Hechos de los apóstoles
Los Hechos nos muestran a Pedro el día de Pentecostés, de pie, con los once, pidiendo silencio para hablar a la multitud. Lo fundamental de su enseñanza es su Señor: «Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando por su medio los milagros y signos y prodigios que conocéis».
A continuación,
habla a la multitud de la muerte y resurrección de Jesucristo:
«Dios, rompiendo
las ataduras de la muerte lo resucitó», según lo dijo
David, «y no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la
corrupción».
Después de exaltar
la imagen de Jesucristo que enseñaba las maravillas de Dios y realizaba muchos
milagros, termina San Pedro diciendo al pueblo:
«Ahora, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido y lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».
- Salmo 15
El
salmista, profetiza la resurrección del Mesías prometido, y dice así:
«Protégeme Dios mío
que me refugió en ti…
Bendeciré al Señor… Tengo siempre presente al Señor, con Él a mi derecha no vacilaré…Por eso se me alegra el corazón y se gozan mis entrañas y mi carne descansa serena porque no me entregarás a la muerte».
- San Pedro
El apóstol, después
de recordarnos: «Si llamáis Padre al que juzga a cada uno según sus obras,
sin parcialidad, tomad en serio vuestro proceder en esta vida», termina su
exhortación con estas palabras:
«Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza».
- Verso aleluyático
Recoge un
sentimiento del corazón de los discípulos de Emaús, como conclusión de su
diálogo con Dios en Cristo:
«Señor Jesús explícanos las Escrituras, haz que arda nuestro corazón mientras nos hablas».
- Evangelio
La liturgia en este
domingo quiere que volvamos al camino de Emaús y nos presenta a dos de los
discípulos que se vuelven de Jerusalén hablando de los acontecimientos sobre
Jesús. Y como hablan de Dios, sin saberlo ellos, un peregrino más ágil se
acerca a los dos preguntando:
«Qué conversación
es esa que traéis mientras vais de camino?».
Jesús se hace como que
no les entiende y aprovecha para explicarles cómo en Jesucristo se han cumplido
las Escrituras.
Habla de su muerte
y resurrección y Él mismo reprocha a los dos discípulos por no haber creído las
Escrituras e incluso el volverse de Jerusalén como desesperanzados, aunque
incluso han oído hablar de la resurrección de Jesús al tercer día.
Es entonces cuando
el Maestro habla con pasión a los dos discípulos:
«Comenzado por
Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que se refería a Él en toda
la Escritura».
Llegan a Emaús,
Jesús hace ademán de seguir adelante y los dos coinciden:
«Quédate con
nosotros porque atardece y el día va de caída».
Jesús entró y
puestos a la mesa partió el pan, como era su costumbre cuando lo consagraba, y
al recibir de sus manos el pan consagrado reconocieron a Jesús, pero Él
despareció.
Así es cuando se va
preocupado por Dios y sus cosas, que de una u otra forma nos encontramos con
Él. Por eso, exclamaron los dos peregrinos:
«¿No ardía nuestro
corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Era la certeza del
Resucitado y, aunque ya era tarde, regresaron a Jerusalén donde estaban los
apóstoles y escucharon lo que decían los otros:
«¡Era verdad! ¡Ha
resucitado el Señor y se apareció a Simón!».
Y ellos añadieron
gozosos:
«¡También nosotros
lo hemos visto y lo hemos reconocido al partir el pan!».
Así es, hermanos,
si nos fiamos de Dios, tarde o temprano renacerá la fe y el amor en nuestro
corazón: ¡Y el Resucitado llenará nuestra vida!
José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista
