Hoy celebra la Iglesia la «Epifanía de Jesús», es decir, la «Manifestación de lo alto» que trae alegría y esperanza a quienes buscan a Dios.
Una vez más nos permite comprender por qué Dios se presenta como luz y Jesús mismo nos dirá: «Yo soy la luz del mundo». El Verbo, Dios como el Padre, se manifiesta como luz.
- Isaías
El gran profeta
tiene una visión maravillosa en la que nos invita a entrar a todos con
esperanza:
«Levántate, brilla
Jerusalén, que llega tu luz. La gloria del Señor amanece sobre ti».
Esta alegría la
concreta Isaías viendo a la distancia las riquezas de todos los pueblos que
Dios ha permitido que lleguen a la ciudad santa:
«Vienen todos de
Saba trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor».
En tiempos muy difíciles para Jerusalén y para todo Israel, el profeta ha prometido las riquezas humanas y divinas que llegarán a Israel de todo el mundo.
- Salmo 71
Es una alabanza
especial al Señor de todos los pueblos de la tierra y el salmista, con ilusión,
afirma:
«En sus días
florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna.
Que domine de mar a
mar, del gran río al confín de la tierra».
La seguridad y la
grandeza de Dios se acercan a los más necesitados:
«Él librará al
pueblo que clamaba, al afligido que no tenía protector. Él se apiadará del
pobre y del indigente y salvará la vida de los pobres».
Esta riqueza material se unirá a la riqueza espiritual representada en los mismos magos que hoy recordamos.
- San Pablo
El apóstol nos da a
conocer algo que era un gran secreto en todos los tiempos y es que «también
los gentiles son herederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la
promesa en Jesucristo por el Evangelio».
Esto nos aclara que la salvación es para todos, pero tenemos que acogerla desde nuestra pequeñez y humildad.
- Verso aleluyático
Es la explicación
que dan los magos de su largo viaje hasta Belén:
«Hemos visto su estrella y venimos a adorar al Señor».
- Evangelio
Tiene la gran
enseñanza para todos nosotros:
Cuando los magos
encuentran una estrella especial en el cielo y comienzan a caminar con fe,
llevando sus tesoros al rey que indica la estrella, pensando a lo humano creen
que el Mesías que indica la estrella está en el palacio de Jerusalén.
Hacia allá se
encaminan y reciben buen trato de Herodes que los quiere engañar para acabar
con el recién nacido.
Los sabios
recuerdan la profecía que conocen muy bien, porque el tiempo ha llegado:
«Y tú Belén, tierra
de Judea, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judea, pues de ti
saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel».
De esta manera los
reyes salen felices del palacio con un último «consejito» del rey Herodes:
«Id a averiguar
cuidadosamente que hay del niño y cuando lo encontréis avisadme para ir yo
también a adorarlo».
Así ha sido, es y
será siempre la maldad de los quieren seguir ejerciendo la fuerza sobre el
pueblo sencillo.
Pero es entonces
cuando entra a tallar el mismo Dios:
«Los magos al ver
la estrella se llenaron de inmensa alegría» y entonces sí,
entraron en la casita que marcaba la estrella y encontraron «al niño con su
madre, y cayendo de rodillas lo adoraron».
Al punto, con una
fe inimaginable, abren sus tesoros como adoración y regalo: «Oro, incienso y
mirra».
El Señor les hizo
ver la maldad de Herodes y avisados por un ángel volvieron a su tierra por otro
camino, llenos de felicidad, porque su fe les había hecho descubrir, en una
casa tan sencilla y en personas tan humildes, la presencia del «Dios con
nosotros».
Cuidemos siempre la
sencillez con la que se presentan las maravillas de Dios, no solo entonces sino
también en nuestros días, y cómo siempre descubrimos una estrella y enemigos de
la luz.
José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista

