18 de julio de 2013

XVI Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

SEÑOR, NO PASES SIN DETENERTE

Un buen día iba por lo más alto de la cordillera ayabaquina. En “la junta” éramos unas quince personas.

Por cierto que pensé para mis adentros que, siendo tantos, no podríamos almorzar porque el camino era largo y no estaba previsto el fiambre (dicho sea de paso que, como la providencia es así, aquel día almorzamos tres veces).

Bien. Íbamos, como se suele, por esos caminos estrechos de uno en uno, hablando de vez en cuando y callando la mayor parte del tiempo

Por cierto que a mí me encantaba cantar a todo pulmón por esos campos de Dios llenos de belleza, silencio, trinos de los pájaros y del canto del agua despeñándose por las quebradas.

De pronto salió un hombre, “un colorado”, que dicen por allá. Se puso delante de mí e insistió en que me detuviera y entrase en la casa para tomar “un cafecito”.

Aunque le hablé de prisas para llegar a tiempo al caserío donde debía predicar, insistió, bajé, entramos en la casa, nos dio de comer carne muy tierna, maíz, leche… todo en abundancia.

Salimos más que satisfechos y felices.

De inmediato pensé en Abraham.

Aquel hombre era para mí el Abraham de la lectura de hoy que me repetía: “no pases sin detenerte”.

Fue una hermosa página de nuestra sierra peruana en la que se vive la Biblia con toda sencillez.

Hablemos del Génesis:

Los tres hombres que se detuvieron en la choza de Abraham, bajo la encina de Mambré, recordaban a los Santos Padres la visita de la Trinidad al viejo patriarca.

En realidad ésta no es precisamente la presentación del misterio trinitario en el Antiguo Testamento pero visto a la distancia, podemos sentir que hay una referencia a la Santísima Trinidad.

El Señor vino con la gran noticia al anciano matrimonio: “Cuando vuelva a ti dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo”.

Era la felicidad y el cumplimiento de las promesas de Dios cuando Abraham rayaba los cien años de edad y veinticinco de repetidas promesas.

El salmo responsorial pregunta:

“Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?”.

La contestación es:

“El que procede honradamente… no hace mal al prójimo ni difama al vecino… el que no presta dinero a usura…”

En el caso de la liturgia de este domingo, los personajes que se encuentran con Dios son Abraham, en el Antiguo Testamento, y Marta, María y Lázaro con Jesús que llega a su casa.

Aquí es Dios el que se hospeda en las tiendas de hombres buenos, lo cual es mucho más admirable que lo leído en el salmo.

Abraham se desvive por el Señor preparándole los mejores manjares que tiene.

Lo mismo hace Marta preparando el almuerzo para Jesús y los discípulos.

Sin embargo, Jesús explica a la familia que hay algo mejor para agradar al Dios que nos visita:

Por eso, cuando Marta pide a Jesús que le ayude su hermana, Jesús le responde:

“¡Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas! Sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor y no se la quitarán”.

¿Y qué es lo que contempla María y lo que debe contemplar todo el que se pone a orar en su encuentro con Dios?

Evidentemente que se trata de las maravillas divinas. San Pablo hoy lo concreta así:

“El misterio que Dios ha tenido escondido desde siglos y generaciones y que ahora ha revelado a sus santos.

A éstos ha querido Dios dar a conocer la gloria y riqueza que este misterio encierra para los gentiles: es decir, que Cristo es para vosotros la esperanza de la gloria”.

Contemplar a Jesucristo, eso es lo importante.

Terminemos recordando la advertencia que nos hace el verso aleluyático porque todos tenemos el problema de ser fieles, de perseverar.

Nos cansamos. Prometemos de nuevo. Volvemos a empezar. 

Meditemos, pues este versículo de san Lucas: “Dichosos los que con un corazón noble y generoso guardan la Palabra de Dios y dan fruto perseverando”.

José Ignacio Alemany Grau, obispo