Durante muchos siglos Dios compartió con su pueblo y «al llegar la plenitud de los tiempos» llegó el mismo Dios en Cristo Jesús.
Veamos a grandes
rasgos la liturgia de esta semana.
Lo vemos en la cena del Jueves Santo dándose a comer y beber Él personalmente.
- Jesús en venta
Lamentablemente uno
de sus apóstoles va a venderlo y por unas «monedas» entrega a su Maestro.
El jefe (Pilato)
grita al pueblo: ¿Qué prefieren a este hombre que ha hecho mucho bien y
milagros; o a un bandido, Barrabás, ladrón con experiencia?
Son los directores
espirituales del pueblo quienes lo incitan a pedir la muerte del Justo; y prefieren
al ladrón, patrono de sus fechorías.
El juicio termina
subiendo a Jesús al Calvario con la cruz a cuestas.
Desde la cruz Jesús
nos deja las grandes enseñanzas y termina preparándose a sí mismo a la resurrección
cuando dice: «Todo está cumplido»; es decir, la máxima perfección a la que
puede aspirar un ser humano: hacer en todo la voluntad de Dios Padre.
Todo termina con estas preciosas palabras que nos deben servir también de oración a nosotros: «Padre, en tus manos pongo mi Espíritu».
- ¡Resucitó el Señor!
El Padre acoge
estas palabras y al tercer día resucita a su Hijo.
El domingo, Jesús
habla con las mujeres que han ido a visitar el sepulcro y su palabra queda en
el corazón de la Iglesia: «¡Alégrense!».
Más tarde Jesús
habla con la Magdalena y hace la gran pregunta para todos nosotros, que queda
para todos, siglo tras siglo: «¿Por qué lloran? ¿A quién buscan?»
La respuesta toca
la inteligencia y el corazón de los seres humanos que muchas veces no saben qué
contestar porque buscan algo distinto.
Es el triunfo de
Jesús, y de todos y cada uno de nosotros, si lo queremos en realidad.
Jesús se presenta
inesperadamente, primero a los dos de Emaús y ellos lo reconocen «al partir el
pan».
Luego Jesús va al
cenáculo y se coloca en medio de aquella Iglesia insipiente y le desea la paz.
Como creían que era un fantasma, Jesús pide de comer y le ofrecen un trozo de
pescado asado para que admiren que es un ser humano como antes, aunque está
glorificado.
La liturgia de esta
temporada nos presentará el encuentro lleno de amor entre Jesús y la pecadora
arrepentida, María Magdalena.
Lo veremos también
entre los apóstoles pidiéndoles que vayan por todo el mundo para que la
humanidad entera pueda convertirse y recibir el perdón de los pecados.
Finalmente, Jesús reúne a los suyos y se sube a los cielos por su propia virtud ya que es el verdadero dueño del mundo, Dios como el Padre, y con palabras del acto de fe que rezamos, repetimos: «Está sentado a la derecha del Padre».
- Divina Misericordia
Esta magnífica
semana larga termina con la Misericordia de Dios en una fiesta que hacemos los
hombres que hemos conocido cómo, a pesar de ser pecadores, siempre podemos
contar con el amor misericordioso de Dios.
El salmo 117 nos
dice: «Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia».
Ejemplo para todos
nosotros es Santo Tomás que había negado ante todos sus compañeros la
resurrección de Jesucristo y termina su negación cuando se aparece el mismo
Señor y le dice:
«Trae tus dedos,
aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo
sino creyente».
Contestó Tomás:
«Señor mío y Dios mío».
En este acto de fe
y humildad, al mismo tiempo, tenemos la actitud que pide para todos nosotros
Jesús, el Señor de la Divina Misericordia.
¡¡Así se ama!!
José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista
