaías se le dice: “Yo soy el Señor y no hay otro. Fuera de mí no hay Dios... Te pongo la insignia aunque no me conoces para que sepan de oriente a occidente que no hay otro fuera de mí. Yo soy el Señor y no hay otro”.

* A este Señor es al que tenemos que tener presente toda nuestra vida como a nuestro único Dios. Él merece toda alabanza, según repite el salmo 95:
“Cantad al Señor un cántico nuevo. Cantad al Señor toda la tierra. Contad a los pueblos su gloria… Porque es grande el Señor y muy digno de alabanza. Postraos ante el Señor en el atrio sagrado… decid a los pueblos: el Señor es rey, Él gobierna a los pueblos rectamente”.

* Finalmente, no debemos olvidar que, a semejanza de los filipenses, cada uno de nosotros debemos vivir como “lumbreras en el mundo” para que, por medio de nosotros, los hombres lleguen a Dios.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

6 de octubre de 2011

XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A

Reflexión dominical 09.10.11

¿YA TIENES EL VESTIDO DE BODAS?

El mensaje de hoy es muy interesante.
Jesús habla a los sacerdotes y ancianos del pueblo y les propone otra parábola para que vayan entendiendo qué es el Reino de los cielos:
Un rey celebró la boda de su hijo y mandó a sus criados para que llamaran a los invitados.
Estos se excusan y no van, incluso algunos abusan, maltratando a los enviados del rey y hasta matándolos.
El rey se molesta porque no sólo no aceptan ir a la boda sino que maltratan a sus emisarios y acaba con todos aquellos asesinos quemando su ciudad. Luego dice a sus criados:
“Como la boda está preparada y no han venido los que se la merecían, traigan a todos los que encuentren por los caminos”.
Así lo hacen y se llena el salón de fiesta.
El señor entra en el banquete. Lo ve todo hermoso. Los invitados, cojos, tuertos, enfermos, y demás pobretes, van bien vestidos como corresponde a la fiesta del matrimonio del hijo de su rey.
Sin embargo hay uno que no lleva “el traje de fiesta”.
El rey siente la falta de respeto y le pregunta:
“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?”
El “mal-vestido” no tiene excusa y se calla.
Está claro. No se trata de que fueran pobres… Aquí todo es regalo:
El banquete lo regala Dios.
El vestido de la gracia también es regalo suyo.
El problema está en que hay muchos que no quieren purificarse, no quieren cambiar de vida… no quieren convertirse de verdad y piensan que podrán entrar en el banquete de Dios vestidos de pecado.
Este es el tema de la parábola de este domingo y la enseñanza es que Dios tiene un banquete maravilloso para quienes se visten de la gracia del Señor y un castigo para los que no quieren “revestirse de nuestro Señor Jesucristo”, como dice San Pablo.
Nuestra sociedad rechaza a Dios. No acepta que Dios castigue a los malos.
Hoy el hombre se ha adueñado de la situación y le grita a Dios:
¡No te queremos!; ¡no te necesitamos!; ¡no importa lo que digas: no existes!
Lo queramos o no, Dios no depende del hombre sino que el hombre depende de Dios.
Te conviene, amigo, aprender.
Si quieres ser feliz y aprovechar lo que realmente puede darte la felicidad para siempre, busca el vestido que se te acople al alma. Búscalo con tiempo. Piensa que el Dios que te ofrece el Reino, te regala también el vestido necesario.
Esta es la parábola de hoy y para aclararla un poco más, tengamos presente que en el Reino el Padre es Dios, que celebra la boda de su Hijo Jesús.
Recordemos también que Dios llama a todos, buenos y malos. Lamentablemente los invitados no fueron dignos de entrar porque rechazaron a Dios.
Los invitados eran ante todo los del pueblo de Israel, por lo que el Señor tuvo que ir a buscar a los llamados “gentiles” o paganos.
Y finalmente pensemos que los primeros invitados no fueron dignos de entrar.
Si damos ahora un vistazo rápido al resto de las lecturas nos damos cuenta de que Isaías predice también la salvación que trae Dios y la compara, como la parábola de hoy, a “un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares enjundiosos y generosos vinos…”
El salmo responsorial nos invita a repetir gozosamente estas palabras:
“Habitaré en la casa del Señor por años sin término”.
Este salmo 22 también nos repite la misma idea de que el Señor nos hace “recostar en verdes praderas… nos prepara una mesa abundante en frente de mis enemigos”.
Por su parte San Pablo, en la segunda lectura, abunda en la misma idea diciendo que por una parte él está acostumbrado a tener de todo y a pasar hambre, a tener abundancia y privaciones. Pero está seguro de que “en pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su espléndida riqueza en Cristo Jesús”.
Terminemos con esta frase del versículo aleluyático, pidiendo a Dios que nos ayude a entender las maravillas que nos ha dado en Cristo Jesús:
“El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama”.

                                                                                   José Ignacio Alemany Grau, Obispo