Estamos en un tiempo especial de liturgia. La llegada de Dios en Belén y su tiempo de infancia quedó atrás. Vamos ahora a su vida pública, tiempo que la liturgia va a llamar “tiempo ordinario”.
Este tiempo empieza con el bautismo del Señor.
- Isaías
Nos presenta al
siervo de Yavé, imagen de Jesucristo. Él es el escogido por Dios entre todos
los seres humanos y así dice: «Mirad a mi siervo a quien sostengo, es mi
elegido a quien prefiero».
Más aún, el profeta
se atreve a decirnos de este elegido: «A quién prefiero. Sobre Él ha puesto
Yavé mi Espíritu para que tenga el derecho a las naciones».
Isaías nos habla de
las actitudes del futuro Mesías: «No gritará, no clamará, no voceará por las
calles».
En su humildad el
siervo de Yavé llega al extremo de decir «La caña cascada no la quebrará, el
pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho. El Señor
bendice a su pueblo con la paz».
A continuación, el
salmista invita: «Aclamad la gloria del nombre del Señor, postraos ante el
Señor en el atrio sagrado».
Exalta la voz del Señor sobre las aguas torrenciales: «En el templo de Dios hay un grito: ¡Gloria! El Señor se sienta por encima por encima del aguacero, el Señor se sienta como rey eterno».
- Hechos de los Apóstoles
Es el apóstol Pedro quien nos recuerda que Dios no hace distinciones
«acepta al que lo teme y practica la justicia sea de la nación que sea».
Para Pedro, Jesús de Nazaret, «ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo porque Dios estaba con Él».
- Verso aleluyático
Recuerda el momento más importante del bautismo de Jesús cuando se oyó
la voz del Padre que decía: «Este es mi Hijo amado, escuchadle».
A través de los siglos todos debemos escuchar la voz de Jesucristo para poder llegar al seno de la Trinidad Santa.
- Evangelio
Nos cuenta San Mateo que Jesús fue a Galilea, al Jordán, y pidió a Juan
Bautista que lo bautizara. Juan se negó por humildad. Jesús acepta la sencillez
de Juan y pide:
«Cumplamos lo que Dios quiere».
Entonces Juan lo bautizó y cuando Jesús salió del agua vio que el
Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre Él. Y vino una voz
del cielo que decía: “Este es mi Hijo, el amado, el predilecto».
Ante esta manifestación de la Santísima Trinidad quedamos maravillados
del amor de Dios a Cristo, y a nosotros en Él.
Recuerda que el Bautismo instituido por Jesús es siempre en el nombre de
las tres Divinas Personas y cuando te bautizaste comenzaste a ser hijo de Dios
por Jesucristo.
José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista
